‘Isla de Perros’: Un brillante espejismo en slow-motion

El cine de Wes Anderson es uno de los más carismáticos y fácilmente reconocibles de la cultura pop internacional. ¿Quién no se ha percatado de los tonos pastel de su cinematografía? ¿Y de sus planos centrales estudiados al milímetro? Pero sin duda, lo que verdaderamente define su estilo es la facilidad de envolver la miseria en un bonito bombón: fácil de digerir, pero puede que te resulte algo amargo.

Así ha ocurrido con cintas como ‘Moonrise Kingdom’ (que habla de la emancipación prohibida), ‘El Gran Hotel Budapest’ (una clara denuncia racial) o ‘Life Aquatic’ (o mejor dicho: cómo trasladar a la pantalla una sentencia de venganza). Encantadoras en su superficie y amargas en su concepto. No obstante, Anderson rompe con la regla y pone fin a una era de estéticas icónicas. Vuelve al stop-motion tras su primer largometraje de animación, ‘El Fantástico Mr. Fox’, para describir la lacra de una política corrupta. Así es ‘Isla de Perros’.

La premisa del filme lo deja todo bien claro: En Megasaki deportan a un millar de canes a una isla vertedero debido a la superpoblación canina. Un canto a la situación actual de los refugiados que, al igual que en la película, no les permite dar vuelta atrás. Sin embargo, Anderson recupera un alma llena de inocencia y humanidad que pretende viajar de forma autónoma a buscar a su perro: un niño de 12 años que, además, es discípulo del alcalde de la ciudad. Todo un canto a la rebeldía que enriquece el concepto del filme.

Aunque sea una idea muy general y difícil de ejecutar, existen grandes trabajos de cámara al trasladar los dilemas sociales en la actualidad. Películas como Persépolis o La Tumba de las luciérnagas salen de la formulaica historia estructurada en tres partes con un final feliz, y se atreven a viajar en flashbacks, o simplemente, añaden más capítulos a un conflicto moral. Y en ‘Isla de Perros’, Anderson cuenta en cuatro partes (mas un prólogo) esta historia de discriminación canina y racial, esta última traducida al entorno humano. Escenas de la película como el lavado de Chief, uno de los perros protagonistas, y sus enumerases conversaciones sobre lo difícil de ser un perro callejero, hablan por sí solas.

Son varios factores, pues, los que hacen de ‘Isla de Perros’ una cinta especial en la filmografía de Anderson: primero, vuelve al stop-motion, perfeccionando la técnica de Fantástico Mr. Fox en tanto a sus personajes como en la historia de estos; segundo, al ser una critica social, abandona los cánones de la comedia en el cine de animación y centra el discurso en una batalla entre humanos y animales. Tercero, gracias a su imaginario oriental, amplía su espectro de referencias y la llena de matices que regalan frescura y nostalgia al resultado final (el haiku y el uso de la música del cine de Kurosawa se hacen notar). Y finalmente, por realzar la presencia infantil en la película, tal y como Anderson hizo anteriormente con ‘Moonrise Kingdom’: solo ellos pueden otorgar, en un mundo de crueldad e indiferencia, la humanidad para saber perdonar, valorar y dar nuevas oportunidades.

Javi Sagredo
Javi Sagredo

Me vine a Madrid a hablar de cine porque Sabrina se fue sin mí a París para aprender a hacer soufflés. Periodista, discípulo de Billy Wilder y un dramas.

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