Los placeres del madrugar

Parece que no, pero los hay. Madrugar está bien visto pese a los hercúleos esfuerzos que supone. Alguien que madruga es alguien que aprovecha el día, que está listo ante lo que pueda venir, preparado para la jornada, que carpe diem, y un montón de cosas más. Una maravilla, un primor. Luego, en el otro extremo, están las personas como yo. Los que ante el sonido de la alarma pulsan una y otra vez el «posponer» y cuando no pueden estirar más su estancia en la cama proceden a levantarse entre resoplos y recorren largas distancias con los ojos cerrados evitando a toda costa el contacto con otros seres humanos. Porque así somos, y así es. 

Antes, pues, de meternos de lleno en el lado más hedonista de levantarse temprano, habría que delimitar qué es un madrugón y cuántos tipos podemos encontrar en la naturaleza. Como todo en esta vida, el madrugar es un concepto relativo. Relativo a lo que cada uno considere que es salir de la cama con premura, fundamentalmente. Por ejemplo, ¿es madrugar todo aquel despertar que se produce antes de la hora de comer? Pues podría serlo, pero teniendo en cuenta distintos grados. Podríamos dividirlo en dos grandes grupos; por un lado, el “madrugón apacible”, más común en edades tempranas y universitarios de turno de tarde, que consiste en levantarse a las 9-10 de la mañana, y luego, para el deleite del ser humano, está el “madrugón terrible”, que se produce cuando te levantas de la cama, miras por la ventana, y es de noche.

Entre ambos grados hay otros muchos, tantos como alarmas se programan a diario en los distintos smartphones del mundo, unos más tirando a lo apacible y otros más a lo terrible. En cualquier caso, acabamos de volver al ritmo y puede que madrugar fuera algo que ya se nos había quedado lejano, pero siempre vuelve. Siempre. Es por ello que debemos acostumbrarnos, dejar de verlo como al enemigo, levantarnos de la cama de un salto, gritar un “¡Buenos días, mundo!”, y luego recuperarnos del mareo que nos ha dado por levantarnos tan deprisa.

Lo que está claro es que para madrugar conservando la decencia es necesario al menos haber dormido lo suficiente y de la manera correcta, y sé que éste no es el caso de muchos de los que estáis leyendo esto. Ya bien sea porque han vuelto las series y los realities, porque esa conversación de whatsapp se puso especialmente interesante, o porque estabas teniendo una charla súper trascendental con tu compañero/a de piso. El caso es que has dormido más bien poco, y es aquí cuando el tomarnos con humor el madrugón requiere de nuestras aptitudes más valiosas, así que me dispongo a enumerar lo bueno –o lo no tan malo– de madrugar para echaros un cable. Vamos allá:

1. Desayunar a gustico. O desayunar, en general. En concreto mi compañera de piso asevera en unas declaraciones en exclusiva para BFace Magazine que para ella el mejor momento del día es cuando se toma el café junto a la ventana mientras mira absorta al infinito y no interactúa con nada perteneciente al mundo que le rodea excepto el Candy Crush. 


2. Decirle a todo el mundo que has madrugado un montón. “¡Qué sueño! Claro, es que hoy me levanté a las 6:35h”. Siéntete como un héroe por un día, date ese placer. Una vez dormí 40 minutos antes de ir a un examen y no paré de repetirlo en todo el día. De hecho, este artículo no es más que un pretexto para contároslo.


3. Ver amanecer. Hombre, no podía faltar. Si te pegas un ya mencionado madrugón terrible podrás ver el amanecer siempre y cuando las edificaciones colindantes te lo permitan. 


4. Coger un buen sitio para hacer una barbacoa. Los mejores sitios para las chuletadas, asaderos, barbacoas –o como queráis denominarlo– siempre se encuentran muy disputados y el único modo de tener una buena oportunidad es levantarse a horas intempestivas. Si ya teníais que madrugar de todas formas pues oye, eso que os lleváis.


5. Ir al gimnasio, echarte una carrerita. Sé lo que estáis pensando. Como si no tuviera suficiente con madrugar, espera que encima tendré que hacer deporte.


6. Echar un vistazo a la prensa. Recopilarás temas de conversación para el resto del día, que en ocasiones nunca sobran. Te librarán de encuentros llenos de vacío y silencios incómodos. Tan incómodos como cuando te despides de alguien y empezáis a andar en la misma dirección.


7. Tener la casa para ti solo. Un placer incontestable. Levantarte y estar a solas con tus pensamientos es fantástico. Al menos un rato. Si finalmente te aburres siempre puedes llevar a cabo la socorrida táctica de despertar al resto fingiendo que la televisión se encendió “con mucho volumen puesto”. Un clásico entre clásicos.


8. La programación mañanera. Hablando de encender la televisión, lo que nunca falla es la programación de por la mañana, tanto en televisión como en la radio. Siempre encontrarás algo que te guste o te ayude a amenizar los duros primeros momentos del día :_ )


9. Sentir la infinidad del día por delante. Tanto que es probable que a las 12 del mediodía ya has terminado de hacer todo lo que tenías que hacer y tengas otras 12 horas para no hacer nada.


10. Ir con tiempo. Se agradece.


Y es aquí donde termina otro capítulo de la serie de listas imposibles. Lo bueno de madrugar sólo se experimenta madrugando, eso es así. Es una cuestión de determinación, voluntad y deber. Programad vuestras alarmas unos minutos antes y disfrutad de todo lo que os ofrece la temprana mañana, o bien seguid durmiendo si podéis y disfrutad de lo que os ofrece vuestro confortable juego de sábanas. ¡Hasta pronto! 😀

Enfrentémonos al carnet de conducir

Bienvenidos, exploradores y trepidantes aventureros. Hoy, mientras escaláis esa montaña tan alta, os sumís en las profundidades de esa otra inhóspita cueva, o descifráis el mensaje que reza oculto en un antiguo papiro que habéis encontrado en un rincón del cuartito donde se guarda el árbol de Navidad el resto del tiempo que no es Navidad, quisiera —si me lo permitís, claro— irrumpir en vuestro vertiginoso ritmo de actividades para hablaros de otro deporte de riesgo, un reto solamente digno de los más atrevidos; el carnet de conducir. El carnet de conducir en general y, más concretamente, la odisea que supone sacárselo. ¿Te sientes perdido en este camino cargado de incertidumbre y búsquedas en foros de internet? Tranquilo. Siéntate, siéntate aquí. Coge aire y ve a matricularte a tu autoescuela más cercana. Ahora que has dado el primer paso —y que no hay vuelta atrás—, te dejamos un momento para que reflexiones.

Antes de meternos en el ajo, vamos a ponernos en contexto. Es verano y, con eso de que tienes tiempo libre, te has decidido a sacarte de una vez por todas el permiso de conducir. Porque sí. Porque sueñas con sentir el roce de la brisa en tu rostro mientras te diriges a algún destino paradisíaco aún por determinar siguiendo tu condición de alma libre y desprendida de cualquier atadura —aunque, como mi propia y santa hermana podría confirmaros, probablemente acabes yendo a buscar al peque de la casa a las 4 de la madrugada a ese bar porque “¿Cómo va a venir el niño a estas horas solo en el autobús? Ve a buscarlo que para algo te pagué el carnet”—. También puede que hayas cumplido una edad en la que es ya algo rutinario para ti escuchar unas setecientas millones de veces por semana —y de distintas bocas— la siguiente frase: “a ver si te sacas ya el carnet”. Éste es mi caso, y no veáis las risas.

Si finalmente te decides o si ya lo has hecho, debo adelantarte que durante todas las fases del proceso escucharás mil cosas. Es lo que tiene haber dejado pasar el frenesí de la mayoría de edad recién cumplida, que todos a tu alrededor ya lo tienen y, por tanto, tienen algo que decir al respecto. Hablo de un buen consejo. Una experiencia alentadora, tal vez. Un “¡UF! Ése examinador fue quien me suspendió a mi. Y a mi madre. Y a mi padre. Y a mi tío. Incluso a la iguana que una ex-compañera de piso tenía por mascota. Lo vas a tener complicado si te toca con él”. Como ves, impera la diversidad. Sea como fuere, debes escuchar atentamente, pero a la vez hacer caso a tu corazón. O seguir el camino de la fuerza, en caso de que seas un Jedi.

La cuestión es que, teniéndolo fresquito y habiendo observado el gran número de inescrutables caminos que se nos plantean para llegar a nuestro codiciado objetivo, he pensado que sería divertido aglutinar mi propia experiencia y la de los que me rodean para que, más o menos, os hagáis una idea de lo que os vais a encontrar. Espero poder explicarme con la nula capacidad de síntesis y de hacerme entender que me caracteriza.

Resumiendo, que no os quiero hacer el lío. Si eres de los que el miedo no te paraliza, de los que buscan emociones fuertes, incluso de los que sería capaz de comerse un yogur uno o dos días después de su fecha de caducidad, éste es tu reto. Vamos allá:

En teoría

Empecemos por la prueba teórica, coloquialmente conocida como “el teórico”. Consiste en 30 preguntas tipo test sobre todas las cosas que ponen en el libro que te proporcionan el día que te matriculas. Aquí comienza la bifurcación. Tendrás que escoger entre las que para mí son las dos corrientes didácticas —muy bien diferenciadas, además— que existen para superarla con éxito; por un lado, la de “haz test hasta que tu cerebro no tenga más remedio que retener el conocimiento” o, la menos popular pero que no por ello deberíamos tener en menos estima, “léete el libro y haz test por temas”, pudiendo ambas ser complementadas con la asistencia a las clases que imparten en la autoescuela.

Ambas tienen sus ventajas e inconvenientes, pero el objetivo es claro. Lo que sí es muy probable es que, tanto en un caso como en el otro, te pases el día haciendo test de las maneras más extrañas y en los contextos más marcianos, y preguntando dudas a los conductores que te rodean y a su vez preguntándote por qué no saben respondértelas. «Mamá, ¿cuánto puede sobresalir una carga por la parte posterior de una motocicleta sin sidecar en vías interurbanas entre la puesta y la salida del sol?». Pues mira, ahora mismo no sabría decirte. Sé que esto puede generarte cierto desconcierto, pero así es.

Ahora supongamos que de cualquier modo ya tienes todo más bien claro en tu cabeza, lo que suele traducirse en «ya sólo estoy teniendo 1 o 2 fallos». Ha llegado el momento de presentarte a examen. Decide qué amuleto llevarás contigo a Tráfico, coge aire de nuevo, y demuéstrales que el código de circulación podría ser tu libro de cabecera. Si todo va bien y dependiendo de cuándo te hayas examinado, pronto tendrás los resultados. Cuando veas el APTO resplandeciente junto a tu DNI, comienza la segunda parte de esta inquietante aventura; la práctica.

Dar cera, pulir cera. Pisar embrague, meter primera

Hola de nuevo, cómo estáis. Aquí comienza lo divertido, la sabrosura. Ha llegado el momento de subirse al coche por la parte del conductor, en contra de la resistencia que vuestra capacidad de coordinación pueda parecer ejercer. Lo primero que uno suele preguntarse es «¿cuántas prácticas se debe hacer?». Pues verás, es cuestión de ir viendo. Los hay que con 25 o menos ya van a sus anchas, los que lo consiguen con 50, y los que llegan a más de 200. Empezad con unas cuentas y ya, pues lo que os vaya pidiendo el cuerpo. La cuestión es ir seguro a E X A M E N (amen, amen, amen…) <- Esto es el eco del EXAMEN.

Durante las prácticas os puede pasar de todo. Primero, observaréis como otros muchos conductores os adelantan poniendo más o menos esta cara:

No os preocupéis, vosotros a lo vuestro.

Al principio empezaréis seguramente con el volante, y en función de cómo te vea el profesor te irá dando más y más responsabilidades. Que si pon el intermitente. Que si pon las manos en el volante. Que si vigila lo que tienes detrás. Que si la próxima vez intenta no dejar el retrovisor en ese contenedor. Para mí, que agradezco al Señor diariamente el poder teclear en el móvil y respirar al mismo tiempo, supuso todo un reto. Luego acelerador, freno, caja de cambios, las luces. Y ya luego el embrague llega a tu vida, que es el despendole más absoluto.

Al principio se te calará. Se te calará un montón. Sí, amigos, el hombre ya va a la luna y sin embargo los coches aún se calan. Y los camiones de basura hacen ruido. Y hay un botón de «eject» en el mando a distancia del DVD aunque luego tengas que ir hasta él para sacar o meter un disco. El caso es que cada vez se te irá dando mejor y aprenderás a manejar el coche como es debido. Y será entonces cuando te des cuenta de que no estás solo en la carretera, y que tienes que coexistir con un montón de gente que no cruza por el paso de peatones y que se para en doble fila justo después de una curva.

También, durante vuestro periodo de prácticas, viviréis una etapa en la que os convertiréis en un copiloto insoportable. Insufrible. Extremadamente cargante. Te pasarás el día esputando todo tipo de comentarios como si acabaras de descubrir la pólvora del tipo: “¿Y el intermitente?”, “¿Por qué te comes esa continua?”, a los que seguramente os contestarán “ya cuando te saques el carnet hablaremos”. Seguido a veces de una agresión física, en función de cuánto hayas estirado la paciencia del sujeto en cuestión.

En fin, que una vez más, cuando os lo pida el cuerpo (los cuerpos piden un montón de cosas) y tu profesor esté de acuerdo (hazle caso, que él o ella sabe de estas cosas), debes presentarte. Hemos llegado a…

El EXAMEN

Chan chan CHAN. Ajay, el práctico. Si con el teórico os pusisteis de los nervios con éste vais a flipar. Respecto al EXAMEN (el de «amen, amen, amen»), para empezar, tendréis que lidiar con las leyendas urbanas alrededor de los EXAMINADORES de tu zona. Todos tus allegados te meterán el miedo el cuerpo contándote terroríficas historias de suspensos en los que un malvado examinador se cebaba con ellos sin motivo, así como te animarán relatándote el radiante día de su aprobado. No desesperéis, vosotros haréis lo mismo. Si no, al tiempo.

Una vez pagas las tasas ya sólo te queda que te convoquen e ir para allá. Para el punto de examen, que seguramente hayas recorrido unas quinientas veces en las últimas semanas. No te preocupes, puedes hacerlo. En cualquier caso, no te quepa duda de que, si tu suerte se parece en lo más mínimo a la mía, durante el examen te ocurrirá de todo, como que llueva, que te encuentres un contenedor en mitad de la carretera, o que se te aparezca la chica de la curva. Pero tú podrás superar todos esos obstáculos PORQUE ERES UN CRACK Y NADA PUEDE HACERTE DUDAR excepto un giro a la izquierda. Los giros a la izquierda te harán dudar siempre.

Cuando hayas terminado el recorrido, tu profesor o profesora deliberará unos instantes con tu examinador o examinadora para luego anunciarte el veredicto final. Si has suspendido no te preocupes, no pasa ná’. Fíjate bien en los fallos que has cometido y vuelve a intentarlo cuantas veces sea necesario —y te apetezca, claro—. Los hay que aprueban a la primera. Otros, a la segunda, como fue mi caso. A la tercera, a la cuarta, a la quinta… infinitas veces. Que no decaiga el ánimo porque cualquier día de esos escucharás entre trompetas y arpas angelicales ese «estás APROBADO». Y cuando eso ocurra…

El aprobado

Como decía, una vez has escuchado las dulces palabras de tu profesor/examinador, tan sólo te queda llamar a tus padres mientras se lo cuentas entre sollozos, sacarte la foto pertinente con la «L» para tus distintas redes sociales, desear que cualquier persona —incluyendo desconocidos— tenga que ir a hacer cualquier cosa a cualquier sitio para ofreceros a llevarla, y bailar así:

¡Felisidade!

Y esto ha sido todo. Nada menos y nada más, sin otro misterio. Sobre todo tened muuucha paciencia, perseverancia, y cualquier otro valor que pueda seros útiles en estos casos. Ah, ah, ah, ah, ah y, se me olvidaba. A la pregunta «¿Cuándo sé que debo cambiar de marcha?» ya sé que no nos vale la etérea respuesta «cuando te lo pida el coche». Los coches no piden cosas, no tienen boca, no son tamagochis. Pero sí, es exactamente así. Lo sé, yo me sentí tan decepcionado como vosotros. Y ahora sí, me despido al más puro estilo de mi santa madre: «¡TENED CUIDADITO!»

¿Preparados para la vuelta al cole?

Se acaba el verano, y eso no nos hace especialmente felices. En contra de lo que pueda parecer, el hecho de que dedicarnos a examinar nuestras partes más sensibles con detenimiento y quietud, comer como si no hubiera un mañana e ir a la #playita hayan compuesto nuestra lista de responsabilidades en estos últimos meses en los que reinaba el estío –en caso de que ésta haya sido nuestra suerte–, no ha estado tan mal. Parecía que sí, pero al final quedamos en que no.

No obstante, toca bajarse de la nube y volver a nuestra terrenal rutina. Y, hete aquí la particularidad del asunto, esto tiene un millar de cosas aún mejores que no hacer absolutamente nada más que seguir los impulsos que te llevan al gozo más inmediato. Sí, sí, me refiero a cosas guays sobre hacer una y otra vez lo mismo hasta que llegue el viernes por la tarde para así poder reptar por tu dormitorio entre lamentos. Parece contradictorio, ¿verdad? Pues claro que lo parece, porque lo es.

¿Qué tiene de bueno volver al frenético ritmo habitual de nuestras vidas? Piuf, pues tendría que pensarlo. Y por eso estamos aquí hoy, para enumerar las maravillas de levantarse a las 7:00 am a diario, comerse un sandwich de camino a no sé dónde para llegar a no sé qué otra cosa y quedarse dormido en el metro en el camino de vuelta a casa con su consiguiente desvalijamiento y desconcierto posterior. Sí, sé que todo esto suena muy bien de por sí, pero hoy haremos por reforzarlo un pelín para que entréis con fuerza al nuevo curso que, por cierto, para muchos es el verdadero año nuevo. ¿A qué vas a dedicar este nuevo curso? ¿Empiezas en la universidad? ¿Acabas la carrera por fin? ¿Te has apuntado a un cursillo de enología avanzada? Muy bien. Ya nos contaréis.

Como os comentaba al principio del artículo, que se acabe el verano no nos hace especialmente felices, pero tampoco completamente infelices. En cualquier caso, con sudor y esfuerzo, hemos conseguido recopilar 5 motivos por los que «celebrar» el fin del verano. Vamos allá:

1. El entretiempo. Primero y probablemente más importante. POR FIN podemos volver a sacar del armario cosas no-cortas, como un abrigo finito o un palo de fregona telescópico. Se comenta que este verano se ha pasado calor. Es un decir, yo tampoco me atrevería a afirmar nada, pero es una opinión y ahí queda. Podremos volver a taparnos tímidamente para irnos a dormir, o sencillamente respirar con menos esfuerzo. Sólo por esto ya debería compensarnos.

2. El orden. La rutina es repetitiva y sistemática, por tanto, implica cierto orden. Sé que a muchos éste no les sonará como un punto a favor peeero nunca está de más saber a qué hora te despertarás al día siguiente, o si tomarás el almuerzo antes de la puesta de sol. Puede que al principio te cueste un poco, sobre todo con el tema del sueño. No me refiero al sueño que debes perseguir para alcanzar tus metas y, con ellas, la felicidad. Digo el sueño del que se te cierran los ojillos solos. Pasará a estar muy presente en tu vida, a todas horas. Excepto a la hora de irte a la cama. Justo en ese momento te dará una tregua, tregua que puedes aprovechar para un montón de cosas como os contaba en este artículo de hace ya algún tiempo.

3. El comienzo. La ilusión, hombre, la ilusión. Que empieza un nuevo año, nuevos proyectos, las nuevas temporadas de las series. Como decía antes, para muchos, septiembre es el verdadero comienzo de año nuevo. Piensa en todas las cosas que vienen, todas esas asignaturas, todos esos tomos de apuntes por recopilar para posteriormente estudiar. Qué guay, ¿verdad? Si es que de sólo pensarlo se me saltan las lágrimas :_ )

4. Mitigar el aburrimiento. Reconozcámoslo. Ya nos estábamos aburriendo, al menos un fisquito, de no hacer absolutamente nada. Que sí, que no hemos parado, que nos hemos tirado en paracaídas, leído 3 libros, visto el centenar de películas y series que nos habían recomendado, visto amanecer 4 veces e incluso completado un puzzle de 1000 piezas; pero llega un punto en el que echamos de menos tener la cabeza mínimamente ocupada… ¿No? :_ )

5. Las vueltas. Al igual que se vuelve a nuestra casa de siempre, también se ha de volver a nuestra casa de este momento. Si estudias fuera y has vuelto por vacaciones, te tocará volver de nuevo, y aunque puede sonar triste –y en muchas ocasiones da mucha, pero mucha penica– siempre es emocionante. Volver a ver a tus compañeros de clase, a los del piso, presumir de cierto bronceado por el que llevas luchando todo el verano (pero del que deberás decir: «pues esto nada, de pasear e ir de vez en cuando a la playa :)»)… También está el caso contrario, ver a los que vuelven. La ciudad se llena de nuevo, vuelve la afluencia de personas, y vuelves a no encontrar asiento en el bus. Como véis, casi, casi, CASI, todo ventajas.


¿Veis como tampoco iba a ser todo tan terrible? Espero haberos convencido (y a mí mismo, ya que estamos) y que, tras haber leído estas líneas, la respuesta a la pregunta del título haya cambiado. ¿Preparados para la vuelta al cole? 😀

Eh… bueno. En ese caso, esperamos que os gossséis los últimos días de calorcito y descanso. ¡Hastas prontor!

Venirse arriba en verano

Ha sido ver esto y venirme arriba.

Con la frase: “el verano hace bueno el invierno” se me ocurren varios momentazos en los que seguro, segurísimo tú también te has venido arriba este verano.

¡En el fondo todos somos iguales! Y a todos, nos encanta el postureo veraniego.


El verano es tan pícaro, que nos hace hacer muchas locuras o digamos, tontunas. Atento a esta lista de esos momentazos en los que te has venido arriba:

1. Nos remontamos a febrero. Ése rayo de sol que hace que cualquier español se enfunde sus gafas de sol como arma letal y le nazca la necesidad de sostener en su mano un vaso de tubo/jarra de lo que viene siendo la bebida por excelencia del verano. Una caña fresquitaaaa.  Tranquilos, eso es solo un calentamiento.

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2. El verano es el único que conseguirá que no salgas de casa, sino que ni entres. Pero niña, ¿tú cuándo piensas descansar? O en su variable, ¿tu piensas que esto es un hotel? Te dirá tu madre una y otra y otra vez. Mamá, es un “ahora o nunca”.

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3. Solo en verano bailarás como loca las canciones de Juan Magan y pensarás que es el hit del verano. ¡Esos si que son momentos de venirte a arriba!

4. Desear bañarte desnudo en la playa o apostar con tus amigas quién será la primera en quitarse la parte de arriba del bikini. Un ‘si tu te tiras yo me tiro’ en toda regla. Eso es amor de amigas.

5. Perderte en la montaña pensando que es un planazo alternativo de un domingo de agosto sin nada que hacer. Piensas que es lo mejor que puedas hacer y el domingo por la noche, jurarás que nunca más volverás hacer caso de tus amigas. Uno, por perderte y dos, por las agujetas que tendrás al día siguiente.

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6. Exclusivamente el verano será el único que te hará que te tires 3 meses cenando atún de lata y un huevo cocido para luego poder comer todo el pescaito frito y beber tintos de verano como si no hubiera un mañana.

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7. Vas de feria en feria y fiestas pueblerinas haciendo tontunas varias y conociendo a gente que posiblemente solo volverás a verlos en Facebook cuando suban alguna que otra foto. ¡Y qué super amigos fuistes aquella noche!

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8. Venirse arriba es el último día de curro en la oficina. En la que no puedes evitar sonreír y reír a la vez, pero por nervios. Pensando en realidad en lo que falta por meter en la maleta y volar hacia el paraíso, aunque este esté a 300 km.

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9. Los espejos engañosos del centro comercial de turno. Eso sí que es un venirse arriba cuando te ves tan estupenda en bikini, EL BIKINI. Con el que piensas que todas y sobre todo, todos, se girarán y bajarán sus gafas de sol para contemplarte. Sin saber tú que en la playa lucimos a veces un tanto…

10. Pero si hay un momentazo para venirse arriba en verano, es ese pequeño instante justo antes de disfrutar lo que más deseabas por cumplir este verano. Tan solo unos segundos, pero taaaann bonitos que lloras. Los segundos previos a ver el Empire State, de tirarte en paracaídas, de bañarte por primera vez en la playa en verano, de cruzar la frontera tras 11 horas de viaje en caravana con los amigos. O incluso, de volver a ver a esas personas que tanto hacía que nos os veíais.

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El verano es único, y con el verano, pues eso, nunca se sabe.

 

 

 

La guía definitiva para achicharrarse

El calor, amigos; ¿vale lo que cuesta? Pues no sabría deciros. Anhelado por unos, despreciado por otros… algo así como cuando se elige al actor que interpretará a un superhéroe en su nueva película, para que os hagáis una idea.

A lo largo de la historia se ha hablado mucho sobre el calor, sobre sus usos y aplicaciones, e incluso se han recopilado centenares de consejos para conseguir evitarlo. También, existe una extensa terminología para referirse a él, terminología que podría variar en función de la comunidad autónoma en la que nos encontremos, como por ejemplo la calor, calufo, bochorno, y/o/u el caloret. Todo esto no son más que indicadores de la importancia vital que el calor ha tenido y tiene en nuestras vidas y en la de los demás seres del planeta tierra. No obstante, llega un punto en que agobia, que da no sé qué que te dan ganas de hacer trizas toda tu ropa y salir a la calle vistiendo tan sólo una gasa que tape tus zonas más sensibles, aunque sea de aquella manera.

De lo que hoy vamos a hablaros, es de las leyes que rigen y provocan este fenómeno en nuestra vida cotidiana. No las leyes escritas, no en términos físicos. Iremos más bien a lo básico. Y por qué, os estaréis preguntando mientras os mordéis la uñas a causa de los nervios y expectación que la respuesta os provoca. Pues porque hace calor.

Sí, sé que esto da bastante miedo, me incluyo. Si no os lo llego a decir yo probablemente ni os habríais enterado. La cuestión es que, aprovechando el estío, hemos diseñado una guía para pasar calor. No es que subestime vuestra capacidad de pasar calor por vosotros mismos, pero nunca se sabe. No os llevará mucho tiempo, ya os lo digo yo. Vamos allá:

1. La falta de aire acondicionado. Piuf. El aire acondicionado se disputa junto con la rueda la consideración de mejor invento del ser humano. Sin él (o en su defecto, sin un ventilador), el frescor quedará completamente fuera de tu alcance.

2. Los abrazos. En general, las muestras de afecto que impliquen el contacto físico.

3. La sopa. Gazpacho, alguna cremita fría. Así sí. ¿Pero sopa? Sopa no. Y cuando digo sopa también digo potaje.

4. Tu pie moreno sobre el… granero. La arena –al igual que los graneros– es fantástica, pero quema as hell. As jarl.

5. La rebequita de por si refresca. Por si refresca EL QUÉ, exactamente. Ésa es la verdadera cuestión, la que ha tenido intrigadas a generaciones y generaciones de nietos e hijos. Si no te da calor puesta, te dará calor cargarla. Un win-win que lo llaman.

6. Tu coche tras estar varias horas aparcado bajo el sol. Bienvenido a tu propio infierno personal. 

7. El «manta y peli». Dejémoslo solo en peli.

8. El solazo in the face. Terracita, unas claras, y el solazo en toda la cara. Al principio bien, al cabo de un rato ya no tanto, y el cabo de otro rato ya maldices el #summer, el #sun y #relax a grito pelado mientras la guardia costera te reduce.

9. El movimiento. Véase subir las escaleras, véase echarse una carrerita.

10. Ducharse en una ducha ajena. Probablemente cometamos algún error al ponernos al mando del críptico mecanismo que encierran las duchas que no son la nuestra. Pueden pasar dos cosas; que nos congelemos, o que salgamos ardiendo. Y la segunda es la más común.

11. Salir un momentito. Son las 2 de la tarde, estás a punto de sentarte a comer y tu padre te manda a por el pan. O a por tomate para darle una gracia a la ensalada. Sal valiente, sal. Atraviesa el desierto de asfalto que separa tu dulce hogar de la ventita.

12. Las saunasDefinitivamente, las saunas dan calor. Para eso están, vamos a ver. De no ser así nos encontraríamos en una sauna apagada o estropeada. O en una cabaña de madera con un banco en su interior.


Y así amigos es como, con cosas de andar por casa, podemos pasar un calor aún más terrible.  Desde aquí os recomendamos que hagáis uso sensato de todas estas actividades y que llevéis encima una botella de agua que luego entra la sed y, claro, pasa lo que pasa. Disfrutad, que el verano se nos va :_ ) ¡Aió!

Guía de supervivencia: El Metro

Las rosas son rojas. Las violetas azules. Y viajar en metro, pues qué os voy a contar. Puede ser todo lo que tú quieras que sea, desde que compras el billete hasta que te bajas en la siguiente parada a donde lo has cogido porque te das cuenta de que te has equivocado de dirección. Porque está claro que eso puede pasarle a cualquiera. Incluso 7 veces en el mismo mes porque alguien es nuevo en la ciudad y no está desayunando como es debido, como jamás me ha ocurrido a mí, por ejemplo.

Reconozco que montar en metro puede parecer más bien sencillo, pero no. Parece que sí, pero luego no. Llegas, te compras un billete, cruzas la entrada, buscas qué línea te viene mejor, esperas en el andén y, cuando llega, te subes, entras, lo coges… o bueno, lo que te apetezca. La cuestión es que termine desplazándote, de un modo u otro. De lo que hoy vamos a hablar es de cuáles son las buenas prácticas y recomendaciones de uso de este medio de transporte para no caer en la incertidumbre, el pánico, o al suelo en el peor de los casos (que también puede ocurrir), para así poder incluso, por qué no decirlo, DISFRUTAR el viaje. Y dice así:

Deja salir antes de entrar. Siempre se ha dicho, e incluso juraría que en alguna ocasión he visto carteles que lo aconsejaban. No obstante, no terminamos de interiorizarlo. Y, claro, luego pasa lo que pasa.


– Intenta respirar hacia adentro. Sé que puede resultar complicado por el hecho de que de tu interior no es que emane gran cantidad de oxígeno, pero la otra opción es acudir al festival de olores (e incluso sabores) de todas las mañanas en el vagón, consecuencia de eso de que vamos apretados, que ha empezado el caloret y que algunos somos más de ducharnos por la noche. 


– No mires fijamente a nada ni nadie. Puede que en tu cabeza estés haciendo ojitos con ese chico o chica de ahí, pero tampoco deberías descartar la posibilidad de que la mirada de la otra persona sólo exprese el desconcierto que le provoca que lleves cinco minutos mirándole fijamente. Tampoco es aconsejable, por ejemplo, ponerse a leer el periódico de quien va sentado a tu lado en un arrebato de aburrimiento, porque parece que no se nota, pero sí.


– No participes en peleas por un asiento. En esto de viajar en metro existen una serie de leyes no escritas, como la de que hay que esperar prudentemente unos segundos desde que un asiento se queda libre hasta que te lanzas a por él, pudiéndose complementar dicha espera con un rastreo disimulado y veloz para detectar a otros posibles candidatos que quieran optar al puesto. Si todo va bien, el sitio es tuyo. Si algo no va tan bien, déjalo ir. No merece la pena. 


– Pégate a la rendija, que ahí da el airecito. Ya que mencionábamos antes el tema del calor infernal que ha invadido las ciudades de nuestro país en las últimas semanas, habría que decir también que ahora, con el verano, ir en metro se convierte en una aventura aún más interesante. PERO, hay un truquillo. ¿Ves esa rendija de ahí? Pégate a ella. Te proporcionará frescor. Si está el aire encendido, claro.


Cuidado con los acelerones finales. En ocasiones, cuando oímos el sonido del tren llegando a nuestro andén –estando nosotros al otro lado de la estación– nos venimos arriba y nos marcamos como objetivo (más o menos realista) llegar. Pillarlo. No dejar que se nos escape. Porque esos vagones contienen nuestros sueños y vamos a luchar por ello, y cosas así, muy locas. La cuestión es que tal hazaña no siempre encuentra final feliz, y es que normalmente terminan contigo echando una mirada de decepción a los viajeros, que te devuelven una sonrisa condescendiente donde casi puede leerse “no te preocupes, lo importante es participar”. Eso si no terminas dándote un leñazo contra la puerta, que ésa es otra. 


Estación en curva. Al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén”. Creo que la frase habla por sí misma. Éste es, probablemente, el conjunto de palabras mejor escogidas de nuestra era. Prestad atención a donde pisáis, truhanes.


Memoriza en qué vagón subirte para pararte justo en frente de tu salida. Éste es un consejo de nivel experto, característico de alguien que ya sabe lo que hay. También es una de las expresiones más bellas de la pereza humana. Optimización del tiempo, que lo llaman en Europa. 


Las desventajas de llevar gafas

Bienvenidos amigos de la miopía, hipermetropía, astigmatismo, y demases pías e ismos que nos hacen ver regular. Hoy vamos a hablar de esos pequeños seres llenos de bondad que son las gafas de vista; un pequeño montículo de montura y cristal del que, en algunos casos, es casi imposible separarse. Al menos casi imposible sin que al cabo de un rato paseando aparezcas en una ciudad distinta, o des algunos abrazos a desconocidos que jamás te lo pidieron. Así es como se cambia el transcurso de una vida, saliendo a la calle sin llevar encima nada más que tus sueños y un montón de dioptrías.

Las gafas pueden ser de pasta, de hierro, redondas, rectangulares, montura al aire, modelo clásico, o de diseño más imaginativo. Una para cada rostro, ahí están, esperándonos en nuestra óptica más cercana. Evidentemente, a día de hoy llevar gafas no supone el martirio que era hace algunas décadas. Antes sí era más complicadete, cuando no eran especialmente cómodas. Ni especialmente bonitas, tampoco. Actualmente podríamos decir incluso que portarlas te da cierto toque de elegancia y distinción. No obstante, llevar gafas no mola tanto como puede parecer, y os vamos a contar por qué. Esperad, que nos aclaramos la garganta. Jm, jjjm. Vamos allá:


— Saludar a un semejante –

Hablamos del momento exacto en que tú (que llevas gafas de vista), saludas con dos besos a otra persona (que también las lleva). En entonces cuando se produce un leve e incómodo choque aparatoso entre ambos artefactos que, bueno, resta cierta naturalidad al saludo. También, derivado del choque entre ambas gafas, se producen efectos sonoros que pueden hacer pensar a los saludadores y a los que le rodean que en algún lugar cercano se está librando un combate de esgrima.


— No recuerdo haberme mudado a Silent Hill —

Ocurre que a veces (por ejemplo, cuando hace frío y entras de pronto en un lugar con calefacción, o te llevas a la cara una taza de café humeante) se te queda la vista como si estuvieras viendo a través de la mampara de la ducha. No te preocupes si eres nuevo, es lo habitual. Puede ser que la persona con la que establezcas contacto visual inmediatamente después no te tome demasiado en serio, pero se pasa en seguida.


— Cuando te quitas las gafas —

Suele darse cuando alguien te dice que te quites la gafas, o cuando tú te las quitas por tu propio pie con la intención de limpiarlas o, quién sabe, tal vez darle un poco de emoción a la jornada. Normalmente a la otra persona se le cambia un poco la cara, adoptando una expresión un tanto extraña que oscila entre el desconcierto y… el desconcierto. Luego se suceden las frases como «pero qué raro estás», «parece que tienes los ojos más pequeños», o la clásica, punzante, directa y cargada de sinceridad: «NO TE LAS VUELVAS A QUITAR JAMÁS». Bueno, aunque también puede pasar que alguien sugiera que estás mejor sin ellas. Pueser.


— Cuando te quitas las gafas Y SE LAS PONE OTRO —

«¡Tío! ¡No ves nada!» Bueno, ése es uno de los principales motivos por los que el oftalmólogo decidió que las llevara, pero es un apunte que nunca está de más recordar.


— Tumbarte de lado en el sofá —

Sí, sé lo frustrante que es. Tras años y años de severos intentos, nunca he sido capaz de tumbarme a ver la tele llevando las gafas y conservar la integridad. Se te mueven, se te aplastan, se te clavan, o directamente se te rompen… :_ )


— Ir a ver una peli en 3D —

Si tienes falta de vista y quieres ir a ver una película en 3D al cine no te queda más remedio que armar tu propio Transformer intentando combinar ambas gafas para conseguir una estructura más o menos resulta.


— El camino que recorres desde la cama hasta otros lugares —

Es muy probable que si te levantas de madrugada para ir al baño no te lleves las gafas contigo. Por qué, si no ves ná, te preguntarás. Pues porque mira, no hace falta, si va a ser un momento. Lo que pasa es que comúnmente estando medio dormidos nos envalentonamos, nos venimos arriba y pensamos que claro que sí, que qué va a pasar. Luego vienen los ayayayeises cuando nos damos contra la pata de la cama, nos chocamos contra la mesita de café, u orinamos en una maceta.


— El dedazo —

Ésta es, sin duda alguna, una de las que más nos saca de quicio a los que las llevamos. Vas a colocarte las gafas, que por esto del calor están escurridizas, y sin quererlo lo has hecho. Te has plantado todo el DEDAZO en el cristal. Normalmente ocurre cuando acabas de limpiarlas, como cuando lavas el coche y llueve tierra. Aunque también puede ser que te hayas marcado ya tantos dedazos que todo te dé igual y optes por sacrificar ver las cosas a color.


Éstas son, amigos, algunas de las pequeñas desventajas que supone llevar gafas, sin olvidar todas las cosas buenas que reportan, que son un montón. Muchas más. De hecho creo, y estaréis de acuerdo conmigo, que sólo por poder hacer este gesto ante un giro inesperado de los acontecimientos, llevar gafas ya compensa:

¡Hasta pronto!

¿Es ‘Allí­ Abajo’ la comedia española del año?

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Desde el final de Aquí­ no hay quien viva, Antena 3 ha intentado volver a repetir el éxito en un género que se le resiste. Sus dramas suelen estar acompañados del respaldo de la audiencia pero no ocurre lo mismo con sus series de humor. La última comedia que ha estrenado, Algo que celebrar, no ha pasado de la primera temporada.

Allí­ abajo viene precedida del éxito de Ocho Apellidos Vascos. Las comparaciones son odiosas, así­ que nos hemos propuesto hacer un repaso por otras comedias de las que deberí­a beber Allí­ Abajo para tener éxito y alejarse de la sombra de la pelí­cula.


You´re the worst

You're the worst

Hay polos opuestos que se atraen. Y hay personas que son tan para cual y, aún así­, deciden embarcarse en una relación. Este es el caso de los protagonistas de You´re the worst, una comedia que arranca tras una noche de sexo y confesiones y que nos descubre a una pareja de protagonistas cuya quí­mica es apabullante. La complicidad entre los dos, el sentido de humor de ambos y la batalla de sexos la convierten en una comedia deliciosa.

Nota: Una historia de amor en clave de humor y una dinámica muy trabajada desde el guión.


El chiringuito de Pepe

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Ha sido el fenómeno televisivo del verano. Sus personajes incluso dieron las campanadas este año en Telecinco. Ambientada en un restaurante y una cocina, la serie cuenta con un tándem de protagonistas que funciona muy bien. Además, El chiringuito de Pepe es una ficción luminosa, con unos planos ní­tidos y que respira buenrollismo. Una serie muy agradable de ver.

Nota: Fotografí­a cuidada que transmita cercaní­a y localizaciones cuidadas que huyen del plató.


La que se avecina

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La comedia ha logrado separarse del parecido razonable con su predecesora, Aquí­ no hay quien viva, y se ha convertido en uno de los grandes éxitos de la televisión en España. La fórmula se ha basado en tramas grotescas, situaciones hilarantes y en unas historias que van más allá de las paredes del edificio. Una excelente opción para desconectar del dí­a a dí­a.

Nota: No se trata de hacer un chiste por frase, se necesita una historia.


Modern Family

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La familia es el pilar de esta serie. Un divertido retrato de la familia moderna en formato de falso documental y basado en el sentido del humor. Su brillante piloto estableció a la perfección el tono de la serie y dio paso a entrañables momentos protagonizados por los geniales Pritchett-Delgado, Pritchett-Tucket y los Dunphy. Tres familias que tendrán que salvar la distancia generacional y cultural que los separa. Una sitcom para disfrutar solo o en familia.

Nota: Un primer episodio potente que nos abra el apetito y nos deje con ganas de más.


Doctor Mateo

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Las aventuras y desventuras de un cirujano que deja atrás su vida en Nueva York para reconvertirse en el médico de San Martí­n del Sella y sus enfrentamientos con unos vecinos muy particulares, fueron la premisa de esta serie. La serie descansaba en la fuerte personalidad de su protagonista, un reparto de calidad, sus paisajes y en una idea original que se adaptó muy bien. Una serie a tener en cuenta a pesar de que en la última temporada perdió parte de su magia.

Nota: Nivel artí­stico. Protagonistas con gracia y empáticos con el espectador.


La nueva comedia de Antena 3 cuenta la historia de Iñaki, un cuarentón que regenta un bar y que solo ha salido de Euskadi para echar gasolina barata en Francia. Vive con su madre, Maritxu, una mujer absorbente y dominante que le obliga a acompañarla a Sevilla en un viaje del Imserso. Una vez llega al Sur, su vida cambiará para siempre cuando conoce a Carmen. Las diferencias culturales entre vascos y andaluces darán forma a la nueva comedia.

La audiencia ya ha hablado. Antena 3 ha acertado de pleno con esta serie de humor. Además, las crí­ticas la avalan.

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