Nadie quiere la noche: Isabel Coixet contraataca

10 años después de su victoria en los Goya con La vida secreta de las palabras, Isabel Coixet ha vuelto por todo lo grande a los premios de la Academia. Queda atrás una etapa extraña de su carrera, en la que la cineasta emprendió nuevos caminos sin demasiado éxito. Para volver a ser ella misma tuvo que diluirse en sus películas. Aprendiendo a conducir, una dramedia de encargo se convirtió en un éxito, gracias a su calidez y encanto, recibiendo buenas críticas y el calor del público en el Festival de Toronto en 2014. Tras aquel film, inauguró la Berlinale 2015 con Nadie quiere la noche, una historia femenina ambientada en el Polo Norte, que recibió críticas dispares. El film no fue estrenado en España hasta el pasado noviembre, gozando de escasa distribución y recaudando poco dinero en la taquilla. Cuando la obra parecía condenada al olvido, llegaron las nominaciones a los Goya y el film de Coixet se coló en 9 categorías, incluidas mejor película, dirección y actriz protagonista.

Nadie quiere la noche relata el empeño de Josephine Peary (Juliette Binoche, una de las actrices más elegantes del cine actual) por acompañar a su marido, el villano invisible de esta historia, en el momento cumbre de su vida: ser el primer hombre en llegar al Polo Norte. Para ello pone en marcha una expedición que siga los pasos de la de su marido, dispuesta a esperar a éste en el campamento base más cercano al Polo. Obviamente nada sale cómo debería y lo que era una película de aventuras, se convierte en una obra intimista que encierra a dos mujeres, la propia Peary y una inuit interpretada por Rinko Kikuchi, acuciadas por los peligros de una noche infinita. Así, tras jugar con las normas del cine de aventuras, Coixet vuelve a ser Coixet, y la película se vuelve un drama femenino, al que le importan más sus personajes que su propia belleza. Gran parte del encanto de Nadie quiere la noche radica en ver cómo la esteta y la narradora se fusionan en medio de la inmensidad blanca, como la nieve, primero, y negra, como la noche, después.

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La última película de Isabel Coixet es una obra hermosa, que aprovecha todos sus recursos y ofrece imágenes realmente bellas, aunque, en cierta forma, desesperadas. Una belleza inquietante y peligrosa. También acierta el film en su descripción de la relación que se establece entre las dos mujeres protagonistas. Quizás su principal hándicap es que resulta muy difícil empatizar con Josephine Peary, una mujer insensata y egoísta. Y si en una historia de supervivencia crees que  la protagonista no merece sobrevivir, definitivamente la historia tiene un problema. Aún así Nadie quiere la noche funciona, porque en cierta forma, la inuit trastoca el mundo de Peary haciéndola más humilde. Estamos, por lo tanto, ante la enésima obra que reflexiona sobre cómo los occidentales intervenimos en otros territorios del planeta desde la soberbia, la avaricia y la condescendencia y cómo las desgracias que ello desencadenan nos enseñan a mirar el mundo desde otra perspectiva. Es un mensaje mil veces pronunciado, pero que aún no hemos sido capaces de asimilar. Nadie quiere la noche no es la mejor película española del año, pero es una obra interesante y debemos darle las gracias a la Academia por rescatarla del olvido al que parecía condenada.

7 ví­rgenes: el drama social de Alberto Rodrí­guez

Alberto Rodrí­guez llega a la gala de entrega los Premios Goya con el incómodo cartel de director de la pelí­cula favorita a triunfar en esta edición. Su pelí­cula, La Isla Mí­nima, ha contado con el respaldo del público (que no se dejó amilanar por la oscuridad y el desasosiego que provoca la cinta), con el de la crí­tica (Premios Feroz, Medallas del Cí­rculo de Escritores Cinematográficos, etc.), y con la industria (Premios José Marí­a Forqué). Hacerse con el Goya a la Mejor Pelí­cula significarí­a el broche de oro para una carrera perfecta.

Pero, Alberto Rodrí­guez, no es un novato en esto de los Goya, ya que tanto Grupo 7 (2012) como 7 Ví­rgenes (2005) también optaron al premio a la Mejor Pelí­cula, acumulando un buen número de nominaciones en distintas categorí­as. La primera, un drama policí­aco que mostraba el trabajo de «limpieza» que un grupo de policí­as realizó en Sevilla a finales de los ochenta, era una pelí­cula sólida, con un buen guion y un genial reparto, que consolidó de forma definitiva al director sevillano. Unos años antes, con 7 Ví­rgenes, comenzarí­a a ser un habitual entre los finalistas a los distintos premios cinematográficos españoles. Era su tercera pelí­cula (tras El efecto Pilgrim y El traje) y tras un excelente debut en el Festival de San Sebastián, en el que a su protagonista, Juan José Ballesta, logró la Concha de Plata al Mejor Actor, la pelí­cula recibió seis nominaciones a los Goya, llevándose Jesús Carroza el premio al Mejor Actor Revelación. Diez años después, repasamos las claves de este drama social, tristemente vigente a dí­a de hoy.

1. Cuando Juan José Ballesta dejó de ser «El Bola»…

El Bola fue la ópera prima de Achero Mañas y se hizo con el Goya a la Mejor Pelicula del año 2000. En su reparto, debutaba en el cine un jovencí­simo Juan José Ballesta (que serí­a reconocido con el Goya el Mejor Actor Revalación), dando vida al taciturno protagonista de la historia. Llamado a alimentar ese grupo de jóvenes actores que, tras un debut prometedor, no logran dar el salto definitivo, esquivó este destino con su papel en 7 Ví­rgenes, en la que se metí­a en la piel de un personaje marginal que en tan solo 48 horas se verá forzado a madurar a toda velocidad. Alberto Rodrí­guez, guionista también de la pelí­cula, hizo de Tano un personaje complejo, con un crecimiento personal acelerado, que exigí­a que el actor que lo interpratara hiciera verosí­mil esta transformación. Y Ballesta lo logra. Y aunque está muy arropado por todo el plantel de secundarios que le rodea, el joven pudo con el peso de la pelí­cula.

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2. Y antes de que Jesús Carroza fuera «El Compi»

Comencemos apuntando que Carroza es un robaescenas. En El Niño, donde interpreta a «El Compi», logra quitarle el protagonismo a su tocayo, Jesús Castro. Sin llegar a eclipsar al protagonista, en 7 Ví­rgenes interpretaba a Richi, el mejor amigo del personaje que interpreta Ballesta. Como tal, nos ayuda a definir el pasado del protagonista, y sirve como referente de todo lo que éste debe rehuir sino quiere perder su tan ansiada libertad. Richi se adapta al entorno, sin que esto le lleve a madurar, y es el contrapunto de Tano en muchos aspectos. Carroza combina todos estos elementos en una gran actuación, evitando los excesos interpretativos y logrando que todas las escenas que comparte con Ballesta tengan la profundidad necesaria.

3. Y tras las cámaras…

Al leer los créditos de 7 Ví­rgenes, podemos pensar que estamos ante el equipo responsable de La Isla Mí­nima. Por la propia idea que hay detrás de cada una, la frescura y atrevimiento de la primera se convierte en sombras y seriedad en la segunda. La Isla Mí­nima confirma la madurez creativa de Alberto Rodrí­guez y Rafael Cobos como guionistas, así­ como la evolución artí­stica de Alex Catalán, responsable de fotografí­a, o del compositor Julio de la Rosa, pero las virtudes que les llevan a optar a los Goya del próximo sábado están presentes ya en 7 Ví­rgenes.

4. El drama social, sin discursos ni moralinas

Como espectadores rehuimos de esas historias que pretenden aleccionarnos, o las que denuncian sin argumentos. Sin embargo, cuando una acción mostrada en una pelí­cula podrí­a estar pasando en un barrio de nuestra ciudad, si logramos conectar con los protagonistas más allá de las diferencias socioculturales que podamos tener, el mensaje de la pelí­cula tendrá más calado. 7 Ví­rgenes no pretende argumentar a favor de ciertas instituciones, o denunciar situaciones que sabemos que suceden no muy lejos de nosotros. La pelí­cula muestra todos los elementos, pero deja que el espectador llegue a sus propias conclusiones. De hecho, ni siquiera le obligará a ello, de manera que quien quiera ver solo un divertimento podrá hacerlo.

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