El paso del tiempo | ‘El curioso caso de Benjamin Button’

Este viernes, precedida de uno de los mayores “hype” de la temporada, llega a las pantallas de los cines españoles Perdida, adaptación de la hiper-exitosa novela de intriga escrita por Gillian Flynn dirigida por uno de los realizadores de mayor renombre en el panorama internacional actual: el estadounidense David Fincher.

Fincher cuenta con una filmografí­a prácticamente impoluta, con nueve obras anteriores a esta, su último y esperado estreno, más o menos estimadas por crí­tica y público: Zodiac, El club de la lucha, Seven, La habitación del pánico o las más recientes y también plausibles La red social y The girl with the dragon tatoo. También es conocido su trabajo detrás de las cámaras de algunos populares videoclips y como creador de la reciente serie House of cards, también aclamada por la mayor parte de los seriéfilos. En El Celuloide también morimos de ganas de ver Perdida y, para amenizar la espera, rendimos homenaje al director analizando una de sus obras más complejas, densas e – quizás y pese a su abultada presencia en los Oscars – infravaloradas en el tiempo: El curioso caso de Benjamin Button.

Precisamente el tiempo es la piedra angular de esta adaptación del relato de F. Scott Fitzgerald. Y lo es, además, tanto en fondo como en forma. Por un lado, es inevitable que la narración (breve en su material literario original) quede ciertamente supeditada a la extensa duración que impone Fincher a su versión cinematográfica: 167 minutos pueden parecer muchos para una pelí­cula que avanza con sobrada calma y que abandona – hasta su último tercio – una narrativa lineal o convencional (constituyente esta de parte de la esencia que hace único al filme) en favor de la creación de una atmosférica, envolvente, “pelí­cula-rí­o”. Sin embargo, para un servidor, todo fluye en El curioso caso de Benjamin Button, una pelí­cula densa por naturaleza y exigente en según qué tramos que, del mismo modo, recompensa al espectador con la sobrada demostración (otra vez) de inteligencia y destreza visual del director que consigue trascender más allá de las imperfecciones, irregularidades rí­tmicas, del relato para construir un largometraje siempre sugerente y estimulante, con delicioso potencial visual que desencadena la composición de algunos planos inolvidables.

Por otro lado, el tiempo es también – sin duda – el eje narrativo de la cinta: la premisa que narra la extraordinaria historia de un hombre igualmente extraordinario (nace anciano y va rejuveneciendo a medida que el tiempo transcurre, en vez de seguir el ciclo natural de la vida) es una excusa para reflexionar sobre el valor del tiempo, de lo que hacemos durante el que nos corresponde, de lo que no y también de las casualidades que intervienen cual inercia en cada uno de los momentos de nuestra vida. ¿Existe el destino? El curioso caso de Benjamin Button no responde con firmeza a esa pregunta, si no que la plantea alejándose por completo de pensamientos ideológico-religiosos, dejando que las reflexiones existencialistas broten en la mente del espectador de forma natural a lo largo del desarrollo. No hay respuesta para esa pregunta, tampoco explicación para el misterio del personaje de Benjamin Button. Fincher deja a la lí­rica más pura y bella del séptimo arte apoderarse de cada atisbo, cada poro, cada minuto de su obra que transcurre con altibajos pero sin trompicones gracias a un excepcional montaje. Como ya he dejado caer, estamos hablando de una pelí­cula impecable en lo técnico: la maestra dirección de Fincher es acompañada por la a veces lúgubre y otras maravillosamente luminosa, fotografí­a de Claudio Miranda y los esfuerzos artí­sticos de sus departamentos de maquillaje, vestuario y diseño de producción. Por supuesto, mención aparte merece la composición musical de un Alexandre Desplat, por entonces, en plena efervescencia de reconocimiento que empasta perfectamente con el tono del filme, gracias a tonos delicados y a reminiscencias clásicas.

El curioso caso de Benjamin Button es también un milagro en lo que a su guión se refiere. El relato es un material prácticamente inadaptable, de magna envergadura dramática en la que multitud de personajes e historias se cruzan alrededor de una preciosa historia de amor central y… atemporal. Pero Fincher (con el guión de Eric Roth, imperfecto pero igualmente asombroso) consigue lo imposible al trasladar la obra literaria al medio cinematográfico con aparente facilidad, manteniendo la fuerza original y la sensación de haber creado una obra “enorme”. Por último es inevitable mencionar el trabajo de Cate Blanchett, como una bohemia bailarina que derrocha elegancia, sensualidad y sentimientos, y el de Brad Pitt, en el que sin duda es uno de los mejores papeles (e interpretaciones, por consiguiente) de su carrera. También apreciables las actuaciones de Taraji P.Henson, Tilda Swinton Julia Ormond y, por supuesto, el agradecido descubrimiento de una debilidad personal: Elle Fanning.

Quizá la obra más clásica de Fincher sea también la más poética y bella. Un relato arrebatador que, junto a la también indispensable El árbol de la vida (de Terrence Malick), constituye una de las mejores, mayores y más complejas reflexiones sobre la vida y la muerte, el sentido de las mismas, el tiempo y el destino provenientes del cine americano contemporáneo. Sin duda, excelente, prodigiosa, única.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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