Tiburón y las fauces del realismo

Decí­a con razón Alejandro Amenábar que «para los que no hayamos leí­do a Melville, Tiburón es nuestra Moby Dick». Un jovencí­simo Spielberg vení­a de sorprender en los Globos de Oro con «El diablo sobre ruedas, probablemente la TV Movie con más éxito de la historia, y se propuso sentar cátedra con la que a dí­a de hoy constituye una de las pelí­culas de terror más influyentes de la historia del cine: «Tiburón». El éxito de esta obra viene dado por su estructura narrativa dividida: la primera hora de metraje, que presenta a los personajes, sus conflictos y, en general, sitúa emocionalmente al espectador; y la segunda, la aventura marina en la que se embarcan los tres protagonistas para dar caza al escualo. Este tipo de estructura llama especialmente la atención por dos cuestiones; es atrevida y brilla por su ausencia en otro tipo de obras. Muy pocos directores han sabido encauzar una historia de tal manera que, al dividirla en dos partes, haya dado un resultado tan satisfactorio; satisfactorio por utilizar la primera sección para dar una profundidad moral a los personajes y, como espectadores, empatizar emocionalmente con ellos para, en segunda instancia, ponerlos frente a un peligro inminente.

Se ha dado el caso de gente que me ha preguntado… «David, ¿por qué una pelí­cula que trata sobre tiburones puede ser tan buena y tan famosa?». Mi respuesta más obvia es decir que vean la pelí­cula. Pero si se me tira un poco más de la lengua siempre llego a la misma conclusión: «Tiburón» funciona porque juega con el miedo a lo desconocido. Como pasa con Alien o La Cosa, el hecho de no mostrar – o mostrar muy poco – a la bestia provoca un mayor nivel de sugestión. «Tiburón» juega con las mismas cartas; muestra poco, pero cuando muestra da miedo de verdad. Además el silencio sepulcral que precede a las escenas culminantes realza la tensión en la ya de por sí­ tensa atmósfera. No sin olvidar añadir a la lista de factores culminantes la inolvidable banda sonora de John Williams; efectividad frente a sencillez.

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Otro factor que me resulta muy interesante remarcar es que los miembros del reparto no forman parte del famoso estrellato hollywoodiense. Roy Scheider, que da vida al jefe de policí­a Martin Brody, es el tí­pico nerd-héroe que acaba superando sus miedos y convirtiéndose en un «badass», algo así­ como Walter White en Breaking Bad. Brody, como ocurrirí­a con la teniente Ripley unos años después, se ve enfrentado cara a cara con el enemigo, solo y al borde de la muerte. Richard Dreyfuss, cuyo papel como experto en tiburones es más bien pasivo, y Robert Shaw, que interpreta a Quint, el antihéroe de la cinta, completan el reparto principal. Actores del calibre de Charlton Heston, Robert DuVall, Jeff Bridges, Jon Voight, Sterling Hayden y Lee Marvin fueron barajados para los diferentes papeles de la cinta. La verdad es que me habrí­a encantado ver a Johnny Guitar devorado por un tiburón.

Galardonada con tres Oscar (Mejor Edición, Mejor Sonido y, por supuesto, Mejor Banda Sonora), «Tiburón» fue un éxito inesperado. Primero porque hubo numerosos problemas de producción: la pelí­cula comenzó costando tres millones de dólares y se acabaron gastando once, se estimaron cincuenta dí­as de rodaje que se convirtieron en ciento sesenta, etc. Todos estos percances de producción, además de los numerosos problemas técnicos a la hora de rodar (los sistemas hidráulicos del tiburón se estropeaban constantemente) y las disconformidades entre Spielberg y Peter Benchley, el autor de la obra, estuvieron a punto de acabar con la paciencia del director. No obstante, el dí­a de su estreno «Tiburón» triunfó en todos los festivales y se convirtió en una de las pelí­culas más rentables de la historia del cine. Es bien sabido el éxito que tuvieron las posteriores obras de Steven Spielberg y cómo poco a poco fue subiendo el escalafón de la fama, convirtiéndose así­ en uno de los personajes más poderosos de la industria estadounidense.

Star Wars; revitalizando la saga

Desde que se conocieron los primeros informes de que Lucasfilm (comprada hace unos años por Disney) tení­a pensado continuar con la saga Star Wars y de que querí­a producir los capí­tulos VII, VIII y IX, el público ha tomado diferentes posturas; desde un interés acérrimo hasta un rechazo intransigente, sin olvidar mencionar a todos aquellos no-fans ajenos a la saga que, como en muchos otros casos (véase mi nulo interés en la reciente reaparición de El Hobbit), han decidido quedarse al margen. Por tanto, la pregunta que les planteo hoy aquí­ es la siguiente: ¿es necesario seguir con la famosa épica de aventuras espaciales iniciada por George Lucas en 1977? Yo no quiero ser quien, cual demagogo, les diga lo que deben pensar. En mi opinión la Guerra de las Galaxias, aunque explotada al máximo a lo largo de los últimos treinta y cinco años, todaví­a conserva interés. La considero atemporal, susceptible a cambios y muy, muy interesante. Después del resbalón artí­stico de Lucas al crear las que son consideradas por los fans las tres peores entregas de la saga – La amenaza fantasma, El ataque de los clones y La venganza de los Sith -, no vendrí­a nada mal que un director del calibre de J.J. Abams (Perdidos, Super 8, Star Trek (2007), Star Trek: en la oscuridad) revitalizase una saga que, ya de base, está vendida al gran público. El miedo que tenemos todos los fans viene dado porque Disney está a cargo del proyecto; su polí­tica de acción para todos los públicos y su moralina son dos de sus caracterí­sticas más conocidas, y bien se sabe que ha estropeado remakes, adaptaciones y secuelas que suscitaban cierto interés – véanse las dos nefastas continuaciones de «Piratas del Caribe» o la infumable «Prince of Persia: las arenas del tiempo«, entre otras.

Otro factor que está poniendo nerviosos – o al menos expectantes – a algunos de los fans, es que no se conocen apenas datos de los miembros del reparto. Se ha hablado de la posibilidad de que Mark Hamill (Luke Skywalker), Carrie Fisher (la princesa Leia), Harrison Ford (Han Solo), un holograma del ya fallecido Alec Guiness (Obi-Wan Kenobi), Ewan McGregor (Kenobi joven), Liam Neeson (Qui-Gon Jin), Samuel L. Jackson (Mace Windu) e incluso el Maestro Yoda y Darth Vader/Anakin Skywalker, todos ellos personajes que han jugado papeles fundamentales a lo largo de la saga, tomaran parte en este último proyecto, ya sea como ancianos o como fantasmas de personajes muertos. Otros nombres como Michael Fassbender (Prometheus, Malditos bastardos, 12 años de esclavitud), Hugo Weaving (Matrix, El señor de los anillos) y Adam Driver (Girls, A propósito de Llewyn Davis), también han sido barajados en los últimos dí­as. Todo esto me parece bien mientras no aparezca Hayden Christensen.

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Cabe destacar que el proceso de pre-producción del Episodio VII también está siendo convulso; Michael Arndt, que estaba a cargo del guión de la nueva entrega, fue sustituido por Lawrence Kasdan (guionista de El imperio contraataca y El retorno del Jedi) y por el propio Abrams. La razón de este cambio de última hora fue que Arndt querí­a centrar la historia en las nuevas generaciones de protagonistas, es decir, en los hijos de Luke, Leia y compañí­a; sin embargo, Abrams tení­a pensado dar un «final épico» a los personajes principales de las otras entregas en este séptimo episodio, centrándose exclusivamente en ellos, y presentando en segundo término a los que serí­an los protagonistas de los episodios VIII y IX, esta vez sí­, los hijos de Skywalker, la princesa y Han Solo.

Si es necesario que se vuelva a llevar «Star Wars» a la gran pantalla es algo que el lector debe decidir. Personalmente, creo que George Lucas manchó el nombre de las tres pelí­culas originales al dirigir los tres últimos – o primeros, depende de cómo se mire – episodios, que comenzaron en 1999 con la ya mencionada «La amenaza fantasma». A nivel de guión, estas tres propuestas eran mucho menos interesantes que las originales y, para no variar, sustentaban todo el interés visual en los efectos digitales. Lo más lógico es pedir lo imposible y volver a la propuesta de la pelí­cula del 77; utilizar los decorados hechos a mano con un complemento digital actualizado. A priori esto puede parecer disparatado, pero si «Una nueva esperanza» es indiscutiblemente la mejor pelí­cula de toda la saga es por la utilización de unos decorados fí­sicos. Es cierto que a nivel de dirección e interpretaciones tiene muchos fallos (ya es hora de reconocer que George Lucas tiene un mundo interior inmenso pero no es un buen director de cine; sus ideas son soberbias pero no sabe ponerlas en práctica con la coherencia narrativa y la seriedad que requieren las historias) pero, sin embargo, valorándola como un producto de entretenimiento (una historia de héroes y antihéroes estereotí­picos llevada a la épica de la ciencia-ficción), la cosa cambia. Lo que a priori puede considerarse una obra obsoleta, narrativamente hablando, se convierte en un espectáculo visual sin precedentes cuando entra en escena el diseño de producción. Como siempre digo, los efectos digitales están condenados a superarse a sí­ mismos. Esperemos que J.J. Abrams tenga en cuenta la esencia de la saga original y sepa explotar adecuadamente sus posibilidades. De momento, después de sus últimos trabajos, me atrevo a darle un voto de confianza. Confí­o en que no le venga demasiado grande.

La Aventura. Cine de gran envergadura

A veces, los jefazos de BFace me obligan a no ser demasiado pesado con mis publicaciones. Sin embargo, hoy tengo ví­a libre, así­ que me voy a marcar un texto de los mí­os; voy a volver a la carga con el cine que más me apasiona, ese cine de antaño en el que los artistas luchaban por romper las normas narrativas establecidas por Hollywood y crear una visión diferente del mundo a través de sus historias. Hace unas semanas hablaba de Stanley Kubrick, aquel hombre que hizo cambiar mi manera de ver e interpretar el cine. Hoy le dedico esta publicación a otro cineasta al que le debo lo mismo; Michelangelo Antonioni. Un hombre que, a mi parecer, ha caí­do en el olvido y, sin embargo, es uno de los directores de cine más importantes de la historia. De hecho, creo que hay dos tipos de cineastas/cinéfilos en este mundo; los que han visto pelí­culas de Antonioni y los que no (algo así­ como lo que pasa con Tarkovsky y Renoir). Sus obras, cargadas de una gran profundidad existencial, de unas composiciones visuales que dejan sin aliento y cuyos temas poseen una gravedad caracterí­stica de los grandes autores de la literatura universal, son, a nivel formal, las mejores de la historia del cine. Desde La aventura hasta El reportero, pasando por La noche, El eclipse y Blow-Up; todas ellas son obras de gran envergadura, de una importancia capital.

Podrí­a hablar de Antonioni durante horas, pero no sé si el público al que me dirijo, que por lo visto es un número bastante reducido, está realmente interesado en escuchar mis teorí­as e hipótesis de cada uno de sus trabajos. Por tanto, ni siquiera me voy a centrar en esa supuesta trilogí­a formada por «La aventura», «La noche» y «El eclipse» (y, si se tira un poco más del hilo, El desierto rojo), sino que quiero orientar mi entrada hacia el mundo que propuso en «La Aventura«. Aunque muchos crí­ticos y analistas la consideren una auténtica trilogí­a, lo único que las une es su temática; la ruptura de la pareja. Sin embargo, el ochenta por ciento de las pelí­culas de la época trataban sobre temas similares. Por tanto, considero equí­voco hablar de una trilogí­a cuando ni los personajes ni las historias poseen una continuidad narrativa. La temática de pareja, o más bien de la ruptura de la pareja, es tan amplia, tan extendida a lo largo de la filmografí­a de otros cineastas, que considerar que hay una conexión sustancial entre las tres obras no es del todo correcto. Sí­ se puede decir que hay ciertos elementos comunes en todas ellas, sobre todo con respecto al estilo y al tratamiento visual, pero poco más.

La aventura (Podrí­a decirse que «La aventura» trata sobre un grupo de burgueses que viajan a la isla Lipari, (situada en el conjunto de las islas Eolias, en Sicilia), para pasar un fin de semana. Allí­, la protagonista, Anna, desaparece. Su pareja, Sandro, y su mejor amiga, Claudia, la buscarán entre las escarpadas rocas de la zona. Con el paso del tiempo empiezan a perder la esperanza de encontrarla y, cuando abandonan el lugar, siguen buscando pistas en las afueras de Italia. Conforme van buscando, Sandro y Claudia se enamoran, y finalmente dan por perdida toda esperanza de encontrar a la joven. La historia, que en un principio se presentó como una trama de intriga, ha quedado relegada a un segundo plano para dar paso a una historia de amor protagonizada por un artista frustrado convertido a arquitecto y una joven que busca placer espontáneo. Anna desaparece, tanto de la historia como de la conciencia de Sandro y Claudia.

Esta ruptura de la narrativa convencional, que ese mismo año propuso Hitchcock con Psicosis, fue objeto de durí­simas crí­ticas, al igual que la elevada carga erótica de la pelí­cula que, aunque no explicite secuencias de sexo, sí­ las intuye y, lo que es más, las justifica mediante la actitud de sus personajes. Pongamos, por ejemplo, a Sandro. í‰l es un artista que, por dinero, trabaja como arquitecto, por lo que no tiene tiempo para dedicarse a sus obras. Paga su frustración con el mundo, de tal manera que en una escena deja caer un tintero sobre el trabajo de un joven que dibujaba la estructura arquitectónica de unos edificios. Cuando está rodeado de paisajes que evocan la naturaleza artí­stica del ser humano, él se excita. Por tanto, el tí­tulo de la pelí­cula no se corresponde a las aventuras que viven los personajes de las obras de John Huston, sino que se refiere a algo mucho más profundo; es una aventura moral y existencial, una aventura de los sentimientos y las pasiones frustradas. La aventura de Claudia para encontrar la manera de perdonar a Sandro por sus errores. La aventura de Sandro por buscar algo que llene su vida vací­a. La aventura de todos los personajes que los rodean, perdidos en su propia existencia, incapaces de solucionar su vida monótona y aburrida. Al igual que Blow-Up, es una historia con un misterio sin resolver. Para mí­, hay dos etapas en la historia del cine; la anterior a 1960 y la posterior, después de que Hitchcock y Antonioni desafiaran las reglas de la narrativa convencional, explotando las posibilidades del cine, y cambiaran para siempre la manera de ver e interpretar las pelí­culas.

El vino con sabor a tierra

Julio Medem Tierra

A dí­a de hoy el cine español está viviendo uno de sus momentos más crí­ticos. Para ser claros; nos están dando por todos lados. Nos quitan las subvenciones, nos suben el IVA y, para más inri, el propio pueblo tacha abiertamente a los cineastas de ser unos «chupabotes» y califica el cine español con adjetivos que, por respeto, no pienso exponer aquí­. Supongo que en el cí­rculo de cineastas, cinéfilos, crí­ticos y analistas de cine estos pensamientos han quedado muy anticuados; pertenecen a la era prehistórica del pensamiento social. Sin embargo, cuando uno se mete en los periódicos online y lee los comentarios de la gente en la sección cultural de cine, se le pueden saltar las lágrimas o, en su defecto, la mala leche. íšltimamente ya no me paro a pensar en qué es lo que opina la gente del cine español, básicamente porque soy consciente de que una inmensa mayorí­a, especialmente jóvenes, tiene un pensamiento bastante obsoleto del misCarmelo Gómez, Silke.mo. Es curioso que el cine español sea reconocido en todos sitios menos en España. En fin, siempre seguirá habiendo gente que se haya quedado estancada en TorrenteDí­as de fútbol y las pelí­culas de la Guerra Civil. ¿Qué se le va a hacer? Lo más triste de todo es que se critica sin siquiera haber visto aquello que se reprocha.

Voy a dejar las lecciones morales y centrarme en aquello que interesa; la Recomendación De Los Lunes, que es como empiezo a llamar a mis publicaciones en BFace. Supongo que gracias al párrafo inicial se habrán hecho a la idea de que la pelí­cula a la que voy a dedicar unas palabras hoy no pertenece ni al expresionismo alemán ni a los primeros experimentos de los Lumií¨re (aunque me sienta tentado), sino al cine español reciente. En este caso, voy a adentrarme en el mundo que Julio Medem propuso en una excelente pelí­cula de 1996 protagonizada por Carmelo Gómez, Emma Suárez y Silke… Para el que esté un poco perdido entre el cí­rculo polar finlandés y las habitaciones en Roma, me estoy refiriendo a Tierra.

Julio Medem TierraCarmelo Gómez, Silke.

La historia se adentra en la vida y pensamientos de un fumigador con desdoblamiento de personalidad que viaja a una comunidad rural de Zaragoza para acabar con una plaga de chinchilla que está dando a todo el vino de la comarca un sabor a tierra. Allí­ conoce a dos mujeres completamente opuestas; íngela, que representa la ternura, el amor y la estabilidad que íngel, el protagonista, necesita, y Mari, sí­mbolo de la pasión y el sexo. Entre otros dilemas morales que le corroen al personaje de Carmelo Gómez se encuentra el de decidir con cuál de esas dos mujeres se quedará.

Carmelo Gómez, Silke.Describir y analizar la pelí­cula serí­a destripar una obra que tiene que verse para sentirse. Me limitaré a decir que la fotografí­a de Aguirresarobe es impresionante y que la banda sonora original del tres veces nominado al Oscar Alberto Iglesias hace el resto. Los paisajes tienen un significado profundamente í­ntimo; el viento y la lluvia son catalizadores de las emociones. En Medem todo tiene un significado. Esto a menudo se ha valorado por la crí­tica como un exceso de pedanterí­a y, en ocasiones, se ha catalogado su cine de fantástico (con connotaciones negativas)… pero la unanimidad con respecto a la maestrí­a del tratamiento de los sentimientos y las inquietudes de sus personajes también es digna de mencionar.

«La muerte no es nada, pero si estuvieses completamente muerto, no me oirí­as»… Con estas palabras comienza una de las obras más grandes del cine español; la prueba fehaciente que demuestra a todos esos escépticos que tenemos grandes obras maestras en nuestro cine, y que no tienen nada que envidiar a las producciones de otros paí­ses. Nominada a 4 premios Goya y seleccionada para participar en la sección oficial de Cannes, Tierra es una pelí­cula maravillosa, de una belleza visual sin precedentes. Una sinfoní­a en imágenes, un poema visual. Como pasaba con James Stewart en Qué bello es vivir… todos nos sentimos íngeles.

¡Qué bella es la Navidad!

2014 se acerca… y con él la Navidad. Este año no hay cataclismos mundiales ni planetas marcianos que vayan a chocar contra La Tierra, así­ que todos esos plañideros paranoicos y conspiradores que me lean (los cuales, imagino, son pocos), sabrán que tienen poco material para meter miedo a la población. Reconozco que el año pasado la pelí­cula más apropiada para esta sección navideña habrí­a sido alguna de Roland Emmerich… pero ya que estamos fuera de la «zona de peligro mundial», prefiero irme a mi terreno: el cine clásico, independiente y de autor. Así­ aprovecho y le doy cancha a uno de los directores de cine más importantes de la primera mitad de siglo XX, Frank Capra. Y ya, de paso, les vendo un clasicazo que me enamoró al instante.

Pongámonos en antecedentes; Frank Capra y James Stewart. Mi pareja director-actor favorita de esta etapa del cine americano (o, al menos, una de las más interesantes de por aquel entonces). Después de tí­tulos como Vive como quieras (1938) y Caballero sin espada (1939) (ambas, por cierto, muy recomendables), la pareja se metió de lleno en su tercera y última colaboración cinematográfica; ¡Qué bello es vivir! (1946), una historia navideña de corte social sobre un filántropo a cargo de una empresa de seguros al que la vida no le sonrí­e. Después de perder 8.000 dólares, su empresa está lista para entrar en quiebra, por lo que decide suicidarse para que su familia cobre el seguro de vida. Antes de lanzarse por un puente al frí­o agua invernal, un ángel se le aparece y le muestra cómo serí­a la vida de toda la gente a la que conoce si él no hubiera existido.its_a_wonderful_life_11

He leí­do comentarios que echaban en cara a la cinta que fuese «excesivamente optimista y poco realista». Esta clase de textos me chocan bastante, especialmente porque mientras veí­a la pelí­cula, aunque es cierto que es un canto a la buena voluntad que remarca la importancia de seguir una clase de ideales muy tópicos, la interpreté como una acérrima crí­tica social, pues arremete contra la alta burguesí­a conservadora y el materialismo impuesto por un pensamiento consumista. Puede que su punto de vista sea muy «positivista» y fantasioso, pero creo que hay que indagar más en la psicologí­a de la historia, en su mensaje interior: toda la maldad seguirá existiendo en el mundo por mucho que haya gente buena.

¡Qué bello es vivir! es emitida en más de una docena de canales de televisión en estas fechas. Además de eso, constituye uno de los hitos cinematográficos más importantes de la historia del cine. Es una pieza clave para entender el desarrollo del Séptimo Arte en aquellas fechas, así­ que les invito a todos a que la vean (si no lo han hecho ya). Es cine familiar de calidad, con un triste mensaje implí­cito (el ya mencionado) y un hermoso mensaje explí­cito: el que más tiene es el que más da. La pelí­cula fue nominada a cinco Oscar, entre los que se incluí­an mejor obra, mejor director y mejor actor principal. Una vez la pelí­cula acaba, y citando a mi compañero Javier Mateo Hidalgo, «todos nos sentimos James Stewart». Una excelente opción para acabar bien el año 2013.

Repulsión: Soledad, paranoia… reflexiones sobre el terror psicológico

El texto de hoy se lo voy a dedicar a uno de los directores vivos más relevantes de nuestros dí­as. Con 80 años, Roman Polanski sigue en plena forma, cinematográficamente hablando. Aunque su vida ha estado siempre acechada por lo que vulgarmente llamarí­amos un «mal de ojo» (el asesinato de Sharon Tate y su hijo, problemas con la ley, etc.), nunca se alejó de lo que mejor sabí­a hacer: cine. Lo que es más, le sirvió de refugio. Si escojo «Repulsión» como pelí­cula de la semana es más por importancia que por preferencia; es decir, es una de las pocas pelí­culas – junto con Callejón sin salida y El cuchillo en el agua – que recoge toda la esencia del cine de terror de su etapa joven. Su importancia en la historia del cine es capital.

repulsion3Fruto de la genialidad de su época de juventud, como ya he dicho, Repulsión es una obra de una exquisita madurez formal, con una puesta en escena de increí­ble belleza visual. La historia gira en torno a una joven, Carol (interpretada por una sobresaliente Catherine Deneuve) con serios trastornos de personalidad, que vive con su hermana en un apartamento londinense. Cuando esta última se va de viaje a Italia con su novio, al que Carol desprecia, la joven protagonista se queda a cargo de la casa. Por primera vez en su vida se verá sometida a los efectos de la soledad, que hará estragos en su mente enferma. Desarrollando una profunda repulsión por los hombres, Carol empieza a tomar una actitud paranoica, hasta llegar a lí­mites extremos.

Repulsión, como se ha podido deducir de mi primer párrafo, es un tí­tulo totalmente temático: hace referencia a la aversión innata que siente Carol por los hombres. Este rechazo se ve potenciado por los graves efectos que ejerce la soledad sobre una persona desequilibrada acostumbrada a la convivencia. La obra, que posee una belleza visual sin precedentes, además de una puesta en escena donde se suceden planos secuencia increí­bles, que dan versatilidad al conjunto, y planos detalle asfixiantes, que junto con la tenebrosa atmósfera, someten al espectador a las leyes impuestas por el director, resulta en todo momento una paranoia, una obsesión. Es difí­cil que los videantes (siempre referencias a Kubrick) no se sientan atrapados y desconcertados durante todo el metraje; sin duda es una de las pelí­culas más claustrofóbicas y difí­ciles de ver de los años sesenta.

Repulsion-Polanski-1965Es interesante contemplar el desarrollo psicológico de Carol y cómo, como bien he mencionado antes, la falta de apoyo y de contacto con otros seres humanos la hace encerrarse en sí­ misma, en la soledad de su demencia. Si al principio se mostraba como una persona retraí­da, tí­mida e incluso deficiente, con el paso del tiempo la joven se convierte en un peligro. Todo esto es apreciable por los pequeños detalles y maní­as que Polanski, cuidadoso como el que más, va insertando sutilmente en las diferentes escenas (la joven se come las uñas nerviosamente, su actitud ante las grietas, las acciones violentas, sus miradas, etc). El espectador asiste impotente a un enfermizo y delirante trance que acabará, indefectiblemente, en desgracia. A través de este estado de ensoñación veremos cómo las paredes se abren de par en par y salen manos de ellas, un trabajador de la obra aparece misteriosamente reflejado en los espejos y cómo un conejo decapitado va pudriéndose conforme avanza el metraje, entre otras cosas. Algunas secuencias me recuerdan a lo que serí­a David Lynch años después. Además de todo esto, la sórdida y desacompasada música, que como siempre digo, es fundamental, suprime las reglas de la coherencia para transformar la atmósfera de la pelí­cula en algo sobrenatural.

Para acabar, y aunque no tienda a poner demasiadas objeciones a las pelí­culas que trato en esta sección, he de decir algo en su contra. Aunque los momentos de tensión están muy bien logrados (la escena del casero o los cinco minutos finales) y recuerdan en muchos momentos, al igual que el piso donde se desarrolla la acción, a La Semilla del Diablola primera hora de metraje es muy pausada, excesivamente lenta. Y no me refiero a «lenta» como sinónimo de «aburrida», ni mucho menos, pero se toma demasiado tiempo en despegar, centrándose en detalles y situaciones externas que no influyen en el desarrollo de la historia (las secuencias de la peluquerí­a, por ejemplo, podrí­an acortarse, al igual que los paseos por las calles de la ciudad, que me recuerdan a la sobrevalorada Elephant de Gus van Sant).

[ Rec ] … Grabando el terror

A dí­a de hoy el género zombie se ha puesto de moda con The Walking Dead, una de las series de televisión más vistas de todos los tiempos, que ha explotado el tópico de manera soberbia a lo largo de ya cuatro temporadas (esta última todaví­a en curso). Sin embargo, estos putrefactos seres que hoy en dí­a nos gustan tanto, han sufrido una enorme evolución desde la Yo anduve con un zombie de Tourneur o la joya de culto de George A. Romero, La noche de los muertos vivientes y sus consecuentes – y excelentes – secuelas. Lo que en un principio era una visión crí­tica de la sociedad consumista, cuyos excesos dieron como resultado «la ira de Dios», ha pasado a convertirse en un espectáculo de terror barato. Los muertos vivientes quedaron definidos por Romero como seres lentos, babosos y ruidosos que en número eran peligrosos pero por individual eran prácticamente inofensivos. La premisa se ha respetado hasta hace poco más de diez años con 28 dí­as después de Danny Boyle, que dio un vuelco a las normas del género y añadió un virus que infectó a la población y, por primera vez, les dio a los zombies la capacidad de correr. Remakes y secuelas como Amanecer de los muertos de Zack Snyder o 28 Semanas Después del tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo, parodias del corte de Braindead, Zombies Party, Planet Terror, Fido y Bienvenidos a Zombieland, experimentos cinematográficos como The Signal y El regreso (por cierto, una de las más interesantes entregas de la Masters of Horror Series), e incluso miniseries de televisión donde ni los miembros del Gran Hermano británico podí­an escapar del apocalipsis (hablo de Dead Set, claro), han sido grandes éxitos recientes, y en casi todos los casos público y crí­tica han sido unánimes en sus valoraciones (menos en la insultante saga Resident Evil adaptada por Paul W.S. Anderson de los videojuegos originales) Por tanto, se puede decir que los zombies están de moda hoy más que nunca. La sociedad moderna siente placer viendo a entrañables seres descompuestos devorar toda clase de personajes variopintos… y con razón.

Después de esto, queda claro que hoy no me voy a ir a los años cincuenta a buscar pelí­culas para recomendar. Aprovecho que soy un fan consumado del género zombie, lo que puede parecer raro en un fanático de Louis Malle y Renoir, para dedicar el espacio semanal a una obra reciente que todos ustedes conocen: Rec, dirigida por Jaume Balagueró y Paco Plaza… una pelí­cula que en 2007 dio un vuelco a la manera de ver el género.

[Rec], Manuela Velasco.
[Rec], Manuela Velasco.

«Rec» abre con una joven periodista, íngela (Manuela Velasco), que hace un reportaje sobre la vida nocturna de los bomberos. Lo que comienza como una crónica aburrida y monótona continúa con un inesperado aviso de emergencia que desemboca en una horrible pesadilla. Uno de los hitos fundamentales de esta pelí­cula, que desde el dí­a de su estreno podrí­a catalogarse como «de culto», es jugar con los elementos cotidianos. El hecho de que la protagonista sea una persona corriente, remarca su vulnerabilidad frente a los acontecimientos que acontecen. La veracidad de la interpretación de Velasco y de los otros miembros del reparto, cuyos guiones, si no improvisados, sí­ tienen bastante de espontáneo, incitan a olvidar toda ficción cinematográfica. Nos encontramos, como espectadores, ante gente normal, parecida a la que estamos acostumbrados a ver pasar por la calle o en el metro. Es como si el panadero, el señor de la ferreterí­a, el que viene a traer el gas a fin de mes y la vecina cincuentona de los rulos se juntasen para hacer frente a una amenaza sobrenatural; son personajes cotidianos. Ninguno de los actores/actrices presentes es excesivamente conocido, a excepción de Velasco y Ferrán Terraza. Todos los demás son, por así­ decirlo, gente común, de calle. Probablemente de tener a Javier Bardem o a Antonio Resines en el reparto, la pelí­cula se vendrí­a abajo. La cámara, además, es otro personaje fundamental. Sus movimientos frenéticos y el constante traqueteo no hacen daño a la vista como ocurre en otras obras, precisamente porque no tiene la función de cámara; es nuestra personificación. Es el enlace que nos une, como espectadores, con el infierno que viven los personajes.

Otro factor que quiero remarcar y que en muchos casos delimita la diferente entre una pelí­cula mediocre y una gran obra, son los efectos visuales y el sonido. Con un presupuesto reducido, Plaza y Balagueró han creado lo que parece un despliegue de superproducción sin precedentes. En todo momento somos conscientes de lo que está ocurriendo tanto dentro como fuera del edificio; sonidos de helicópteros, ruidos de voces, alarmas de decenas de vehí­culos patrulla, etc. Todo ello introduce al espectador en un mundo que parece absolutamente real. Corremos por los pasillos ensangrentados del edificio y sentimos el aliento de los infectados en la nuca, mientras que los helicópteros y las fuerzas especiales nos apuntan desde las ventanas; nadie está a salvo. Lo que comienza siendo una búsqueda de escapar acaba siendo una lucha por sobrevivir. ¿No es así­, al fin y al cabo, como serí­a en la vida real? ¿No nos comportarí­amos todos de esa manera ante una situación de esas caracterí­sticas? Muchos podemos creernos Rick Grimes con su pose de Cowboy y su revólver plateado, montando a caballo con la placa de Sheriff en el pecho, pero a la hora de la verdad serí­amos unos histéricos, aunque la amenaza ni siquiera estuviese confirmada.

[Rec], escena final.
[Rec], escena final.

Hablaba sobre lo de moda que se han puesto los zombies, pero para tratar «Rec» en condiciones también hay que hablar de la influencia que ha ejercido en otras obras posteriores. El topic metraje encontrado ya habí­a sido explotado en los años 80 por la despreciable Holocausto Caní­bal y algunas de sus secuelas, todas ellas censuradas hasta en Groenlandia, y habí­a sido reimpulsado por El proyecto de la bruja de Blair, sin duda una de las obras más emblemáticas del cine independiente de los últimos treinta años. Sin embargo, podrí­a decirse que dentro de este tipo de pelí­culas, «Rec», como «El proyecto de la bruja de Blair» en su momento, ha marcado un antes y un después. No es de extrañar que tí­tulos como Paranormal Activity, que se estrenó el mismo año en Estados Unidos y que tardó dos años en llegar a España, Cloverfield, The Poughkeepsie Tapes y Trollhunter se pusieran de moda con tanta facilidad, especialmente después del éxito rotundo de la cinta española. Tal fue su repercusión que hasta los americanos intentaron aprovecharse de su notoriedad haciendo un remake, Quarantine, a cargo de John Erick Dowdle (casualidad, director de la ya mencionada Poughkeepsie). Esta obra no tuvo ni un ápice de repercusión en comparación con la obra de Balagueró y Plaza; no es que no estuviese a la altura, es que hizo como Haneke y su remake de Funny Games: copiar paso por paso la original.

En el espacio nadie puede oí­r tus gritos

Hoy se han puesto de moda dos tendencias cinematográficas relativamente opuestas: el cine de explosiones masivas de Michael Bay y el cine de aliení­genas. Si hacemos un repaso por los estrenos recientes, encontramos una preocupante cantidad de pelí­culas de ciencia-ficción que hablan sobre catástrofes mundiales provocadas por extraterrestres y/o avanaces tecnológicos (Invasión a la Tierra, La hora más oscura, Oblivion y, si vamos un poco más atrás, Yo Robot e Independence Day) o sobre bichos cósmicos caí­dos de la nada (Distrito 9, Men in Black III o el penoso remake de La Cosa). Podrí­a decirse que la ciencia-ficción y el cine de acción puro son los «trending topic» de la gran pantalla hoy en dí­a (entendiendo por acción La Jungla de Cristal Versión Redux 7, Jack Reacher o la versión geriátrica de Indiana Jones). No obstante, la pelí­cula que me trae hoy aquí­ no es un estreno reciente, pues no se corresponde ni con mi interés ni con la sección del blog a la que pertenezco. Remontémonos a 1979, cuando un hombre de 42 años llamado Ridley Scott empezaba a labrarse un nombre en la industria hollywoodiense…

Cuando escucho la palabra Alien lo primero que me viene a la cabeza es en una enorme nave de carga minera y un grupo de siete tripulantes recién despertados del sueño espacial. Han pasado más de treinta años desde el estreno de esta pelí­cula, y todaví­a hoy sigue poniendo los pelos de punta. Esta es una de las diferencias más claras entre el cine de antaño y el cine del siglo XXI; lo que se hace en 2002 queda más atrasado en 2012 que lo que se hizo en 1960. No hay que ser demasiado inteligente para darse cuenta de cuál es el problema: los avances tecnológicos en el campo de los efectos visuales. «Alien» es lo que yo llamo una pelí­cula «hecha a mano», es decir, tanto los decorados y los trajes como los efectos visuales son fí­sicos, están ahí­, los puedes tocar, son creí­bles. Y además más baratos que las explosiones de barcos, avionetas, coches y personas. Esta tendencia se ha ido perdiendo a lo largo de los años, pues el público se ha vuelto más y más exigente y los avances técnicos han irrumpido en el medio con suma facilidad. Sin embargo, de lo que nadie parece darse cuenta es que la espectacularidad está condenada a superarse a sí­ misma, por lo que dentro de unos años llegará un obstáculo inflanqueable y será derrotada.

Alien 1979 Ridley Scott

Pero volvamos a lo que nos reune hoy aquí­. ¿Qué es «Alien»? ¿Por qué es un clásico de culto? ¿Por qué es una de las pelí­culas más importantes de la ciencia-ficción? Tengo dos teorí­as con bastante peso. La primera es que, excepto Kubrick con su odisea espacial, nadie habí­a contextualizado una historia de terror en una nave. Esto supuso una nueva manera de ver e interpretar las historias dentro del género. Todas las pelí­culas posteriores situadas en el espacio beben de «Alien» (véase Atmósfera Cero, Lifeforce, Moon y la recién estrenada Gravity; e incluso algunos videojuegos del corte de Dead Space). Por supuesto, no tienen nada que ver unos con otros, y probablemente ninguno de los tí­tulos en cuestión serí­a igual sin la grande entre las grandes, 2001: Una odisea del espacio. Pero como el cine siempre es una influencia constante entre autores, no es de extrañar que haya ciertas similitudes.

alien3La segunda teorí­a consiste en la perspectiva con la que el director desarrolla la pelí­cula. Hasta entonces todo el género de terror habí­a seguido una ley muy simple: que sus protagonistas fuesen jóvenes. Lo que hace diferente a «Alien» es que casi todos los miembros del reparto superan los 40 años (a excepción Sigourney Weaver, Verónica Cartwright y el atemporal John Hurt, que no cuenta). Son hombres y mujeres cansados, trabajadores egoí­stas, probablemente explotados, cientí­ficos y pilotos que trabajan para grandes empresas y que, digamos, no son nadie importante. Plantear una pelí­cula desde un punto de vista tan cercano al espectador es uno de los logros más grandes de «Alien». Sus personajes, cada uno opuesto al otro, y todos con un sello identificativo que los define (debilidad, determinación, fuerza, egoí­smo, etc.), son absolutamente reconocibles, por lo que resulta extremadamente fácil empatizar con ellos.

Pero el hito más importante, y esto ya no son teorí­as sino hechos, es el uso de unos excelentes efectos de sonido. He visto miles de pelí­culas, por lo que puedo poner la mano en el fuego y no tener miedo de decir que «Alien» es una de las obras más escalofriantes de todos los tiempos. El sonido y la imagen se funden para crear una atmósfera asfixiante y tenebrosa. La banda sonora de Jerry Goldsmith, que regala a Ridley Scott los mejores tí­tulos iniciales de la historia del cine, le da cierta ambigí¼edad al conjunto; juega con el terror y la hermosura del espacio, con la satisfacción de sentirse aislado del mundo y con la frustración que ello implica. La próxima vez que la vean presten atención y pregúntense si «Alien» serí­a igual sin estos componentes básicos.

fassbenderPara acabar, decir que en su época tuvo una cálida acogida por parte de la crí­tica y el público. Dos nominaciones al Oscar (uno a mejor dirección artí­stica y otro a mejores efectos visuales, que ganó) consagraron una de las pelí­culas del género más importantes de la historia. James Cameron, David Fincher y Jean-Pierre Jeunet, todos ellos directores de renombre hoy en dí­a, dirigieron sus tres secuelas, aunque ninguno le llegó a la suela de los zapatos a la original. La siguiente obra de Ridley Scott serí­a la controvertida Blade Runner, que no sólo generó una lluvia de palos y piedras en su estreno, sino que desvió a Ridley Scott del camino de la ciencia-ficción para adentrarse en un cine menos personal y mucho más comercial. En los últimos años Scott ha vuelto, en cierto modo, a sus orí­genes. La injustamente denostada Prometheus, considerada una precuela de «Alien» por todo el mundo menos por el director, demuestra su potencial para contar historias a través de imágenes. Los fans de la ciencia-ficción esperamos con anhelo su «presecuela».

Recordando «El resplandor»

Puedo dar muchas razones que respondan a por qué he decidido inaugurar esta sección con una pelí­cula de Kubrick, pero de todas ellas la que más influencia ha ejercido en mi conciencia, y que por tanto considero más relevante, ha sido que este cineasta es la mejor razón que he tenido – y probablemente tendré – para dedicarme al cine. Empiezo con «El Resplandor« como podrí­a comenzar con «2001: Una odisea del espacio« o «Dr. Strangelove«; no soy una persona a la que le guste hacer demasiadas distinciones cuando las opciones que se barajan son de tanta envergadura. Con todo esto dicho, doy una cálida bienvenida a todos los nuevos lectores. Acomódense en sus sillas, porque en unos instantes viajarán a las entrañas del infierno, donde el terror y la locura bailan juntas de la mano en una danza macabra, todo ello bajo la presencia del misterioso y omnipotente número 237.

¿Pero por qué «El resplandor» tiene, después de treinta años, un aura tan resplandeciente? Quizá sea la continua necesidad del ser humano de escuchar o leer historias macabras, o el placer que provoca ver en pantalla escenas escabrosas. Puede ser que Jack Nicholson haciendo aspavientos durante horas infunde verdadero terror. O quizá sea el auténtico miedo en la mirada de Shelley Duvall después de repetir alguna toma más de cincuenta veces. Kubrick era así­. La esencia de sus pelí­culas depende de cada espectador. Oscar Wilde decí­a que la naturaleza del arte reside en la interpretación que cada uno de los espectadores da a la obra. Si hay algo en lo que estamos casi todos de acuerdo es que esta pelí­cula destaca por encima de la mayorí­a de las de su género. ¿Por qué? Probablemente por el detallismo paranoide que impone Kubrick en cada secuencia. Todos sus largometrajes destacan por tener una planificadí­sima puesta en escena y un exhaustivo desarrollo psicológico de los personajes.

sh_elevatorfromwendysviewA priori todo esto no es perceptible por el espectador medio, pero al igual que no vemos los 24 fotogramas por segundo del rollo de pelí­cula, tampoco detectamos a primera vista los detalles que completan el conjunto. Y en esto Kubrick era todo un experto. En cada plano juega con la profundidad de campo y añade pequeños detalles (una luz, una silla, una moqueta de un color llamativo) que quedan grabados en nuestro subconsciente. Con el paso del tiempo podemos olvidar cómo acababa la historia, si Jack Torrance morí­a congelado o si Wendy conseguí­a escapar o no, pero estoy seguro de que muy pocos han podido olvidar la habitación verde donde Jack encuentra a una mujer desnuda, los trávelins por los pasillos del Overlook Hotel, los baños anacrónicos del bar-restaurante, la sangre manando de los ascensores y los gritos de una mujer desesperada mientras su marido destroza la puerta con un hacha. Y es que, como mencionaba arriba, lo escabroso, extraño y atemporal siempre llama la atención, y precisamente el cine juega con nuestra percepción de la realidad y la deforma; cuanto más difiere ese mundo imaginario del nuestro y cuanto más excéntrico nos resulta, más nos llama la atención.

Sobre esta pelí­cula se han expuesto teorí­as y teorí­as. Si algún cinéfilo kubrickiano se decide a ver el documental «Room 237«, se encontrará de lleno con un auténtico manjar de ideas, en su mayorí­a interesantes aunque, todo sea dicho, ilegí­timas. Entre ellas se encuentra de todo; desde que una proyección de la pelí­cula desde el final hasta el principio puede resultar reveladora, hasta la inconcebible – por disparatada – coincidencia de un cúmulo de nubes que parecen formar el rostro del director en el cielo, todo ello pasando por numerosos detalles y guiños que Kubrick introduce sutilmente a lo largo del metraje.

Stanley Kubrick directs Jack Nicholson  (The Shining)

Sin duda, es una pelí­cula que ha dado mucho de qué hablar durante más de tres décadas. Aunque el dí­a de su estreno tanto Stephen King como la crí­tica la destrozaron, e incluso fue injustamente nominada a los innecesarios – refiriéndome a su existencia – Razzies, hoy en dí­a ha adquirido la notoriedad que se merece. Los fans de Kubrick no solo lo catalogamos como uno de los mejores cultos de terror, sino como una de las mejores pelí­culas de la historia del cine. ¿Cierto o no? Ahí­ ya entran ustedes. Les invito a que la vuelvan a ver, reflexionen sobre ella y expongan sus teorí­as.

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