8 razones para ver Thelma & Louise

Ridley Scott sorprendió al mundo con su ópera prima, adaptación de «Los duelistas» de Joseph Conrad, lo que le granjeó la notoriedad suficiente como para ser candidato a dirigir una de las pelí­culas más importantes de la historia del cine, «Alien, el octavo pasajero». Tras dirigir la que es, a mi parecer, junto a «El resplandor», la mejor pelí­cula de terror que se ha hecho hasta hoy dí­a, siguió la estela de su último trabajo con «Blade Runner», el thriller neo-noir futurista cyberpunk por excelencia. Sin embargo, con el paso de los años la vena de «ciencia-ficción» de Scott se fue apagando, y empezó a dirigir pelí­culas bastante mediocres. «Thelma & Louise» es, junto a «Los duelistas», la única pelí­cula fuera del género que de verdad merece el sobresaliente. He aquí­ las ocho razones por la que debéis verla:

1. Por ser la primera pelí­cula comercial en la que Ridley Scott dejaba a un lado la ciencia-ficción y demostraba sus otras dotes de dirección.

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2. Porque aunque no fue un éxito rotundo en Estados Unidos, en Europa sí­ tuvo una muy buena acogida, lo que le granjeó numerosos premios de repercusión internacional.

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3. Por estar protagonizada por dos de las estrellas femeninas del momento, Geena Davis y Susan Sarandon.

tumblr_mj3bpgjhTl1qdhps7o1_r1_2504. Porque fue el primer trabajo importante de Brad Pitt.

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5. Por ser una de las mejores road movies de los noventa.

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6. Porque impulsó el movimiento feminista en el cine, constituyendo una de las primeras obras notorias donde las protagonistas eran heroí­nas.

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7. Por promover la libertad de expresión.

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8. Y por tener uno de los finales más famosos de los veinticinco años.

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8 razones para volver a ver «El silencio de los corderos»

Ahora que la serie de televisión Hannibal se está poniendo de moda, me gustarí­a recordaros a todos uno de los clásicos de culto fundamentales de la historia del cine: El silencio de los corderos. Una de las pelí­culas más importantes de todos los tiempos, considerada por muchos el mejor logro cinematográfico de los noventa. He aquí­ las ocho razones por las que debéis verla (o volver a verla).

1. Por la escalofriante interpretación de Anthony Hopkins como el doctor Hannibal Lecter.

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2. Por una joven Jodie Foster cuyas cualidades interpretativas también rozaron la perfección al dar vida al personaje de Clarice Starling.

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3. Por contener una atmósfera opresiva y desasosegante.

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4. Por mezclar thriller psicológico y terror con tanta facilidad.

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5. Por tener uno de los guiones más brillantes de los últimos tiempos, y un estilo de dirección crudo y descarnado.

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6. Porque se llevó los cinco Oscar principales… Mejor pelí­cula, mejor director (Jonathan Demme), mejor guión, mejor actor (Hopkins) y mejor actriz (Foster).

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7. Porque después de más de veinte años sigue siendo uno de los referentes cinematográficos más importantes del género policí­aco.

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8. Y porque fue la única pelí­cula que ha sido capaz de llevar al máximo las posibilidades de «El silencio de los inocentes» de Thomas Harris.

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«Crash» y el inquietante mundo de David Cronenberg

Con motivo del estreno en Cannes de la última pelí­cula del director canadiense David Cronenberg, Maps to the stars, me dispongo a recordar una de sus obras más emblemáticas, culminación de un estilo que mezcla el erotismo bizarro del cuerpo humano con historias inquietantes sobre personajes torturados; Crash (1996). Un thriller erótico catalogado como «de culto» por los fans acérrimos del director (y por todo buen cinéfilo que se precie). He aquí­ las razones por las que todos, sin excepción, debéis verla:

 

1. Porque David Cronenberg aunó todas las caracterí­sticas de su estilo (esto es, una predilección por la deformidad del cuerpo humano, historias inquietantes con tintes freudianos) en un thriller erótico.

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2. Por potenciar el erotismo bizarro a través de una atmósfera sucia y enfermiza, clara representación de la degradación humana.

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3. Porque, dejando aparte la explicitud en la deformidad del cuerpo humano (una constante en todo su cine), es capaz de crear un universo subversivo e inquietante.

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4. Porque Elias Koteas, que interpreta a Vaughan, un personaje bisexual desequilibrado, explota todas sus desaprovechadas dotes interpretativas.

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5. Por contener una de las escenas más famosas de la historia del cine.

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6. Por retratar un mundo aburrido, monótono, inmoral y obsceno, donde el odio, la muerte y la desesperación son una constante en la vida de sus personajes.

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7. Porque ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes (1996).

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8. Y porque es una pelí­cula inclasificable; o encanta o bien resulta insoportable. No admite término medio.

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8 razones para volver a ver «La semilla del diablo»

Con motivo del reciente estreno de la miniserie de televisión del mismo tí­tulo, dirigida por la directora polaca Agnieszka Holland («Europa, Europa», «El jardí­n secreto», «In darkness»), aquí­ os dejo ocho razones para ver (o más probablemente volver a ver) uno de los tí­tulos más emblemáticos del género de terror: «La semilla del diablo» del también polaco Roman Polanski. Adaptación de la novela de Ira Levin.

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1. Porque Roman Polanski demostró, en su primer trabajo en la industria estadounidense, ser uno de los cineastas jóvenes con más talento de los años 60.

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2. Por ser una de las pocas pelí­culas que tratan los tópicos «sobrenatural», «posesiones» y «brujerí­a» con respeto.

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3. Porque John Cassavetes, padre del cine independiente, protagonizó la cinta junto a Mia Farrow. Y ambos están sobresalientes.

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4. Por tener a la pareja de ancianos más inquietante de la historia del cine (Ruth Gordon y Ralph Bellamy).

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5. Por ser una de las pelí­culas más subversivas del género, donde la mezcla de estilos crea un ambiente de incertidumbre y desasosiego.

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6. Porque las imágenes del mí­tico desenlace, con Rosemary resolviendo el misterio de los Castevet y descubriendo que su hijo es el diablo, son profundamente turbadoras. «¿¡Qué le habéis hecho a sus ojos!?»

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7. Por ser una de las primeras «pelí­culas malditas».

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8. Y porque es el claro ejemplo de cómo se puede spoilear la historia traduciendo mal el tí­tulo original («Rosemary’s Baby»).

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10 razones para volver a ver «Fargo»

Con motivo del reciente estreno de la serie de televisión del mismo tí­tulo (que, por cierto, aunque esté contextualizado en un entorno parecido la historia difiere completamente de la pelí­cula original) hoy os traigo nada más y nada menos que una de las obras más importantes de los hermanos Coen, Fargo. Para mí­, su obra maestra, a la altura de tí­tulos como No es paí­s para viejos y El gran Lebowski. Toda una genialidad de la comedia negra. He aquí­ las diez razones por las que tenéis que volver a verla.

1. Porque es una de las pelí­culas más emblemáticas de los hermanos Coen, donde se recoge su estilo independiente y su ácido sentido del humor.

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2. Porque las dosis de violencia y comedia están perfectamente equilibradas, dando como resultado un humor negro profundamente despiadado.

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3. Porque la banda sonora compuesta por Carter Bordwell («North Darkota») resulta profundamente evocadora.

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4. Por retratar una sociedad idiota, egoí­sta y superficial.

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5. Porque contiene algunos de los personajes más emblemáticos del cine reciente, como son Jerry Lundegaard, Carl Showalter, Gaear Grimsrud y Marge Gunderson.

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6. Porque muy pocas pelí­culas con un argumento tan sencillo han sido capaces de generar tanto interés invirtiendo los códigos del género.

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7. Porque la historia parece situarse en mitad de la nada, en un pequeño pueblo de leñadores perdido en el norte de Minnessota, y da la sensación de ser un mundo oní­rico, apartado de la realidad, al que sin embargo ha llegado la mundanidad de la gran ciudad.

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 8. Porque encontrarse a Steve Buscemi triturado es algo digno de ver.

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 9. Porque los Coen engañaron a todo el mundo diciendo que «Fargo» está basada en hechos reales.

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10. Y porque Frances McDormand y William H. Macy regalan unas interpretaciones soberbias. De lo mejor que ha dado el cine de los noventa.

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12 razones para volver a ver «Pulp Fiction» en su 20 aniversario

Para los fanáticos consumados de Quentin Tarantino esta entrada solamente será una recapitulación de los elementos más obvios de su pelí­cula más famosa. Pero para aquellos que todaví­a no hayan decidido adentrarse en el mundo del realizador de Knoxville, esta lista les puede servir como elemento decisivo para dar un paso adelante. He aquí­ las doce razones por las que, en su veinte aniversario, no podéis dejar pasar volver a ver Pulp Fiction (1994):

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1. Por su increí­ble estructura narrativa contada en flashbacks y en la que se cruzan las historias de los diferentes personajes. Todo un hito del cine posmoderno.

2. Porque Quentin Tarantino llevó al estrellato definitivo a John Travolta, que por aquel entonces estaba de capa caí­da.

3. Por tener una de las bandas sonoras más pegadizas de la historia del cine, con temas como «Son of a preacher man» de Dusty Springfield, «Jungle Boogie» de Kool & the Gang y «Misirlou» de Dick Dale, el tema principal de la pelí­cula.

4. Por ser una de los largometrajes mainstream más violentos de la década de los 90 que se alzó con el premio Oscar a mejor guión original.

5. Por tener un reparto de lo más brillante, con estrellas como John Travolta, Uma Thurman, Samuel L. Jackson, Harvey Keitel, Bruce Willis, Ving Rhames, Tim Roth y Christopher Walken.

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6. Porque su historia y algunos de sus personajes van enlazados con los de Reservoir Dogs, lo que supone un interesante nexo de unión con la ópera prima del director.

7. Por el baile entre Mia Wallace y Vincent Vega al ritmo de «Girl You’ll Be a Woman Soon».

8. Por los Cuartos de Libra con Queso y el sistema métrico decimal.

9. Por ver a Samuel L. Jackson comiéndose una Big Kahuna antes de recitar el pasaje de la Biblia «Ezekiel 25:17″.

10. Porque un par de sodomitas sodomizan a Ving Rhames.

11. Porque el Señor Lobo soluciona problemas y conduce «a toda hostia».

12. Y porque con una planificación absolutamente clásica, Tarantino consigue crear una de las pelí­culas más dinámicas y explosivas de la historia del cine.

Todo un lujo que nadie se puede perder.

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La chaqueta metálica: el infierno bélico de Stanley Kubrick

La Chaqueta Metálica es una de las pelí­culas más polémicas de Stanley Kubrick. El tí­tulo en cuestión ha sido severamente criticado por algunos de los fans del director, sobre todo por la sensación de vací­o que causó la segunda hora de metraje en comparación con los cuarenta minutos iniciales. A pesar de esto, es considerada una de las mejores pelí­culas bélicas sobre el conflito de Vietnam, a la altura de tí­tulos como Apocalypse Now y Platoon. Una durí­sima crí­tica al sinsentido del conflicto bélico y al deshumanizado y humillante reclutamiento al que se someten los jóvenes soldados antes de ir a la guerra.

Es muy interesante mencionar la construcción de la pelí­cula, dividida en dos partes. Ya comentaba en mi crí­tica de Tiburón que muy pocos directores se atreven a dividir sus pelí­culas así­. En el caso de Kubrick, los cuarenta minutos iniciales de reclutamiento sirven como entrada a la segunda parte, el conflicto bélico y sus consecuencias. En primer lugar, Kubrick transmite al espectador la degradación constante a la que se ven sometidos los hombres que deciden alistarse en el Ejército. Unos actúan por patriotismo y otros quieren demostrarse a sí­ mismos y a sus familiares que tienen el coraje necesario para ir a la guerra. Independientemente de las razones, creencias y necesidades de los reclutas, todos se verán subyugados por la brutalidad del entrenamiento militar, llevado a cabo por el impenetrable sargento Hartmann. Esta constante humillación y degradación de la dignidad humana tiene como objetivo desposeer de toda sensibilidad a los soldados, convirtiéndolos en máquinas de matar. La personalidad de los reclutas se ve aplastada desde los primeros minutos de metraje, cuando les rapan la cabeza. Poco después experimentarán el «renacer del alma», cuyas bases serán la omisión de la identidad y la privación de sus derechos: todos se verán desprovistos de su personalidad y de la capacidad de pensar por sí­ mismos.

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En la segunda pieza del puzzle, Kubrick muestra las horribles consecuencias del adiestramiento; el reclutamiento ha creado máquinas de matar que ahora están sueltas en el campo de batalla. Pero la guerra es absurda y los civiles son los primeros que pagan las consecuencias. Mujeres, niños, ancianos y enfermos son ejecutados. Los cadáveres de los enemigos son apilados en trincheras y rociados con cal. Las jóvenes se ven obligadas a prostituirse con los soldados americanos por diez dólares. Las ciudades quedan hechas cenizas. Ningún hombre volverá a ser el mismo.

Para acabar, me gustarí­a mencionar varias curiosidades, como el hecho de que R. Lee Ermey, que interpreta al sargento Hartmann y que recibió una nominación al Globo de Oro por su excelente actuación, era instructor en la vida real e improvisó varias secuencias de la pelí­cula, como el discurso inicial. Por otra parte, Vincent D’Onofrio engordó considerablemente para el papel de Patoso. A pesar de todos estos factores, ninguno de ellos fue nominado a los Premios de la Academia. Lo que es más, aunque «La Chaqueta Metálica» sea una de las pelí­culas más importantes del cine moderno, no recibió nada más que una nominación al mejor guión adaptado. Pero ya se imaginan lo que pensarí­a Kubrick sobre esto: «Aquí­ mi fusil, aquí­ mi pistola».

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Malnacidos, malhechores y asesinos. El sangriento festí­n de Grupo Salvaje

Hay un elevado número de personas que creen que el género western se reduce a las pelí­culas de John Ford, con indios y vaqueros pegando tiros en el Gran Cañón del Colorado y con mujeres guapas de piel oscura salvadas de rituales homicidas. Lejos de todos estos tópicos, hay una serie de pelí­culas del oeste que escapan de los convencionalismos hollywoodienses y proponen un mundo mucho más realista, honesto, drástico y brutal. Los westerns de Sam Peckinpah, producidos en una etapa donde el género estaba de capa caí­da, son un buen ejemplo de cómo se pueden transgredir las normas entreteniendo y, al mismo tiempo, dejando caer algunos mensajes implí­citos para los más observadores. Los spaghetti western de Sergio Leone, lejos de las pajas mentales tarantinianas con Leonardo DiCaprio como negrero tarado, y el mundo aventurero de John Huston, junto con las pelí­culas de John Ford y Howard Hawks y algún que otro tí­tulo por ahí­ suelto de cierta calidad, son las que de verdad consagraron el género.

Las historias de compañeros de armas que luchan contra una amenaza común, donde predomina la ética moral, el buenrrollismo o ambas, estilo Los siete magní­ficos, Rí­o Bravo o El hombre que mató a Liberty Valance, están muy bien y en algunos casos pueden catalogarse de obras maestras. De hecho, los dos últimos tí­tulos están en mi lista de pelí­culas favoritas y, por tanto, son imprescindibles. No obstante, los westerns que más interesan son aquellos protagonizados por personajes deleznables, timadores y «asesinos de mujeres y niños», como se definí­a a sí­ mismo Clint Eastwood en Sin perdón. Los forajidos de Grupo salvaje, el cruel espí­ritu mercenario de los personajes de Hasta que llegó su hora y El bueno, el feo y el malo, y el ambiente de tragedia de Johnny Guitar es lo que de verdad hace especial el género. Y como estoy cansado de que Tarantino sea considerado el tí­o más violento de Hollywood, me traigo a Sam Peckinpah y su macho-movie «Grupo salvaje» para demostrar que todo es pura fachada.

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El tí­tulo de esta entrada, y que hace referencia a esta imagen de aquí­ arriba, tiene una razón bastante obvia: si los tipos de «Grupo salvaje» estuviesen con vida y viesen lo que la industria ha hecho – y pretende hacer – con su legado, no pararí­an hasta cobrarse una sangrienta venganza. Y eso sin contar el remake que va a hacer Will Smith. Para ser claros: el cine de hoy está amariconado. Superhéroes metrosexuales calientabragas, vampí­ricos cánones de belleza esqueléticos y tipejos lloricas cuya sensiblerí­a roza los lí­mites tolerados por el estómago de cualquier persona que se precie están a la orden del dí­a. Vivimos en un mundo cursi y baboso, donde ya no se hacen pelí­culas como las de antes, donde los directores que en sus buenos tiempos fueron grandes (Coppola, Scorsese, Woody Allen, etc.) van cuesta abajo, y donde las «nuevas promesas» no le llegan a la suela de los zapatos a sus antecesores en sus respectivas etapas doradas. Pero Sam Peckinpah, que dicho sea de paso también estaba flojeando en sus últimos trabajos, no vivió para ver cómo las nuevas tecnologí­as mataban definitivamente la industria.

Por eso su legado todaví­a se mantiene tan puro. La historia de «Grupo salvaje», un grupo de forajidos perseguidos tanto por el ejército mexicano como por unos cazarrecompensas despiadados, es tan cruda como un solomillo poco hecho. Peckinpah no hace concesiones a la hora de escupir toda su cólera contra el mundo; ni los buenos ni los malos se libran de su destino. «Grupo salvaje» es una pelí­cula que habla sobre cómo los últimos tí­os de verdad que quedan sobre la faz Tierra se ven desplazados por una nueva generación de memos disfrazados de hombres. Aunque los protagonistas sean unos ladrones malnacidos, caen bien porque son mejores que sus enemigos, que ni siquiera se molestan en justificar sus actos. Las nuevas ideologí­as, el ansia de poder, el consumismo, la corrupción… todo ello asesina despiadadamente a los espí­ritus libres. La muerte de Pike, Dutch y los hermanos Gorch es un grito de guerra que llama a las armas a todos aquellos que todaví­a no estamos sodomizados por las imposiciones sociales. Su significado moral va de la mano con el de Easy Rider, que se estrenó ese mismo año.

El espí­ritu independiente del cowboy de medianoche

Con motivo del 45 Aniversario de su paso por los Oscar, y ya conocidos los ganadores de la 86 Edición, me dispongo a recordar una de las obras fundamentales de finales de los sesenta. Calificada X en 1969 por su crudeza a la hora de representar a la baja sociedad neoyorquina, donde reina la prostitución, la homosexualidad y las drogas, Cowboy de Medianoche constituye el primer caso de pelí­cula censurada que se alza con el gran Premio de la Academia. Dirigida por un John Schlesinger recién llegado a Estados Unidos, y protagonizada por Jon Voight y Dustin Hoffman, la Academia le retiró la censura después de adquirir el prestigio del que, ya desde los sesenta, gozaba en los cí­rculos cinéfilos independientes. Basada en una novela de James Leo Herlihy, la historia gira en torno a Joe Buck, un joven tejano que, creyendo firmemente en el sueño americano, viaja a Nueva York para enriquecerse prostituyéndose con mujeres de alto standing. Después de que su ingenuidad le juegue una mala pasada, pues el mundo que soñaba no se parece en nada a lo que imaginaba, conoce a Ratso, un timador enfermizo con el que empieza a entablar una extraña amistad.

«Cowboy de Medianoche» desmitifica el sueño americano con aspereza. La historia del ingenuo idealista que cree poder encontrar el éxito en la gran ciudad le sirve al director para crear un tí­tulo que sirva como lí­nea divisoria entre un cine comercial que estaba cayendo en la inverosimilitud de sus premisas y una nueva ola de pelí­culas radicalmente vanguardistas. No es de extrañar que Jerome Hellman, productor a cargo de la pelí­cula, buscase durante meses a jóvenes directores de espí­ritu independiente; una historia tan cruda no podí­a caer en manos de un cineasta conservador. John Schlesinger, que habí­a dirigido algunas de las pelí­culas más importantes del Free Cinema británico, fue una elección segura, pues tení­a experiencia en la industria cinematográfica y sus pelí­culas poseí­an una autenticidad similar a las del cinema verité (hermano gemelo del Free Cinema), promovido por John Cassavetes. Por tanto, la balanza estaba equilibrada. La única condición de Schlesinger fue que los actores secundarios de la pelí­cula no fuesen famosos; todo lo que se alejase del mundo idealizado de las superproducciones hollywoodienses era visto como un beneficio. El por aquel entonces desconocido Jon Voight, y un Dustin Hoffman en pleno ascenso en su carrera actoral, cuya interpretación en El graduado habí­a resultado una gran sorpresa, fueron las primeras elecciones para protagonizar la pelí­cula.

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Como ya he mencionado antes, no es de extrañar que «Cowboy de Medianoche» fuese censurada el dí­a de su estreno. No es que haya escenas de sexo explí­cito, sino que por aquel entonces la esencia de las pelí­culas americanas todaví­a era muy light; es decir, una historia en clave de tragedia sobre prostitutas, homosexuales, estafadores y ladrones no era el tipo de filme que llenaba las salas de los cines. No obstante, después de sus 7 nominaciones a los Oscar, la Academia redujo su X a una R (Restringido a menores de 18 años que no vayan acompañados). Así­, sus veinte millones de dólares iniciales de recaudación se convirtieron en más de cincuenta después de su reestreno, algo que no estaba nada mal para una pelí­cula con un presupuesto de tres millones y medio. Esto deja bien claro que la sociedad estaba hastiada de la realidad embellecida de las pelí­culas americanas. El cine en Europa habí­a dado un cambio radical en los últimos años, y todaví­a se encontraba en pleno auge el fenómeno de la Nouvelle Vague francesa. La nueva ola de directores independientes y, si se quiere, rebeldes, fue el eslabón fundamental para que la industria estadounidense se hundiese en los ardides de unas historias que se alejaban por completo de la realidad y que, además, buscaban adornar la realidad social (recuerden que Estados Unidos estaba en plena Guerra de Vietnam y habí­a sufrido dos magnicidios en los últimos años). Las cosas estaban cambiando y el cine debí­a hacerlo con ellas.

Y precisamente ese espí­ritu radicalmente renovador es la esencia de «Midnight Cowboy». Sus personajes no son héroes idealizados y engrandecidos por una trama disparatada, sino que son fracasados a los que el propio espectador desprecia inicialmente, pues son tan irritantes y tan estúpidamente soñadores que llegan a rozar lo desagradable. Producen rechazo; en general todas las secuencias de la pelí­cula lo hacen. El realismo que proponen sus imágenes, rodadas en espacios reales, y la inocencia resentida que destilan sus personajes, son dos puntos fundamentales para entender por qué esta pelí­cula ha servido como inspiración a un ingente número de cineastas independientes en años posteriores (véase sus numerosas similitudes con Taxi Driver). La banda sonora de Harry Nilson, que contrapone esperanza y tragedia, se convirtió en uno de los iconos musicales de los sesenta. «Midnight Cowboy» muestra una visión pesimista de una colectividad en decadencia, y revela una realidad social desoladora, demostrando nuevamente que el sueño americano es una farsa y que muchos seres humanos nos movemos por impulsos y nos dejamos llevar por nuestros sueños y luego, a la hora de la verdad, no somos capaces de aceptar una realidad que nos abruma. Sin embargo, seguimos adelante, con todo lo que ello conlleva.

El cazador. El realismo de Vietnam

El conflicto de Vietnam (1959 – 1975), al igual que la Primera y la Segunda Guerra Mundial, ha sido llevado al cine en forma de crí­tica a las decisiones polí­ticas de la época. Pelí­culas reivindicativas – y algunas propagandí­sticas – fueron el reflejo del pensamiento social de su tiempo y revitalizaron el poder mediático que podí­a llegar a tener el Séptimo Arte. El número de obras que se han realizado sobre la Guerra de Vietnam es incontable, así­ que delimitar cuáles son las mejores es una empresa absolutamente banal. Sin embargo, sí­ hay tí­tulos clave que sobresalen por encima de la media, tanto por sus caracterí­sticas técnicas como por la innovación y fuerza de sus imágenes; Apocalypse Now (1979) del genio Francis Ford Coppola, Platoon (1986) de Oliver Stone y La chaqueta metálica (1987) del maestro Stanley Kubrick son algunos de los ejemplos más famosos que se contextualizan en el conflicto de Vietnam. A pesar de ello, la primera gran pelí­cula sobre el tema que sentó cátedra fue El Cazador (1978), del controvertido director estadounidense Michael Cimino.

Y digo controvertido porque el tratamiento que hace Cimino de los hechos acontecidos en Vietnam fue tachado de racista; la visión que impone sobre los soldados vietnamitas, pintándolos como unos degenerados y sádicos asesinos, fue objeto de duras crí­ticas, principalmente porque los hechos históricos indicaban todo lo contrario: habí­a más casos de torturas en los campamentos estadounidenses. Sin embargo creo que mucha gente miró – y sigue mirando – donde no debe. No creo que «El cazador» sea una pelí­cula sobre la guerra, sino sobre cómo todas las cosas hermosas que hay en la vida pueden acabar destrozadas por la violenta irrupción de los cambios sociales y el paso del tiempo. La pelí­cula constituye una dolorosa mirada a la ruptura de la amistad, a cómo la vida nos cambia como humanos y nos expulsa del sistema, a cómo nos convierte en seres despreciables, inadaptados y torturados cuando las cosas se tuercen. «El cazador» es más una elegí­a a la inocencia corrompida que una pelí­cula sobre buenos y malos.

The-Deer-Hunter-010Precisamente esa radicalidad a la hora de tratar el conflicto la convierte no sólo en un filme profundamente realista, sino que llega a rozar lo desagradable; el infierno al que se ven sometidos Michael, Nick y Steven, el trí­o protagonista, resulta un espejo en el que duele mirar. El brutal corte de imágenes que pasa de las escenas de caza a cómo una granada estalla en una trinchera llena de mujeres y niños es, probablemente, uno de los saltos narrativos más abruptos y radicales de la historia del cine (fácilmente comparable con el hueso-espacio de 2001: Una odisea del espacio). Y precisamente este tipo de hechos son los que convierten a «El Cazador» en una obra mayor; no escatima a la hora de recrearse en la crudeza de la guerra, en cómo los jóvenes mueren sin sentido, en cómo las familias y las amistades quedan destrozadas tras el conflicto. «El Cazador», una vez más, no habla sobre la guerra, sino sobre cómo esta hace estragos en la mente de todos los implicados, siendo Nick el mayor exponente – después de acabar el conflicto se dedica a apostar grandes sumas de dinero jugando a la ruleta rusa en un antro de Vietnam, hasta que pierde la razón y la vida en una partida.

Por tanto, «El cazador» no es una pelí­cula racista, ni extremista, sino que constituye un canto desesperado a favor de los valores humanos y una honda reflexión sobre la condición del hombre. La brutalidad de sus imágenes destila, a su vez, un increí­ble sentido poético. La banda sonora de Stanley Myers, entremezclada con algunos de los éxitos más notorios de los 70, además de unas interpretaciones excelentes, que rozan lo sublime y que fueron reconocidas con un Oscar para Christopher Walken y dos nominaciones para Robert De Niro y Meryl Streep, terminan de consagrar uno de los clásicos fundamentales del cine moderno. Una pelí­cula de una profunda belleza implí­cita. Una devastadora historia de corazones destrozados y amistades irrecuperables.

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