Sublimando los sueños y las pesadillas

Recién entrados en ésta nueva y, ojalá, emocionante temporada de premios cinematográficos, en El Celuloide sigo hablando de grandes pelí­culas que, curiosamente, guardan una estrecha relación, directa o indirecta, con algunos de los largometrajes favoritos de cara a los próximos í“scar: Si ahora Spike Jonze estrena, tras su magní­fica (pero sin trascendencia en los premios de su temporada) Donde Viven Los Monstruos, la aplaudida Her con posibilidades de rascar alguna nominación, y Alfonso Cuarón reinventa el cine espacial con su Gravity (una de las favoritas para ganar la preciada estatuilla) tal y como hizo Kubrick en 2001: Una Odisea en el Espacio, esta semana llega el turno de otro maestro que puede ganar éste año su segundo í“scar. ¿Scorsesse? No. ¿Ron Howard? Tampoco.

í‰sta semana El Celuloide se tiñe de color y viaja al paí­s del sol naciente para hablaros de la incontestable obra maestra, del maestro Hayao Miyazaki, que es El Viaje de Chihiro, sin duda, la mejor pelí­cula de animación de la historia, bajo la humilde opinión del redactor que os escribe.

Empezaré diciendo que durante el Festival de Cine de San Sebastián que se celebró éste pasado septiembre tuve la ocasión de disfrutar del último trabajo de una de las grandes mentes del cine de animación internacional, el fundador del multi-premiado e importantí­simo estudio Ghibli, Hayao Miyazaki. Y, por desgracia, su último trabajo de verdad. Miyazaki se retira con una pelí­cula más sobria que sus anteriores trabajos pero que conserva un estilo que transcurre por terrenos conocidos en la filmografí­a del director japonés: el onirismo y la fantasí­a. Una fantasí­a bastante menos desbocada que en la pelí­cula de la que hoy os hablo pero que conserva y subraya aún más una moraleja propia de fábula social o potente melodrama histórico. Porque The Wind Rises, entre otras cosas, constituye una plena reivindicación de la memoria histórica. El filme, que en España estrenará Vértigo Films en 2014, es actualmente (y bajo la alargada sombra del musical Disney: Frozen. El reino de hielo) la “frontrunner” para ganar el í“scar a la Mejor Pelí­cula de Animación culminando así­ la carrera internacional de una pelí­cula que ha discurrido por los festivales de Toronto, Sitges, Venecia, Nueva York, Londres o, como decí­a, San Sebastián y, también, culminando la carrera de un genio que ya sabe lo que es salir victorioso del Dolby Theatre.

Y fue con ésta épica fantástica, El Viaje de Chihiro, que nos presenta a una heroina a la fuerza, atrapada y perdida por un mundo de sueños y pesadillas, con la que Miyazaki obtuvo su mayor reconocimiento mundial y, claro, su primer í“scar.

La animación es un género que cada vez tiene una merecida mayor trascendencia, que cada vez resulta más arriesgado, que cada vez nos deja más perlas con las que engordar la lista de “las mejores pelí­culas del año”. Un género al cual se ha tachado durante muchos años de estar destinado únicamente a moralizar al público infantil, e incluso se le ha definido como “insustancial”, pero que poco a poco va asentándose también entre el público adulto. La cabeza más visible de ésta madurez es Pixar, compañí­a que evolucionó y revitalizó los clásicos de Disney añadiendo un plus de emoción y planteando preguntas y conflictos más sobrios y complejos. Pero fuera de las fronteras yankees encontramos pelí­culas aún más interesantes y maduras en éste aspecto. Un claro ejemplo es ésta El Viaje de Chihiro.

El Viaje de Chihiro es una epopeya de carácter oscuro y marcadamente influida por la tradición, las creencias y la mitologí­a del paí­s asiático. Un, precisamente, viaje por el cual una niña de diez años se erige como una auténtica heroina sin armas que circula por una especie de complejo, donde los espí­ritus sagrados se relajan y descansan durante la noche, liderado por una temida y temible malévola bruja, en busca de una salida que pasa por la ruptura del conjuro que hace que sus padres se hayan convertido en cerdos como consecuencia de su gula. Miyazaki crea un mundo de lí­mites poco precisos, y de una libertad absoluta, arrolladora y perfecta en la que la emoción desde la imaginación impera ante una calculada construcción del conflicto que, aún así­, existe y se presenta construido de una manera igualmente perfecta. El Viaje de Chihiro se autodefine implí­citamente como una explosión de color y como un catálogo de fantasmas, brujos y personajes fantásticos que viven en un mundo que pese a obviar las fronteras entre lo real y lo fantástico, entre lo prohibido y lo permitido, entre lo bueno y lo malo, entre lo ético y lo inmoral, permanece completamente aislado y destila un aroma triste, de placer impuesto, absolutamente rutinario. Un mundo en el que se subsiste sin un ápice de emoción.

En ésta obra maestra del cine con mayúsculas convergen varios aspectos: la sublimación del onirismo, la desatada búsqueda de lo estético en la oscuridad y de la belleza en las pesadillas, la profundidad de un drama que cala hondo pero que esconde sus cartas evitando caer en maniqueí­smos, la exaltación de la imaginación, y la concepción del cine como medio para reinventarse. Miyazaki compone un fresco de personajes principales carismáticos, con los que el espectador empatiza. Un fresco de creaciones capaces de conmover, asustar y ante todo sorprender. Porque la obra es ante todo totalmente sorprendente y absolutamente mágica. Un cuento lleno de vida aunque en apariencia sumergido en los suburbios más oscuros del subconsciente oní­rico.

El Viaje de Chihiro genera una fascinación abrumadora, genera esa necesidad por volver a soñar, esa necesidad de vivir, en cierto modo, los inocentes (oscuros o más ligeros) sueños de la infancia. Estamos ante una obra cargada de humanismo, de corazón, de belleza. Ante un torrente de sensaciones, ante un espectáculo sensorial, ante un desfile carnavalesco que queda grabado en tus retinas. El Viaje de Chihiro habla de la madurez, del amor, de la capacidad para superar retos, de la necesidad de renovación, del poder de los poderosos sobre el resto, de una inducida felicidad y de la verdadera felicidad. Habla de la tradición, de la magia, de la vida y de la muerte. El Viaje de Chihiro es una potente oda a la amistad. Miyazaki compone una obra absolutamente magnánima, colosal, un ensayo, que incluso coquetea con el existencialismo, sobre las distintas caras, y al fin y al cabo la necesidad, de la fantasí­a lleno de matices y estrecheces, de pasadizos y pequeños personajes y detalles por descubrir. Miyazaki hace verdadero cine, camina sobre el filo de la navaja y no acaba herido, sino que hiere.

Porque El Viaje de Chihiro es también profundamente dolorosa, y transmite una melancolí­a, una angustia y un desazón que, aun envuelto en poderosa estética preciosista, acaba por ahondar en el corazón del espectador. Emociona.

Porque eso es el cine, eso es el buen cine. Y en El Celuloide hablamos, ante todo, de buen cine.

Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: 'High School Musical' y 'Mulholland Drive'. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

No hay comentarios

Deja tu comentario :)

¡Tranquilo! Tu email no se publicará ;)

Utiliza atributos HTML y tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Ingrese aquí Captcha : *

Reload Image

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies