Noches que no recuerdas con amigos que nunca olvidarás

La verdadera personalidad de una persona se pone en juego en el preciso momento en el que se pega una buena farra. Eso es así. La chispilla puede sacar nuestras mejores virtudes aunque en algunos casos, también puede sacar a relucir los peores defectos. Aún así, se pongan como se pongan, son nuestros amigos y no podemos evitar quererlos tal y como son. Posiblemente nosotros estemos a su lado, pintándole la cara con rotulador mientras está luchando por sobrevivir o intentando colarnos sin que el segurata – al que es más fácil saltarlo que rodearlo por su portento físico – te mande directamente al hospital. Y nunca se sabe cuando tendremos que utilizar el vale del buen amigo así que… ¡Allí van los perfiles que lo petan en las noches de desenfreno!  

El San Miguel

Ese amigo que se lo proponga o no triunfa allá donde va. Le da igual si es una discoteca, unas fiestas de pueblo, el bingo del barrio o el puesto de perritos calientes de camino a casa. ¡Es el triunfador de la noche y lo sabe!

El llamada de emergencia (baby)

También conocido como «El mensajitos o llamaditas a las 4.36h a.m?» Tiene la misma velocidad para beber que para coger el móvil y hablarle a todo quisqui sin filtro alguno: «Ven y sana mi dolor, tienes la cura de este amor. Hago este llamado, para que tú vuelvas, tú no ves que estoy sufriendo, es muy dura esta prueba». ¡Suerte en la vida!

El Bob Esponja

Suele coincidir con la persona que hace el grupo de Whatsapp de «Survival Party» convocando a todos sus colegas para liar una noche épica. Su aguante merece una mención especial, al igual que los 4 chupitos de Jagger, los 2 tequilas, la botella de ginebra – que el mismo se encargó de comprar – y el agua de todos los floreros que encontró por la sala. RESPECT.

El animador

Posiblemente sea la persona capaz de iniciar un limbo o una conga multitudinaria, el que te lance el anzuelo imaginario, el que te hace un reparte cartas, el que saca a bailar al que está anclado en la barra, o el que se marca un manos libres con la copa apoyada en la barbilla. Sus habilidades para bailar y crear un auténtico videoclip de la nada las tiene más que validadas en Linkedin.

El reportero

El encargado de documentar y tener pruebas gráficas de tu pérdida de dignidad. El punto a favor es que puede ser muy útil a la hora de reconstruir los hechos de esa noche que posiblemente para ti acabó al sexto cubata. Corresponsal nocturno que al día siguiente se dedica a hacer un spam de fotos/vídeos, por el grupo y con el único filtro de «no hay ningún filtro».

El rayado

La última vez que lo viste estaba dándolo todo en lo alto de la tarima y cinco minutos después se convierte en un pozo de lágrimas al que los chupitos le quitaron las ganas de vivir – para posteriormente devolvérsela – cuando su amigo del alma le consuela de la forma más inteligente que sabe: «Te invito a algo y ya verás como lo ves todo de otra manera». Y oye, más literal imposible.

El que sale de “tranquis”

También llamado «Mentiroso compulsivo». Se cree que puede engañarnos, incluso hasta a él mismo, pero no tiene nada que hacer. Es el primero que quería volver a casa y el que lo acabará haciendo el último. Ley de vida.

El socorrista

Siempre con los cinco sentidos puestos a su alrededor, suele ponerse en un lugar estratégico – normalmente en la tarima – para tener las mejores vistas y tener controladas a las posibles víctimas. Y si tiene suerte, reanimarlas a base del boca boca.

El que hace la bomba de humo

Todos hemos sido en alguna ocasión el que – cuando tus amigos se quisieron dar cuenta – ya no estabas. Una huida magistral, sin hacer ruido para evitar líos. Lo peor no son insultos de tus colegas al día siguiente, sino cuando te cuentan que te perdiste la mejor parte de la noche.

El si te he visto no me acuerdo

 Lo ves al principio de la noche y después nunca más se supo. Despídete de él, aprovéchalo mientras puedas y reza porque se acuerde de todas sus aventuras y que te pueda alegrar la resaca.

El que te suelta la chapa

 Te hace la cobra con el brazo y no te suelta en los próximos treinta minutos. La mayoría lo conoce como «El cansino de la fiesta», que te habla al oído y te acaba escupiendo en la cara con sus conclusiones sobre la Teoría de la relatividad.

El «Beer & Breakfast»

Posiblemente sea uno de los amigos más valiosos que puedas tener. Aquel que pone su casa para el calentamiento previo y con el que siempre puedes contar para tener un sofá o un felpudo en el que poder caerte muerto al final de la noche. Pensión fiestera completa por el módico precio de una amistad. ¡Olé tú!

El que lo pierde todo

Sale a darlo todo y se deja por el camino un móvil, el carnet de conducir, la tarjeta VIP del supermercado y un rastro de dignidad que es difícil recuperar.

El suplente

El calentamiento se le fue de las manos y aunque llevaba bastante tiempo preparando el partido, se queda sin salir al terreno de juego. Exceso de motivación que lo destierran a un banquillo más que merecido. ¡Dulces sueños!

El cono

Quizás no te has dado cuenta pero está allí, impasible, viendo la noche pasar. No sabe muy bien qué hace allí pero alguien tiene que mantener la posición y ejercer como punto de referencia para encontrar al grupo cuando vuelves del baño.

Y tú, ¿quién eres? Si a lo largo de la noche eres capaz de pasar por diferentes fases, eres un@ fiester@ en toda regla. ¡Pin para ti!

Filtro de realidad a la Navidad

Sí, por fin estamos en Navidad; pese a que las luces de las calles, los anuncios de juguetes y las ofertas de turrones en los supermercados, con villancicos sonando en bucle, nos empezaran a taladrar casi en agosto. Sobremesas interminables, sobredosis de turrones, churros con chocolate a las 8 de la mañana del 1 de enero, entrega de regalos, intercambio de regalos… ¡Unas fechas completitas que mucho nos gustaría que fueran como una de esas películas de domingo por la tarde en las que acaban con final feliz.

Pero no nos engañemos, las expectativas no tienen nada que ver con la realidad. Así que aquí está toda la verdad sobre lo que implican unas verdaderas Navidades.

Éste eres tu el día 23 de diciembre:

Minutos antes del sorteo del Amigo Invisible:

Tu cara de emoción evoluciona a cara de «Oh, Dios, la que me ha caído» cuando descubres a quién te toca regalar:

Y cuando se te acumulan cuatro Amigos Invisibles en una semana tu cara pasa a ser:

La idea de árbol que tienes en la cabeza:

Tu verdadero árbol:

Cómo crees que serán las comidas y cenas familiares:

Cómo son en realidad:

Si te pegaste una buena farra la noche anterior:

Y sí además tienes que soportar las bromitas de tu familia:

Cuando te preguntan si quieres repetir:

En el fondo de tu ser crees que no puedes más…

…pero aparecen los (20) postres (diferentes que ha traído tu familia lejana):

Al salir de casa en Nochevieja:

A las 00.01h (con las 12 uvas intactas en tu boca):

¡La noche es joven! (pero el primer trago de cubata siempre cuesta):

Después de muchos tragos de cubatas:

Tú a las 07.00h de la mañana:

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Cuando resucitas al día siguiente. A las 6 de la tarde:

¡Noche de Reyes! Abres ese regalo que llevas llorándole a tu madre 3 meses:

Cuando descubres que son unos calcetines (o en su defecto, un conjunto de ropa interior):

Tú al acabar las Navidades:

Y decides que lo mejor es retirarse haciendo el «moonwalk» dirección a ese gimnasio que no pisas desde verano:

The End.

¡Feliz Navidad! ¡Feliz digestión! ¡Feliz resaca!

Ventajas de ser una metro y poco más

Dicen que los pequeños detalles pueden marcar la diferencia, ¿no? Pues yo no puedo estar más a favor de tal afirmación. No te dejes influenciar por los “Paus Gasols” de la vida que tratarán de hacerte la vida imposible poniéndote los vasos en lo más alto de la estantería, o que se apoyarán en tu cabeza diciéndote lo cómoda y útil que eres. ¡BASTA! Esto es un llamamiento a tod@s los que dicen con orgullo: “Sí, mido un metro y poco más, ¿qué pasa?”.

Mi abuela siempre ha sabido subirme la moral en este aspecto. Aunque siempre he pensado que no era yo la bajita, sino que la gente con la que me rodeo atracó el banco de centímetros en su día, las típicas frases de abuela que te quiere siempre ayudan: “En el pote pequeño está la buena confitura” o que “las mejores colonias siempre van en frascos pequeños”. Dejemos de auto-convencernos con frases hechas que cualquiera puede tirarte  por tierra con un “y el veneno también” o similares. Traigo pruebas reales y contrastadas, vividas en primera persona, que demuestran que ser bajita tiene muchas ventajas. Tantas que se podría hacer una trilogía con secuela incluida. 

  • Puedes comprar en la sección KIDS. Y acabas ahorrando, lo que siempre es un puntazo. Un saludo para todos los que tienen que pedir la talla 89 de zapato a China, besos. 
  • El suelo está más cerca. Por lo que la caída, tanto tuya como de tu móvil, siempre será menor. Un rasguño, cura sana y que la vida siga.
  • Y el techo está más lejos. No tendrás que agacharte prácticamente ni para hacer el limbo improvisado en la discoteca. Nunca existirá una puerta  – ni siquiera la del Imaginarium –  una valla o un árbol más bajo que tu. Y no, un bonsai no cuenta, que debería considerarse casi un animal de compañía o como mucho un tamagotchi vegetal.
  • Cabes en cualquier sitio. Lo que es muy útil cuando viajas en Vueling y tu amigo, que mide 1,90m y tiene cero habilidades contorsionistas, no sabe si cortarse las piernas o ir directamente al trono VIP del baño. Nos cuelgan las piernas en la silla, sí,  pero a ellos les cuelgan en la cama que es mucho peor, mientras que para nosotros todas las camas son de matrimonio.
  • El centro de gravedad lo tenemos más abajo. Esto se traduce claramente en que nos podemos mover más fácilmente o, como mínimo, haciendo menos ruido. Somos como las motos en un atasco en medio de la ciudad, nos podemos colar fácilmente y con eso nos ahorramos muchos disgustos. Estrés, chúpate esa.
  • Siempre salimos en las fotos. Tanto en el momento selfie – que posiblemente seas tu la encargada de hacerlo – como en las de formación de fútbol, estás siempre en primer plano. Y oye, cuando dentro de 10 años quieras recordar las vacaciones en Cantabria, o aquel fin de semana en aquel pueblo donde no había ni señal de vida WIFI, te reirás del que presumía de alto y que se le ve solo la oreja.
  • Siempre te piden el DNI. Y eso te mantiene eternamente joven. Y te sube la moral. De hecho, el otro día volví a ser adolescente cuando el dependiente de la tienda del barrio me quitó 7 años por la cara. Me rió yo de los liftings y corporaciones dermoestéticas. ¡JÁ!.
  • Mientras el resto nos mira con buenos ojos, nosotros solo podemos mirarlos con una buena papada. Siempre he estado en contra de los contrapicados, lo siento. Así, el mundo siempre nos va a ver con nuestra belleza en todo su esplendor y podremos encontrar novio más fácilmente. Un bonus extra en toda regla, ya que el único que no cumple el filtro “quiero a alguien más alto que yo” es Yoda, y la verdad es que no tengo ninguna intención de formar una familia con él.
  • Desarrollamos poderes sobrenaturales. Sí, sí, una amiga – bajita también por supuesto – tiene una teoría que ni la NASA podría rechazar. Habilidades tales como un oído exquisito, a base de todos aquellos conciertos en los que la única vista que tienes es una espalda sudada; flexibilidad PRO a base de los estiramientos de cuello tratando de encontrar algo de oxígeno; y fuerza extrema creando una barrera con los codos para no morir aplastada.

Enanos, tapones, renacuajos, retacos, liliputienses, etc. Pueden llamarnos de muchas formas pero no nos engañemos, lo único que podemos llamarles a ellos es EN-VI-DIO-SOS.
Att: Una metro y poco más orgullosa de ser una metro y poco más

Cómo NO poner una lavadora

Hoy os va a explicar a poner una lavadora una persona que no tiene muy claro cómo se pone una lavadora. Y ése soy yo.

Podría decir que las mayores desventuras a las que me he enfrentado han tenido que ver con uno de estos artefactos que expulsan jabón mientras centrifugan a toda velocidad. Las lavadoras, vamos. Su funcionamiento es tan absurdamente simple que utilizarlo puede acabar suponiendo un reto intelectual incluso a las personas más inteligentes. Y a mí, también.

La cosa va así: todo comienza con ropa sucia. Te la has puesto, has impregnado en ella tus olores y tus cosas de humano y, oye, llega un punto en que conviene dejarla en manos de la tecnología para que, como se suele decir, no eche a andar sola. Luego, la metes en lo que se denomina el “tambor” —que no hace ni música ni nada, no te vayas tú a pensar—, añades jabón, suavizante, eliges el programa, le das a inicio y… ¡voilà! Ropa limpia. Bueno, voilà, voilà, lo que se dice vualá, pues tampoco. En medio pasan cosas –un montón de cosas–, pero como las desconozco prefiero dejarlas a la imaginación de cada uno.

Parece súper fácil, parece que la más avanzada tecnología ha acudido de nuevo al rescate del ser humano que no sabe hacer nada por sí mismo, ¿verdad? ¿VERDAD? Pues mira, sí. Pero también es presuntamente fácil coger bien una rotonda y míranos a todos. Por eso, asumiendo mi condición de eterno aprendiz, he pensado que lo único valioso que podría aportar en este arte que es lavar la ropa no es cómo poner una lavadora, sino cómo NO ponerla. Vamos allá.

1. No vuelvas sobre tus pasos cuando lleves el montón de ropa sucia desde su lugar de origen hasta la lavadora. Los 37,4 calcetines que se te hayan caído por el camino, ¡no pasa nada! Ya volverás a ponerlos en la cesta para lavarlos dentro de una semana y no volver a emparejarlo jamás con el otro calcetín que sí que lavaste ese día. ¡O ya se lo llevará el gato para su colección de debajo del sofá!

2. Nunca repases si se te ha olvidado meter algo antes de darle a “start”. Jamás, bajo ningún concepto. Mejor espérate a que la lavadora empiece a funcionar, cuando ya no puedas abrirla. Sólo entonces acuérdate del pantalón que tenías en el perchero detrás de la puerta, o del pijama que llevas puesto justo en ese momento y que lleva contigo toda esta semana y la anterior. Total, ¡no hay vida en Marte, se va a crear ahora en tu ropa de dormir!

Me intriga poderosamente la existencia de este GIF

3. No eches suavizante. Si total, con lo que huele el jabón a limpio. Además, las cosas no hay que suavizarlas, que luego de tanto vivir entre algodones cuando salgas a la vida real te encontrarás con una realidad muy distinta de camisetas que raspan y rebecas que hacen pelotilla.

4. Jamás separes la ropa blanca de la de color. El desteñido es tendencia en ningún lugar nunca.

5. Elige el programa al tuntún. Si eres de los que «tejidos delicados» o «lana» no te dice nada, pon ahí lo primero que gustes. Lo importante es que dé vueltas. Luego ya que la ropa salga entera es otro cantar.

Y la de este, también

6. Deja la ropa dentro de la lavadora muchas horas después de que termine. Pero MUCHAS. Si pueden ser días, mejor. Puede que tengas incluso la suerte de que el musgo empiece a recubrir tus prendas, de modo que tu ropa se convierta en una opción perfecta para esos días en los que te apetece camuflarte entre matorrales y setos.

7. Pétala hasta límites insospechados. No hay dolor. Ni límites en el peso, tampoco. Pueden pasar dos cosas; que te la cargues, o que la ropa no se lave en absoluto. Vamos, lo que en los países anglosajones se conoce como un win-win.

8. No tengas en cuenta la temperatura de lavado. ¿Qué es lo peor que te puede pasar? ¿Que tu ropa acabe sirviéndole al hamster? ¡Pues eso que se lleva el animalillo!

9. Y, para terminar, ¿qué hay de los tiempos, Mike?. ¡Me alegra que me hagas esa pregunta! Pues mira, lo que vaya surgiendo. Ponerle 15 minutos a todas tus camisetas en pleno verano… ¿error o acierto? Para contestar a esta pregunta contaremos con un invitado especial: ¡la insalubridad!


Bien. Finiquitao’. Espero que estos consejos que nunca debéis seguir bajo ningún concepto os hayan servido para lo que sirven, es decir, absolutamente nada. El entretenimiento, como la naturaleza, se abre camino en los lugares más insospechados, de modo que esta vez, al igual que el musgo, lo ha hecho con una lavadora de por medio. ¡Hasta pronto! 🙂

Cómo hacer llorar a alguien en verano

¿Te molesta ese jolgorio que la gente se trae en verano? Pues mira, es para preocuparse. Pero no pasa nada, porque en este mundo hay cabida para todos y, si eres de esos, acabas de encontrar la tuya. Y si no, pues también.

Si aún todo lo bueno que tiene el verano no ha logrado convencerte, pocas otras cosas lo harán. Aquí te queremos tal y como eres, así que si crees que ya está bien de tanta alegría, estás harto de tu sudor y del resto y, en definitiva, eres un hater acérrimo de todo lo que ocurre entre finales de junio y primeros de septiembre, tenemos para ti una guía nada práctica para que ganes aliados y no te sientas solo en tu lucha en contra del disfrute estival. Entonces, para que «esa persona» cambie de idea con respecto al verano:

1. Abrázale. Sé sutil, esto sólo es el comienzo. Empieza disfrazando tu acto de maldad con un caluroso gesto.

2. Asegúrate de que duerme la siesta en un sofá de escai, escay, eskay, eskai, sky, skai, sky, o como se diga. De estos a los que te quedas pegado, vamos.

3. Deshazte de todos sus calcetines excepto los que van casi hasta la rodilla. Las mismas costuras con formita de hamburguesa que en invierno parecían una fantástica idea de repente ya no lo son tanto, ¿eh? ¿EH?.

4. Cuéntale que has visto en la tele que viene una ola de calor. Lágrimas de incertidumbre a borbotones.

5. Tápale con una manta. De las nórdicas éstas, rellenas de no sé qué cosas que dan un montón de calor. Llorará desconsolado mientras te implora clemencia.

6. Llévatelo a buscar una terraza con mesa libre. O un Mewtwo, que va a ser más fácil.

7. Genera una tormenta justo el día que esa persona iba a ir la playa tras pasar semanas organizándose con sus colegas por un grupo de whatsapp llamado algo así como «Aquí no hay playa (emoji de la manita diciendo adiós)». Si esto ocurre tan a menudo es porque alguien hará que así sea. Vamos, digo yo.

8. Recuérdale cuantos días le quedan de vacaciones. Siempre hay alguien que dice lo de “¡Tío! ¡Sólo quedan 23 días para que empiece la uni otra vez!”. Alguien que pertenece al comando de la anti-felicidad, claramente.

9. Regálale un aparato de aire acondicionado. Esta vez llorará de emoción, que también está muy bien. Tampoco es cuestión de pasarnos de bordes, ¿eh?.


Y eso es todo por hoy. Seguro que se os ocurren cien maneras más de complicarle a alguien el verano, pero tampoco es cuestión, hombre. Disfruten de las vacaciones y sáquenle partido al buen tiempo, que es lo que hay que hacer. Bueno, eso y capturar Pokémons, claro está.

¡Hasta pronto! 🙂

7 veces en las que Lindsay Lohan has sido tú de fiesta

¿Cuántas veces hemos visto a la pobre Lindsay posando y sonriendo ante la cámara? Yo no recuerdo ni una, la verdad. Y es que su vida se ha convertido durante los últimos años en un auténtico infierno, del que parece que poco a poco va saliendo.

Si me nombran a ‘Lindsay Lohan’, una de las primeras imágenes que se me viene a la mente es la de la actriz con los ojos entrecerrados, despeinada y demacrada (¡lo siento, Lindsay!). Por eso, aprovechando lo cómico de la situación, vamos a reírnos un poquito de nosotros mismos, también. Analizando algunas actitudes de la actriz, me han recordado a algunas de las ridículas situaciones que vemos cada vez que salimos de fiesta:

1 – HOY SE LÍA, TETES
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2 – POR UN CHUPITO MÁS NO NOS VAMOS A MORIR
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3 – DISIMULA, VIENE EL CHICO QUE TE GUSTA
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4 – NO TENÍA QUE HABERME TOMADO ESE ÚLTIMO CHUPITO…
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5 – CREO QUE HOY ME HE PASAO…
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6 – YO, AQUÍ, EN COMA

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7 – CUANDO AL DÍA SIGUIENTE MIRAS LAS 53 FOTOS QUE OS HICISTEIS
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10 frases que NO quieres escuchar estando de exámenes

Cuando los exámenes entran en tu vida –dos o tres veces al año, más o menos– lo descuajaringan todo hasta rozar los límites del absurdo. Lo que antes hacías de día ahora lo haces de noche, la comida que normalmente venía de una olla pasa a salir de un envoltorio de plástico, e incluso en la ducha dejas tus angelicales cantos a un lado para repasar mentalmente enumeraciones que seguro que lo pregunta porque tiene una pinta de que lo va a preguntar que vamos, vamos si lo va a preguntar.

Tenemos la cabeza toda loca. Pasar del reposo/stand by que tu agradable vida universitaria ha podido proporcionarte el resto del cuatrimestre a una ingesta repentina de temario en tiempo récord puede provocar algo similar a un corte de digestión, pero sin tener nada que ver con eso. Y ése es el motivo por el que estamos especialmente susceptibles. Como que todo nos reconforta y molesta a partes iguales. Cualquier “al final dijo que el 3.1 no entra” puede convertirse en la mayor de tus esperanzas, así como cualquier otra cosa puede hacerte entrar en pánico. Hoy vamos a hablar de lo segundo.

Estaréis de acuerdo conmigo en que, durante el periodo de exámenes, incluso el gesto más inocente puede desencadenar una crisis. Hoy vamos a hacer un repaso, pues, por todo aquello que no hace mucha ilusión escuchar teniendo los apuntes en frente. Empecemos:

1.-“Pfff, el tema 6 es insufrible. Lo voy a dejar por hoy porque estoy saturado”. A los grupos de whatsapp en época de exámenes los carga el diablo. Puedes estar haciendo el holgazán tan tranquilamente, ajeno a todo lo que se te viene encima, cuando de repente te llega un mensaje de ese tipo. Claro, tú, que estabas ahí, tumbaete, más a gusto que todas las cosas, se te corta un poco el rollo. Se te corta el rollo porque sabes que de aquí a que alcances a ese compañero pueden pasar cientos de años, teniendo en cuenta que tú aún ni te has impreso los apuntes. Pero no pasa nada. Bueno, sí que pasa, pero tú haces como que no. No has empezado a estudiar así que aún te muestras impasible ante la adversidad. Aunque esto durará muy poco.

2.- “¿El examen era tipo test o desarrollo?”. Empiezas a tantear el terreno. Ya sabes lo que dicen. El tipo test parece más fácil pero es traicionero. El desarrollo te sirve más para lucirte. Ahora bien, pero es preguntas cortas o en plan desarrollo DESAROLLO. O ese tipo test, ¿resta? ¿como cuánto resta? Son las fantásticas elucubraciones pre-examen. Todo puede pasar y quieres estar preparado para todo. ¿Cómo? ¿Estudiando? ¡En absoluto!

3.- “Las diapositivas son una guía, luego vosotros tenéis que ampliarlas con lo que se explica en clase y las lecturas complementarias”. Sin duda, una de las afirmaciones más duras a las que un estudiante puede hacer frente. A ti ya te parecía raro que tus apuntes impresos en Arial 12 interlineado 1,5 ocuparan tan sólo 12 páginas, pero no sé, a veces la capacidad de síntesis del ser humano resulta extraordinaria. Ahora sabes que no es así. Y que con esas 12 páginas no vas a ninguna parte. Al menos no hacia ninguna que conduzca al aprobado.

4.- «Aquí, estudiando». Hablamos en este caso de las fotos de sus apuntes que tus compañeros suben a las redes sociales. Éstas cumplen una doble función: agobiar y desconcertar. Agobian, porque ves que el resto estudiando cuando tú… pues eso, tú no. Ahora, lo que es aún más curioso, es que desconciertan. De repente estás revisando Snapchat –porque así se optimiza el tiempo– cuando de pronto te encuentras con un compañero o compañera que ha subido una foto de sus apuntes. Y te das cuenta de que, como era de esperar, tiene cosas que TÚ no tienes. ¿De dónde lo ha sacado?, te preguntas. Pues de ir a clase, seguramente. Sí, va a ser eso.

5.- “¿Te has leído los textos que subió el profesor? Dijo que entraban”. Cuando crees que ya no se puede añadir nada más al temario, justo en ese momento, suele aparecer alguien hablándote de no sé qué textos/seminarios de los que no tenías constancia alguna. Y tú, pues qué vas a hacer ya. Tragas saliva. Te limpias el sudor de la frente. Te secas las lágrimas. Entras al aula virtual. Abres los textos. Cuentas las páginas que son en total. Te las divides en los días que te quedan de estudio (si es que te queda alguno, claro). Vuelves a secarte las lágrimas. Y terminas buscando la fecha de la recuperación.  Algo así, sí. 

6.- «Entran ejemplos que ha puesto en clase». ¿Clases? Jeje… ¿Qué clases?

7.- «Me lo sé bastante bien, la verdad». Dijo alguien alguna vez que en ningún caso eras tú. A veces y sólo a veces tenemos la feliz idea de repasar con nuestros amigos. Aquí sólo pueden pasar dos cosas: que tus amigos sean igual de desastres que tú y os riáis y lloréis mientras os abrazáis y todo esto, o que tus amigos se lo sepan realmente bien y terminen de hundirte porque las comparaciones son odiosas y tú tenías que haber dejado las series para cuando terminaras.

8.- «Acordaos de que tenéis que llevarme el trabajo impreso al examen». Ah, sí, el trabajo…

9.- La cara de tu compañero cuando le reparten el examen antes que a ti. Lo sé, esto no es una frase, pero es que hay caras que hablan por sí mismas.

10.- «¿Te lo sabes?». Hasta luego.

Para que ninguna de estas frases nos chirríen lo único que se me ocurre es que estaría bien, no sé, por ejemplo, ser previsor y estudiar con tiempo. Pero entonces se perdería toda la emoción, y es una pena. Por mi parte, sólo me queda desearos suerte y mucho ánimo, así que deseados quedan. ¡Hasta pronto! 🙂

Mudanza de fin de curso: paso a paso

Lo mejor de las mudanzas es, sin duda, absolutamente nada. Tal cual. Lo único que podría darme más pereza que mudarme, sería mudarme dos veces. Y no saco este tema tan desagradable sin venir a cuento. Todo tiene una explicación. Todo menos la gente que madruga los domingos, claro. Esos son superhéroes. O quizá simplemente gente que está de mudanza. Ya veis por donde van los tiros.

Se acerca el final del curso y muchos de los estudiantes que viven fuera de casa abandonarán pronto sus pisos de alquiler. Puede que a alguien le pueda parecer divertido, porque hay gente para todo, pero nada más lejos de la realidad. Cualquiera que se encuentre en esta situación debe saber que una mudanza es un percal curioso. Un proceso largo que pasa por distintas fases, a cada cual más difícil y tortuosa. Como en el Crash Bandicoot.

Todo comienza el día en que tomas conciencia de que tienes que mudarte. Echas un vistazo a tu alrededor, suspiras, te limpias las lágrimas que podría haberte ocasionado el mero hecho de imaginarte cargando con tu equipo de música en brazos, y decides trazar un plan maestro: «Vale, de acuerdo. Tengo que sacar mis bártulos de aquí».

Lo primero es hacer limpieza. LIMPIEZA. Sacar el género a relucir, hacer un inventario de todo lo que has acumulado en tu madriguera con el paso del tiempo. Existe una norma universal, conocida como la Ley Fundamental de la Mudanza, que determina lo siguiente: “el número de años vividos en una casa es directamente proporcional a la cantidad de objetos de dudosa relevancia acumulados (y con los que, por tanto, tendrás que cargar)”. Tiene sentido: más tiempo pasa, más Happy Meals me compro, más gafas de Hello Kitty acumulo en mi estantería. 

El siguiente paso es decidir a dónde va cada cosa. Antes de seguir me gustaría diferenciar diferentes niveles de mudanza, para que nos podamos hacer una idea: mudanza en la misma ciudad, mudanza a otra ciudad y mudanza a otro lugar al que sólo se puede llegar en avión. En función de cual sea tu caso, tus pertenencias tendrán un valor u otro. ¿Merece la pena enviar una caja a miles de kilómetros de aquí que contenga mi colección de alfombras de ducha? Pues, mire usted, igual no. Pero eso ya es una cuestión de las prioridades de cada uno. La cuestión es organizar bien el tinglao’ y decidir con celeridad qué vas a hacer con esa gran pila de cosas que son tus posesiones.

Una vez completado este paso, vamos directamente con el embalaje. El packaging, que lo llaman ahora. Para que tus cosas sean transportadas tienen que ir en un algo que las contenga. Normalmente son cajas, y pasa algo curioso con las cajas, que es que vemos una y nos lanzamos a llenarla hasta los topes y sin piedad. Además, de cosas pesadas. Si tuviéramos en casa una colección de yunques, probablemente los guardaríamos en cajas de cartón. Y eso es un error. Hay un truco para la correcta gestión del espacio en contenedores y es que, cada vez que rellenes una caja, te imagines a ti mismo cargando con esa caja hasta su destino. Entonces, por ejemplo, ¿una caja con 30 libros, o dos cajas con 15 libros cada una? ¡LO QUE MÁS PESE, CLARAMENTE! Pues no, contra todo pronóstico, todo lo contrario.

Y bien, llegados a este punto sólo nos quedaría envolverlo todo en mucho plástico de burbujas, sellar bien las cajas con metros y metros de cinta aislante, y pasar a la última de las fases; la fase del TRANSPORTE (-orte, -orte, -orte…).

Nos adentramos así en la última etapa, que consiste en llevar las cosas de aquí para allá y que es, sin lugar a duda, la más apasionante de todas. El time of your life. Para explicarla, vamos de nuevo a distinguir los distintos tipos de mudanza pero, esta vez, en función del medio de transporte que utilicemos:

• Mudanza Premium. Es aquella en la que nuestras pertenencias son transportadas en un vehículo motorizado (camión, furgoneta, coche…)

• Mudanza en taxi. Sé que entraría en la categoría anterior, pero me parece lo suficientemente característica como para convertirla en una categoría en sí misma.

• Mudanza en transporte público. Ésta es un clásico. De hecho, la Odisea en realidad narraba las trepidantes aventuras de un universitario llamado Ulises durante su  mudanza en metro. Probablemente la más dura, pero también de la que más se aprende.

• Mudanza a distancia. Es aquella en la que necesitaremos contar con los servicios de una empresa de paquetería o Correos. Épica y gestión del tiempo a partes iguales  y en estado puro.

Así, una vez habiendo identificado qué nos vamos a llevar, cómo lo vamos a organizar y cómo nos lo vamos a llevar, sólo quedaría llevarlo todo a cabo hasta llegar al proceso de desembalaje en la casa de destino. Pero ése es otro tema. Otro tema que también se las trae, para qué nos vamos a engañar. Y a estas alturas, el único consejo que podemos daros en caso de que perdáis los nervios es… que os desprendáis de todo lo material y huyáis despavoridos.

O bueno, claro, otra opción es que os lo toméis con calma, que como opción siempre está siempre está ahí. Ya sabéis lo que dicen: «la mudanza no se hizo en un día». Bueno, o algo así.

Viaje a la despensa de cualquier estudiante emancipado

La hora de comer para un estudiante es, en su mayor parte, cuestión de echarle imaginación. Ojo, no hablo de cualquier estudiante. Los hay cuya pericia y saber hacer en la cocina resulta asombroso, o al menos bastante más elevados que mis capacidades, que aún sigo considerando el hacer unas palomitas de microondas con al menos un 50% de ellas comestibles un éxito gastronómico inconmensurable. 

En este caso me refiero al veinteañero o veinteañera estándar que cada día a la vuelta de la universidad se enfrenta a la a menudo incontestable pregunta: “¿Qué me hago de comer hoy?”. Y hace retumbar un eco que pone los pelos de punta hasta a los vecinos. Es entonces cuando se desencadenan en su mente una torpe secuencia de toma de decisiones que acaba en ideas que… bueno, suenan mejor de lo que saben.

Aquí el resultado de una de mis tardes más creativas #yummy

En cualquier caso, estaréis de acuerdo conmigo en que para crear una obra de arte tal se necesitan herramientas y materiales. ¿Las herramientas? Ya os lo digo yo; ollas, calderos y sartenes cedidos amablemente por el casero y que han pasado de generación en generación de inquilinos que, quienes más quienes menos, han dejado su huella. Carbonizada. En el fondo. Y tú raspas, pero no sale. Ni va a salir. ¡Ah! Bueno, y algún que otro utensilio adquirido por ti mismo en tiendas de decoración, pero nada mucho más relevante. Ahora, ¿y qué hay de los materiales? Pues bueno, de eso vamos a hablar hoy.

Aquí reside realmente la clave del éxito. ¿Cuáles son los ingredientes mágicos para crear una atrocidad culinaria como es debido? Pues tampoco os creáis que son tantos, ¿eh? Consisten en una serie de básicos que se combinan infinitas veces entre sí dando lugar a distintos tipos de alimentos situados a distintos niveles de lo que está bien y lo que está mal a nivel nutricional. Vamos a ver, pues, qué es lo que nunca puede faltar en los compartimentos y armaritos de nuestras cocinas más cercanas:

1.- Tomate frito. Dulce elixir capaz de acompañar a casi cualquier cosa. Es el complemento ideal para darle una pizca de gracia a cualquier plato insípido en su base. No siempre se pueden esperar grandes resultados pero, ¡EH! Ahora sabe a tomate. Es de agradecer.

2.- Pasta. Macarrones, espagueti, espirales, coditos, o como tantas haya. En cantidades industriales, además. Paquetes de kilo. Ocurre algo curioso con la pasta, y es que es de los platos que más suscitan que nos vengamos arriba y nos creamos concursantes de Master Chef. Que si una carbonara casera, un sofritito con gambas… Sea como fuere, es muy probable que lamentablemente el plato tenga un final parecido a esto: te pasas con la cantidad –los gajes de cocinar para uno solo, que crees que tienes más hambre de la que en realidad tienes, los fideos parecen muy finicos, te lías a echar y venga a echar y venga a echar, y terminas armando una inmensa–, te sobra, la guardas con la esperanza de que te la comerás al día siguiente, pero luego al día siguiente se te alarga un trabajo y comes en la universidad, y así van pasando los días, hasta que a los fideos se les pone textura de kiwi.

3.- Tuppers con un tono… rojizo. ¿Os acordáis de los espagueti que guardábamos ayer? Pues tenían además TOMATE FRITO –hilando fino, como advertía en la introducción–. Si soléis almacenar cosas que llevan tomate frito sabréis que, a la hora de lavar el recipiente, éste es bastante desagradecido de fregar. Lo malo es que el nuestro tupper jamás volverá a ser el mismo. Lo bueno es que en términos de Do It Yourself nos ha quedado un recipiente bicolor que, aún lejos de ser bonito, puede resultar original. En alguna dimensión paralela a la nuestra, me refiero.

4.- Latas de atún. ¡Hombre! Qué sería de nosotros sin las latas de atún. Fieles compañeras de viaje y de platos cogiditos con pinzas. Al hablar de atún podríamos decir que casi todo vale, pero sin perder de vista el casi –por nuestro propio bien–.

5.- Arroz. Leer la descripción de los espagueti cambiando «macarrones, espirales…» por basmati, grano largo y demás variedades de arroces, y «carbonara casera» por revuelto de setas y verduras. De resto, lo mismico. Podemos continuar.

6.- Pan de molde. Entre dos rebanadas de pan puedes meter lo que gustes, porque el pan normalmente tiende a mejorar las cosas. Tampoco me gustaría animaros a que os hagáis un sandwich de lasaña, pero sí es cierto que acompañado de algo de embutido puede salvarnos un desayuno, un tentempié de media mañana, una merienda, e incluso una cena. No lo perdáis de vista.

7.- Cosas que un día abriste y luego olvidaste. Empezamos abriendo cosas que luego quedan relegadas al fondo de la despensa donde la vista no llega y terminamos generando un ecosistema. Y así es como, al menos a mi modo de entender la biología, nacen las nuevas especies.

8.- Sopas de sobre y otras muchas cosas que vienen en sobre. Cualquier día acabaremos metiendo en agua hirviendo el recibo de la luz. Si no, al tiempo.

9.- Café. Dedicatoria especial al instantáneo/soluble, que es quien menos exige de mí cada mañana cuando acabo de despertarme.

10.- Sobrecitos de salsas de restaurantes de comida rápida. Porque una vez pediste para llevar y, mira, no lo ibas a tirar. Quién sabe qué despropósito de los nuestros podría acabar aderezando.

11.- Productos autóctonos de la tierra de la que uno provenga. Si resides en una ciudad distinta a la tuya de origen, es probable que hayas reservado un hueco para productos típicos. En el caso de los canarios, por poner un ejemplo, no puede faltar el paquetito de gofio, la botellita de vino, y un montón de cosas más acabadas en -ito e -ita.

12.- Medio limón. Quisiera terminar con un clásico, en este caso de toda nevera que se precie. Los más pretenciosos incluso lo envolvemos en papel film, como fingiendo que lo volveremos a usar en algún momento. Dice la leyenda que una vez un joven cortó un limón para añadir una rodaja a su gin tonic, guardó lo que le sobró en la nevera envuelto con un plástico, y en el transcurso de tan sólo unos días volvió a por él para hacerse… yo qué sé, una limonada. ¿A que no suena convincente? Claro, pues porque jamás ha ocurrido tal cosa. Como mucho, puede quedar ahí cumpliendo la función de un ambientador. Eso SÍ que es alucinante.


Y ya estaría. Seguramente me habré dejado cientos de miles de millones de clásicos de la despensa estudiantil por el camino. Bueno, quizá no tantos. En cualquier caso, me gustaría saber qué hay de ti. ¿Qué se esconde tras las puertecicas de tu despensa? Decidme, decidme.

7 formas de (des)aprovechar la hora extra de sol

Debemos reconocer que esto del cambio de hora nos ha pillado un poco desprevenidos. En ropa interior. Ojeando las instrucciones de nuestro nuevo horno microondas, tal vez. Pensábamos que estábamos preparados, pero resulta que al final no. A unos seres tan reticentes al cambio como a veces somos los seres humanos no puedes cambiarles de estación y de horario dándoles tan sólo una semana como tiempo de asimilación. Son un porrón de emociones juntas. Se nos desequilibra, qué sé yo, el pH.

Reconstruyamos los hechos. El sábado pasado, mientras hacíamos lo que fuera que cada uno estaba haciendo –estudiando, poniendo una lavadora, ya sabéis–, de repente, cuando el reloj estaba a punto de marcar las dos… ¡PUM! Las 3. El despertador suena una hora antes de lo previsto. Por las mañanas es más de noche y por las noches es más de día. Así de caprichoso es este mundo nuestro, amigos.

Aún con todo, tratamos de volver a la normalidad cuanto antes, no sin antes llegar tarde a un par de citas con la excusa de que el horno-microondas del que hablábamos antes tenía mal la hora. Porque así somos, unos cachondos. Y porque muchas veces no leemos con suficiente atención los manuales de instrucciones de nuestros electrodomésticos. Y de esto precisamente venía yo a hablaros. Quiero decir, del cambio de hora, no de manuales de instrucciones. Bueno, ya me entendéis.

Admitámoslo; nos ha venido bien el cambio de hora. El de verano, que es el bueno, el que vale. Porque ahora tenemos una hora más de sol. Y todo el mundo sabe que contar con una hora más de sol es la solución a la mayor parte de nuestros problemas más relevantes. ¿No te lo crees? Te invito a que eches un vistazo a este sinfín –bueno, denominar “sinfín” a una lista con 7 ítems quizá sea excesivamente pretencioso– de formas de sacarle pseudopartido a esta hora extra que la primavera nos trae de regalo junto con las alergias, las lluvias, las tardes de “no me llevo chaquetilla porque hace bueno y luego la voy cargando pero más tarde se hace de noche y me planteo si de verdad me iba a pesar tanto en los brazos una rebequita”, y demás clásicos de la época pre-estival. ¿Cómo desaprovechar nuestra hora extra de sol? Vamos a darle.

1.- Paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, y paseando sin parar. Luego, claro, pasa que te das cuenta de que, pese a que el radiante sol que luce en mitad del cielo azul puede haberte hecho pensar lo contrario, es algo así como medianoche. Y entonces recuerdas que tenías que hacerte la comida para llevártela mañana en un tupper. Y que tenías que pasear al perro. Y que tenías que hacer no sé qué parte de no sé qué trabajo. Y que tenías que pasarle la fregona a la cocina. Y que querías ver Gran Hermano, también. Pero ahora está bien entrada la madrugada y no podrás a hacer nada de eso. Por eso te recomendamos llevar un reloj. Solar, preferentemente. 

2.- Evitando tropezar con cosas que por la noche no se ven bien y que cuando era de día no recordabas haber visto ahí. Piénsalo fríamente; de no ser por el cambio de hora jamás habrías reparado en esa mesita del café que ocupa un tercio de tu sala de estar. 

3.- Disfrutando del reflejo del sol en tu televisor u ordenador una hora más. Siempre se agradece. 

4.- Buscando cosas muy pequeñas que previamente se nos hayan caído al suelo. A todos aquellos que perdemos constantemente cosas como, pues qué sé yo, el tornillo de la patilla de las gafas justo cuando está adentrada la tarde-noche nos alegrará escuchar que, en adelante, no hará falta que malgastemos batería con nuestra linterna del móvil porque, para bendición de todos, aún será de día y podremos servirnos de la luz natural para explorar el ecosistema de debajo de nuestra cama.

5.- Mirando por la ventana a un punto indeterminado mientras que los últimos rayos de sol que el crepúsculo deja entrever se reflejan sutilmente en tu rostro, dándole un toque bohemio de tonos anaranjados a tu repaso de la lista de la compra. Y ya si encima logras que la suave y cálida brisa que emana del chisme del aire acondicionado de tu vecino meza tus cabellos al viento, espérate que todavía cae selfie.

6.- Poniendo a secar cosas que necesitas que se sequen con urgencia. Si eres de los que no sabe ya qué hacer con todas esas acuarelas, éste es, sin duda, tu momento.

7.- Usando las gafas de sol hasta horas intempestivas. Antes no era posible pero ahora, si tienes una cita a eso de las 8 de la tarde, aún puedes darte un aire así, como enigmático. Y también tropezar con todas esas cosas que no veas con total nitidez.


Lo cierto es que mentiría si dijera que ha sido sencillo recopilar siete formas absurdas alternativas de dar uso a esta hora extra de sol que la primavera nos ha brindado como lleva haciendo cada año desde… no sé, supongo que un montón de tiempo. En cualquier caso, desde aquí os recomendamos y deseamos que disfrutéis de las tardes más largas y que sentéis con ellas el precedente a un verano aún más luminoso, que ya casi está aquí. ¡Id por la sombrita! 😀

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