9 cineastas que mojaron sus pies en la playa

Durante los meses de verano las playas se convierten en el epicentro del mundo. Los que están en ellas no dejan de presumir de ello, mientras que los demás sufrimos en silencio y a la sombra, refugiados de un sol impasible y de un ambiente cargado, para evitar terminar bañados en sudor. Dada su importancia, la playa ha sido siempre un excelente escenario cinematográfico, tanto por su belleza como por el tipo de relaciones e historias que permite contar. Hay muchas listas sobre playas de películas, en ésta que viene a continuación las playas no son las protagonistas, sino los directores que las filman y nos permiten, por muy lejos de ellas que estemos, disfrutarlas (o temerlas). Y no, a continuación, no encontraréis la espectacular playa de la isla de Kho Phi Phi Leh en la que Danny Boyle rodó The Beach.

 

29303289. Éric Rohmer en Normandía (Pauline à la plage, 1983)

Una de las pintadas que más proliferó en el Paris de Mayo del 68 fue “sous les pavés, la plage” (bajo los adoquines, la playa). Aquella pintada significaba la promesa de que se podía construir un mundo mejor, un sistema diferente. Casi 50 años después, y sumidos en una tumultuosa crisis europea, no podemos ser tan optimistas. Algunos de los principales intelectuales de aquel movimiento fueron los cineastas que 10 años antes habían volado por los aires el cine francés, los directores de la Nouvelle Vague, uno de aquellos cineastas fue Éric Rohmer. El director firmó años después en Pauline à la plage una dramedia de enredos amorosos cocinados al sol y marinados con mucha mala ostia. Durante ese verano Pauline conoce el amor, pero también las actitudes egoístas y retorcidas de los adultos en ese peligroso terreno.


mkbeachdance-thumb-510x286-492678. Wes Anderson en Rhode Island (Moonrise Kingdom, 2012)

Gran parte de la filmografía de Wes Anderson gira en torno a la infancia como territorio infinito de descubrimientos y diversión. Y pocos espacios hay más fascinantes para un niño que la playa, de ahí que fuera cuestión de tiempo que Anderson acabara mojando los pies en la orilla del mar. Moonrise Kingdom, la historia de dos niños enamorados a la fuga, es una película preciosa, con un sentido del humor, de la aventura y del romanticismo enternecedores. Además construye una maravillosa recreación de la playa, el mar, los campamentos de verano o los faros. Todo en el cine de Wes Anderson es rematadamente bonito, la playa no podía ser menos.


krampack-2000-02-g7. Cesc Gay en Casteldefels (Krámpack, 2000)

Lejos queda ya la primera película que dirigió en solitario Cesc Gay, uno de los cineastas españoles más estimulantes de los últimos lustros. Aquel film, pequeño, inocente pero oscuro, fue Krámpack, la historia sobre dos amigos que pasan un verano juntos y cómo entre ambos va surgiendo una relación extraña, en la que se mezclan el descubrimiento del sexo, el amor y los celos. Toda la filmografía de Gay dibuja una incisiva panorámica de las relaciones interpersonales. Lo que nos muestra duele porque huele a realidad. Krámpack consigue transmitir de una forma muy especial una pegajosa sensación a verano que mezcla sal, alcohol y sudor. Este año estrenará su nuevo film, Truman, con Ricardo Darín y Javier Cámara de protagonistas.


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6. Julio Medem en Formentera (Lucía y el sexo, 2001)

14 años después de su estreno, Lucía y el sexo sigue siendo una de las películas que más ruido y discusión han generado en la cinematografía española de las últimas décadas. Además, Lucía y el sexo le descubrió a muchos espectadores ese paraíso llamado Formentera, una isla mágica, dónde todo es paz y sensualidad. La película no deja de ser, al fin y al cabo, una escapatoria para su protagonista, que huye de Madrid para refugiarse en la soledad de Formentera. Un viaje de autodescubrimiento personal, durante el que se van reabriendo viejas heridas del pasado. La cámara de Medem nos envuelve en un aura en la que nos resulta difícil discernir qué es real y qué no lo es. Por eso funciona a pesar de todos sus fallos y excesos. Este año Medem estrenará Ma Ma, con Penélope Cruz.


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5. Luchino Visconti en Venecia (Morte a Venezia, 1971)

La playa siempre ha sido un lugar en el imaginario colectivo en dónde uno se puede enamorar a primera vista de alguien. Un lugar para el amor y el deseo. Pero frente a esa imagen idealizada, Luchino Visconti explora en su adaptación de la Muerte en Venecia de Thomas Mann, la idea de la playa como espacio de muerte, impregnado por un deseo turbio, imposible de satisfacer. Un hombre se va deshaciendo ante nuestros ojos, como si fuera un azucarillo que se derrita bajo el sol, consumido por una obsesión desenfrenada por un niño/adolescente, un efebo de melena rubia y cara angelical. Y la cámara de Visconti, infatigable, lo persigue por toda Venecia grabando a la vez la decadencia del protagonista y de la propia ciudad.


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4. Alfonso Cuarón en Oaxaca (Y tu mamá también, 2001)

La posibilidad de una playa. Esta frase es el motor que mueve a tres personajes perdidos en sí mismos para precipitarse hacia adelante en una huida disfrazada de plácido viaje vacacional, desde México DF hasta la costa. El personaje de Maribel Verdú (que en mi opinión jamás ha estado mejor) quiere ir a la playa, refugiarse en los cálidos brazos de la brisa del mar, mientras que los jóvenes Gael García Bernal y Diego Luna quieren acostarse con Maribel Verdú. Obviamente los motivos de todos ellos son más complicados y cuando por fin llegan al final del recorrido (físico, narrativo y emocional), esa maravillosa Bahía de Huatulco, Cuarón captura de una forma muy cálida y serena qué escondían sus tres aventureros dentro de las entrañas. Son preciosos nuestros besos, que diría Iván Ferreiro.


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3. Francis Ford Coppola en Vietnam (Apocalypse Now, 1979)

Coppola era, por aquel entonces, el director más importante del mundo tras haber rodado las dos primeras partes de The Godfather y The Conversation. Desde su posición de poder dentro de la industria se embarcó en una adaptación libérrima de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, ambientada en la guerra de Vietnam. Sin embargo todo lo que podía salir mal, salió mal. Sólo Murphy pudo doblegar a un Coppola que se arruinó económicamente y estuvo a punto de perder la cordura, convirtiéndose en el personaje que interpretaba Marlon Brando, ese Coronel Kurtz convertido en un semi-dios en medio de la selva. Los problemas con Brando, los vendavales, la destrucción de decorados, el infarto de Martin Sheen y un sinfín de problemas convirtieron el rodaje de Apocalypse Now en un infierno. Pero también en lo que es hoy en día, una de las grandes películas del último medio siglo y un viaje terrible a las entrañas de la corrupción humana. La playa de Apocalypse now no huele a mar, huele a napalm.


article-1048569-0032B8BD00000578-256_468x2862. Fred Zinnemann en Peal Harbor (From here to eternity, 1953)

El austríaco Fred Zinnemann fue uno de los grandes cineastas del Hollywood clásico. En su haber uno de los grandes westerns de todos los tiempos, High Noon, y dos Oscar como mejor director por la británica A man for all seasons y por la película que hoy nos ocupa, From here to eternity. En esta última filmó una apasionada mirada a ese traumático desastre para los americanos que fue el ataque nipón a Peal Harbor. Lo hizo no desde los hechos históricos, con afán documentalista, sino desde una serie de personajes malditos ya antes de la llegada de la devastación. En ese contexto rodó la icónica secuencia de Burt Lancaster y Deborah Kerr sellando su relación prohibida entre la arena y las olas. Aquí nació el mito de que el sexo en la playa no puede ser más sexy, más pasional y más carnal. Da igual que el sentido común nos diga que tragar agua y tener arena rozándote en partes extremadamente sensibles no puede ser cómodo ni placentero. Zinnemann rodó para la historia una mentira que siempre querremos creer.


tiburon_1975_81a. Steven Spielberg en Martha’s Vineyard (Jaws, 1975)

Spielberg es el prototipo de un concepto que puede resultar resbaladizo, pero en el que yo creo profundamente: el autor de masas. Steven Spielberg pertenece a esa generación de cineastas que cambió Hollywood en los años 70, que diría Peter Biskind. Los denominados, por este último, Moteros tranquilos, Toros salvajes (en honor a Easy Rider de Hooper, que abrió la década y Raging Bull de Scorsese, que la cerró). Spielberg y su amigo George Lucas representaban el ala comercial de aquella amalgama de cineastas, entre los que estaban Coppola, Scorsese, Cimino o Friedkin. Como consecuencia de ello la gran película de los 70 de Steven Spielberg fue Tiburón, una película salvajemente comercial, un éxito de taquilla desorbitado rodada con una tensión y un pulso narrativo encomiables. Tiburón fue el primero de los muchos taquillazos de la carrera de un director que ha sabido combinar, como nadie, inquietudes artísticas y pretensiones económicas. Spielberg nos mostró que nadar en la orilla, cerca de la protección paterna, podía ser muy peligroso.


05252008-saving-private-ryan1b. Steven Spielberg en Normandía (Saving Private Ryan, 1997)

Si en Tiburón nos había dado una master-class de cómo crear tensión en un espacio aparentemente plácido como es la playa, en Saving Private Ryan volvió a la carga, rodando el desembarco de Normandía como nunca lo habíamos visto. A la tensión sumó acción, dramatismo, fatalidad y una planificación de la puesta en escena extraordinaria. El resultado fue pura (y terrible) poesía visual. No voy a decir que es lo mejor que ha rodado nunca Spielberg, pero desde luego esos minutos en la playa forman parte de lo mejor de su filmografía. La recompensa fue su segundo, y hasta la fecha último, Oscar como mejor director.

Luís Ogando
Luís Ogando

Redactor

Periodista que no ejerce, doctorando a medio cocinar, picapleitos a largo plazo. Me crié en el ala oeste de una cueva que estaba a dos metro bajo tierra. Heredero natural de la loca de los gatos. Todo es mejor con queso y/o Allison Janney de por medio.

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