Cómo (sobre)vivir sin móvil y poder contarlo

Paciente: María Vidal

Consulta: nº1

Fecha: 14/07/2016

(Transcripción confidencial de la sesión)

¿Cómo sucedieron los hechos?

No lo recuerdo exactamente, todo ocurrió muy rápido. Solo sé que los 5 segundos que esperé antes de darle la vuelta al móvil -una vez se suicidó desde mis manos- fueron los más largos de mi vida. Y fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que la cantidad y la dimensión de las grietas eran directamente proporcionales a las veces que se me había caído anteriormente pero sin ningún tipo de rasguño. Rápidamente me hice a la idea: se había ido, era joven (tan joven como para vivir un año más pero tan viejo como para no entrar en garantía) pero la vida debía continuar.

Supongo que fue un golpe muy duro. ¿En quién buscaste apoyo?

(Obviaré lo que dije respecto a ese comentario sin maldad, pero que en esos momentos sensibles dolió mucho) Traté de dar señales de vida a mi familia por mensaje privado de Facebook, lo juro. Hasta que me llegó una notificación de mi madre en mi tablón: “Hola cariño, ¿qué tal ha ido el día?”. Y ahí perdí todas las esperanzas. Por esa razón, básicamente me apoyé en mis amigos, que se molestaban en hacerme un resumen ejecutivo de todas las chorradas anécdotas que se habían hablado por el interesante grupo de “Noche de chicas”, creado el 6 de julio del 2011. Al final conseguí hacerme inmune a todos los chistes fáciles referentes a mi no-existente móvil. Empecé a jugar a “Cada vez que hagan una bromita fácil, chupito”. Y tema solucionado.

¿Qué has aprendido?

Idiomas. Sí, sí… como te lo cuento. Dicen que si tienes conexión a Internet puedes estar en el baño una media de 30-40 minutos. Pues yo he aprovechado todos mis momentos “All-Bran” para hacer lo de toda la vida, antes de que el wifi y los datos móviles aparecieran: leer los componentes, normas de uso y avisos importantes del champú. Y claro, al final una se va familiarizando con el inglés, el francés o el ruso. Y no quiero chulear, pero ya soy capaz de hacer los sudokus de nivel difícil casi con los ojos cerrados. ¡Chupaos esa, repartidores de WC-likes!

¿En qué momento te viniste más abajo? ¿Y cómo reaccionaste?

Cuando me di cuenta que lo que más echaba de menos era el despertador. ¿Cómo me iba a levantar sin las 5 alarmas que tenía programadas cada 10 minutos? Total, un drama. El primer día llegué tarde a trabajar; el segundo le pedí a mi compañera de piso que me diera un toque; y el tercero fui al chino a comprar un despertador, de esos con pilas, que se programan con una ruedecita que nunca sabes la hora exacta a la que va a sonar y que no puedes posponer. ¿Te puedes creer que a partir de ese día empecé a llegar la primera a la oficina? Qué locura de invento esto del despertador de mesilla.

¿Qué aspectos positivos sacas de esta experiencia traumática?

La verdad es que cuando realmente piensas en todo lo que te libras por no tener móvil, por un momento, te alegras de esa caída que lo dejó K.O. Nada de whatsapps de tu madre en los que se pasa media hora “Escribiendo…” para luego mandarte un simple “Hola”, ni rastro de las fotos posturetis dándote envidia (corazón que no ve, corazón que no siente) ni de la tensión constante por quedarte sin batería.

¡Ah! Y caminar con la cabeza bien alta, no por estar orgulloso de haber sobrevivido sin móvil, sino porque ya no andas cual zombie mientras actualizas tu estado por la calle.

Pues va a ser que lo llevo bastante bien, ¿no le parece, Doctor? Creo que estoy curada. Le mandaré una paloma mensajera si necesito otra sesión.

Cuando se te cae el móvil y ves tu vida pasar

La pareja perfecta: tu móvil y tú. Nunca antes habías querido a un objeto inanimado tanto como quieres a tu móvil, a la extensión de tu brazo, lo primero que miras por la mañana al despertarte y lo último antes de cerrar los ojos al acostarte. Con él vives en un paraíso que tiene como banda sonora Juntos de Paloma San Basilio: lo vuestro es un romance como ningún otro.


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Pero, de forma inesperada, mientras estáis juntos viviendo un momento perfecto, se desliza entre tus manos (que de pronto se han vuelto de mantequilla y son incapaces de sostenerlo) y se aproxima a estrellarse contra el suelo.

Mundo cruel.

Tu regocijo se transforma en un drama y el tiempo pasa a cámara lenta. Ahora te has convertido en Céline Dion y gritas con furia porque, lamentablemente, no puedes hacer nada para evitar que tu amado móvil sufra una estrepitosa caída.


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Miles de pensamientos se acumulan en tu cabeza mientras suena una balada, la banda sonora de tu vida se ha vuelto gris.

«Mierda».

«Cuánto tiempo hace que tengo este móvil».

«Cuánto dinero tengo en la cuenta».

«Cómo puedo explicar que no se ha roto por mi culpa».

«Tendría que haber contratado un seguro».

«Por favor, que no caiga boca abajo».

Pobre inocente, tú que piensas que la ley de Murphy no te va a afectar, y que tu bien más preciado va a caer boca arriba y ni un milímetro de su reluciente pantalla va a verse afectado.

Por supuesto que no, el móvil siempre cae boca abajo.

móvil

Mientras te agachas a recogerlo, rezas a todos los dioses que conoces y sudas más que aquella vez que te metiste a probar la clase de spinning. Aquí pueden ocurrir dos cosas sin importar la altura desde la que se caiga el móvil:

1. Que te quede alguna vida por gastar y el móvil esté intacto. En este caso da las gracias, recoge tu móvil y aléjate con cuidado, protegiéndolo con tu vida si es necesario.


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2. Que el karma te castigue por tus malas acciones y ahora la pantalla de tu móvil se haya dividido en mil partes. Haberlo pensado antes, ya no hay nada que hacer, pero no perderás el optimismo e intentarás utilizar la pantalla rota hasta que te cortes un dedo y no quede más remedio que arreglarla.

Jurarás que la próxima vez tendrás más cuidado.

Pero todos sabemos que no lo tendrás.

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Caminante Adicto al móvil, no hay camino

Caminante no hay camino, porque te vas a chocar contra una farola si sigues mirando para el móvil. Que seguro que eres un temerario de esos que hasta cruza la calle respondiendo whatsapps. Y a este paso de los que mirarán a través de la cámara del móvil a ver si vienen coches.

A ver, zombiewalker… seguro que tu whatsapp no se descompondrá si esperas un ratito a contestar. O, por lo menos, intenta no comerte a todos los viandantes con los que te cruces. Por cierto… ¿te ha sorprendido alguna palabra de este último párrafo? (Si es ‘viandantes’, descárgate un diccionario ya) No me la he inventado. El “zombiewalking” ya se le ocurrió a otro, y viene siendo esa postura de brazos encogidos sosteniendo un móvil, ojos clavados en la pantalla y caminar firme, se choque contra quien se choque. Deambulando ajenos a la vida exterior a su móvil, con paso decidido y lento. Siendo un incordio como peatones, vamos.

La realidad ha muerto. Al menos toda la que no quepa en un móvil. Ya no se lleva eso de caminar viendo los edificios, cruzando miradas con la gente o intentando no colisionar contra todo ser o elemento que se cruce en el camino. Se lleva el retransmitir cada paso para tu comunidad de followers, ir haciendo un like en Instagram cada dos pasos, y gestionar conversaciones de whatsapp nivel experto. Que total, la calle va a estar ahí mañana igual que hoy, y es necesario comentar que ‘el capítulo de ayer fue bastante flojo, a ver qué tal la semana que viene’.

Se lleva el móvil en el gimnasio. Y por aquí no, señores. Por aquí no paso. No me vale la excusa de que tienes la tabla de ejercicio en el móvil, ni de que vas cambiando de canción en la lista “motivación en el gym”. Que los pulgares los mueves a velocidad de rayo, pero le puedes dar un poquito más de caña a la elíptica si tal. Hecho real: recientemente en una clase de spinning del gimnasio el profesor ha pedido que los asistentes estén menos pendientes del móvil. Y mientras tanto, 15 fotos de la bici desde arriba se subían a Instagram. Calorías quemadas < likes logrados.

Lo que tienes pegado a la mano es un teléfono móvil. Nació para comunicarse y va camino de fusionarse con tu ser. No vaya a ser que cuando vayas al baño encuentres una revista y te cortes con el papel. O que si no lo miras cada 100 metros, te pierdas un anuncio de vital importancia de un amigo. Como que se acaba de comprar una funda para su móvil por 4 euros. Qué se yo.

Estas chicas parecen felices y no tienen un smartphone

Hay algo que me divierte de todo esto. Allá donde haya un zombiewalker, estaré yo jugando a caminar en línea recta mirándolo fijamente.  No se enterará (a no ser que tenga una de estas apps -¿hacia dónde se dirige la humanidad?- que te permiten ver lo que hay detrás de tu móvil). Y ahí es donde actúo yo con mi superpoder: caminar a propósito hacia ese ser, sin apartarme hasta el momento final. A ver si reacciona y microinfarta. Y a ver quién se aparta primero. Que se atreva a mirarme mal, que descargaré toda mi ira en un post.

¿Sabéis cómo se le llama también a los zombiewalkers? Dumbwalkers. Que, dumb, para los que no seguíais Magic English, es ‘tonto’ en inglés.

Nota: es posible que la autora de este artículo haya sufrido en un mismo día dos choques inesperados contra estos seres. Ella no tenía la culpa. Ella sólo quería caminar por la calle, porque no le quedaba batería en el móvil. (Pero lo del gimnasio sí que no se justifica)

¡La funda de mi smartphone mola mucho!

Funda Chanel

Nos vestimos de una manera determinada sin darnos cuenta (o sí), reivindicando nuestro estilo ante los demás. Ya sea siguiendo las tendencias, siendo fanático de lo vintage o de cualquier otra temática, vistes tu cuerpo con total personalidad. Pero estamos en una época en la que necesitamos tener lo último de lo último y esto se ha trasladado al campo de la tecnología.

¿Amantes de Samsung? ¿Amantes de Apple? Al igual que un bolso o unos zapatos, hoy en día los smartphone se han convertido en un objeto que te posiciona. Dependiendo de la marca o el modelo que tengas, serás una persona a la moda o no. Es marquismo, sí, es clasicismo, también, pero reconozcámoslo, la sociedad actual es así. Cuando compramos un smartphone de última generación, la siguiente compra que hacemos siempre es la de la funda. Las que encontramos hoy no tienen nada que ver con las de antes, grises y básicas.

Los diseñadores no se iban a quedar atrás y ya han subido a sus pasarelas fundas para vestir a nuestros móviles con diseños de lujo. Diferénciate del resto 😉

LANVIN

LANVIN

FENDI

Karl Lagerfeld funda móvil

DOLCE & GABBANA

Dolce & Gabbana iPhone

CHIARA FERRAGNI

Chiarra Ferragni móvil

MOSCHINO

Moschino iPhone

GUCCI

funda móvil gucci

DSQUARED2

Dsquared 2 iphone

MY LITTLE PONY

my little pony

¿Eres un vago 2.0?

pereza, pereza 2.0

Hay una nueva pereza en el mundo, señores. Dicen (alguien lo dirá, que la gente habla mucho) que la tecnología nos hace más vagos: no tenemos que hacer tantos esfuerzos físicos y nos facilita muchas tareas diarias. Hacemos la compra por Internet, tenemos toda la información que necesitamos en el móvil y ni hacemos cola para entrar en el cine. Tanto que nos da la tecnología, y tan poco que le devuelven algunos, con sus bandejas de entrada con 1.075 mails sin leer, la versión del sistema operativo del móvil de cuando los móviles tenían tapita, y sin salir de grupos de Whatsapp para cumpleaños de hace 5 meses.

Pereza20

Debe ser que hay un obstáculo ideológico que impide a algunas personas leer los mails para que no se acumulen. Eso, o que se ven incapaces de darse de baja de tantas newsletters porque les recuerdan a algo especial. Y claro, es imposible parar la ola de mails de depilación láser en Teruel, porque darle al botón “Darse de baja” es una traición.

Gestionad vuestros buzones. Actualizad las versiones de las apps. Por favor. Hacedlo por esos amigos y familia que cada vez que ven que tenéis 2.734 whatsapps sin leer piensan que estáis enfadados con el mundo. Que tu ordenador no tiene la culpa de que te guste guardar la “versión final” de un documento, la “versión definitiva”, la “finalísima”, la “finaaaaal” y por si acaso, la “versión finalfinal”…

Venga, sácate la venda de los ojos. No sé a qué estás esperando.

8 evidencias de que tu móvil te ha poseído

¿Hay vida sin móvil? Este es -obvia y rotundamente- uno de los grandes enigmas de nuestros tiempos. Tanto tanto que es casi más sencillo y da menos miedo tratar temas como el de padecer una posesión demoníaca ‘smartphónica’. Hemos recopilado una serie de evidencias que te ayudaran a comprenderte, que no a sanar…

1. Si te olvidas el móvil, no te enfadas, sufres espasmos

Sí, nuestra cabeza y costumbre nos hacen creer que pasamos por un episodio transitorio de enfado e ira y que responde a razones coherentes. Pero no. Son espasmos de posesión: aumenta la sudoración y la salivación, baja la tensión, se agolpan las palabras -en lenguas muertas incluso- y se apodera de nuestro ser síntomas del mono más feroz.

2. Consultas tu smartphone tres veces por minuto

¡Como mínimo! ¿Sabéis lo que esto supone? Que, imaginemos que estamos despiertos unas 15 horas al día, se pueden llegar a mirar el móvil unas 2.880 veces… Giramos tantas veces la cabeza que, aunque no lo sepáis, estamos preparando el cuello para despertar cualquier noche haciendo rotar la cabeza a la voz de «mira lo que hace el guarro de tu móvil» sin rompernos una uña.

3. Nunca apagas el móvil y de noche carga a tu lado…

¿A que hace mucho que no recuerdas lo que has soñado? Es el móvil. Chupa tus sueños y estos alimentan tus aplicaciones más adictivas. Pero no temas, te desvelamos lo que ocurre en tu fase REM: los temas centrales de tus conversaciones de Whatsapp se vinculan a las fotografías a las que has dado like en Facebook e Instagram y acabas volando junto a cientos de pajarillos azules tuiteros sorteando joyas y caramelos del Candy Crush. No hay más. Y así todos los días.

4. Vistes y tratas a tu móvil como a un perrete de Paris Hilton

Le tratas como a un ser vivo. Eso sí, indefenso y muy kitchs. Eres capaz de combinar carcasas con color de calcetín o plantarle brillos y gomas de tamaños inhumanos que te obligan a llevarlos en la mano porque no hay bolso que los resista. ¡Un objeto que decide por ti y no te das ni cuenta!

5. Has intentado pasar un fin de semana sin él y te ha convencido de que vuelvas

No le hace falta hablar. Al menos con palabras en voz alta. Pero ha entrado (sueño a sueño, noche a noche) en tu cabeza y dirige tus pasos. Se hace indispensable y siempre tiene una excusa para su uso: consultar el clima, ver alguna dirección, localizar el restaurante de moda… ¡Pero si cuenta hasta tus latidos, alma de cántaro! ¡Inconsciente!

6. Te despierta, te alerta de tus citas y las horas de la pastilla

Vale. Estamos perdidos. Es autosuficiente, se alimenta de la información que le damos a diestro y siniestro, lo sincroniza todo, hasta los pensamientos con los calendarios y alarmas… Cualquier día hace que te retrases, te cambia la hora de la cita con el hombre o la mujer de tu vida para que nunca le abandones o te confunde hasta que dejas de tomarte la píldora y das al mundo un nuevo humano que, por cierto, recibirá ya en la babyboom en su honor un móvil… ¡Nuestra perpetuación es la suya!

7. Estar a solas ya no es a solas

Si esperas, si estudias, si viajas, si discutes, si te ausentas, si respiras, si buscas, si encuentras, si vas, si vuelves, si corres, si compras, si vendes, si fotografías, si escuchas música… Hagas lo que hagas ahí está él.

8. Piensas que pones cara de emoticono

Te identificas con los emoticonos. Crees realmente que tú pones esas caras cuando hablas con alguien. Estás realmente fatal.

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Los 7 males de convivir con el móvil

Adicción al móvil.

¡Ahora sí­ que tiene sentido decir aquello de «me entran los siete males»! Y más que deberí­a de entrarte (entrarnos), como mí­nimo algo de vergí¼enza… Porque la cosa tiene delito. Ahí­ van algunas de las enfermedades o dolencias que vienen aparejadas con nuestra dependencia, en una u otra medida, de vivir pegados a nuestros móviles:

1. FOMO

Siglas de Fear of Missing Out, o lo que es lo mismo, el miedo atroz a perderte algo. «¿Qué estará pasando? ¿Me habrán llamado? ¿Me habrán escrito?». Seguro que todos habéis sentido el vértigo que se ha transformado inmediatamente en mala leche por haber despistado el móvil. Y no se trata tanto de la sensación de haber perdido un bien preciado o necesario (como tantas otras cosas, como el monedero, el DNI, las llaves…). No, se trata de ese matiz añadido, de miedo real porque se rompa el hilo invisible que nos une a nuestros dispositivos móviles y nos mantienen en contacto con el mundo a través de nuestras identidades virtuales, como si el mundo real no existiera sin ellos y no estuviera precisamente allá donde vamos con o sin móvil. Esta es una cuestión preocupante llevada al extremo y que ya tiene nombre entre los psicoterapeutas.

2. NOMOFOBIA

Ahora sí­, de esta forma se denomina a la ansiedad provocada por la ausencia del móvil en sí­ mismo por los trastornos que provoca a nivel personal o laboral y que repercute en el estado de ánimo generalizado. Esta rareza con vinculaciones psicológicas, como en el caso anterior, proviene de la expresión inglesa No mobile phone phobia.

 

3. PHUBBING

Permitir que el móvil sea un comensal más, parte de una pareja, uno más en el grupo de amigos… Es decir, la inercia cada vez más incontrolable de hacer partí­cipe de cualquier situación social de nuestros móviles, en cualquier tipo de reunión que no tenga su presencia justificada. Sí­ la tendrí­a en una comida de trabajo, pero no deberí­a tenerla en una tarde de café con amigos.

El problema, derivado de las ventajas que aportan la evolución de la tecnologí­a -curiosa ironí­a-, es que en el móvil lo llevamos todo: teléfono, agenda, correo electrónico, juegos, cámara de fotos, alarmas, bloc de notas, reloj… Con todos estos elementos que nos facilitan la vida en tan pequeño espacio y peso, mirar cada pocos minutos la pantalla es una constante, haya o no más personas delante, con o sin la certeza de estar siendo maleducados.

De hecho, cuando no existe una necesidad por cuestiones laborales, familiares o de mantenerse informado de algo de real importancia, se recomienda espaciar la consulta del móvil. Y no sólo por una cuestión social y psicológica, también fí­sica (para evitar sequedad ocular, visión doble, irritación, dolores de cuello y cabeza…).

4. VIBRANXIETY O RINGXIETY

¿Te ha parecido alguna vez que sonaba el teléfono, vibraba o tení­as alguna notificación en forma de luz? Pues estos son los nombres que se le da a esa invención de nuestros cerebros que suele acabar en una sensación de desconcierto y también de nerviosismo. Y no tanto porque uno no comprenda cómo ha podido ver o sentir lo que no ha ocurrido, sino porque le despierta la necesidad de que aquello que espera ocurra y puede que nunca llegue.

5. WHATSAPPITIS O SíNDROME DEL TíšNEL CARPIANO

Tirones, rampas, dedos dormidos, agarrotamiento de las falanges, insensibilidad y propiamente el sí­ndrome del túnel carpiano. Son efectos de estar todo el dí­a dándole a la tecla, más bien ya a la pantalla. Dominar los gestos asociados a escribir en nuestros móviles no significa estar a salvo de dolores que en según que casos pueden llegar a traducirse en verdaderas dolencias que requieren tratamiento, como ingesta de medicamentos e inmovilización de los dedos. Ojocuidao a pasarnos de activos.

6. PORTALITIS

Lo necesites o no, allá vas con tu móvil, tu tablet, tu portátil… Nunca se sabe, ¿verdad? Pues esto también tiene una denominación, portalitis. Y no sólo esto, sino todo lo que lo complementa: cargadores, el dichoso palo de selfie, fundas, cables y un sinfí­n de posibilidades que convierten bolsillos y bolsos en moles. Muy buenas para la espalda, por cierto.

7. CIBERADICCIí“N

La necesidad de conectarse a internet constantemente, a un paso de poder abrir el cerebro a las redes wifi y conectarnos directamente a las redes sociales, la información que circula en ellas y medios de comunicación a tiempo real. También si está relacionado con actividades de ocio, como puede ser el uso de videojuegos, visualización de series o ví­deos o escuchar música dependientes de la conexión a la red. ¿Eres capaz de pasar más de tres dí­as sin hacer algo de esto o si te falta te pones como estos tres?

¿De verdad os creéis aquello que nos decimos tanto de «cuando quiera lo dejo»? ¿Que podéis controlar la magnitud de la incursión de las nuevas tecnologí­as en nuestras vidas? Es un contrasentido que los avances en un terreno nos generen retrocesos en otros, pero así­ está resultando. ¿Sufres de algunos de estos males? Yo creo que de todos.

Protocolo en la mesa: la mala educación del adicto al móvil

Sepan ustedes que hay algo peor que hablar con la boca llena. Sepan que están atentando contra las reglas de protocolo cuando utilizan sus teléfonos móviles en la mesa. Hacer fotografí­as, enviar o leer mails y mensajes, compartir información en redes sociales, recibir o realizar llamadas… Cualquier interactuación con su dispositivo móvil es de mala educación, una falta de respeto hacia el resto de comensales y, por extensión, a los presentes en la sala o restaurante donde se hallen. 

Posar el móvil sobre la mesa, con o sin volumen, se asemeja según las claves de urbanidad a depositar cualquier otro objeto más o menos privado que portemos con nosotros. Serí­a como colocar compresas junto a los cubiertos, un pañuelo usado flanqueando el plato, una lentilla en la cuchara de postre o la prótesis dental en la copa de vino. Cometer tal insensatez deja al descubierto que es un adicto al móvil…

Familia con móviles y tablets en la mesa.

Hombres, mujeres y los de la otra mesa

Rizando el rizo, los hombres deberán colocar sus teléfonos en vibración en el bolsillo interno de sus chaquetas y las mujeres en el bolso. Y solo cabe una excepción para tenerlo cerca (y con vibración o volumen a medio gas): explicando a los compañeros de mesa que se espera una llamada muy importante y, además, pidiendo permiso para atenderla. ¡Ojo! Tampoco se emocionen contando de qué se trata esa urgencia porque tampoco está especialmente bien considerada la indiscreción.

Cuando se produzca esa llamada, por cierto, el protagonista de la incómoda escena debe ausentarse pidiendo disculpas nuevamente y mantener la conversación en un lugar donde no interfiera la conversación del grupo ni sea escuchada la propia por el resto de presentes en el entorno. Según reza el protocolo, a nadie le incumbe ni le tiene por qué resultar interesante la vida de otro -mucho menos si es un maleducado, por supuesto-.

No hay costumbre que valga

Lo lamentamos, esta no es una cuestión que difiera según paí­ses como así­ ocurre con algunas costumbres en la mesa (como sorber en Japón, no usar tenedor en Tailandia más que para arrastrar alimentos, no tocar la comida basura con las manos en Chile, eructar y dejar restos en el plato en China o no pedir sal o pimienta en Portugal si no están previamente expuestas…).

¡Eso sí­! Si el entorno que nos ocupa es una reunión de negocios y el momento de la comida o cena es una excusa (aprovechamiento de la única hora que era posible la cita, por ejemplo), los elementos estarán al servicio de la misma. En este caso no es una falta de respeto ni se considera que sea un adicto al móvil.

Bien, llegados a este punto, nos asalta una duda: si existen contextos en que todos los reunidos se permiten utilizar los smartphones y otros dispositivos, ¿no serí­a aceptable en otros casos? ¿no serí­a el caso de los negocios extrapolable a una reunión desenfadada entre amigos? Es decir, si todos los presentes usan móvil para todo, hacer fotos de lo que comen para subirlas a Instagram, hacen checking en un local y lo cuentan por Twitter, enví­an whatsapps a los que faltan o con alguien con quien tengan un tonteo… ¿tampoco se puede? Pues bien, solo con que a uno de los presentes le molestara, la respuesta es no.

Enfermos de phubbing y nomofobia

A estas alturas del texto casi todos estarán con sus manos en la cabeza (especialmente ese más del 81% de usuarios que lo mantiene encendido durante todo el dí­a, según un estudio de OfCom). Pues sepan ustedes también que están gravemente enfermos de phubbing y muy probablemente de nomofobia.

El phubbing (palabra surgida de la suma de phone y snubbing) se traduce directamente en menospreciar a las personas que nos hacen compañí­a usando el smartphone. Es más, la corriente que ha acuñado el término apela a aquello de «el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento». Si alguien no es consciente de la falta o no conoce el protocolo, no le libera de resultar maleducado.

El movimiento en contra del uso de móviles en la mesa y otros entornos (como teatros, cines, restaurantes y hasta autobuses) culminó hace hace algo más de dos años en la web stopphubbing.com con cerca de 29.000 seguidores en la fanpage de Facebook y con 38.000 votos a favor de cortar las alas a la mala educación… La web, incluso, brinda la posibilidad de personalizar una carta y enviarla directamente a aquellos amigos y conocidos con el propósito de concienciarles.

Muchos restaurantes a lo largo del mundo han apostado por diseñar manteles con bolsillos o dibujos delineados donde depositar los móviles durante los ágapes. Pero lo cierto es que la inmensa mayorí­a apuesta por el cliente con larga y productiva vida virtual, aquel que compagina su vida social con su vida en las redes sociales. Así­, wifi gratuito y público y puertos usb y enchufes para la recarga de baterí­a están a la orden del dí­a. Cada vez más.

Pero esta permisividad, esta condescendencia a saltarnos el protocolo con total impunidad, ¿dónde nos lleva? ¿A este bol anti-soledad?:

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A priori nos lleva a la nomofobia. Esto es, a sufrir de desasosiego, ansiedad, jaqueca, enfado, bloqueo mental, social y laboral y hasta desarrollo de sentimiento de culpa y pérdida de autoestima en caso de quedarnos sin móvil. Si lo dejamos en casa por descuido y estamos obligados a desenvolvernos durante el resto del dí­a sin él, si lo perdemos, si nos quedamos sin baterí­a y sin opción de recarga a la vista, si se estropea… ¡Es un adicto al móvil!

Si lo analizamos, asusta. Así­ que por protocolo o por salud, ¿no intentarí­an ustedes al menos una vez al mes a probar aparcar el móvil? ¡No lo dejen en casa, no lo apaguen, no hace falta ser tan radicales! Probemos a dejarlo en el bolsillo o bolso y, quién sabe, igual descubren sabores nuevos o que aquel chico nuevo en el grupo tiene los ojos bonitos o aquella chica sonrí­e cuando le mira.

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7 fundas de móvil para molar

Desde hace ya algún tiempo, nuestra posesión más preciada es el móvil. Nos acompaña en cada momento, nos ofrece horas de distracción, de placer, de comunicación y de recuerdos. Es por eso, y porque lo llevamos siempre con nosotros, que deberí­a reflejar nuestra personalidad y lo que más nos gusta. Por ese motivo estamos en el boom de las carcasas o fundas de móvil originales. Son los mejores trajes para nuestro querido bebé digital. Aquí­ te presento algunas variedades.

Las cuquis

las cuqui fundas de movil

Seguro que habéis visto más de una y habéis dicho «¡Aw!». Se tratan de todas esas fundas con orejas de conejito, de gatito, con peluche alrededor o directamente con forma de osito. Sin duda, son las más cuquis y convierten tu móvil casi en un juguete. Si quieres sonreí­r cada vez que miras tu móvil, esta es tu opción, y se ha masificado tanto que seguro que hasta las encuentras en los chino de al lado de casa.

Las positivas

LAs positivas mr wonderful funda de movils

¿A quién no le gusta un chute de positivismo? Por eso la filosofí­a Mr. Wonderfufl se ha expandido como la pólvora siendo uno de los éxitos nacionales más recientes. Puedes llevar sus frases positivas pegadas a tu mano todo el dí­a con estas fundas para móviles. ¡Lo mejor es que hay con gran variedad de modelos y para casi todos los móviles! (Entre 15€ y 20€)

Las desenfadadas

desenfadadas moschino

Sin duda, cuando hablamos de fundas de móviles divertidas y desenfadadas, rápidamente viene a nuestra mente la figura de Jeremy Scott como nuevo diseñador de Moschino, que revoluciona cada temporada nuestros móviles con ideas que nos devuelven a la infancia y se convierten en objeto de deseo. Todas sus fundas son divertidas pero la pasada colección haciendo homenaje a las patatas fritas de McDonald y este año al espejo de Barbie han sido una revolución. Sea como sea consigue sacar nuestra alma infantil y desear llevarlas en nuestro bolso. (Entre 30€ y 60€).

Las noventeras

Las noventeras fundas de movil

La psicodelia y los estampados divertidos pueden alegrarnos el dí­a. Ya que en los 90 no habí­a este boom de fundas para móviles, los amigos de The Small Print Case se han encargado de traer lo más divertido de la década hasta nuestros móviles a través de Etsy. (15,65€)

Las artesanales

artesanales tarxia

Porque el móvil sea un elemento de uso continuado y mucho trote, no quiere decir que no podamos tener una carcasa donde lo artesanal y la calidad sean la protagonistas. Por eso nos encantan estas carcasas de taracea granadina de Tarxia en colaboración con Laveta. ¡Un lujo tradicional al alcance nuestros dedos! (Entre 60€ y 70€)

Las profesionales

fundas de movil profesionales

No todo el mundo puede permitirse una alegorí­a creativa alrededor de su móvil. También hay que pensar en las carcasas más serias y profesionales, sobre todo los móviles del trabajo o entornos donde no queramos destacar. Para ello, seguro que El Corte Inglés puede echarte una mano con variedad y ese toque serio que necesitas.

Las personalizadas

Existen cientos de sitios webs donde poder realizar fundas para el móvil personalizadas con nuestras imágenes, frases o estampados. Si te gusta ser diferente al resto y explotar tu creatividad hasta lí­mites insospechados, no dudes en esta opción. Eso sí­, recuerda que la funda del móvil es lo que más vemos a lo largo del dí­a, así­ que no te olvides que debe enamorarte el alma.

Gente que no es de fiar en la era digital

Era digital.

Nunca estaremos a salvo de la mala gente. Esa tóxica de fondo negro -con pelos en el corazón, que dice mi madre-. Al menos, no parece que ningún robot o app vaya a señalarnos por la calle tipo Sims con quién no hablar, ante quién echar a correr o de quién no enamorarnos (más allá de la lectura de rasgos y muecas con ciertas gafas futuristas, que también pueden fallar). Pero molarí­a y lo sabes…

No obstante, hay otro ranking de bondad, de idoneidad. El del «no es posible que esto  pase en el siglo XXI«. Cosas, actitudes, pistas, que te hacen pensar que alguien tiene algo que esconder y eso, en general, es para no fiarse en la era digital. Y eso se lee en su forma de proceder y en sus carencias tecnológicas. Así­, no es de fiar quien:

No tiene WhatsApp

Nos sirve en sustitución cualquier aplicación de mensajerí­a (Line, Telegram, Kik, Viber, Skype, messengers…). ¡Pero qué es esto de no tener ninguna! ¿Por qué? No hay explicación de recibo en la era digital. «Si alguien quiere algo de mí­, que me llame», «No lo necesito para nada», «Que te puedan localizar en todo momento, te quita libertad»… Pero, pero, pero, ¿qué me estás contando? Págate unos céntimos y no obligues a quien cuenta contigo a gastar mucho más en localizarte y gestiona tu privacidad para, precisamente, ser más libre.

Te pide «el número de WhatsApp» en un bar

Los hay, los hay. ¿Qué tipo de persona te dice esto? Después del «estudias o trabajas» es lo más feo y ridí­culo que te pueden decir para pillar cacho. Todaví­a peor, pretende alargar el bochorno dí­as después de conoceros escribiéndote mensajitos. Para aquellos y aquellas que crean que pedir «el número de WhatsApp» es una forma poco invasiva de atacar, sepan que como poco les deja en fantasmas. No es habitual tener dos números, uno con y otro sin aplicación. Y si lo encontráis, desconfiad también.

No está en ninguna red social

«A la gente que conozco la quiero en persona», «A saber dónde van a parar las fotos», «A mí­ no me encontrarán haciendo el ridí­culo», «¿De qué me sirve que me vea gente que no conozco o de la otra punta del mundo?», «Eso es para exhibicionistas». Desde luego si el resumen es este, definitivamente no entiende la razón de ser de las redes sociales ni sus posibles utilidades. Hoy por hoy estar en las redes sociales es parte de la proyección personal, incluso profesional. Es, hasta dirí­a yo, una responsabilidad con el presente y el futuro.

Sí­, se dan perversiones incontrolables y deslices, mostrando más de lo deseable, pero para eso está la privacidad, el bloqueo, una aplicación para cada perfil personal y finalidad…

Es un huevo

O sí­ tiene perfil en cualquier red social pero no tiene seguidores ni amigos (o es un huevo en Twitter). ¿Qué razón de ser es esta? Lo más probable es la de cotillear, stalkear. Suelen ser las mismas personas que dicen no estar en redes sociales o confiesan que sí­ con un «pero no las uso». WTF? ¡Desesperante!

No tiene ni una foto pí­cara en el móvil

¡Ja! Poco más que añadir. No te hace mejor persona no enviar o no recibir imágenes subidas de tono. ¡Estás vivo, no te justifiques!

No se hace selfies

Si es porque no sabe utilizar la cámara interna en esta era digital nuestra, no es que no sea de fiar, es que es para matarle directamente. Aquellas personas que sí­ se hacen y te incluyen en ellos, de hecho, pero abusan del dichoso palito extensible, también tienen sus puntos para morir lentamente…

Se geolocaliza donde ya no está o nunca estuvo

Hay quien vive obsesionado por lograr badges de unas y otras aplicaciones con el fin de superar a algún fulano conocido o desconocido comiendo hamburguesas o hasta pasando por las puertas de un centro de salud (a veces incluso sin bajar del bus…). Este tipo de práctica, además, suele llevar aparejada una insana intención de ser localizado o gritar su paso por ciertos lugares. Las personas que así­ lo pretenden son las que después, cuando les comentas que las viste checkearse o les preguntas si le gustó la experiencia en cuestión, te acusan de metomentodo. ¡Anda y… háztelo mirar, cari!

No pregunta si hay wifi en un local

A ver, nuestros móviles no consumen baterí­a y datos, engullen, devoran. Alguna que otra llamada, venga mensajes, realización de fotos a punta pala y subidas y bajadas de archivos todo el dí­a es lo que tiene. «Mi casa es donde hay wifi» es un lema ya extendido mundialmente y por algo es. Quien trabaja con el móvil bien lo sabe y quien simplemente es un fiel usuario de los smartphones y les saca aunque sea el partido mí­nimo que permiten, también. Por tanto, quien no pregunta por el wifi, ¿qué hace con su vida?

No lleva cargador

En su defecto, baterí­a de repuesto (algo desfasado), fundas cargadoras o el propio cable (que te obliga a mirar desesperadamente las paredes de cualquier local para, en primer lugar, enchufarte. Luego, ya si eso, te pides un café). ¿Qué clase de persona se arriesga a quedarse desconectado del mundo, virtual y real? Pues eso, la de no fiar en la era digital, la que prefiere decir eso de: «Me quedé sin baterí­a y…».

 

Lleva el móvil a todas partes

Esconde mucha información o no se fí­a de quien le rodea. En definitiva, «se cree el ladrón…». ¿Y qué falta de respeto es esa de ser capaz de escribir a alguien en pleno proceso en el trono? Hay cosas que pueden esperar. ¡Ay si ya hubieran llegado las app que reproducen aromas, ay!

Dice no hacer pantallazos

Los pantallazos son un peligro absoluto, en especial si nacen con el objetivo de ser enviados a un tercero. Pero todaví­a lo es más quien dice no hacerlos y estar llenando la red de confidencias. Id con cuidado con estas cosas, con hacerlas y con ser ví­ctima de ellas. Al final, como en todo, es cuestión de ser responsables y consecuentes. Ajo y agua.

No usa emoticonos

¡Pero si nos ayudan a expresarnos! Con las caritas y dibujitos podemos completar lo que queremos decir o, más bien, decir sin usar palabra. Nos ahorran esfuerzos y nos salvan de algún apuro (especialmente aquellos momentos en que no puedes o no quieres hablar y sustituyen a las palabras y ¡que cada uno interprete lo que quiera!).

A estas alturas es muy raro que alguien no los use. Hay quien dice que son ridí­culos, que no los entiende o que no se identifican. Pues si no encuentras sentido a una mierda, una media sonrisa o unos ojos como platos, eres raro.

 

Si encuentras a alguien con todas estas lindezas, corre. Si no ha pasado por ninguna, también. Y, bueno, como en la vida carnal, nadie es al 100% de fiar a cada minuto del dí­a. Y es que serlo también da qué pensar,  los angelitos solo están en emoji… Confieso caer en alguna de estas premisas de vez en cuando. Quien esté libre de pecado, que tire el móvil al suelo (y bien fuerte).

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