Crí­tica | La isla mí­nima

Un sábado de finales de septiembre, a las nueve de la mañana, ponemos rumbo, desde el Festival de San Sebastián, a las marismas del Bajo Guadalquivir, y a los inicios de la década de los ochenta. Han desaparecido dos niñas y comienza la investigación. A partir de este momento, seremos los acompañantes de excepción de dos detectives de personalidades opuestas, que se miran con recelo: Pedro (Raúl Arévalo) y Juan (Javier Gutiérrez). Personifican los nuevos aires en los cuerpos de seguridad del Estado y la vieja guardia, respectivamente, en esta democracia que comienza a dar sus primeros y dubitativos pasos.

Al llegar, conocemos a los padres, a los amigos, a vecinas, a todos aquellos que estuvieron relacionados con las desaparecidas de manera más o menos í­ntima. Llega el momento de que Pedro y Juan se pongan a trabajar, así­ que vamos a distanciarnos un poco. Lo hacemos de la misma manera que Alberto Rodrí­guez plantea su pelí­cula: sin apego hacia nadie, una manera eficaz de mostrarnos que nadie es malo del todo, y que todo bueno tiene algo que esconder. La aparente monotoní­a de un paisaje, la aparente sencillez de sus habitantes, en La Isla Mí­nima la apariencia es un elemento fundamental.

La isla minima 01

Estamos ante un filme rodado de forma impecable, sin concesiones efectistas ni morbosas. Con una fotografí­a excelente y un montaje con los cambios de ritmo justos para la acompañar cada acción, de manera que la pelí­cula avanza sin estancarse en ningún momento, centrada en los personajes. También hay que destacar el trabajo de Julio de la Rosa, cuya partitura se entrelaza con las imágenes, resultando una combinación muy lograda.

Pero hablemos del reparto. Los protagonistas, Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez, realizan todo un tour de force. Ambos cuentan con escenas por separado muy potentes, pero aquellas en las que aparecen juntos en pantalla están brillantes. En cuanto a los secundarios, destacar el papel de Manolo Solo como periodista de El Caso a la búsqueda de carnaza. También los padres de las jóvenes, encarnados por Antonio de la Torre y Nerea Barros, a quienes nos gustarí­a ver un poco más en pantalla, y que dan vida  a personas que ya ni siquiera recuerdan que alguna vez tuvieron ilusiones, y con una historia que intuimos muy amarga. Dos seres vací­os a los que solo les queda el dolor.

La Isla Mí­nima es sin duda una de las pelí­culas de este año. 105 minutos que son toda una muestra de excelente cine negro.

Immaculada Pilar
Immaculada Pilar

Redactora

Soy una economista que ha visto cosas que no creeriais. He bailado con lobos, curioseado el caso de Benjamin Button, he tenido un breve encuentro con El Padrino y solo me ha faltado ser una Taxi Driver. El cine no se ve, se vive.

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