De la celebración, la libertad y el libertinaje

Sigo preguntándome que es el cine y porqué nos gusta tanto.

En mi anterior artí­culo hablaba de Terciopelo Azul y de que uno de los motivos principales por los que nos sentimos tan atraí­dos por el séptimo arte era, nada más y nada menos, que esa caracterí­stica innata del ser humano tan importante para su supervivencia: la curiosidad. En esta ocasión os hablo de otra pelí­cula, que como la de Lynch, debe verse despojado de pudor y sin vergí¼enzas y añado otro motivo fundamental a la larga y densa lista que, de manera incompleta, cité en mi anterior texto: el gusto del ser humano por las fiestas.

Sí­, las fiestas.

Disfrutamos de su pomposa y excéntrica diversión o, por el contrario, de su bohemia (y aparente) quietud minimalista. Pero, en la mayor parte de las ocasiones, disfrutamos. Y sino, siempre nos quedará… la curiosidad. La curiosidad por ese sub-mundo, ese “destape” fí­sico y psicológico, que allí­ se forma. Os voy a hablar de una pelí­cula de 1975: The Rocky Horror Picture Show, una oda, entre otras cosas, a estos sub-mundos en los que la lujuria y el disfrute sin responsabilidades ni preocupaciones priman sobre el resto.

The Rocky Horror Picture Show puede tener, tiene, varios lazos en común con Terciopelo Azul: su condición de pelí­cula de culto, mejor valorada con el tiempo (como debe ser), su enrevesada y encaprichada historia llena de guiños, entre la parodia y el homenaje, a los clichés de correspondientes géneros (el terror y el cine negro, respectivamente), la explotación de la imagen, el color y el sonido como vehí­culo transmisor de potentes ideas narrativas y visuales y la creación de excéntricos mundos paralelos a la realidad, tan divertidos como, por otra parte, tristes. Pero, y dejando de lado que ambos films también exploran los placeres y deseos más oscuros del ser humano y la sexualidad, ahí­ terminan esos puntos en común.

The Rocky Horror Picture Show es una de las mayores, sino la mayor, fiestas que ha dado el cine. Un musical de banda sonora electrizante, animada, divertida y bellí­sima, llena de vida, perfecta para subir el ánimo, y de números igualmente divertidos y animados, así­ como completamente excéntricos, surrealistas y desenfadados. The Rocky Horror Picture Show se nos presenta como un largometraje que toma como punto de partida el homenaje paródico al cine de terror clásico, al de los monstruos de la Universal, y dibuja un relato algo naí¯f, el romance de dos jóvenes tortolitos, para explotarle, romperle, moldearle y convertirle en algo absolutamente contrario: un delirio nada inocente ni pecaminoso que fluye, y hace fluir a sus caricaturescos y carismáticos personajes, en un in crescendo sexual, divertido y, también, paradójicamente dramático.

The Rocky Horror Picture Show invita a celebrar la locura, su locura, el disfrute irracional y la propia celebración. Celebrar por celebrar, divertir y divertirse, sin ataduras ni falsas máscaras. Y es que, al contrario que en el caso de Terciopelo Azul, en la pelí­cula de Jim Sharman y Richard O’Brien son las máscaras las que se caen, no los personajes. Son los personajes los que quedan aquí­ destapados, los que se muestran en su salvaje y magnética naturalidad. Y es que en éstos encontramos el principal apoyo de la cinta: una inocentemente sexy Susan Sarandon, ejemplo más ilustrativo de lo anterior, en la pelí­cula que la dió a conocer al mundo; Tim Curry, alienado y travestido, el maestro de ceremonias, el anfitrión, el monstruo, el ser (no) querido; Peter Hinwood y Barry Bostwick, el hombre en sus dos facetas, en sus dos clichés: la fuerza y la inteligencia, el hombre impulsivo y el cauto, y, por supuesto, el abánico monstruoso de “aliení­genas”, de sirvientes, que habitan esa mansión del terror tan teatral, ese hogar que se encuentra entre dos mundos: el idí­lico y el terrenal, el extraterrestre y el real, el edén y el infierno. Estos personajes, sostenidos en una atmósfera construida de manera brillante, llena de color e irrealidad, construyen momentos para recordar que se suceden desde el mismo inicio como los que son, probablemente, unos de los mejores créditos inciales de la historia del cine:

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=d9ohzvHU0ic[/youtube]

O los mí­ticos touch-a, touch-a, touch-a, touch me y el emocionante número final I’m going home. Todos estos momentos se redondean con un enigmático y metafórico final apocalí­ptico que no deja, como el resto del metraje, indiferente.

The Rocky Horror Picture Show es un arrebato. De inteligencia, de pasión, de fantasí­a, de diversión… Y, no cabe duda, también es una revolución. Una pelí­cula que rompió moldes en su estreno y que, también, los rompe ahora, visionados y años después. Es revolución sexual, y es libertad. Y vida, y alegrí­a. Y, desde su difuso mundo de terror jovial y de pí­cara atmósfera, una bofetada de realidad. The Rocky Horror Picture Show habla en su fondo de prejuicios, sin prejuicios, de crueldad, maquillándola, y de sociedades hipócritas, púdicas y cuadriculadas, con descaro, y frescura.

The Rocky Horror Picture Show se ha convertido ya en un auténtico icono del cine, en una pelí­cula que sigue vigente en los temas que trata, en una pelí­cula para descubrir y redescubrir una vez tras otra y, sin duda, constituye uno de los mejores y más originales musicales del séptimo arte. Una festiva y romántica declaración a favor de una sociedad veraz, sin falsas “fachadas”, sin luchar por creaciones estéticamente perfectas. A favor de ser nosotros mismos y de romper con un mundo rutinariamente gris. Por lo menos, durante 100 minutos lo logramos. Disfrutad.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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