Crí­tica | Pride

Lo peor que se puede decir de ‘Pride’, así­, para empezar fuertecito, es que sabemos todo lo que va a ocurrir antes de que suceda en pantalla. Hemos visto tantas veces esta historia que, con los ojos cerrados, podrí­amos trazar su timeline y prácticamente no confundirnos ni un ápice: dos mundos enfrentados que acaban por entenderse gracias al beneficio mutuo (y a que son todos muy buenas personas, claro). En este caso, esos dos mundos son, por un lado, un colectivo de gays y lesbianas y, por otro, el sindicato de mineros de un pueblo de Gales. ¿Que qué tienen que ver unos con los otros? Poco, la verdad, pero ambos se ven unidos por la violencia recibida por parte de la policí­a y deciden ayudarse.

La trama, basada en hechos reales, ocurre en el verano de 1984, factor que facilita incluir varios temazos rompepistas, que tú intentarás no bailar ni tararear pero que te será imposible. Ahí­, en ese percal de violencia y purpurina, van a parar nuestro grupo de protagonistas. En primer lugar, el colectivo gay que, como si de una pelí­cula de los noventa se tratase, sólo sabe bailar descontroladamente, dejarse hacer coletitas por niñas pequeñas y, evidentemente, protestar pero sin ningún trasfondo que nos haga empatizar con ellos. Cuando acaba la pelí­cula, nos da la sensación de no haber conocido a ninguno de ellos, sólo haber asistido a un desfile de personajes verborreicos que lucha por sus derechos. En segundo lugar, el colectivo minero, que vive en un pueblo remoto de Gales pero que, lejos de ser los gañanes de Muchacha Nui, entran por el aro a la primera de cambio porque, repito, son todos muy buenas personas, claro.

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Y es que, ‘Pride’ quiere ser tan buenrrollera que a uno se le sube el azúcar. La fórmula funcionó en ‘Billy Elliot’ y ‘Full Monty’ porque los personajes y sus aspiraciones estaban muy bien definidos y conseguí­an emocionarnos porque nos podí­amos sentir reconocidos en ellos. En este caso, eso no ocurre. Y no es por culpa de los actores, ya que el reparto es lo más destacable de la pelí­cula, ni, curiosamente, por los personajes, algunos muy interesantes pero, y aquí­ viene el problema, también desaprovechados. En dos horas de pelí­cula, introducir veinte personajes y que sólo lleguemos a conocer ligeramente a uno, el joven que se une a la causa a espaldas de su familia, es un gran problema, al menos para mí­. El caso contrario es, por ejemplo, ‘The normal heart’, en la que hay un colectivo que intenta lucha contra el SIDA pero en el que destaca una pareja por encima de todos y hay un punto de vista impuesto desde el principio, el del personaje de Ruffalo.

Habrá quien se deje llevar por el good feeling que desprende y quien se rí­a con sus manidos gags pero ‘Pride’ no es una buena comedia ni mucho menos el fenómeno que nos han intentado vender.

Jonathan Espino
Jonathan Espino

cine@bfacemag.es

Volé en el Oceanic 815, bailé con Billy Elliot y me enamoré de Satine en el Moulin Rouge. Ahora, comparto despacho con Alicia Florrick y canto en las barricadas en mis ratos libres.

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