Crí­tica | La teorí­a del todo

Los biopics constituyen ya, casi, un género en sí­ mismo. Un género y el vehí­culo perfecto para combinar una taquilla decente, una recepción crí­tica cálida y – con un poco de suerte – un puñado de nominaciones al Oscar, no hay más que ver que, este año, la mitad de las nominadas (4 de 8) a mejor pelí­cula forman parte de este subgrupo. Sin embargo el biopic es también un arma de doble filo: tan pronto es un artefacto infalible para alcanzar la emoción del espectador, como se vuelve una anodina fórmula con regusto manipulador, no sincero. De hecho, cuando se menciona un biopic sobre la dramática historia de amor/superación del astrónomo Stephen Hawking y su primera esposa (¡ups!, ¿es eso spoiler? Bah, es una historia real), Jane Wilde, la idea atrae tanto como asusta. Pues bien, los resultados de La teorí­a del todo se inclinan más hacia el lado negativo de la balanza, constituyendo una propuesta – sobre el papel – tan inmaculada que aburre sobremanera.

De producción exquisita, La teorí­a del todo es un biopic visualmente sugerente y ambicioso pero con importantes problemas de montaje y guión. Pese a que James Marsh rueda con elegancia y aporta algunas soluciones estéticas tan arriesgadas como bellas, el filme no resuelve correctamente las elipsis de su primera parte y empuja a la narración a avanzar, por momentos, de bote en bote, naufragando sobre todo en una presentación de personajes y acontecimientos demasiado brusca así­ como en la introducción de las lecciones y teorí­as de Hawking, que suenan forzadas e impostadas, introducidas con demasiado calzador. Bien es cierto, en todo caso, que el filme mejora en su último tramo, más fluido, cuando da mayor envergadura dramática al fascinante y ambiguo personaje de Jane Hawking, interpretado de forma sutil, hipnótica y magnética por la hermosa Felicity Jones que hipnotiza y enamora a la cámara. Sin embargo, la cinta no encuentra la épica ni la emoción en el retrato de su “héroe” ni aun apoyándose en la indudablemente poderosa interpretación fí­sica de un muy notable (y potencialmente oscarizable) Eddie Redmayne.

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La partitura compuesta por Jóhann Jóhannsson (que ya fue el encargado de las atmosféricas bandas sonoras de Prisioneros o la más reciente Foxcatcher) es otro punto a favor del filme: elegante y delicada, no redunda descaradamente en los momentos más lacrimógenos aunque sí­ acompaña cuidadosamente los devenires emocionales del largometraje, careciendo de la espectacularidad de otros trabajos nominados al Oscar (como el de Alexandre Desplat para The Imitation Game) pero resultando igualmente efectiva, aun con la discutible licencia de emplear el bellí­simo tema central del documental The Crimson Wing en uno de los momentos de más lucimiento de la BSO, el inteligente aunque efectista final.

El deshilvanado guión de La teorí­a del todo es, sin duda, su punto más débil. No profundiza, ni resulta fluido y en él, los personajes y las tramas parecen aumentar y disminuir su importancia en el relato de forma casi trivial. Tampoco ayudan secuencias innecesarias o diálogos poco interesantes en el compendio final que ralentizan por completo el ritmo del filme de James Marsh. Y es que su discurso sobre el amor (¿indestructible?, ¿compasivo?) y la fe (¿pueden las teorí­as de la fí­sica estar supeditadas, o refutar, la existencia de una fuerza superior, ergo, un Dios?) podrí­an haber sido muy interesantes, pero resultan poco convincentes, desganados.

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Por otro lado, es indudable que La teorí­a del todo es un deleite visual fruto del exquisito gusto británico para todo lo relacionado con el diseño de producción: la fotografí­a es luminosa y ofrece momentos memorables y plausibles (el baile universitario, el momento en el que la pantalla es inundada por la “ardiente” mirada de Hawking…), el vestuario acorde y la dirección artí­stica esta sumamente cuidada.

Pero pese a los aciertos – principalmente el anteriormente mencionado apartado estético y el duelo interpretativo entre la contenida Jones y el más lúcido Redmayne – estamos ante un biopic descompensado narrativamente, aburrido, poco novedoso y con un regusto a tv movie venida a más. Una obra que tarda demasiado en arrancar y que, cuando lo hace, no deja de ser absolutamente convencional. Una pena, una historia así­ merecí­a mucho más.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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