Algunas cosas graciosas de viajar en avión

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¿Hueles eso? Sí, son las vacaciones de Semana Santa aproximándose entre las cientos de entregas, trabajos, parciales y otras muchas obligaciones varias que taladran tu subconsciente de manera incansable. Viene a rescatarte. Y da gustico sólo de pensarlo.

Puede que para celebrar este fugaz a la vez que agradecido despojo de tus responsabilidades más primarias hayas decidido hacerte un viajito. ¿A dónde? A donde tú más quieras. Ahora bien, la historia que hoy voy a contarles tiene lugar sólo en aquellas expediciones que se realizan en avión. ¿Por qué? Pues porque nunca he viajado en globo o en zepelín. Si fuera así, definitivamente, este artículo iría de otra cosa. Como, qué sé yo, de viajar en globo o en zepelín. Por ejemplo.

Todas aquellas personas que de un modo u otro participaron en la invención del artefacto que a día de hoy nos permite volar de un lado a otro –algo fantástico, todo hay que decirlo–, en realidad estaban fabricando una máquina de hacer anécdotas. No es casualidad que, siempre, lo primero que te pregunte la persona que está esperando para recibirte en el aeropuerto de destino, sea: “¿Qué tal el vuelo?”. Lo preguntan porque están sedientos de una batallita propia del transporte aéreo. ¿A que cuando te bajas del bus la persona con la que has quedado no te pregunta que qué tal hoy la trepidante ruta de la línea nosécuál? Pues no, pero debería. La épica de los viajes en autobús puede alcanzar límites insospechados. Pero eso lo dejamos para otro día.

Así pues, como no podía ser de otra forma, hoy vamos a hacer un repaso por esas cosicas que hacen tan particulares los viajes en avión. Algunas más graciosas que otras, pero todas ellas con su no sé qué. Empezamos:

La reserva/compra del billete

Esto siempre es gracioso. Es gracioso porque, pese a haber atendido con fascinación a los cientos de miles de historias en las que conocidos o gente de mi entorno encontraban billetes con destino a un lugar muy lejano, extremadamente paradisíaco, o indudablemente susceptible de ser instagrameado, todo ello por el módico precio de aproximadamente 3,50 € –ida y vuelta–… se conoce que la suerte aeronáutica no tiene los mismos planes para mí. Nunca, además. 

El camino al aeropuerto

Los aeropuertos están lejos. Siempre. Incluso si vives al lado del aeropuerto, te pillará lejos. De hecho, si se diera el caso de que el aeropuerto de tu ciudad alquilara habitaciones que se encontraran dentro del propio recinto, también te quedaría fatal para llegar. Parte con premura y lleva un abrigo por si refresca. 

 La kilométrica cola de la puerta de embarque

Es el ansia que nos devora, amigos. No importa la antelación con la que decidas ir a la puerta de embarque, ya estarán allí. Cientos de miles de personas –calculo así, a ojo– congregados en fila india esperando a que les dejen pasar. ¿Por qué? Es un misterio irresoluble. Algunos están allí para asegurarse de que haya hueco para su equipaje de mano. Otros… pues no lo sé. Creo que nadie lo sable. Ni si quiera ellos mismos :_ )

Los vuelos con retraso

Desternillantes.

Tu compañero de avión

Esto es toda una lotería que abarca desde la persona más cordial del planeta hasta la persona que, estando sentado en ventana, se levanta unas trece veces para ir al baño en un trayecto de 2 horas y media. En este caso, el azar escogerá por ti.

Nuestras amigas las turbulencias

Dicen que son muy normales y que no pasa nada. Pero tú eres una persona con un mundo interior demasiado amplio como para conformarte con frases tranquilizantes que apelen al sentido común. ¡No te preocupes, muchacho o muchacha, que en un momentico de ná’ se habrán pasado! [introducir aquí risa nerviosa]

Recoger las maletas

Llegamos al final de nuestro viaje, y el ansia vuelve a poseernos. Si acudís a por la maleta que habréis facturado previamente, podréis observar a un mar de personas esperando impaciente por la suya. Cerca de la cinta. MUY cerca de la cinta. Incluso cuando no está en marcha aún. Mientras tanto tú, haciendo alarde de la parsimonia que te caracteriza, te acercas lentamente e intentas ver entre toda esa gente tu maleta con motivos de fantasía. Y cuando la identificas, tratas de aproximarte hacia ella –sin demasiado éxito– repitiendo sin cesar «perdón», «perdón», «perdón», «perdón», hasta que un alma caritativa decide dejarte paso.


Y así empiezan tus vacaciones. Y, oye, ni tan bien. Que sarna con gusto no pica, ¿sabe usted? Esperamos que tengáis unas vacaciones estupendas, sean en el medio de transporte que sean. ¡Hasta pronto! 😀

¡Adiós a los silencios incómodos en el ascensor!

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«Artefactos de origen divino diseñados con mimo por ingenieros que saben un montón de facilitarle la vida al resto de seres humano». Éstas serían las bases de la definición de “ascensor” si yo tuviera una silla en la RAE. Por fortuna para todos, no la tengo. Ni si quiera una de ésas plegables de mobiliario de jardín.

Los ascensores son un prodigio producto de la capacidad resolutiva del ser humano. Si al hombre le da pereza subir las bolsas del Mercadona –o como fuera que se llamara el supermercado más concurrido entre los años 287 a.C. — ca. 212 a.C., fecha de la que data la primera referencia a algo parecido a un ascensor según nuestra preciada Wikipedia–, el hombre crea un algo que lo suba por él. Ciencia infusa. MAGIA.

No obstante, estos elevadores, que como invento en sí están muy bien, tienen un cabo sin atar: la conversación durante el trayecto. ¿Por qué? Pues porque normalmente compartes el habitáculo con un desconocido arbitrario. Y es bien sabido que, en los tiempos que corren, hablar con desconocidos no es algo que se nos dé especialmente bien –a menos que haya alguna app de por medio–.

¿De qué hablaremos hoy, entonces? ¡Pues de hablar! Pero en un ascensor, donde este rutinario acto comunicativo toma una dimensión mucho más interesante. A continuación, algunas propuestas de conversación que garantizan el win-win en lo que subes o bajas:

“Pues se ha quedado buena la tarde”

No podemos dar la espalda al tiempo, aunque sea a modo de homenaje a un clásico que nos ha salvados de innumerables silencios incómodos. Si el día está bueno, pues se dice. Y si ha llovido o hay indicios de que esto podría ocurrir, vamos, tienes incluso para un café.


Sacar a relucir conflictos vecinales

El trayecto en el ascensor del edificio donde vives puede convertirse en un campo de batalla sin que a penas te des cuenta. Algo como «Oye, tú eres el del 3ºB, ¿verdad? El que pone la música alta todo el rato. Sí, sí, sé quién eres. Estaría bien que te compraras unos auriculares, ¿no? Vamos, digo yo. Ahora los hay muy baratos. Más baratos que el Sign Star con el que me taladras el cerebro cada sábado, al menos. ¡Anda! Me bajo aquí. Un beso».


«¿Tus padres bien?»

Muy bien. ¿Saludos? De tu parte.


«¡Oh! ¡Parece que se me ha caído mi caja llena de abejas!»

Parece poco probable, pero ocurre. Si habéis visto este vídeo sabréis de lo que estoy hablando.


“Pfff… Menudo madrugón, ¿eh?”

Este recurso sólo es válido si es muy temprano. Por la mañana, quicir. Sugerir que las 5 de la tarde es una hora propia de alguien madrugador no es la mejor idea para salvar una conversación con alguien a quien no conoces. También, en función de la impresión que quieras causar, puedes repetir tantas veces como deseas el «¿eh?» del final. Cada cual a más volumen que el anterior. 


«¿Eres nuevo/a en el edificio?«

Es una bella forma de conocer a tus vecinos. Quizá un poco arriesgada, por aquello de que puede que la persona a quien lances la pregunta lleve viviendo en el edificio 12 años pero no le hayas visto jamás. Pero por intentarlo que no quede.


Hacer referencia al hilo musical

En concreto, para decir que es un temazo. Quién sabe, quizá te arranques a cantarlo y la otra persona te siga, formando una bella coral del todo inesperada que alegraría el día a cualquier fan de flashmobs/pedidas de mano que se precie. Sobre todo si coincides con el del Sing Star, ya sabes.

10 cosas que hacer cuando llegas perjudicado a casa

Hay un ratito, entre que llegas a casa después de una noche de copas y entre que te acuestas, en el que todo puede pasar. La magia sencillamente sucede. Tus capacidades se quintuplican –en negativo– y dan lugar a situaciones tan fascinantes como perturbadoras. No nos sentimos orgullosos de todas, claramente, pero alguna son dignas de recordar. Aunque sólo sea por echarnos unas risas.

Si crees que este artículo va de cómo mantener la decencia en esos momentos –duros en su mayoría–, lamento decepcionarte. Es prácticamente imposible. Lo más cercano a la elegancia que experimentarás entrando por la puerta de casa en mitad de la madrugada y habiendo rebasado cómodamente el consumo recomendado de bebidas espirituosas puede ser… no sé, que alguien haya olvidado unos zapatos muy caros en el recibidor. Con los que, por cierto, tropezarás inmediatamente. Pero eso es algo de lo que hablaremos más tarde.

Aunque probablemente ya no sorprenda a nadie; sí, hoy vamos a hacer una to do list para asegurarnos de que esa recta final hacia la cama, protagonizada entre otras cosas por la embriaguez o el cansancio extremo, se nos haga entretenida. Y dice así:

1.- Tardar en torno a una década en atinar con la llave en la cerradura. Deja que el ruido del acero arañando sutilmente la madera sea como el coro de trompetas que anuncian tu llegada.

2.- Golpearte con absolutamente todo. Hay una parte involuntaria del proceso durante la cual tu subconsciente se fija en todo aquello que resuena más alto para luego embestirlo con fuerza. Ahora, si al intentar dejar las llaves en el mueble del recibidor éstas se caen al suelo, y al intentar agacharte golpeas un perchero que cae también, no sin antes golpear a esa otra lámpara que irá a parar a un paragüero de aluminio que jurarías no haber visto nunca antes, ya sabes a qué se debe.

3.- Hacer muchísimo ruido. Ya me entendéis. Una cosa lleva a la otra.

4.- Responder a preguntas de aquellos que están despiertos. Tradicionalmente, si cuando llegas a casa muy tarde hay alguien despierto, esta persona te somete a un interrogatorio que se extenderá ampliamente en el tiempo. Más o menos tanto como hayas tardado tú en abrir la puerta. “¿Dónde has estado? ¿Con quién? ¿Y qué tal estuvo? ¿Y salió Fulanito? ¿Y se vio a Meganito? ¿Y entonces? ¿Y tuvisteis que pagar entrada? ¿Y cuánto os salió? ¿Mañana no tenías que estudiar?”. Y un largo, larguísimo etcétera.

5.- Comer. Como un sabañón. Como si acabaras de llegar de una expedición por el desierto. Nunca es suficiente. La coherencia no es un requisito indispensable. Dedícate a ingerir y a rezar porque tu estómago esté de acuerdo con tus decisiones. El resto déjalo a tu imaginación.

6.- Poner la tele y dejarte llevar. ¿Quién no se ha visto alguna vez a las 6 de la mañana fijando toda su atención en las numerosas virtudes técnicas que brinda ese prodigio de la tecnología también denominado cortador de verduras con palanquita de la teletienda?… ¿No? ¿Nadie?.

7.- Mirarte durante un rato al espejo y hacerte preguntas que ahora mismo no puedes responder. Sobre tu futuro, sobre tu presente, sobre qué pensaría de ti el adolescente que un día fuiste si te viera en esa situación –un tanto lamentable, todo hay que decirlo–. Ese tipo de cosas. Lectura ligera para antes de dormir.

8.- Escoger el atuendo con el que vas a dormir. Existen dos opciones entre las cuales se elige dependiendo del grado de perjuicio del sujeto en cuestión: la ropa con la que viene de la calle, y el pijama. De franela, seguramente. Desde aquí recomendamos encarecidamente dedicar unos instantes al cambio de ropa.

9.- Volverte imparable con tu smartphone. Es muy probable que revises todas tus redes, las aplicaciones de ligar, la evolución de los mercados financieros, o el tiempo que hace tal día como ese en Birmania. También, es de espera que de repente te conviertas en el ser más sociable del universo observable y le envíes un mensaje a toda tu lista de contactos. Excepto a tu amigo el que te dijo «envíame un mensaje cuando estés en casa para saber que has llegado bien». A ese ni caso. 

10.- Ponerte una alarma muy poco realista para el día siguiente. Tal como [introduzca aquí el nombre de la persona que le esperaba despierto] te recordaba hace un momento, mañana tienes que estudiar. Por tanto, justo antes de irte a dormir, debes ponerte un despertador del todo inverosímil. Por ejemplo, si son las 9… a las 10. Es importante que la programes con una expresión muy seria en el rostro, como de persona plenamente convencida de lo que hace. En cualquier caso, mucha suerte. La vas a necesitar.

Guía de supervivencia del provinciano

Hay algo que me inquieta, me atormenta y perturba, y es el ansia de los madrileños / habitantesdecualquiergranciudad de llamar a los de fuera «provinciano». Yo todavía me pregunto por qué nos llaman a los demás así si ellos también lo son. De la provincia de Madrid, pero provincianos. Pero eso ya es otro tema.

Ahí los ves, con su sonrisa, llenándose de orgullo, como si hubiesen descubierto otra vez América, que parece que van a comisión y les pagan cada vez que insisten en el hecho de que tú, de fuera, eres provinciano. Repite conmigo: «PRO-VIN-CIA-NO». Como la peste, como escuchar canciones de Chenoa en Spotify sin poner la sesión privada.

La cuestión es que yo me he cansado de eso. Ya está, ya lo he dicho. Me he cansado. Me he cansado de que se crean con no sé qué derecho para mirarnos así, con desdén, con desprecio, con cara de acelga. Me he cansado y, por eso, hoy traigo lo que, a partir de hoy, llamaremos…

Guía de supervivencia del provinciano

10+1 consejos para sobrevivir en la gran ciudad

No utilices palabras propias de tu tierra

De verdad, no lo intentes
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Una vez le dije a mi amiga María que «me dejase un buche de refresco porque estaba to’ añurgao» y ella se limitó a sonreír.


¿Quieto en las escaleras mecánicas? ¡A la derecha!

Derecha sí, izquierda no
What (Britney Spears)
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No sé qué necesidad hay de subirlas caminando si ya te suben ellas, pero, vaya, que sucede. Lo prometo.


No te enamores con facilidad

«Enamorarse» o derivados
No, no
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Sé que pensabas eso de «nueva ciudad, nuevas personas, nuevas oportunidades», pero no te engañes. No importa cuán grande sea la ciudad; todos se conocen. Repito: todos se conocen. Tus ex’s también. Los ex’s de tus amigos también. Y tus enemigos. Y tus crushes.


En el metro, deja salir antes de entrar

(Aplauso lento)
OK (Emma Stone)
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¿A que es fácil, de lógica aplastante y pura? Pues nadie lo entiende.


Cuidado a la hora de pedir ayuda por la calle

Sobre todo si tienes barba
Hm (Mila Kunis)
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Corres el riesgo de que te confundan con un atracador o, mucho peor, con un miembro de una ONG. Mucha civilización, pero qué salvajes. Luego hay otros que hasta te sacan el Google Maps. Muy majos.


Nunca digas que hay ciudades mejores que Madrid

Pobre de ti
Ogh
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La contaminación, los elevados precios y la vida en masa es mucho mejor que la tranquilidad de tu casa en primera línea de playa. De siempre.


Si quieres ir de fiesta, ahorra

Como si quisieses ir de viaje a Nueva York, aproximadamente
Ah (2)
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Compra una botella en el chino y que te dure todo lo que puedas. Vete pronto a la discoteca para pagar menos. Gana concursos para entrar gratis. Bebe mucho en casa para ahorrarte las copas dentro. Y, sobre todo, borra el recuerdo de los cubalitros a cinco euros en el bar de tu pueblo o ciudad. Es lo mejor.


Si quieres salir a comer, ahorra

O hazte fan del McDonald’s
I love food more than I love people (Jake)
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No es que la comida sea más cara que en otros sitios, que puede que también, pero, según una fórmula matemática inventada ahora mismo, siete de cada tres establecimientos son de comida y te incitan a gastar. Tú y tu dinero: cuando crees que me ves […] hago chas.


Aprende de las cebollas

Cuantas más capas de ropa, mejor
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Puede que en tu idílico hogar baste con «una rebequita por si acaso», pero no. Aunque en enero mires por la ventana y veas un Sol brillante e irradiante, abrígate como si no hubiese mañana. Lo agradecerás.


Quéjate del tiempo de espera del metro

Por amor al arte
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No importa que en tu barrio, pueblo o ciudad tengas que esperar media hora entre guagua (autobús) y guagua (autobús). Cinco minutos de espera en el andén serán una eternidad y suficientes para que entres en cólera.


Primark

Así, como concepto
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Primark lo carga el mismísimo diablo. Qué cosa tan bonita, tan grande, tan laberinto, tan llena de cosas innecesarias. Tú subes por esas escaleras mecánicas y el resto del mundo desaparece. Y empiezas a dar vueltas, y no sabes qué mirar, y lo miras todo, y te lo pruebas todo, o no te pruebas nada porque siempre puedes devolverlas, y coges cosas para comprarlas, y las dejas a mitad de camino porque resulta que has encontrado otra prenda que te viene mucho mejor que la anterior, y empiezas a necesitar cosas que no sabías que existían, y es todo tan barato que te mueres de amor, y coges de allí y de allá, y poco a poco alcanzas una cifra que supera los 100 euros y, madre mía, pero qué haces tú con todo eso, si sólo venías a echar un vistazo, y decides que debes darte un capricho, que te lo mereces y no siempre podrás ir a comprar allí, y sales de allí con tres bolsas cargadas, que ni los Reyes Magos, a punto de reventar, orgulloso/a de haber gastado dinero por encima de tus posibilidades en ropa que no te durará ni tres asaltos. Pero, oye, ¡el segundo Primark más grande de toda Europa!

Antes de comprar, tres preguntas: ¿Puedo permitírmelo? ¿Lo necesito? ¿Le daré uso?


No necesitas más. Y, si lo necesitas, yo no lo sé, porque no lo sé todo, aunque parezca que sí. Ésta es mi experiencia como provinciano y así se las he contado.

50 cosas que sólo pasan en las comedias románticas

San Valentín está cerca. MUY CERCA. Y tú otro año más estás solo. MUY SOLO. Pero no pasa nada porque, en realidad, sabes que eso de los romances maravillosos sólo ocurren en las comedias románticas, donde todos vomitan purpurina (por eso están tan delgados, ahora me doy cuenta, todo concuerda). ¿Que no nos crees? ¿Que aún piensas que las películas de amor están basadas en hechos reales?

Tranquilo, he aquí una elaborada lista que te quitará la venda de los ojos y te hará darte cuenta de que la verdad está ahí fuera, esperándote, sin necesidad de ser tú Mulder o Scully, ni nada de eso.

1. El chico de tus sueños va a tu clase… y tienes posibilidades con él.

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2. Y tenéis un flechazo mutuo.

3. En mitad de la calle.

4. En un bar.

5. En Mercadona.

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6. Te enamoras del chico deportista… por su lado sensible.

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7. Y él por tu forma de ser.

8. Aunque tengas tus momentillos…

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9. Vuestra primera cita es en un restaurante de lujo.

10. Con velas.

giphy311. Y te invita porque el muchacho es un partidazo.

12. Además, es todo un detallista.

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13. Y después te lleva a bailar.

14. Porque a él le encanta bailar.

15. De hecho, lo hace genial.

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16. Vuestra primera vez es de ensueño.

17. Y tú te levantas como una florecilla del campo.

18. Y él como un Adonis griego.

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19. Sus padres te adoran desde el primer momento.

20. Y no te hacen la vida imposible.

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21. Discutís pero acabáis rompiendo los muebles en un polvo salvaje.

22. Que alguien recoge mientras vosotros dormís plácidamente.

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20. Vuestro primer viaje juntos lo hacéis a la casa de campo de sus padres.

21. En un paraje de total ensueño.

22. Definitivamente, no a un apartamento en tercera línea en Gandía.

23. Y os enamoráis aún más porque descubres que él bebe los mares por ti.

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24. Y, además, en el coche, ambos descubrís que amáis la misma música.

25. El mismo cantante.

26. ¡LA MISMA CANCIÓN!

27. Y la cantáis al unísono, en perfecta armonía.

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28. Él se va a trabajar al extranjero pero os esperaréis porque la distancia no importa si el amor es fuerte.

29. Y él no se va tras la primera rubia de turno.

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30. Ni tú te enamoras de tu jefe.

31. Ni del amigo de tu hermana que tanto tiempo lleva tirándote los tejos.

32. Ni de tu monitor de spinning.

33. Ni nada.

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34. Y tenéis conversaciones muy divertidas por Skype.

35. Sin que se corte.

36. Y seguís haciendo las mismas cosas de siempre.

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37. Incluso, el sexo.

38. Más que satisfactorio.

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39. Finalmente, tú decides dejarlo todo e irte a vivir con él.

40. Porque, además, él trabaja en un sitio maravilloso como Nueva York o Berlín.

41. Y no en Torre Pacheco.

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42. Y tú encuentras un trabajo muy rápido y muy decente allí

43. Porque la vida es maravillosa.

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44. La convivencia con él es una maravilla.

45. Con desayunos espectaculares todas las mañanas.

46. Y masajes en los pies todas las noches.

47. Y unos polvos… ¡Qué polvos!

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48. Y él se declara de una forma espectacular.

49. Haciendo un baile increíble.

mariage-kung-fu50. Y tú dices que sí y sois felices para siempre.

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Si aún no se te ha caído la venda de los ojos, ya no sabemos que más podemos hacer…

Cuando el grajo vuela bajo, todo da más pereza

frío, invierno, pereza frío

Dicen que cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo. Pues bien, no sé vosotros, pero a mí me da la impresión de que ese grajo del que siempre se ha hablado ha comenzado a vivir entre nosotros. Porque así son los grajos. Que por cierto, un grajo es esto.

Aquí un Corvus Frugilegus retozando alegremente en la nieve

Quizá penséis que se me ha terminado de ir la pinza, pero, ¡eh! Al menos yo intento buscarle explicación a este frío proveniente del lugar más frío del gélido lugar de dondequiera que provenga, pues eso, el frío. Espero haberme explicado con claridad. Seguimos.

Pensábamos que esa cálida brisa que hacía nuestra existencia aún más agradable ya a mediados de diciembre –sospechoso, cuanto menos– iba a durar para siempre. Craso error. Ya han empezado a instalarse en nuestros termómetros las temperaturas bajo cero, y consigo han traído una desidia de dimensiones estratosféricas que, lejos de desanimarnos, compiten con nuestras ganas de hacer un montón de cosas para hacer el día a día un poco más interesante. Hablamos de relatos de la vida cotidiana que se convierten en auténticas proezas cuando en lugar de un solecito bueno y bucólico, te encuentras con las ventanas del salón empañadas del pelete que hace. Creo que ya sabéis por donde van los tiros.

Hoy vamos a enumerar todas esas cosas que a priori parecen fáciles pero que luego, en cuanto es necesario echarse la mantita por encima, se hacen un mundo. Un mundo frío, concretamente. Como el de Frozen

1. Salir de la cama. Es ya casi tradición empezar con un clásico. Si ya algunas veces salir de la cama supone toda una hazaña en sí misma, cuando es necesario quitarse de encima el edredón que nos salvaba de caer en el abismo de la hipotermia hasta ese momento y entrar en contacto con un suelo aparentemente forjado en hielo, vamos, ni os cuento. Así, presenciamos a diario numerosas situaciones verdaderamente dramáticas como la de ver por ejemplo a un veinteañero estándar tomándose 30 minutos extra –en el mejor de los casos– para salir de la cama cuando se había prometido a sí mismo madrugar para estudiar porque durante todo el día de ayer, no sé, no surgió.

2. Salir de lugares, en general. ¿Que te llaman y no hay cobertura? No pasa nada. ¿Que ya estás llegando a tu parada de destino en el metro pero estás calentito? ¡Quién dice que no a dar una vueltecita por los intrigantes paisajes subterráneos! Y así, sucesivamente. Sólo debemos entrar en contacto con el exterior en situaciones de extrema necesidad. Como ir a comprar galletas de madrugada, por ejemplo.

3. Ir al baño. Estoy convencido de que los debates internos más duros se han producido frente a un inodoro frío como un témpano de hielo. Porque claro, ir al baño con frecuencia es una necesidad vital. De ahí que a eso se le llame usualmente «hacer las necesidades»No obstante, en tiempos de frío, no hay nada que no nos veamos obligados a cuestionarnos. Incluso en materia de funcionamiento básico de nuestro organismo.

Descripción gráfica de un debate interno endurecido por condiciones meteorológicas adversas

4. Y ya que hablamos de bañosla ducha.  Todos estaremos de acuerdo en que la ducha es un bien preciado, y que la higiene es fundamental para nuestro bienestar así como para el de quienes nos rodean. Sobre todo para el de quienes nos rodean. Sabemos sobradamente que es duro enfrentarse al cambio de temperatura entre el agua hirviendo con la que nos duchamos en esta época del año, y la realidad climatológica que nos espera agazapada al otro lado de la mampara. Es así como, una vez más, de la cotidianidad obtenemos una historia que contar mientras nos regocijamos en nuestro propio orgullo. Resulta incluso poético. «Por ti me ducharía hasta en invierno».

5. Dar un paseo. Cómo que un paseo, alma de cántaro. Podemos dar un paseo hasta una cafetería con calefacción, por ejemplo. O un paseo un poco más largo hasta alguna cálida ciudad del hemisferio sur. El mundo exterior, cuando hace frío, es un lugar hostil plagado de imprevisibles peligros como el de… contraer resfriados, yo qué sé.


Y hasta aquí podemos leer. No os desaniméis. Y si lo hacéis, pensad en todos esos países y ciudades donde los grajos SÍ que vuelan bajo. Pero bajo, bajo. Bajísimo. Casi reptan, de hecho. Al final somos unos privilegiados, así que esperamos que aprovechéis el tiempo invernal que nos queda –que parece que aún da para rato–, que luego llega el calor infernal y serán otras muchas cosas las que nos den pereza. Mientras, siempre nos quedará hacer la bromita de que fumamos cuando nos sale vaho por la boca. Y eso que nos llevamos. ¡Hasta otra! 😀

10 deportes que practicas sin darte cuenta

deportes, hacer deporte sin darte cuenta

Son buenos tiempos para el deporte. Y eso está muy bien. A día de hoy, cualquiera que se lo proponga –y su salud se lo permita, claramente– puede seguir una rutina de ejercicios, y es que cada vez son menos los medios necesarios para llevar una vida sana, y también menos las excusas que se nos pueden ocurrir para no hacerlo. Tablas de ejercicios, gimnasios low-cost, parques con explanadas por las que echar una carrerita… En definitiva, un sinfín de alternativas. No obstante, hoy no estamos aquí para hablar de eso. Y ahora viene la parte en la que os explico por qué. Tomad asiento.

¿Qué significa «hacer ejercicio»? Pues, mire usted, esa es una cuestión un poco abstracta. Un poco el todo y la nada a la vez. Unos lo entienden como la realización de una actividad física perpetuada en el tiempo. Otros, en cambio, como el acto de participar en una competición regida por ciertas normas. Y luego estamos nosotros, que creemos que la línea que separa lo que es «ejercicio» de lo que no lo es, está cada vez más difusa. Porque, por ejemplo… ¿cuántas calorías quemo pasando la escoba?, ¿es cierto que andar es el ejercicio más completo? ¿cómo de «sport» consideraríamos que es el «Wii Sports»?.

Como vemos, son muchas las preguntas e inquietudes que envuelven a la práctica de ejercicio en nuestros días, pero sin duda la mayor, la que quita el sueño diariamente a cientos de miles de ciudadanos, plantea la siguiente cuestión: ¿es posible que nos hayamos convertido en deportistas de élite sin ni si quiera haber reparado en ello? Pues, a ver, permitidme que lo dude. Pero bueno, en forma de aclaración, a continuación procederemos a nombraros algunas de formas de quema de calorías que podemos encontrar en el día a día. Así, como quien no quiere la cosa. Y dice así:

1. Cien metros lisos (quizá algunos más, quizá algo rugosos) por ahorro del abono mensual. Sano y económico. Esta práctica nace como respuesta a la pregunta; ¿cojo tanto el metro como para comprarme el abono mensual? Pues, depende, ahí ya cada uno. Si ves que te compensa la opción de usar tu propio cuerpo como principal medio de transporte, pues oiga, eso que te llevas.

2. Cierre de vaquero de alta resistencia. ¿Que no cierra? Vamos que si cierra. No seré yo quien se rinda ante este estúpido pantalón, porque si me lo regalaron por mi primera comunión, será para que le dé uso. Vamos, digo yo.

3. Subida de escaleras del metro por avería de las que suben solas. Inesperado, salvaje y, por qué no decirlo, incluso molesto. Esosí, buenísimo para todo lo demás.

4. Devolución de prenda en periodo de rebajas. Así como a la gente le gusta hacer compras navideñas, también le gusta hacer devoluciones post-navideñas. Es algo que nos pirra, nos vuelve locos. Y tendrás que hacer distintos usos de tu forma física para lidiar con ello. 

5. Levantamiento de ropa mojada haciendo la colada. Ojo, que pesa un quintal. 

6. Natación desincronizada. Bueno, en realidad este punto va más de desicronización que de natación. Hablamos del intento de baile acompasado que creemos lograr en discotecas y que resulta bastante… mejorable. Dejémoslo en mejorable. Aún así, tu esfuerzo te cuesta, así que lo tenemos en cuenta.

7. Limpieza de piso a contrarreloj. ¿Vienen tus padres de visita? ¿Has ido posponiendo el momento de limpiar a cuando te llegue el whatsapp de «¡ya estamos en la estación de tren!»? ¡Felicidades! Has ganado una intensa sesión de friego anaeróbico y barrido express.

8. Tiro con desechos. Consiste en marcarte metas poco realistas en cuanto a lo que tirar cosas a la basura a distancia se refiere. Este ejercicio tiene dos partes; cuando alzas el brazo para lanzar el objeto arrojadizo en cuestión, y cuando te levantas para recogerlo del suelo y meterlo de verdad en la papelera. 

9. Vela con paraguas y viento. ¿Alguna vez has intentado mantener la compostura sosteniendo un paraguas en mitad de un temporalazo? Entonces sabrás de lo que hablo.

10. Paseo de matriculación al gimnasio. Sin duda el más completo de todos. Ojalá algún día me aplique el cuento :_ )

15 superpoderes para la vida cotidiana

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Tener superpoderes es algo con lo que el ser humano siempre ha fantaseado. Yo mismo, sin ir más lejos, al salir del cine tras ver Spiderman a mis 8 años (la dirigida por Sam Raimi, en 2002) llegué a casa y me puse a diseñar mi propio traje de superhéroe, como Peter Parker en la película. También, según afirman fuentes fidedignas, pasé todo el año que vino después de que viera Batman de Tim Burton sin despegarme de un disfraz de dicho personaje, hasta el punto en que mi madre tenía que aprovechar mis ratos en el colegio o durmiendo para… qué sé yo, desparasitarlo. Adjuntaría pruebas gráficas, pero creo que mi progenitora -en su infinita sabiduría- no consideró que ésa fuera una etapa que de mayor me fuera a llenar de orgullo recordar. Bendita seas, madre.

El caso es que; volar, ser invisible, alcanzar la velocidad de la luz, ser súper fuerte… Todo eso está muy bien si pretendes utilizar tus habilidades para salvar al mundo de la tiranía de un poderoso villano. Pero, ahora, pensad en vuestras vidas. ¿Volar? ¿Para qué? ¿Pa’ hacerte el chulo? Las primeras veces resultará toda una proeza a los ojos de los demás, pero con el tiempo te acabarías convirtiendo en el cansino de la invisibilidad, el gañán de la súper fuerza, o el insufrible de los viajecitos en el tiempo. O peor, acabarías siendo secuestrado por el servicio de inteligencia para ser investigado, como le ocurrió al pobre E.T. 

En su lugar, he pensado una cosa; ¿por qué no nos inspiramos en nuestras mundanas vidas y diseñamos otros superpoderes que nos hagan mejor servicio? Una o varias habilidades que realmente hicieran nuestra vida más fácil, como los robots de cocina, o el artefacto en el que metes el tubo de pasta de dientes para aprovecharlo al máximo. Va, procedo a romper el hielo con algunas de las propuestas que se me han ocurrido:

1. El superpoder de hacer un arroz blanco decente. Que parece fácil, pero aún a día de hoy es un enigma que intriga a decenas de millones de estudiantes semi-emancipados.

2. El superpoder de poner la alarma a una hora y levantarte a esa hora. Y si encima es para ir al gimnasio, Y SI ENCIMA VAS, te darán la llave la ciudad.

3. El superpoder de asistir a clase justo (y únicamente) el día que pasan lista

4. El superpoder de que se te quede el pelo guay el día que vas a salir y no el domingo que te quedas en la batcueva de resaca.

5. El superpoder de entretenerte en las salas de espera. Sin móvil ni nada. Sirviéndote únicamente de tu gracia natural.

6. El superpoder de diferenciar si ese [«hola!» + emoji] es simple cordialidad en lugar de una propuesta de matrimonio (tal y como tú sospechas)

7. El superpoder de que jugando al trivial te toquen las fáciles cuando sea «quesito». Este incluso puede complementarse con el de que en ese momentos todos tus amigos mantengan la compostura en lugar de gritar un «¿EN SERIO? ¿A MÍ EL APELLIDO DE LA SUEGRA DE LA GANADORA DEL ORO EN LOS 100 METROS LISOS EN LAS OLIMPIADAS DE 1992, Y A TI CÓMO SE LLAMA LA NOVIA DE MICKEY MOUSE?»

8. El superpoder de que te cierre ese pantalón de hace un año. Relacionado con el superpoder de lograr seguir una superdieta.

9. El superpoder de tender la colada y que ese día no llueva. Vamos, no te lo crees ni tú.

10. El superpoder de ponerte en la cola que más rápido avanza. Así, sin pararte mucho a pensar. Guiado por tu sentido arácnido.

11. El superpoder de saber si esa palabra que estás a punto de escribir en un examen va con B o con V. O con G o con J. O con H o sin H. 

12. El superpoder de encontrar una frase adecuada para acompañar una selfie. Este es un problema con el que lidiamos a diario y del que no se habla, quedando confinados a poner una frase de una canción o a usar el comodín del emoji. 

13. El superpoder de retener todos los nombres y datos de ese documental que has visto accidentalmente para luego poder presumir de tus amplios conocimientos en astrofísica

14. El superpoder de actuar con normalidad al quedarte solo en un ascensor con espejo.

15. El superpoder de recordar el nombre de esa persona con la que acabas de encontrarte y que hace eones que no ves. Compatible con el de fingir creíblemente que sabes quien es, con el de sonreír con autenticidad, y con dispositivos Android.


Y ya está, y ya no hay más. No hombre, no, haber habrá más. Me he dejado alguno importante fijo. Cuéntame, ¿qué superpoder te gustaría tener a ti?

Mi vida es un drama

Eres demasiado joven para estar triste. Esa frase la leíste hace ya casi un año por primera vez.

Y pensaste: “¡Coño, es verdad!” Desde entonces, esas palabras resuenan en tu cabeza, ya no sabes si con optimismo y crudeza, pero desde ese día, te prometiste y juraste a ti mismo que lucharías cada mañana por hacer que cada día fuera especial y diferente: Hacer un plan los lunes por la noche que mole más que el de los viernes. Salir un domingo hasta las 5 am aunque tengas que ir del tirón a la oficina. Eso es sentirse joven!

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Todo eso, para con el objetivo de no caer en eso que todos tememos cuando miramos el calendario y vemos: 1 de septiembre. LA MO-NO-TO-NÍA. O peor aún, si se pudiese:

RU-TI-NA. Con una ‘A’ al final que chirría en tu cerebro, dando escalofríos y haciendo que te muerdas la manga de la camisa porque duele, duele mucho.

Las parcas o las personificaciones del Fatum eligen el camino de tu destino, manejan los hilos de tu vida…Y vaya bufandas que montan!

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María, 31 años recién cumplidos. Ya puede hablarte de lo que vivió hace 20 años, de sus amigos de la infancia e incluso de su primer beso, allá en 1995. Ahora se levanta todas las mañana rezando para que su niña de 2 años se despierte de buen humor, alegría, hambre y capacidad para vestirse sola y que la lleva en coche a la oficina, dejándose ella misma en el colegio. Así, todo a la vez. La realidad es muy distinta: a parte de tener que conducir 15 km metida en un atasco, dejar a la niña, correr hacia el metro, conseguir aparcar (porque vive en la periferia de Madrid, donde los pisos eran más baratos en el 2002 y bah! si está a lado de Madrid) ir en metro 20 min, pendiente del móvil, y escribiendo 2 whatsapps imprescindibles cada mañana. 1. Sí cariño, la niña lleva pañal por si vuelve hacerse pis o variados en el cole. 2. Ok Ma, el domingo comemos todos en casa.

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Víctor, 23 años.Yo paso de contestar”, piensa. “Pero esta loca qué hace escribiéndome a las 7:45? Me la pela el puto doble check azul. No he venido a Madrid para casarme a los 25, mis prioridades de la semana son ver la Champions el miércoles, y tomarme unas birras el jueves con éstos. Puf qué pereza ir a la uni ahora, no?. ¿Quizá mi padre tenía razón y esto de estudiar arquitectura no tenía ni pies ni cabeza?»

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Ana, 45 años. Esta vez es en Cercanías. Su casa de toda la vida en Alcalá de Henares le hace sentirse a gusto aunque sienta que los años le pesan un poquitín, del mismo modo que pesa llevar el tapper todos los días al trabajo. Al final, vivir en una pequeña ciudad es algo cómodo, relajado y tiene su grupillo de amigas que se ven cada tarde en yoga. Cada fin de semana disfruta de planes con sus amigas, para salir a bailar y de paso darse algún gustazo si es que toca. Al fin y al cabo, los 40 son los nuevos 30, no?

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Lau y Bea, 19 años. Primer año de Universidad. “Pues el finde que viene te tienes que venir”. Las fiestas universitarias tienen la misma esencia de las de siempre, pero ahora con algún cambio tecnológico. Tonteas con tus amigas descubriendo quién de la sala tiene Tinder, retas a tus amigas a un chupito de Jagger (aunque sea el más caro), te pones nerviosa si él te escribe con un “has salido hoy? Yo si”. Y ya arrancas con risa nerviosa cuando le contestas‘ conelnombredelbarenelqueestasyahoranosemeocurreninguno’ y le enseñas la pantalla a tu amiga (ya como una cuba,claro).

Aparece por la puerta y…

Bueno vale…¡Las de 27 aún seguimos haciendo todo eso! (Bueno, menos lo del Tinder…eso solo lo hacemos cogiendo el móvil de tu amiga y dando a SI a los menos atractivos, vamos a los feos, y que se joda!)   

Cada vida, es un historia y cada persona es un drama.

Pero, queridos, es tu drama. El suburbano, la ciudad más instantánea del momento (ni Facebook, ni Instagram ni Snapchat, ni leches!) porque no hay algo más instantáneo que recorrerte los pasillos de Nuevos Ministerios, corriendo como para medalla de plata (la de oro es para los hombres entrajados que se calzan las deportivas al sonar el pi-pi-pi-pi de las puertas de Renfe antes de que se cierren) para llegar al metro y… sí, te cierran las puertas y en la pantalla pone “Próximo tren: 6 min”. Instantáneamente, te pones de mala leche.

El suburbano da para mucho.

Da para investigaciones antropológicas, para estudios de campo, para entrevistas a ejecutivos, para invitaciones a lo Bertín Osborne en su pedazo de casa (que todos pensamos, joder, vaya casa que tiene el jodío solo por cantar rancheras y hacer 2445656656 programas en los 90), para hacer un “Tengo una pregunta para usted, señor Rajoy”, para un doctorado en ciencias de la naturaleza, cambio climático y derivados lácteos. Para que Ana Rosa comente los expulsados de Gran Hermano y para que Mariló la cague y Bisbal pulse el botón y se gire en su silla señalándote con el dedo porque ¡ESTÁS EN SU EQUIPO!

¡El suburbano mola mucho!

Amigos, id con los oídos abiertos y con los ojos en las manos de la gente. Porque yo estoy harta de entrar en el metro y ver que nadie se mira las caras, y solo mira una pantalla (o la del de al lado, que te he pillado!). A no ser que seas tú el que en este momento me estés leyendo a mí, en algún tipo de transporte público. Entonces, con todo my love, te perdono.

Razones para perdonar a alguien impuntual

La puntualidad es un concepto abstracto, flexible, relativo. ¿Qué es ser puntual? ¿Y tú me lo preguntas? Pues, depende. Según se vea. En teoría “ser puntual” es estar presente en el lugar donde has quedado a la hora a la que has quedado. En la práctica, es que la persona con la que has quedado llegue más tarde que tú. Aunque sea un poquito. Podríamos decir, entonces, que el mundo se divide en dos clases de personas: los que llegan siempre a tiempo, y los que van acumulando sobre sus espaldas el rencor de sus allegados. De ellos vamos a hablar hoy.

El ser impuntual es aquel por quien los planetas se alinean para que dé siempre la causalidad de que se le escape el autobús en la cara, o que su padre se meta en el baño justo cuando él se disponía a ducharse. Los más reincidentes sabréis de lo que os estoy hablando, y estaréis ya acostumbrados a llevaros broncas de vuestros amigos. Y con razón. Puede que incluso ya hayan ideado algunas técnicas para evitar las esperas prolongadas, como decirte que han quedado media hora antes de la hora real, por ejemplo. O no quedar contigo, directamente. La cuestión es que, como impuntual experimentado que he resultado ser en numerosas ocasiones, voy a romper una lanza en favor de los enemigos del reloj. ¿Por qué? Pues porque son quienes lo necesitan, hombre. Esto y un reloj atómico, pero se me iba un poco del presupuesto.

Así pues, sin más dilación, para cuando ni si quiera la excusa mejor planteada de la historia ablande el corazón de quien espera impaciente, aquí tenéis algunos motivos por los que hacer la vista gorda:

–El tiempo de espera bien invertido–

La espera por el impuntual puede enfocarse de modo que resulte una pérdida de tiempo, pero también como un ratito de reflexión impagable. Quién sabe, quizá algún día mientras esperas a alguien sentado por fuera de una parada de metro de repente se te venga a la cabeza una idea fantástica en base a la que escribir un libro que en el futuro resulte un éxito en ventas y te lance al estrellato literario. De hecho, lo más probable es que ocurra. Seguramente, vamos.


–¿Y si tu amigo te está preparando una fiesta sorpresa?–

Imagina lo mal que te vas a sentir si después de escribir ese mensaje de texto acusatorio resulta que tu amigo se ha retrasado porque estaba empleando toda su capacidad pulmonar en llenar de aire los últimos globos de tu fiesta sorpresa de cumpleaños. Nunca se sabe. Mejor ahorrarnos el disgusto.


–Lo entretenidas que son sus excusas–

Debes reconocer que más de una vez has disfrutado viendo cómo tu amigo improvisa una excusa imposible para disculpar su retraso. A cada cual más enrevesada. Se suda la gota gorda cuando se da rienda a la imaginación y bajo tanta presión, todo hay que decirlo. Y algunas están muy, pero que muy curradas.


–Nadie es perfecto–

No todos podemos llegar siempre puntuales. En ocasiones pues, no sé, surgen cosas. Además, todos hemos jugado alguna vez a tirarnos el pisto y decir “¿Cómo no me voy a enfadar? ¡Si es que llegas media hora tarde!”, cuando en realidad hemos llegado hace 5 minutos. ¿Eh, truhanes?. De los tentáculos de la impuntualidad, amigos, nadie se libra.


–Podrías convertirte en uno de ellos–

Muchas veces, hay quien se cansa de tanto esperar y acaba llegando a horas intempestivas respaldándose en que “es que siempre llego el primero y me aburro esperando”. Así se empieza. No dejes que la tentación te arrastre.


–Te deja en posición de ventaja–

¿Que la otra persona ha llegado tarde? ¡Mira el lado positivo! Ahora eres tú quien eliges donde cenar, o qué película ver, porque “encima que llevo tres cuartos de hora aquí ESPERANDO POR TI”.


–Te hacen quedar bien–

Si no tuvieras ningún amigo impuntual que hiciera contraste, tu puntualidad no saldría a relucir como el superpoder que es realmente. ¿Te das cuen’?


–Participan en tu crecimiento personal–

Los que te dicen “¡ya estoy aquí! ¿dónde estás?”. Hombre, tú estás donde habíais quedado. Él o ella, seguramente, en la ducha. Seguir sintiendo aprecio por alguien tras algo así te convalida, como mínimo, primero y segundo de Jedi.


Puede que ninguno de estos motivos haya logrado convencerte. No te culpo. Sin embargo, siempre habrá lazos afectivos que nos mantengan unidos a personas que sobrevaloren su capacidad de gestión del tiempo, o lo que es lo mismo, que crean que en 5 minutos uno puede darse una ducha, acicalarse, y recorrer 23,5 km. en transporte público. ¿Cambiarán? Pues no sabría decirte, de modo que mientras el sujeto en cuestión no muestre síntomas de mejoría, lo mejor para nuestra salud mental será tomárnoslo con humor. O buscarnos otros amigos. Eso ya cada uno que haga balance. ¡Hasta pronto! 🙂

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