Existencialismo espacial

Tras comentaros tres pelí­culas llenas de peculiaridades y poseedoras de una muy alabable capacidad para generar gran controversia entre su público, al fin y al cabo una de las grandes virtudes del arte cinematográfico es la posibilidad de crear un jugoso, y en algunos casos muy pasional, debate post-visionado, en mi cuarto artí­culo tocaba hablar de una obra maestra incontestable. Si bien tanto Terciopelo Azul como The Rocky Horror Picture Show y Donde Viven Los Monstruos pueden crear polémica, además de en relación a su contenido, en cuanto a su calidad y se erigen, orgullosas, como obras irregulares y llenas de fisuras que, aunque bajo mi punto de vista las dotan de un aura de hermosura especial, pueden también alejarlas de una opinión o gusto positivo generalizado; en éste caso voy a comentar una pelí­cula absolutamente magistral desde cualesquiera que sea el punto de vista desde el que se la critique. Una pelí­cula que representó un profundo, impactante e importante quiebro en la historia del cine de ciencia ficción en particular y, por supuesto, en la del séptimo arte en general. Un hito, un festí­n para los sentidos, un enigma aún vigente para cinéfilos hambrientos de misterios y una aventura inaudita en el cine, en el de la época de su estreno y también, pese a que hayan pasado cuarenta y cinco años del mismo, en el cine actual.

En un año en el que la epopeya espacial del mejicano Alfonso Cuarón, Gravity (de la que os hablaba, y bien, Rubén Linde aquí­) ha levantado un polvoriento terremoto de (merecidas) alabanzas, sin apenas opiniones negativas, y ha supuesto tanto un punto de inflexión en la manera de rodar cine tridimensional como un ejemplo de cómo usar de manera más correcta el poderí­o visual del que, a veces, se dispone para crear una obra cumbre en el cine, en éste caso, espacial, es coherente e incluso necesario recordar la gran obra maestra de éste sub-género derivado de la ciencia ficción. Ese largometraje que llegó en 1968, concebido por el genio Stanley Kubrick, que lleva por tí­tulo 2001: Una odisea en el espacio y que, como decí­a un párrafo arriba, no es menos que una obra maestra incontestable. Poca gente habrá que se niegue a ver, o mejor dicho, a reconocer el poder y la influencia tanto técnica y visual como ética y narrativa de éste largometraje que se desliza por terrenos alucinógenos, cuasi-documentales, oní­ricos, futuristas, épicos, dramáticos e incluso, sí­, románticos, entre otros muchos que podemos observar si prestamos atención a los numerosos pliegues y detalles que presenta éste magnético filme de culto que no perece en el tiempo ni en la memoria del espectador.

2001: Una odisea en el espacio es una obra que combina su capacidad para emocionar desde el apartado audiovisual, desde su condición intrí­nseca de experiencia sensorial (y auditiva) que explota al máximo sus ideas (narrativas) empleando recursos que van desde los cambios psicodélicos del color de la imagen, el uso de la cámara lenta o la inolvidable manera de encajar la fabulosa partitura de Richard Strauss “Así­ hablo Zaratustra” en un prólogo sin diálogos, que tampoco abundan en el resto de su extenso metraje, abrumador, con un enrevesado y complejo guión, para nada descuidado.

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Un guión, este, guiado por un hilo argumental que explora temas para nada banales, al contrario, cargados de grandes aspiraciones y pretensiones, en el sentido más positivo. De carácter existencialista, Kubrick narra una historia sobre el enfrentamiento entre el ser humano y la máquina y, por implí­cito consiguiente, también del enfrentamiento entre el “pasado presente” y el “presente futuro”, entre lo que luchamos por conservar y lo que se asienta en nuestra sociedad y luchamos por evitar por un sentimiento tan útil en ciertas situaciones como peligroso en otros muchos casos: el miedo, y añadirí­a, a lo desconocido. Además, el director de La Naranja Mecánica, también se atreve a indagar en el motivo de la existencia del ser en la tierra, incorporando en su filme, para otorgar luz e interpretación a éste debate de tintes éticos, numerosos detalles que se entrelazan y entremezclan para confirmarse como cabos sueltos por unir, como grandes misterios, como interrogantes a los que resulta imposible encontrar respuesta. Una respuesta que no existe como tal, al menos no durante lo que dura una vida humana. Una respuesta que, si bien como digo no existe con sentido completo, hay que buscar y hallar una interpretación personal. Una interpretación personal ya no del simbolismo que entraña el largometraje sino de tu propia existencia. En este aspecto estamos ante una cinta rotundamente interactiva, donde el espectador juega un papel activo, dialogante y esencial.

Una pelí­cula absorbente, magnética. Cine en estado puro pero también arte en estado puro, y filosofí­a y, ya, también historia. Kubrick habla de la trascendencia del ser más allá de los lí­mites de la realidad conocida, de la vida terrenal, de nuestro mundo y crea una obra cumbre con escenas y personajes para el recuerdo que se impregnan en la retina del espectador para no borrarse nunca. Un largometraje de épica relajada, de ritmo pausado, de acción contenida y planos largos espaciales en los cuales debemos destacar unos efectos visuales poderosí­simos que aún hoy, con un avance tecnológico indudablemente gigante, siguen resultando revolucionarios y muy creí­bles.

2001: Una odisea en el espacio es, ante todo lo anteriormente dicho, la auténtica magia del cine hecha materia. Dejémonos llevar por sus más de dos horas de metraje. Dejémonos llevar por una obra de obligado visionado y de imposible olvido. Dejémonos llevar por un portento, por un enigma, por una incontestable obra maestra.

El monolito, el bebé, HAL 9000. Sueños, vida, muerte, astros. Gracias Kubrick.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: ‘High School Musical’ y ‘Mulholland Drive’. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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