Buscando el origen en Sidney

Uno de los ejercicios más interesantes tanto desde el punto de vista más estrictamente crí­tico como desde el punto de vista meramente cinéfilo es acudir a los orí­genes de alguno de nuestros directores referentes y, a partir de ahí­, ir comprobando la evolución ascendente (o descendente) de dicho realizador.

Empezar de cero. Lo que viene siendo, hacer las cosas bien, vaya.

Suele ocurrir que las óperas primas de grandes directores destacan y sorprenden al público desconocedor de la existencia (hasta el momento) del creador en cuestión. Sin embargo, no son pocas las ocasiones en las que el director es (re)descubierto filmes después quedando el origen del “embrollo” perdido en el tiempo. Parece no importar cuando aún queda mucho por venir.

Pero importa. Importa y sorprende y resulta de un enorme interés. Suelen encontrarse, en esa pequeña, nerviosa e imperfecta primera obra, los pilares básicos y los puntos comunes de la filmografí­a del autor. Las filias y las fobias. Suele servir, además, para entender mejor el valor artí­stico y moral de los largometrajes venideros.

Sirviendo ésto de pequeña introducción, pasamos de Sundance a Sundance y de Sundance a Sidney. Y es que el debut fí­lmico (en largometraje) del que es, probablemente, el director norteamericano más relevante y talentoso de la actualidad también (como la anterior cinta que comenté: Vivir rodando) vio la luz por primera vez entre el frí­o y la nieve de la localidad que acoge el festival de cine independiente fundado por Robert Redford. Fue en 1996 cuando aterrizó Sidney para posteriormente ser rebautizado con el subtí­tulo Hard Eight. Y aterrizó para, a su vez, bautizar a un director que comenzarí­a un ascenso imparable aun casi veinte años después.

No era Thomas Anderson un desconocido en el festival estadounidense (ya pasó un año antes con su mediometraje en capí­tulos Cigarettes & Coffee) pero sí­ que su salto al largometraje – acompañado de un reparto de lujo – fue, probablemente, el factor que puso el foco hacia él. Un foco que, con obra maestras de la talla de Magnolia, The Master, Pozos de ambición o la muy infravalorada Embriagado de amor, le sigue acompañando. Por méritos propios.

Sidney es, a dí­a de hoy, la obra menos conocida y menos reconocida de la no demasiado extensa pero sí­ extremadamente intensa filmografí­a del director de Boogie Nights. Pero no por ello deja de ser una notable joya-descubrimiento.

Su ritmo frenético, su estructura tan sencilla como directa y efectiva y su argumento, carente de subtramas de relevancia y de florituras que engorden innecesariamente la trama y el metraje, da en el centro de la diana ofreciéndonos una historia que, sin ser (ni querer ser) revolucionaria, introduce interesantí­simas caracterí­sticas a los muy eficaces – y bien ejecutados – clichés del subgénero de casinos.

Rodada con el perfecto equilibrio entre nervio y la caracterí­stica elegancia que impregna los filmes de Thomas Anderson, Sidney es quizá su obra menos reflexiva y contenida pero no por ello nos encontramos ante una cinta vací­a o superficial. La carga dramática de éste siempre entretenido thriller viene dada por la constante más profunda y evidente de la filmografí­a de PTA.

La relación entre el hombre y su superior. Un ser que comienza siendo el maestro, el cicerón, el padre… El aparente ente de mayor inteligencia que guí­a al novato por un mundo de recovecos, trampas y trampillas. Desconocido, en definitiva. Un ente que, sin embargo, no deja de buscar algo a cambio (directa o indirectamente). Esa exploración de una figura indeterminada, semi-paterna, en distintos contextos es el factor común de todas las pelí­culas de Paul Thomas Anderson. A veces se trata de un personaje visible, protagonista, tangible y otras es una presencia omitida fí­sicamente pero imponente narrativamente. Sin embargo, no es lo más interesante ésta disección de un conflicto tan antiguo como vigente (la adoración, la sublevación y la lucha del hombre frente a Dios) sino la representación de la caí­da, del hundimiento de ésta figura frente a la ascensión del pupilo. Thomas Anderson narra otro conflicto de carácter mí­tico: las nuevas generaciones frente a las viejas. Y lo narra con una maestrí­a y profundidad única y merecidamente destacable en el panorama cinematográfico actual.

El reparto brilla con luz propia ofreciendo un auténtico recital interpretativo: quizás uno de los mejores y más solventes y acordes papeles de Gwyneth Paltrow y John C.Reilly junto a maestros de la talla de Philip Baker Hall, Samuel L.Jackson o el recién fallecido Philip Seymour Hoffman en la primera de las múltiples (y siempre maestras) colaboraciones con el director.

En definitiva, estamos ante un debut en clave de thriller que entretiene sin imposturas y con una reflexión brillante sobre el poder y la temporalidad que se desarrollará en los siguientes filmes (muy recomendables, claro) del director. Una ópera prima intrigante y ciertamente divertida (por juguetona que no por desternillante) que merece la pena observar.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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