Malnacidos, malhechores y asesinos. El sangriento festí­n de Grupo Salvaje

Hay un elevado número de personas que creen que el género western se reduce a las pelí­culas de John Ford, con indios y vaqueros pegando tiros en el Gran Cañón del Colorado y con mujeres guapas de piel oscura salvadas de rituales homicidas. Lejos de todos estos tópicos, hay una serie de pelí­culas del oeste que escapan de los convencionalismos hollywoodienses y proponen un mundo mucho más realista, honesto, drástico y brutal. Los westerns de Sam Peckinpah, producidos en una etapa donde el género estaba de capa caí­da, son un buen ejemplo de cómo se pueden transgredir las normas entreteniendo y, al mismo tiempo, dejando caer algunos mensajes implí­citos para los más observadores. Los spaghetti western de Sergio Leone, lejos de las pajas mentales tarantinianas con Leonardo DiCaprio como negrero tarado, y el mundo aventurero de John Huston, junto con las pelí­culas de John Ford y Howard Hawks y algún que otro tí­tulo por ahí­ suelto de cierta calidad, son las que de verdad consagraron el género.

Las historias de compañeros de armas que luchan contra una amenaza común, donde predomina la ética moral, el buenrrollismo o ambas, estilo Los siete magní­ficos, Rí­o Bravo o El hombre que mató a Liberty Valance, están muy bien y en algunos casos pueden catalogarse de obras maestras. De hecho, los dos últimos tí­tulos están en mi lista de pelí­culas favoritas y, por tanto, son imprescindibles. No obstante, los westerns que más interesan son aquellos protagonizados por personajes deleznables, timadores y “asesinos de mujeres y niños”, como se definí­a a sí­ mismo Clint Eastwood en Sin perdón. Los forajidos de Grupo salvaje, el cruel espí­ritu mercenario de los personajes de Hasta que llegó su hora y El bueno, el feo y el malo, y el ambiente de tragedia de Johnny Guitar es lo que de verdad hace especial el género. Y como estoy cansado de que Tarantino sea considerado el tí­o más violento de Hollywood, me traigo a Sam Peckinpah y su macho-movie “Grupo salvaje” para demostrar que todo es pura fachada.

Tector-Gorch-On-The-Gatlin-Gun

El tí­tulo de esta entrada, y que hace referencia a esta imagen de aquí­ arriba, tiene una razón bastante obvia: si los tipos de “Grupo salvaje” estuviesen con vida y viesen lo que la industria ha hecho – y pretende hacer – con su legado, no pararí­an hasta cobrarse una sangrienta venganza. Y eso sin contar el remake que va a hacer Will Smith. Para ser claros: el cine de hoy está amariconado. Superhéroes metrosexuales calientabragas, vampí­ricos cánones de belleza esqueléticos y tipejos lloricas cuya sensiblerí­a roza los lí­mites tolerados por el estómago de cualquier persona que se precie están a la orden del dí­a. Vivimos en un mundo cursi y baboso, donde ya no se hacen pelí­culas como las de antes, donde los directores que en sus buenos tiempos fueron grandes (Coppola, Scorsese, Woody Allen, etc.) van cuesta abajo, y donde las “nuevas promesas” no le llegan a la suela de los zapatos a sus antecesores en sus respectivas etapas doradas. Pero Sam Peckinpah, que dicho sea de paso también estaba flojeando en sus últimos trabajos, no vivió para ver cómo las nuevas tecnologí­as mataban definitivamente la industria.

Por eso su legado todaví­a se mantiene tan puro. La historia de “Grupo salvaje”, un grupo de forajidos perseguidos tanto por el ejército mexicano como por unos cazarrecompensas despiadados, es tan cruda como un solomillo poco hecho. Peckinpah no hace concesiones a la hora de escupir toda su cólera contra el mundo; ni los buenos ni los malos se libran de su destino. “Grupo salvaje” es una pelí­cula que habla sobre cómo los últimos tí­os de verdad que quedan sobre la faz Tierra se ven desplazados por una nueva generación de memos disfrazados de hombres. Aunque los protagonistas sean unos ladrones malnacidos, caen bien porque son mejores que sus enemigos, que ni siquiera se molestan en justificar sus actos. Las nuevas ideologí­as, el ansia de poder, el consumismo, la corrupción… todo ello asesina despiadadamente a los espí­ritus libres. La muerte de Pike, Dutch y los hermanos Gorch es un grito de guerra que llama a las armas a todos aquellos que todaví­a no estamos sodomizados por las imposiciones sociales. Su significado moral va de la mano con el de Easy Rider, que se estrenó ese mismo año.

David Reszka
David Reszka

Cineasta cinéfilo. Escritor y crítico a ratos libres. Estudiante de dirección y producción de cine. Fanático de Lem. Creador del blog CriticaTuCine. | Twitter: @David_Reszka

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