Un cuento de despedida

Damos un salto en el tiempo, avanzamos la bobina de celuloide y nos plantamos en 2009. Un gran año de cine marcado por los Malditos Bastardos de Quentin Tarantino, el ácido cuento aeroportuario de Jason Reitman (Up In The Air), la fábula de espí­ritu aventurero y gran corazón Up!, la ciencia ficción rimbombante y ultra-taquillera de Avatar, la oscura y fascinante Los Mundos de Coraline, la divertida y original (también algo estrambótica) Fantástico Sr.Fox, de Wes Anderson o la tan romántica como triste, y ante todo sorprendente, (500) Dí­as Juntos. Entre tanto cine aclamado internacionalmente, quiero prestar especial atención a una pelí­cula obviada y olvidada por los grandes premios cinematográficos y quizá algo perdida en el tiempo que, en cambio, se erige, en mi opinión, como uno de los más bellamente rodados ejercicios cinematográficos de éste siglo. Os hablo de Donde Viven Los Monstruos (Where The Wild Things Are) del director estadounidense Spike Jonze.

Multitud de pelí­culas nos han hablado de la adolescencia, ese complejo periodo (¡me lo van a decir a mí­!) en el que eres suficientemente mayor para dejar de hacer las cosas que hací­as apenas un año atrás y para adquirir ciertas responsabilidades pero también suficientemente pequeño como para no poder acceder, al menos legalmente, a algunas de las, aparentemente, mejores cosas de la edad adulta. Recientemente, La Vida de Adí¨le o Las Ventajas de Ser Un Marginado mostraban de manera clara y compleja el proceso de madurez, el paso de la adolescencia a dicha edad adulta. En cambio, nos cuesta más encontrar y citar ejemplos claros de largometrajes que traten el paso anterior: ese (igualmente complicado) momento en el que dejas de ser un niño y pasas a convertirte en un joven “hecho y derecho”, esos últimos coletazos del Peter Pan que llevamos dentro. Son pocos los ejemplos que, por definición, traten de ésto pero aún son menos los que lo traten de manera tierna y a la vez realmente verosí­mil.

Es curioso que el mejor ejemplo de esta verosimilitud sea una pelí­cula que coquetea, o más bien se sumerge, depende de como se mire, en el género fantástico. Un coqueteo, eso sí­, amable, tierno y delicado que rezuma magia e ingenuidad pero que también sirve para lograr sacudir emocionalmente al espectador desde su inicio, hasta su final, sin perder una gota de emotividad y potencial dramático.

Donde Viven Los Monstruos es la historia de un niño que sueña. Que sueña con monstruos, con parajes idí­licos, con frondosos bosques, con épicas historias de caballeros, vaqueros y princesas. Un niño confundido, que se siente incomprendido, cargado de emociones contrarias, de sentimientos encontrados y de rabia. También de miedo. Porque el film de Jonze (El Ladrón de Orquí­deas, Como ser John Malkovich) no deja de ser también una introspectiva del miedo en la infancia. No del miedo “fí­sico”, no del terror sobrenatural, sino de los miedos más psicológicos y reales, de esas inseguridades que se esconden detrás del aparentemente alegre, jovial, despreocupado e inocente rostro de un crí­o. Un viaje por la psique de Max, un pequeño rebelde que se ve superado por las circunstancias que convergen en su familia, que alterna los sueños, los traumas, y los ya citados miedos previos al importante cambio de etapa. Una estéticamente impoluta y asombrosa aventura, visual y sonoramente (bellí­sima y emocionante banda sonora) rompedora, en la que Max vive el triste, definitivo, importante y tintado de emoción, último encuentro con su vitalista e ingenua imaginación. Un encuentro en el que hasta los más temibles monstruos de sus, quizá ya anheladas, pesadillas se ponen de su parte, en el que nuestro Max, con el que es tan fácil crear un lazo de empatí­a como de cierta repulsión, se enfrente a elementales decisiones y a sus terrores más profundos y ocultos.El film se presenta con inicio de alto voltaje dramático en el que el conflicto que plantea el cuento infantil, en el cual la cinta se basa, adquiere una mayor dimensión en ésta adaptación cinematográfica. Los sentimientos y la problemática que afronta esta familia disfuncional se hace palpable en los primeros minutos de metraje: la soledad de unos entran en conflicto con la alegrí­a y el amor hacia los otros. La impresionante secuencia que cierra ésta especie de prólogo en la tangible realidad consigue ya provocar las lágrimas en los espectadores, como yo, más sensibles. Además, en este inicio apreciamos la breve pero sufrida e intensí­sima interpretación de Catherine Keener, como la madre de Max que está interpretado con naturalidad y frescura por el joven Max Records. Desde este inicio apreciamos una notable diferencia con respecto a la obra de Maurice Sendak, que Jonze adapta y ésta diferencia se hace más amplia a medida que transcurren los minutos de metraje: la adaptación cinematográfica resulta fiel a la obra literaria en el aspecto visual, conserva el estilo y diseño de los paisajes forestales y de las propias criaturas, pero dota de una mayor expresión al relato en el aspecto emocional y consta de un mayor espacio para el desarrollo de los conflictos y personajes tanto del mundo real como del fantástico.

En el mundo fantástico, que guarda una tan débil como apreciable relación con el real, los monstruos del tí­tulo, enormes criaturas que se erigen como gigantescas marionetas peludas, mezcla de teleñecos extra-grandes con los peluches de nuestra niñez, representan cada uno de manera firme y camaleónica cada una de las emociones que el protagonista experimenta en su vida diaria: la violencia, la protección, la ternura, la calma, la vergí¼enza, la timidez, la locura, la rabia o la desconfianza se presentan como fiel retrato interior del protagonista, como un enigmático puzzle por montar. Estas criaturas se pelean, se abrazan, lloran, se dañan, gritan y, en definitiva, interactúan para acabar, para bien o para mal, colisionando, dando lugar a esa marcada personalidad que tomará el protagonista a la vuelta de su viaje, cuando deje atrás su ensoñada infancia y sus cuentos de hadas.

Las pugnas que se crean entre los monstruos fluyen a lo largo de una trama central que trata, precisamente, de la creación de un nuevo mundo. Fí­sico en lo explí­cito pero también, y como he ido reseñando a lo largo de este comentario, interior en lo metafórico de la propuesta. Obstáculos como la destrucción de nuestra identidad propia o de la identidad de una comunidad, la suplantación de un lí­der, la envidia y la (excesiva) ambición, que Max y los monstruos deben superar uniéndose, apoyándose y creyendo los unos en los otros, dotan al largometraje de varias enseñanzas éticas que generan interesantes preguntas morales en el espectador.

Colores frí­os pero que recogen una gran luminosidad, escenarios naturales pero con una apariencia semi-teatral, artesanal, y grandes planos abiertos dotan a la cinta de una perspectiva artí­stica de enorme belleza y carisma desbordante. Un estilo visual que se mueve entre el cine más oní­rico y fantástico (a lo que contribuye una fotografí­a centrada en potenciar los detalles de la luz, como aventurábamos antes) y el más clásico junto con un esquema narrativo lineal, con algún salto temporal no demasiado relevante, pero que consta de varias capas y lecturas hacen de Donde Viven Los Monstruos se convierta de manera instantánea en un dulce y a la par, paradójicamente, crudo y triste retrato de la infancia, uno de los más bellos relatos sobre las despedidas (en el más amplio sentido de la palabra) y una de las pelí­culas que más sincera y sensatamente han retratado los conflictos de la primera etapa de la vida humana.

Es cierto que, objetivamente, Donde Viven Los Monstruos me resulta especial por diversos motivos inabarcables en una crí­tica subjetiva, pero creo firmemente en lo dicho anteriormente y por ello me veo obligado a descubriros (o empujaros a revisionar) esta pequeña joya que, más que reivindicable, es profundamente necesaria y sublimemente bella. Un hermoso cuento no para irse a dormir, sino para crecer.

[youtube]http://youtu.be/GhUHV7GVaM8[/youtube]

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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