Noé: este arca hace aguas

¿Qué se puede esperar de una pelí­cula sobre Noé? Yendo a lo sencillo, un arca llena de animales flotando en el mar. Sin embargo, Aronofsky no podí­a hacer un blockbuster al uso con mucho agua y mucha guerra: él tení­a que darle a todo ello una carga psicológica que, por un lado, podrí­a haberle salido bien porque la historia lo pide; pero que, por otro, termina aburriendo a un espectador desinteresado por este background moral, que habí­a llegado al cine atraí­do por un tráiler que no vende lo que posteriormente ofrece. Y ese quizás sea el mayor problema de Noé: lo que vemos en el tráiler sucede en prácticamente veinte minutos de pelí­cula. Y diréis, entonces, ¿el resto?

La pelí­cula arranca explicándonos que quedan muy pocos hombres buenos, los descendientes de Set, hijo de Adán, que, además, tienen algo de mágicos (cuando se tocan se les iluminan los dedos como a E.T.). Noé es uno de ellos y, junto a su familia, viven huyendo constantemente del acecho del resto de la humanidad salvaje. Una noche, tiene una visión (algo así­ como ‘El árbol de la vida‘ en versión redux: imágenes muy bonitas pero sin sentido) que, tras ser drogado por su abuelo Matusalén, decide que es un mensaje de Dios para que construya un arca. En estos primeros cuarenta minutos, lo más fácil es que el espectador piense que se ha confundido de pelí­cula. Asistimos a un discurso pausado sobre la fe en Dios y en los hombres que dista (y mucho) del apocalipsis católico destructivo esperado, salvo por una suerte de ‘Transformers‘ (v. Edad de Piedra) llamados Los Vigilantes, que sorprenden con su aparición y que descolocan por completo, aunque su explicación de cómo llegaron a la Tierra y cambiaron de forma sea uno de los fragmentos más atractivos de todo el metraje.

¿Era necesaria la inclusión de estos ángeles caí­dos convertidos en piedra más allá de su ayuda final en la lucha contra los salvajes? ¿Tienen realmente algún sentido dentro de la historia o son del todo prescindibles?

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Después de este excesivo primer acto, nos saltamos prácticamente la construcción del arca y llegamos cuando sólo quedan los últimos remaches. Es entonces cuando aparece el villano, un Ray Winstone excelente, y la pelí­cula se pone algo más interesante, ofreciendo de nuevo un debate moral sobre lo que Dios dice y Noé interpreta, y dotando de mayor protagonismo a Logan Lerman, el hijo mediano, que no ve claro eso de morir sin haber catado mujer.

¿Era tan evidente que Emma Watson se iba a quedar embarazada de dos niñas o sólo me lo pareció a mi?

¿Y el diluvio? El diluvio llega… y se va en una secuencia, dejando el resto de metraje para la lucha interna de los personajes (hay un giro que la causa) en una oscura arca donde todos los animales duermen menos los humanos. Sin embargo, ante la masiva carga dramática, el espectador no siente otra cosa salvo indiferencia: los personajes no interesan, no nos llegan. Nos quedamos fuera de la pelí­cula, observando a todos ellos sufrir, mientras pedimos constantemente la hora.

Quizás Noé no funcione porque ofrece algo que no esperamos, que nos deja fuera, algo confusos, esperando una acción que tarda mucho en llegar pero poco en marcharse. Grandes interpretaciones, efectos digitales no tan conseguidos como cabrí­a esperar y una dirección de Aronofsky tan pasiva que no hay lugar prácticamente para su fantástico estilo. Decepción.

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Jonathan Espino
Jonathan Espino

cine@bfacemag.es

Volé en el Oceanic 815, bailé con Billy Elliot y me enamoré de Satine en el Moulin Rouge. Ahora, comparto despacho con Alicia Florrick y canto en las barricadas en mis ratos libres.

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