Diez años sin olvidar aquel eterno resplandor

El amor y los sueños son dos elementos, en mayor o menor medida, conocidos y presentes en nuestra evolución, en nuestra vida. Dos elementos que, además, constan de muchos puntos en común y aparecen, ciertamente, de la mano en numerosos momentos. La combinación entre ambos es un recurso muy utilizado en el cine que incluso, y en el sentido más despectivo de la palabra, podrí­amos tachar de “sobado”. El idilio amoroso, con su fascinación febril y edulcorada – representada de forma artificiosa e impostadamente idealizada en muchas ocasiones – y posterior caí­da – a veces suavizada, otras profundamente dramatizada -, es un lugar común en la filmografí­a de múltiples cineastas muy distintos entre sí­. í‰sta mezcla entre el componente oní­rico, existente de manera tanto explí­cita como implí­cita, del ser humano, el pensamiento irracional que lleva a la primera pasión desmedida y la última entrada en, la a veces oscura y desagradable, razón se ha representado en la gran (y en la pequeña) pantalla de formas radicalmente opuestas en estilo y contenido. El amor y los sueños son dos componentes que, tanto en la vida real como en el cine, acaban apareciendo y repercutiendo en casi cada una de nuestras acciones – o pelí­culas – ya sea en una u otra de sus vertientes. Sin embargo, es difí­cil encontrar una pelí­cula que retrate el cómputo (necesario, único, vital, a veces desmedido y otras decepcionante) anterior de manera que el espectador logre, sino sentirse identificado o reflejado en sus personajes sí­ al menos empatizar con su conjunto (la imperiosa necesidad del espectador de reconocerse en el cine, de tomar dicho arte como un reflejo, quizá deformado, de la realidad).

A veces, todo hay que decirlo, aparecen. Y cuando lo hacen entran por la puerta grande. Obras como la recientemente finalizada (?) trilogí­a “˜Antes del…’ logran cautivar al público con un acercamiento humano y natural, sin estética rimbombante y con un guión facilmente reconocible, cercano en definitiva. Con mayor fuerza emergen las pelí­culas que consiguen lo anterior con una trama en esencia nada cercana a la vida real en su sentido más “terrenal” y estricto. Esas, entonces, hacen mella en nuestro recuerdo. Y no se olvidan.

Paradójicamente es imposible olvidar una pelí­cula como “˜Olví­date de mí­’. Ni siquiera una década después. El eterno resplandor de una mente sin recuerdos (traducción literal de su precioso tí­tulo original) parece, eso, eterno.

Michel Gondry compone en su primer largometraje de ficción un retrato fantasioso y profundamente romántico pero alejado de idealismos chirriantes y con un halo de desencanto y oscuridad notable. “˜Olví­date de mi’ es cine de sensaciones pero también es cine de enredos, la trama se despliega en una estructura absolutamente rota, sin orden cronológico determinado y con constantes saltos inter-espaciales e inter-temporales. El fresco de subhistorias que se arremolinan alrededor del nada convencional romance central, entre los personajes de Kate Winslet y un contenido Jim Carrey en su mejor papel lejos de alardes de exceso cómico, aportan distintas texturas a una maravillosa narración que presenta pliegues y escondrijos cual juego rompecabezas.

Sin ritmo frenético pero sin tampoco tiempos muertos avanza una cinta romántica fresca y diferente, rotunda y absolutamente original, pero tremendamente, en su engranaje fantasioso e incluso tendente a la ciencia ficción, verosí­mil para el espectador. No es reconfortante pero si disfrutable pese a un final ácido, ambiguo e inesperado. Una bofetada para el espectador conservador que esperaba un tradicional y cinematográficamente compungido “happy end”. Tan interesante resulta esa lectura final como el sólido desarrollo de la cinta que va planteando varias preguntas éticas relacionadas con la trama (¿Olvidarí­as a alguien y todo lo que ese alguien conlleva si pudieras? ¿Cómo afectarí­a eso a esa otra persona? ¿Es mejor vivir en la ignorancia del olvido o vivir nuestra vida con sus errores y desgracias?) que se convierten en dilemas que invitan a una profunda reflexión posterior.

Artí­stica y visualmente la pelí­cula es rompedora y totalmente estimulante. Como antes decí­amos, se trata – además de una completa declaración de intenciones en lo narrativo – de un absoluto ejercicio estilí­sitico. Gondry juega con ideas, precisamente, oní­ricas para aportar profundidad a la excusa argumental… Los recuerdos quedan plasmados de manera algunas veces borrosa y desdibujada y otras de manera magistral alcanzando auténticos clí­max bellos e incluso majestuosos formalmente. En definitiva, si el discurso de “Olví­date de mi” es difí­cil de olvidar, rondándote este en la cabeza durante un tiempo mucho mayor al de la duración del filme, sus imágenes quedan también grabadas en la retina del espectador.

Porque la vida es sueño y los sueños, aunque a veces sean pesadillas, sueños son, la bellí­sima “Olví­date de mi” no se olvida. Ni siquiera diez años después.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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