Buscando el mar, buscando la libertad

Vacaciones.

En estas fechas, a los estudiantes como yo nos invade ese sentimiento de cierta, o total, libertad tras arduas semanas de exámenes finales, globales o cómo quiera que quieran llamarles. Precisamente, e hilando fino, de la libertad habla el clásico de ésta semana en El Celuloide de BFace Magazine. Concretamente de la libertad adolescente, pero de una libertad que va mucho más allá de dos semanas de descanso escolar o universitario. De una libertad ya no fí­sica sino emocional. Habla de exteriorizar el “yo” que has decidido crear, de tomar el camino que has elegido para desarrollar tu vida una vez te permiten (o no) coger las riendas de la misma. También habla, por tanto, de la madurez y de los sueños que anhelas cumplir “cuando seas mayor”. Habla del mar, del Parí­s de finales de los años 50, de la vida escolar, de fumar, de jugar, de vivir. De hacerse mayor. De ser libre. Hoy El Celuloide vuelve a teñirse de bicolor para hablaros de una de las obras maestras más tristes y emocionantes que nos ha dejado la historia del cine en general, y la abundante, y llena de joyas y obras maestras, filmografí­a francesa en particular: Los cuatrocientos golpes, del francés Franí§ois Truffaut.

Ganadora del gran premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes de 1959, Los cuatrocientos golpes es la tan desoladora como completa y profunda obra magna de uno de mis directores predilectos que ahonda en el conflictivo proceso hacia la libertad consecutiva a la madurez de un icónico personaje, el pre-adolescente Antoine Doinel al que da vida un inocente y espontáneo alter-ego de Truffaut surgido como fruto del azar: Jean-Pierre Lí¨aud, cuya colaboración con el director galo se extenderí­a durante el tiempo así­ como también continuaron las aventuras del personaje en tres largometrajes (Besos robados, Domicilio Conyugal y El amor en fuga) y un irregular corto (Antoine et Colette) para el filme colectivo: El amor a los veinte años.

Tomando la figura, cual héroe sorprendido, del joven Doinel como principal pilar alrededor del cual construir el relato, Truffaut compone uno de los pilares más reconocidos de la llamada “nouvelle vague” con una historia que destila tristeza, o más bien melancolí­a de algo nunca sucedido. Melancolí­a por algo anhelado y perdido en un alboroto de complejos, problemas y autoritarios adultos que coartan tus libertadas cortando las alas y, también, haciendo que tus ganas de volar queden relegadas a un plano secundario. Doinel lucha por ser ese espí­ritu libre que realmente es, lucha haciéndose notar. Tanto en lo malo, ciertamente más notorio, más relevante tanto en el relato como en su propia vida, como en lo bueno sumiéndose en un bucle cada vez más agudo que se tambalea entre la creación de una personalidad fuerte pero también distante, desconfiada, incluso algo violenta, y con grandes dificultades para entablar relaciones humanas (con adultos y, aunque en menor medida, también con personas de su edad) y la búsqueda de ese sí­mil que anhela: el mar, y su propia libertad, para lo cual se encierra en sí­ mismo a fin de permanecer distante de un mundo, el adulto, de incomprensión del que no sólo pasa sino del cual también huye. Por miedo, por rabia, por tristeza o por esa compleja mezcla de sentimientos tan propia de la etapa vital adolescente.

Los cuatrocientos golpes es una naif y desoladora mirada a la soledad en el interior de una de las grandes ciudades del mundo. Es una mirada cruda y tierna hacia la incomprensión intergeneracional, por ambas partes, con tintes probablemente autobiográficos que provoca tanta empatí­a hacia el travieso protagonista como desazón emocional en el espectador. Una lágrima y un revoltijo de recuerdos, sensaciones y ensoñaciones perdidas que retornan como los fantasmas de Mr.Scrooge, así­ como una suave tristeza que tan pronto te acaricia en forma de tierna melancolí­a como te abofetea alzándose como crudo retratro tan veraz, como doloroso. Exagerado quizá, pero, de algún modo u otro, siempre identificable.

El desarrollo de la obra es claro, sin truco, trampa ni cartón. Las cuestiones son tratadas al natural, sin esconderse en soterradas metáforas que descubrir e interpretar, sino transmitiendo un mensaje claro y directo que cause un impacto al espectador de una forma que combine lo reflexivo con la emoción efervescente. Los cuatrocientos golpes es una ópera prima absolutamente increí­ble y sublime y una pelí­cula de delicadeza y sensibilidad prodigiosa. Es un filme profundamente sincero y que deberí­a ser de obligado visionado en escuelas e institutos.

Franí§ois Truffaut recurre a un sentimentalismo pausado, mucho más implí­cito que explí­cito, carente de clí­max y con un perfecto balance entre poder visual y narrativo que colisionan y llegan a su máximo brillo, en su esperanzado y luminoso respiro final: el famoso travelling en la playa que acaba con un plano de Doinel. De un Doinel que tras superar múltiples avatares ha logrado su objetivo. Un objetivo que si bien genera una sensación de felicidad, mejor dicho, de descanso, de alivio no deja de ser el comienzo de un viaje, la propia vida, que nos provoca el mismo miedo y la misma tristeza melancólica. Doinel ha cambiado, es otro, pero su evolución, su ajetreo emocional no ha cesado al encontrar la orilla del mar. Solo constituye un descanso bello, limpio y esperanzador. Pero el rí­o sigue su cauce y el mar, aún no es el destino.

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Nueve semanas después aún no podemos responder con claridad a aquella pregunta que planteé en mi primer texto sobre Terciopelo Azul: ¿qué es el cine?. No podemos responder con claridad pero si atisbar nuevas respuestas. El cine también es vida, también retrata nuestra vida. Y no solo eso, sino que en determinadas ocasiones, el cine cambia nuestra vida.

Feliz navidad, cinéfilos.

Feliz navidad, lectores.

Feliz navidad, amigos.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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