Vivir de cine en el bucle del olvido

De entre todos los subgéneros habidos y por haber, creados y por crear, de entre todos ellos hay uno ante el cual, el cinéfilo, tiene fácil sucumbir. No se trata, ni más ni menos, que del propio cine. El “cine dentro del cine” como se conoce de manera, aunque redundante, indudablemente cierta, nos ha dejado completas e incontestables perlas del séptimo – el suyo – arte. Joyas quizá más subjetivas que objetivas, que apelan a conexiones más emocionales que racionales en el espectador pero… ¿y qué más da?.

La disección del arte del celuloide, su (a veces caricaturizada, otras edulcorada) sonrojada desnudez y, simplemente, el mostrar las vicisitudes industrio-artí­sticas  de un arte – el séptimo, el suyo, el nuestro – flexible y lleno de matices contradictorios, que se muestran sin vergí¼enza y con aroma crí­tico y mordaz – la crí­tica y la autocrí­tica – cautivan al espectador de corazón, oh, iluso y cinéfilo. El cine dentro del cine bien podrí­a definirse como un parque de atracciones.

De entre la gigantesca (más de lo que parece) montaña de homenajes meta-cinematográficos y autorreferenciales encontramos, como antes cité, varias obras descatables. Muchas, incluso. Esa obra fastuosa y profundamente maestra que es El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder (de la que en este mismo espacio espero hablaros próximamente) o incluso la surrealista, magnética y nada evidente Mulholland Drive, de David Lynch (mi debilidad cinematográfica) resultan valiosos exponentes de éste, quizá ya, género sin tener nada que ver la una con la otra. De igual modo, ambas nos presentan los cambios de la amplia historia del cine y acompañan cronólogica y estilí­sticamente su evolución.

Rebusquemos más. Ahí­ está.

En 1995 apareció en el Festival de Sundance (cuya edición 2014 acaba de terminar coronando a un homenaje no al cine, sino a la música: Whiplash) una pelí­cula, y un director, que de manera irremediable siento que debo recomendar por activa y por pasiva. Que debo recomendaros. De tí­tulo en español Vivir rodando – y en su inglés original, de manera (¡qué sorpresa!) mucho más sugerente, Living in oblivion (“Viviendo en el olvido”) – de un joven director que respondí­a (y responde) al nombre de Tom DiCillo al que por entonces se le conocí­a por la recibida con irregularidad Johnny Suede. Cine independiente norteamericano elevado a la máxima potencia y un delicioso cine dentro del cine, ¿algún aliciente más? Los hay: Steve BuscemiCatherine Keener, protagonizan una cinta que sigue y desmonta los cánones de la comedia de enredos y que, para colmo, combina con lucidez el bicolor con el color, el onirismo con una desfasada realidad. Y todo ello, con una nada impostada ternura.

Divertida, Vivir rodando es ante todo divertida. Hilarante, desternillante, como queráis. La lucha del frustado director Nick por sacar adelante un rodaje underground imposible que se cae a cachos enormes entre lí­os amorosos, maternales, técnicos o más puramente cinematográficos provocará (puede que amargas) inevitables y sonoras carcajadas.

La obra magna de DiCillo es un cine liviano en apariencia y experiencia pero corrosivo en un fondo crí­tico y, de nuevo, hilarantemente explosivo. Loco. No es nuevo ni innovador pero sí­ sienta como un latigazo (uy, Whiplash) enérgico, potente y juvenil. Como una bebida refrescante, como la comedia no perenne que es. Porque, y esto es importante, la CINí‰fila, CINí‰faga y CINEmatográfica comedia de DiCillo permanece e incluso crece en el recuerdo obviando cualquier atisbo, evitando tomar cualquier camino, de simpleza olvidable, efervescente. Simple y llanamente, está ahí­. Sin moralinas, ni moralejas (¿o es lo mismo?), sin pretender alzarse como un manual contra la (excesiva) ambición del joven director. Como un todo y la nada, como un nervioso y eléctrico divertimento y como una prodigiosa, contundente e implacable pelí­cula que respira y expira amor por el cine.

Un desatado y melenudo Buscemi lucha por hacer imperar un control que el mismo, poco a poco, destruye en su deambular por el empañado mundo del celuloide (podrido). Entre sueños – ejem, pesadillas – y situaciones reales diferenciadas por fronteras técnicas (el color, el estilo), entre situaciones reales y sueños – ejem, pesadillas – deambula una obra que con la repetición de ciertos elementos nos sumerge en un bucle, el del olvido, al que parecemos deber y creemos querer sucumbir. Y entre “jijiji” y “jajaja” uno observa la fuerza de las imágenes de un cine – “low cost” ahora que (para bien y para mal) está tan de moda – grande. Sin arrogancia pero sin falsas modestias. Grande por méritos propios. Por cuidar una estética y por construir un guión que componen, en un binomio, una pelí­cula partida sin arreglo en dos, ¡y qué dos!.

Siempre observaremos con miedo la cercana posibilidad de caer en el bucle del olvido por mucho que, siempre, anhelemos vivir, de una forma u otra, de cine. Y quizá el terror verdadero sea el quedarse en un punto medio: ¿no es la indiferencia olvido? ¿Da el olvido la indiferencia? Además, siempre disfrutaremos la surrealista y desconcertante escena final de la pelí­cula, esas vueltas que Dinklage da alrededor de una Keener vestida de novia impoluta… Una y otra vez… Una y otra vez. En bucle.

Solo se me ocurre una manera de terminar un artí­culo sobre éste apasionado viaje por los infiernos del rodaje que, sin embargo, paradójicamente nos eleva al – séptimo – cielo del – séptimo – arte. Una palabra en negrita, para que suene más fuerte al leerla, para definir una obra más colosal de lo que parece, para definir un ejercicio de buen humor (¡qué bueno y difí­cil es reí­rse de uno mismo!) que, no, no merece caer en el olvido. Solo digan alto:

CINE.

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Jesús Choya
Jesús Choya

Redactor

Si te tengo que decir una pelíula favorita, te digo dos: ‘High School Musical’ y ‘Mulholland Drive’. Cinéfilo aprendiz creado a las puertas del nuevo milenio.

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