El corredor del laberinto: ¡No mires atrás!

¿Y si un dí­a despertaras encerrado en una caja que te propulsa hacia la superficie, donde no conoces a nadie, donde tu vida cambiará para siempre? ¿Y si, en esa superficie, estuvieras rodeado de un laberinto gigante que te impide salir al exterior? Eso es lo que le pasa a Thomas, el personaje interpretado por un fantástico Dylan O’Brien, que de la noche a la mañana, y sin razón aparente alguna, aparece en El Claro, el centro de un laberinto de dimensiones gigantescas, en el que habitan muchachos embrutecidos y bestias ¿mutantes? salvajes.

Hay que tener en cuenta que ‘El corredor del laberinto’ es un caso atí­pico de adaptación: normalmente, tenemos una buena novela que acaba siendo una pelí­cula inferior; pero, en este caso, tenemos una novela mediocre que, por muy mal que lo hicieran, darí­a lugar a una pelí­cula superior. Y así­ ha sido. Al contrario que en el libro, la historia arranca con fuerza, condensando las primeras páginas de desorientación y entrando rápidamente a la acción del laberinto, dando lugar a cerca de dos horas de adrenalina y tensión, con una factura técnica impecable y un actor protagonista que, para ser su primera vez, sostiene todo el peso de la pelí­cula de manera fantástica.

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La pelí­cula combina una suerte de ‘El señor de las moscas’ con pinceladas de ‘Los juegos del hambre’ en un universo propio que, de tener éxito esta primera pelí­cula, darí­a lugar a uno de los más interesantes en cuanto a sagas adolescentes respecta. En esta primera entrega, no sabemos prácticamente nada de por qué los chavales están en el lugar. Hay flashbacks, hay respuestas desconcertantes y un final del todo sorprendente pero, ¿las respuestas? Las respuestas se harán esperar porque ‘El corredor del laberinto’ prefiere que empaticemos con sus personajes, que sintamos su dolor, sus desesperación y sus ganas de salir de ese infierno de hormigón.

Esa desesperación nos lleva a un sangriento final quizás innecesario. Ni Chuck necesitaba morir ni Gally hubiera podido llegar hasta la salida del laberinto a solas. Puede que la muerte del primero dé lugar a un sentimiento de venganza por parte de Thomas en las próximas entregas y, entonces, tendrí­a sentido; si no, bueno, podrí­an habérselo ahorrado.

Para aquellos que busquen sólo la acción, apuntar que el mejor piropo que se le puede echar a la pelí­cula es la credibilidad que desprende en todas las secuencias en el interior del laberinto. Tanto la impresionante estructura como los temibles laceradores (las criaturas que la habitan), están muy trabajados para dotar de realidad cada secuencia, sin pecar en un exceso de CGI, es decir, huye de esa sensación de videojuego que parece haberse apoderado del cine en los últimos años, lo que es de agradecer.

Si se hubiera estrenado un par de meses antes, ‘El corredor del laberinto’ serí­a sin lugar a dudas la pelí­cula del verano. Lo tiene todo para triunfar y para enamorar al colectivo adolescente, siendo un blockbuster perfectamente disfrutable también por el público adulto.

Jonathan Espino
Jonathan Espino

cine@bfacemag.es

Volé en el Oceanic 815, bailé con Billy Elliot y me enamoré de Satine en el Moulin Rouge. Ahora, comparto despacho con Alicia Florrick y canto en las barricadas en mis ratos libres.

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