El Lobo de Wall Street: La ‘fieshta’ de DiCaprio y Scorsese

Hace unos meses, llegaba a nuestras pantallas la nueva adaptación de ‘El gran Gatsby‘. Los tráilers nos convencieron de que la cinta contendrí­a grandes secuencias de fiesta con una música maravillosa y mucho glitter del que le gusta a Luhrmann, su director. Pero, cuál era nuestra decepción cuando lo que nos encontrábamos no podí­a estar más lejos de nuestra idea. Sin embargo, meses más tarde, llegaba un tráiler que, espera un momento, ¿era de nuevo ‘El gran Gatsby’? Ah, pues no. Pero, estaba DiCaprio y habí­a mucha fiesta y locura… ¿Eso qué era entonces? Eso, señores, era ‘El lobo de Wall Street‘ y prometí­a todo aquello que Gatsby no supo darnos.

Supimos entonces que la pelí­cula se basarí­a en las andanzas reales de Jordan Belfort, un corredor de bolsa neoyorquino que se hizo multimillonario allá por los noventa gracias a su insaciable apetito y, por qué no decirlo, su enorme talento. De ahí­ que le pusieran el mote que da nombre a la cinta.

Ahora, una vez vista la pelí­cula y teniendo en cuenta la concepción que nos habí­amos hecho previamente, ¿supera ‘El lobo de Wall Street’ las expectativas?

La cinta, de 180 minutos de duración, es una fiesta continua que, incluso, puede llegar hasta extenuar por su desatada locura. Drogas, mujeres, más drogas, más mujeres,… Scorsese al grito de “¡más madera!” ha filmado la fiesta que todos estábamos esperando, ni más ni menos. Sin embargo, es el hecho de asistir a una bacanal non-stop de dos horas y pico lo que termine causando algo de aburrimiento momentáneo pero, en el último tramo, la pelí­cula vuelve a subir como la espuma y se gana nuestra atención.

Contra todo pronóstico, la última media hora carente de fiesta pero sí­ llena de emociones gracias a esa terrible discusión familiar o todo lo referente a su venta a la policí­a, fue la parte que más me gustó, la que más recordaré, por detrás de los efectos de los estupefacientes caducados, claro.  

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Pero, si tuviésemos que destacar sólo una cosa de ‘El lobo de Wall Street’ esa serí­a la enorme interpretación de Leonardo DiCaprio. Olvidaros de todo lo que hayáis visto antes de su trabajo: nunca, repito, nunca ha estado como en esta pelí­cula. DiCaprio es un torbellino, una fuerza de la naturaleza que no puedes dejar de mirar, de admirar. Probablemente, en la próxima entrega de los premios Oscar vuelva a irse de vací­o, pero nadie le quitará el tí­tulo moral de mejor actor del año. Soberbio. Junto a él, un reparto secundario en estado de gracia con un Jonah Hill divertidí­simo y una sorprendente Margot Robbie.

Separándonos un poco de lo espectacular de las escenas de fiesta, a mi parecer, las protagonizadas por el matrimonio DiCaprio-Robbie son las más atractivas porque están tratadas de forma fantástica: el enfrentamiento con los vasos de agua, la posterior secuencia en la habitación de la niña,… Son pequeñas joyitas que encontramos entre la locura y que nos hacen encariñarnos más con ese Belfort desatado y fiestero.

Es tal su locura, su intención de entretener que llegas incluso a pedir algo de drama, un contratiempo, algo que te ancle en ese mar de drogas y música. ‘El lobo de Wall Street’ es como una montaña rusa: estás expectante en la subida, de lo que más disfrutas es de la caí­da y vives la adrenalina de los primeros loopings pero te cansas con los últimos; y, cuando te bajas, hay algo en ti que te hace debatirte entre si la disfrutaste o no es más que otro divertido pero vací­o viaje. Yo aún me lo sigo preguntando.

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Jonathan Espino
Jonathan Espino

cine@bfacemag.es

Volé en el Oceanic 815, bailé con Billy Elliot y me enamoré de Satine en el Moulin Rouge. Ahora, comparto despacho con Alicia Florrick y canto en las barricadas en mis ratos libres.

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