Drácula, la leyenda jamás contada: Tiempos de guerra y sangre

Que, en Hollywood, la imaginación está llegando a su fin es un hecho fácilmente visible en cualquiera de las carteleras a las que os acerquéis. Remakes, secuelas y refritos están en boga, y el vampiro más conocido del celuloide no iba a correr mejor suerte (no, Edward, tú no). Drácula, el clásico personaje de la novela de Bram Stoker, ha dado para un sinfí­n de pelí­culas, ya sea como protagonista, como secundario o, incluso, como parodia (ay, Chiquito). Sin embargo, aún quedaba un último cartucho por quemar… o eso creí­an los productores de esta ¿precuela? en la que se nos cuenta como el prí­ncipe rumano Vlad (personaje real sobre el que se inspiró Stoker para su novela) llegó a convertirse en un chupasangres.

Propuestos a hacernos olvidar todos los fatí­dicos últimos intentos de llevar a los vampiros al cine, han tomado otra ví­a, no ajena a los clichés, pero sí­ algo más enriquecedora para con el protagonista. La pelí­cula, algo así­ como ‘El reino de los cielos’ (por poner una pelí­cula épica) con tintes fantásticos, nos lleva a descubrir el lado más humano del temible personaje mostrándonoslo como todo un padre de familia y lí­der de un pueblo puesto en jaque. Es ahí­, en ese debate moral entre salvar a sus seres queridos o al pueblo del que es responsable donde reside la poca originalidad que podemos encontrar en la pelí­cula y, aún así­, no deja de ser previsible a más no poder.

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¿Dónde quedaron los vampiros de toda la vida?

Quizás al saber el desenlace del personaje (todos sabemos que Vlad acabará siendo Drácula), el factor sorpresa estaba reducido al mí­nimo pero no dejamos de estar ante la tí­pica pelí­cula de guerra entre dos pueblos; sí­, con la historia de Drácula como pretexto pero no encontramos nada original, distinto, que nos haga recordar ésta en lugar de otras. Incluso, los efectos especiales, que en ocasiones pueden hacer memorable una pelí­cula mediocre, quedan eclipsados por una dirección que impide disfrutar al espectador. Y sí­, de nuevo, esa epidemia que sacude el nuevo cine de Hollywood: ‘el efecto Mann’ o más conocido como ‘la cámara con Parkinson’. Todas las escenas más alucinantes tienen un montaje y un estilo que desmerecen por completo el acabado técnico que, de haber sido de otro modo, hubiera sido bastante remarcable.

¿Qué podemos destacar? Luke Evans es un protagonista fantástico y Dominic Cooper funciona muy bien como villano; la música emociona cuando tiene que hacerlo y acompaña con atino a las escenas de batalla que, aún pecando de temblores en la cámara (y siendo benevolentes), se dejan ver; por último, un epí­logo algo tróspido que, aún sintiéndome culpable al afirmarlo, me pareció lo mejor de la pelí­cula.

Ese salto temporal a la actualidad, con el reencuentro recitando el poema y el ridí­culamente divertido guiño a la novela nombrando a la eterna Mina, consigue sacarte una sonrisa… culpable, pero una sonrisa.

‘Drácula, la leyenda jamás contada’ es esa pelí­cula perfecta para ver en casa, con una manta y unas palomitas un domingo de lluvia. Para disfrutar en una sala con buen cine, mejor ‘Magical girl’.

Jonathan Espino
Jonathan Espino

cine@bfacemag.es

Volé en el Oceanic 815, bailé con Billy Elliot y me enamoré de Satine en el Moulin Rouge. Ahora, comparto despacho con Alicia Florrick y canto en las barricadas en mis ratos libres.

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