Noches que no recuerdas con amigos que nunca olvidarás

La verdadera personalidad de una persona se pone en juego en el preciso momento en el que se pega una buena farra. Eso es así. La chispilla puede sacar nuestras mejores virtudes aunque en algunos casos, también puede sacar a relucir los peores defectos. Aún así, se pongan como se pongan, son nuestros amigos y no podemos evitar quererlos tal y como son. Posiblemente nosotros estemos a su lado, pintándole la cara con rotulador mientras está luchando por sobrevivir o intentando colarnos sin que el segurata – al que es más fácil saltarlo que rodearlo por su portento físico – te mande directamente al hospital. Y nunca se sabe cuando tendremos que utilizar el vale del buen amigo así que… ¡Allí van los perfiles que lo petan en las noches de desenfreno!  

El San Miguel

Ese amigo que se lo proponga o no triunfa allá donde va. Le da igual si es una discoteca, unas fiestas de pueblo, el bingo del barrio o el puesto de perritos calientes de camino a casa. ¡Es el triunfador de la noche y lo sabe!

El llamada de emergencia (baby)

También conocido como «El mensajitos o llamaditas a las 4.36h a.m?» Tiene la misma velocidad para beber que para coger el móvil y hablarle a todo quisqui sin filtro alguno: «Ven y sana mi dolor, tienes la cura de este amor. Hago este llamado, para que tú vuelvas, tú no ves que estoy sufriendo, es muy dura esta prueba». ¡Suerte en la vida!

El Bob Esponja

Suele coincidir con la persona que hace el grupo de Whatsapp de «Survival Party» convocando a todos sus colegas para liar una noche épica. Su aguante merece una mención especial, al igual que los 4 chupitos de Jagger, los 2 tequilas, la botella de ginebra – que el mismo se encargó de comprar – y el agua de todos los floreros que encontró por la sala. RESPECT.

El animador

Posiblemente sea la persona capaz de iniciar un limbo o una conga multitudinaria, el que te lance el anzuelo imaginario, el que te hace un reparte cartas, el que saca a bailar al que está anclado en la barra, o el que se marca un manos libres con la copa apoyada en la barbilla. Sus habilidades para bailar y crear un auténtico videoclip de la nada las tiene más que validadas en Linkedin.

El reportero

El encargado de documentar y tener pruebas gráficas de tu pérdida de dignidad. El punto a favor es que puede ser muy útil a la hora de reconstruir los hechos de esa noche que posiblemente para ti acabó al sexto cubata. Corresponsal nocturno que al día siguiente se dedica a hacer un spam de fotos/vídeos, por el grupo y con el único filtro de «no hay ningún filtro».

El rayado

La última vez que lo viste estaba dándolo todo en lo alto de la tarima y cinco minutos después se convierte en un pozo de lágrimas al que los chupitos le quitaron las ganas de vivir – para posteriormente devolvérsela – cuando su amigo del alma le consuela de la forma más inteligente que sabe: «Te invito a algo y ya verás como lo ves todo de otra manera». Y oye, más literal imposible.

El que sale de “tranquis”

También llamado «Mentiroso compulsivo». Se cree que puede engañarnos, incluso hasta a él mismo, pero no tiene nada que hacer. Es el primero que quería volver a casa y el que lo acabará haciendo el último. Ley de vida.

El socorrista

Siempre con los cinco sentidos puestos a su alrededor, suele ponerse en un lugar estratégico – normalmente en la tarima – para tener las mejores vistas y tener controladas a las posibles víctimas. Y si tiene suerte, reanimarlas a base del boca boca.

El que hace la bomba de humo

Todos hemos sido en alguna ocasión el que – cuando tus amigos se quisieron dar cuenta – ya no estabas. Una huida magistral, sin hacer ruido para evitar líos. Lo peor no son insultos de tus colegas al día siguiente, sino cuando te cuentan que te perdiste la mejor parte de la noche.

El si te he visto no me acuerdo

 Lo ves al principio de la noche y después nunca más se supo. Despídete de él, aprovéchalo mientras puedas y reza porque se acuerde de todas sus aventuras y que te pueda alegrar la resaca.

El que te suelta la chapa

 Te hace la cobra con el brazo y no te suelta en los próximos treinta minutos. La mayoría lo conoce como «El cansino de la fiesta», que te habla al oído y te acaba escupiendo en la cara con sus conclusiones sobre la Teoría de la relatividad.

El «Beer & Breakfast»

Posiblemente sea uno de los amigos más valiosos que puedas tener. Aquel que pone su casa para el calentamiento previo y con el que siempre puedes contar para tener un sofá o un felpudo en el que poder caerte muerto al final de la noche. Pensión fiestera completa por el módico precio de una amistad. ¡Olé tú!

El que lo pierde todo

Sale a darlo todo y se deja por el camino un móvil, el carnet de conducir, la tarjeta VIP del supermercado y un rastro de dignidad que es difícil recuperar.

El suplente

El calentamiento se le fue de las manos y aunque llevaba bastante tiempo preparando el partido, se queda sin salir al terreno de juego. Exceso de motivación que lo destierran a un banquillo más que merecido. ¡Dulces sueños!

El cono

Quizás no te has dado cuenta pero está allí, impasible, viendo la noche pasar. No sabe muy bien qué hace allí pero alguien tiene que mantener la posición y ejercer como punto de referencia para encontrar al grupo cuando vuelves del baño.

Y tú, ¿quién eres? Si a lo largo de la noche eres capaz de pasar por diferentes fases, eres un@ fiester@ en toda regla. ¡Pin para ti!

Filtro de realidad a la Navidad

Sí, por fin estamos en Navidad; pese a que las luces de las calles, los anuncios de juguetes y las ofertas de turrones en los supermercados, con villancicos sonando en bucle, nos empezaran a taladrar casi en agosto. Sobremesas interminables, sobredosis de turrones, churros con chocolate a las 8 de la mañana del 1 de enero, entrega de regalos, intercambio de regalos… ¡Unas fechas completitas que mucho nos gustaría que fueran como una de esas películas de domingo por la tarde en las que acaban con final feliz.

Pero no nos engañemos, las expectativas no tienen nada que ver con la realidad. Así que aquí está toda la verdad sobre lo que implican unas verdaderas Navidades.

Éste eres tu el día 23 de diciembre:

Minutos antes del sorteo del Amigo Invisible:

Tu cara de emoción evoluciona a cara de «Oh, Dios, la que me ha caído» cuando descubres a quién te toca regalar:

Y cuando se te acumulan cuatro Amigos Invisibles en una semana tu cara pasa a ser:

La idea de árbol que tienes en la cabeza:

Tu verdadero árbol:

Cómo crees que serán las comidas y cenas familiares:

Cómo son en realidad:

Si te pegaste una buena farra la noche anterior:

Y sí además tienes que soportar las bromitas de tu familia:

Cuando te preguntan si quieres repetir:

En el fondo de tu ser crees que no puedes más…

…pero aparecen los (20) postres (diferentes que ha traído tu familia lejana):

Al salir de casa en Nochevieja:

A las 00.01h (con las 12 uvas intactas en tu boca):

¡La noche es joven! (pero el primer trago de cubata siempre cuesta):

Después de muchos tragos de cubatas:

Tú a las 07.00h de la mañana:

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Cuando resucitas al día siguiente. A las 6 de la tarde:

¡Noche de Reyes! Abres ese regalo que llevas llorándole a tu madre 3 meses:

Cuando descubres que son unos calcetines (o en su defecto, un conjunto de ropa interior):

Tú al acabar las Navidades:

Y decides que lo mejor es retirarse haciendo el «moonwalk» dirección a ese gimnasio que no pisas desde verano:

The End.

¡Feliz Navidad! ¡Feliz digestión! ¡Feliz resaca!

Dime qué compartes en Facebook y te diré qué clase de amig@ eres

Últimamente tu relación con Facebook pende de un hilo, lo sabemos. Y él lo nota preocupándose por ti con preguntas como «¿Qué estás pensando?», «¿Como va eso?» o «¿Por qué ya no subes fotos como antes y solo cotilleas a la gente?». Aún así tienes muchos amigos allí, eso también lo sabemos. Te podemos poner un pin si te vas a quedar más tranquil@. Pero no te engañes, los amigos de Facebook se pueden contar con los dedos de una mano; o de un pie, según lo escrupuloso que seas. No te preocupes, son indefensos y fáciles de identificar. Y si se ponen pesaditos siempre puedes amenazarlos con un “Mira que te elimino, ¿eh?”. Así, en tono chulito, con ortografía de la RAE, sin ningún emoticono simpático que le quite seriedad al asunto, o directamente dedicarle un Facebook Live descargando toda tu ira. Estos son los 5 perfiles que existen. Aquí, en Pekín y en Pokón. ¡Allá van!

El DJ

Se cree un influencer musical, por eso se dedica a compartir canciones alternativas de esas que solo conocen en su casa (en la del cantante me refiero) y que suele acompañar de un mensaje contundente tipo: “El descubrimiento de la semana es…” o “De lo mejor que he escuchado en mucho tiempo. ¡Vaya temazo!”. Lo que la gente no sabe es que en el trabajo pone la sesión privada de Spotify y saca su lado más oscuro con Justin Bieber o poniendo la Salchipapa de fondo.

El hater

Lo reconocerás rápidamente cuando te encuentres con alguno de sus 1.534 estados filosofo-destructivo-revolucionarios. Para que nos entendamos, es el tamagotxi digital. Se queja de todo y de todos. Y lo grita a los cuatro vientos, sin filtros ni vaselina. Todo lo que tiene de intenso también lo tiene de chungo así que nunca -bajo ningún concepto- trates de abrirle los ojos o hacerle un comentario con una crítica constructiva porque podría digievolucionar en tu peor enemigo, y la salpicadura de ira deja mancha.

El relaciones públicas

Posiblemente sea la especie que pase menos desapercibida. También es conocido como el “friendspam”, que pretende ir a todos los eventos de la ciudad y Facebook tiene el detalle de avisarte con un “A Fulanito de Tal le interesa el evento de carrera de huevos sobre cuchara a la pata coja”. También lo podrás identificar fácilmente cuando tu timeline se llene de invitaciones a fiestas que te interesan entre nada y menos tres. Pero oye, que él hasta te etiqueta y te hace una súper oferta acabada con un “¿Y te lo vas a perder?” por si cambias de opinión. No vaya a ser que al final te apetezca el plan en lugar de quedarte en casa, debajo de la manta y con la P de «Preocupada» tatuada en la frente.

El “¿Y quién es éste?”

No te esfuerces, ni te acuerdas de él pero ya te ayudo yo a hacer memoria. ¿Sabes aquella noche que saliste de fiesta y  te dio por hacer amigos en la terraza de la discoteca? Pues entre un “¿Estudias o trabajas?” y un “¿Puede ser que me suenes de Tinder?”  lo conociste y te pidió tu nombre, apellidos, DNI, estatura y talla de zapato para poder agregarte a Facebook. Y sí, tú caíste y ahí tienes al que se hace llamar Ninja Pérez, con una foto de un dibujo friki no identificado. Aunque para ti seguirá siendo el rubio de camisa de cuadros que te invitó a un chupito de Jäger. ¿O era moreno?

El posturetis

Su denominación proviene del latín “Lo compartum todum” y se caracteriza por no tener ningún tipo de filtro a la hora de compartir lo que hace en su día a día, desde que se saca las legañas por la mañana, hasta que se pone su pijama de Minions por la noche. Te cuenta todos los detalles de su vida, como si te importara la hora a la que saca a pasear a su perro y recoge su [emoji de caca sonriente]; o el check in de reconocimiento súper (in)necesario desde el baño de su casa. Él te lo cuenta, no vaya ser que en algún momento te fuera a interesar y te perdieras tal acontecimiento. Paciencia, hermano.

Mira tu lista de amigos y si existe alguna persona que no puedas clasificar en ningún apartado, existe un bonus extra de perfiles mucho más peligrosos. No quiero asustarte pero puedes estar frente a un mendigo de vidas del Candy Crush, un loco que le da por cambiar la fecha de su cumpleaños para desconcertar al personal y descubrir quiénes son sus amigos de verdad; o lo que es peor, puedes recibir la solicitud más monstruosa de “Tu madre quiere ser tu amiga”. Yo ya me despido que tengo que compartir el artículo con mis 670 amigos [Emoji de carita sonriente con la lengua fuera + Emoji manos aplaudiendo + Corazón rosa con flecha]

 

Ventajas de ser una metro y poco más

Dicen que los pequeños detalles pueden marcar la diferencia, ¿no? Pues yo no puedo estar más a favor de tal afirmación. No te dejes influenciar por los “Paus Gasols” de la vida que tratarán de hacerte la vida imposible poniéndote los vasos en lo más alto de la estantería, o que se apoyarán en tu cabeza diciéndote lo cómoda y útil que eres. ¡BASTA! Esto es un llamamiento a tod@s los que dicen con orgullo: “Sí, mido un metro y poco más, ¿qué pasa?”.

Mi abuela siempre ha sabido subirme la moral en este aspecto. Aunque siempre he pensado que no era yo la bajita, sino que la gente con la que me rodeo atracó el banco de centímetros en su día, las típicas frases de abuela que te quiere siempre ayudan: “En el pote pequeño está la buena confitura” o que “las mejores colonias siempre van en frascos pequeños”. Dejemos de auto-convencernos con frases hechas que cualquiera puede tirarte  por tierra con un “y el veneno también” o similares. Traigo pruebas reales y contrastadas, vividas en primera persona, que demuestran que ser bajita tiene muchas ventajas. Tantas que se podría hacer una trilogía con secuela incluida. 

  • Puedes comprar en la sección KIDS. Y acabas ahorrando, lo que siempre es un puntazo. Un saludo para todos los que tienen que pedir la talla 89 de zapato a China, besos. 
  • El suelo está más cerca. Por lo que la caída, tanto tuya como de tu móvil, siempre será menor. Un rasguño, cura sana y que la vida siga.
  • Y el techo está más lejos. No tendrás que agacharte prácticamente ni para hacer el limbo improvisado en la discoteca. Nunca existirá una puerta  – ni siquiera la del Imaginarium –  una valla o un árbol más bajo que tu. Y no, un bonsai no cuenta, que debería considerarse casi un animal de compañía o como mucho un tamagotchi vegetal.
  • Cabes en cualquier sitio. Lo que es muy útil cuando viajas en Vueling y tu amigo, que mide 1,90m y tiene cero habilidades contorsionistas, no sabe si cortarse las piernas o ir directamente al trono VIP del baño. Nos cuelgan las piernas en la silla, sí,  pero a ellos les cuelgan en la cama que es mucho peor, mientras que para nosotros todas las camas son de matrimonio.
  • El centro de gravedad lo tenemos más abajo. Esto se traduce claramente en que nos podemos mover más fácilmente o, como mínimo, haciendo menos ruido. Somos como las motos en un atasco en medio de la ciudad, nos podemos colar fácilmente y con eso nos ahorramos muchos disgustos. Estrés, chúpate esa.
  • Siempre salimos en las fotos. Tanto en el momento selfie – que posiblemente seas tu la encargada de hacerlo – como en las de formación de fútbol, estás siempre en primer plano. Y oye, cuando dentro de 10 años quieras recordar las vacaciones en Cantabria, o aquel fin de semana en aquel pueblo donde no había ni señal de vida WIFI, te reirás del que presumía de alto y que se le ve solo la oreja.
  • Siempre te piden el DNI. Y eso te mantiene eternamente joven. Y te sube la moral. De hecho, el otro día volví a ser adolescente cuando el dependiente de la tienda del barrio me quitó 7 años por la cara. Me rió yo de los liftings y corporaciones dermoestéticas. ¡JÁ!.
  • Mientras el resto nos mira con buenos ojos, nosotros solo podemos mirarlos con una buena papada. Siempre he estado en contra de los contrapicados, lo siento. Así, el mundo siempre nos va a ver con nuestra belleza en todo su esplendor y podremos encontrar novio más fácilmente. Un bonus extra en toda regla, ya que el único que no cumple el filtro “quiero a alguien más alto que yo” es Yoda, y la verdad es que no tengo ninguna intención de formar una familia con él.
  • Desarrollamos poderes sobrenaturales. Sí, sí, una amiga – bajita también por supuesto – tiene una teoría que ni la NASA podría rechazar. Habilidades tales como un oído exquisito, a base de todos aquellos conciertos en los que la única vista que tienes es una espalda sudada; flexibilidad PRO a base de los estiramientos de cuello tratando de encontrar algo de oxígeno; y fuerza extrema creando una barrera con los codos para no morir aplastada.

Enanos, tapones, renacuajos, retacos, liliputienses, etc. Pueden llamarnos de muchas formas pero no nos engañemos, lo único que podemos llamarles a ellos es EN-VI-DIO-SOS.
Att: Una metro y poco más orgullosa de ser una metro y poco más

Manifiesto de una ‘hater’ declarada

Me dicen que soy una hater. Que no hay comentario sarcástico que me sepa callar. Que a veces sólo con mi presencia y mi gesto ya hago un manifiesto hater. Que sólo me salen las sonrisas que llevan un 50% de ironía y un 50% de gracia. Pero esa gracia que hace ver un programa de vídeos de gente que se cae. Aunque yo no le veo la gracia a esos programas. Porque soy una hater.

¿Pero cómo no voy a ser una hater si la vida moderna está llena de experiencias traumáticas consecuencia de la ineptitud ? Por favor… que entre Vueling, la oficina de Correos, ir al banco y las salas de espera de los médicos voy a perder mi juventud. ¿Nadie se da cuenta de la gravedad del asunto?

Pero, sin duda, hay algo que despierta a todos mis demonios (y a la vez me encanta): la televisión. ¿Por qué hay tantos anuncios de buscadores de hoteles? ¿Por qué un erizo me recomienda un seguro? Señora, no me importa si usted ha conseguido quitar las manchas de tomate en menos de 10 minutos. ¿De verdad otra vez este capítulo de Los Simpson? ¿Qué rinoceronte ciego ha elegido a Mario Vaquerizo y Rebeca para anunciar ruedas de coche? No es necesario que volváis a emitir la película Twister por tercera vez este año, gracias.

Ya me he desahogado. No penséis que todo me da igual en esta vida y que me dedico a criticar. Simplemente tengo claro lo que me gusta y lo que no. ¿Y qué me gusta? El pan de ajo con queso de Domino’s Pizza, el olor a hierba mojada (así, para parecer emocional y romántica), la música (pero la de verdad, no esos gustos musicales raros que tenéis ahora todos), y mi afición: poner sonrisas sarcásticas.

Pero yo no soy una de esas haters que creen que por escribir con mayúsculas van a conseguir tener más razón. NO SEÑOR. No soy de esas que se esconden detrás de una red social. Yo soy hater de las de antes, de las que entra en la sala acompañada por un viento helado de indiferencia y actitud crítica. De las que dice frases típicas y vacías con un tono de voz monótono y sonrisa de teletienda.

¿Te estoy dando envidia? ¿Quieres ser un hater de manual? Tres consejitos:

Entrénate en el cine

Cada vez que alguien cerca de ti coja el móvil e ilumine un 5% la sala fulmínalo con la mirada. Si la gente de tu alrededor ha montado una orquesta comiendo palomitas, fulmínalos con la mirada. Si alguien aplaude al final de la película, fulmínalo con la mirada. La clave, sí, está en fulminar, pero siempre justificado. Un hater nunca se mete en peleas ni le dice a la gente que sus decisiones son propias de un mono. Pero lo piensa. Así, con cariño.

Un hater sabe cuándo serlo

La situación óptima es cuando estás con esos amigos que ya te quieren por cómo eres y les haces hasta gracia. No mola hacer comentarios sarcásticos sin que nadie los aprecie, ni mola acabar siendo un ermitaño porque te has cargado todas las relaciones vitales a golpe de aplausos irónicos.

Utiliza diminutivos y palabras como ‘cuqui’, pero no muevas ni un milímetro tu cara

Que sea súper desconcertante todo. Y luego déjate llevar y ríete un poco si eso. Es como usar gifs todo el rato, o decir “jajaja” con una cara de haber comido un pepinillo caducado. ¿Tu objetivo vital? Tener el ingenio de Matías Prats y poner los ojos en blanco infinitamente.

Pero tú quéjate. Quéjate sin fin. Que no te frene nada, que hace falta ironía crítica en esta vida. Quéjate de que las 100 pesetas han pasado a ser 1 euro, aunque tú tuvieses 12 años cuando se hizo el cambio de moneda. Quéjate de que los Sugus de antes eran más cuadrados y tenían papelito blanco, y los de ahora son un fraude. Quéjate del calor. Quéjate del frío. Quéjate de que en tu clase de Body Combat hay una chica que se maquilla más que tú en fin de año. Quéjate de la gente que habla por teléfono gritando en el tren. Quéjate de la gente que habla. Quéjate de la gente.

Aunque, pensándolo mejor, todos estos temas son míos. Búscate tus propios temas para quejarte, que son gratis y me ha costado muchos años construirme mi reputación. Y no tengo tiempo para pensar unos nuevos. (←Esto de que no tengo tiempo es quejarse también, sí)

Cómo hacer llorar a alguien en verano

¿Te molesta ese jolgorio que la gente se trae en verano? Pues mira, es para preocuparse. Pero no pasa nada, porque en este mundo hay cabida para todos y, si eres de esos, acabas de encontrar la tuya. Y si no, pues también.

Si aún todo lo bueno que tiene el verano no ha logrado convencerte, pocas otras cosas lo harán. Aquí te queremos tal y como eres, así que si crees que ya está bien de tanta alegría, estás harto de tu sudor y del resto y, en definitiva, eres un hater acérrimo de todo lo que ocurre entre finales de junio y primeros de septiembre, tenemos para ti una guía nada práctica para que ganes aliados y no te sientas solo en tu lucha en contra del disfrute estival. Entonces, para que «esa persona» cambie de idea con respecto al verano:

1. Abrázale. Sé sutil, esto sólo es el comienzo. Empieza disfrazando tu acto de maldad con un caluroso gesto.

2. Asegúrate de que duerme la siesta en un sofá de escai, escay, eskay, eskai, sky, skai, sky, o como se diga. De estos a los que te quedas pegado, vamos.

3. Deshazte de todos sus calcetines excepto los que van casi hasta la rodilla. Las mismas costuras con formita de hamburguesa que en invierno parecían una fantástica idea de repente ya no lo son tanto, ¿eh? ¿EH?.

4. Cuéntale que has visto en la tele que viene una ola de calor. Lágrimas de incertidumbre a borbotones.

5. Tápale con una manta. De las nórdicas éstas, rellenas de no sé qué cosas que dan un montón de calor. Llorará desconsolado mientras te implora clemencia.

6. Llévatelo a buscar una terraza con mesa libre. O un Mewtwo, que va a ser más fácil.

7. Genera una tormenta justo el día que esa persona iba a ir la playa tras pasar semanas organizándose con sus colegas por un grupo de whatsapp llamado algo así como «Aquí no hay playa (emoji de la manita diciendo adiós)». Si esto ocurre tan a menudo es porque alguien hará que así sea. Vamos, digo yo.

8. Recuérdale cuantos días le quedan de vacaciones. Siempre hay alguien que dice lo de “¡Tío! ¡Sólo quedan 23 días para que empiece la uni otra vez!”. Alguien que pertenece al comando de la anti-felicidad, claramente.

9. Regálale un aparato de aire acondicionado. Esta vez llorará de emoción, que también está muy bien. Tampoco es cuestión de pasarnos de bordes, ¿eh?.


Y eso es todo por hoy. Seguro que se os ocurren cien maneras más de complicarle a alguien el verano, pero tampoco es cuestión, hombre. Disfruten de las vacaciones y sáquenle partido al buen tiempo, que es lo que hay que hacer. Bueno, eso y capturar Pokémons, claro está.

¡Hasta pronto! 🙂

Cómo (sobre)vivir sin móvil y poder contarlo

Paciente: María Vidal

Consulta: nº1

Fecha: 14/07/2016

(Transcripción confidencial de la sesión)

¿Cómo sucedieron los hechos?

No lo recuerdo exactamente, todo ocurrió muy rápido. Solo sé que los 5 segundos que esperé antes de darle la vuelta al móvil -una vez se suicidó desde mis manos- fueron los más largos de mi vida. Y fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que la cantidad y la dimensión de las grietas eran directamente proporcionales a las veces que se me había caído anteriormente pero sin ningún tipo de rasguño. Rápidamente me hice a la idea: se había ido, era joven (tan joven como para vivir un año más pero tan viejo como para no entrar en garantía) pero la vida debía continuar.

Supongo que fue un golpe muy duro. ¿En quién buscaste apoyo?

(Obviaré lo que dije respecto a ese comentario sin maldad, pero que en esos momentos sensibles dolió mucho) Traté de dar señales de vida a mi familia por mensaje privado de Facebook, lo juro. Hasta que me llegó una notificación de mi madre en mi tablón: “Hola cariño, ¿qué tal ha ido el día?”. Y ahí perdí todas las esperanzas. Por esa razón, básicamente me apoyé en mis amigos, que se molestaban en hacerme un resumen ejecutivo de todas las chorradas anécdotas que se habían hablado por el interesante grupo de “Noche de chicas”, creado el 6 de julio del 2011. Al final conseguí hacerme inmune a todos los chistes fáciles referentes a mi no-existente móvil. Empecé a jugar a “Cada vez que hagan una bromita fácil, chupito”. Y tema solucionado.

¿Qué has aprendido?

Idiomas. Sí, sí… como te lo cuento. Dicen que si tienes conexión a Internet puedes estar en el baño una media de 30-40 minutos. Pues yo he aprovechado todos mis momentos “All-Bran” para hacer lo de toda la vida, antes de que el wifi y los datos móviles aparecieran: leer los componentes, normas de uso y avisos importantes del champú. Y claro, al final una se va familiarizando con el inglés, el francés o el ruso. Y no quiero chulear, pero ya soy capaz de hacer los sudokus de nivel difícil casi con los ojos cerrados. ¡Chupaos esa, repartidores de WC-likes!

¿En qué momento te viniste más abajo? ¿Y cómo reaccionaste?

Cuando me di cuenta que lo que más echaba de menos era el despertador. ¿Cómo me iba a levantar sin las 5 alarmas que tenía programadas cada 10 minutos? Total, un drama. El primer día llegué tarde a trabajar; el segundo le pedí a mi compañera de piso que me diera un toque; y el tercero fui al chino a comprar un despertador, de esos con pilas, que se programan con una ruedecita que nunca sabes la hora exacta a la que va a sonar y que no puedes posponer. ¿Te puedes creer que a partir de ese día empecé a llegar la primera a la oficina? Qué locura de invento esto del despertador de mesilla.

¿Qué aspectos positivos sacas de esta experiencia traumática?

La verdad es que cuando realmente piensas en todo lo que te libras por no tener móvil, por un momento, te alegras de esa caída que lo dejó K.O. Nada de whatsapps de tu madre en los que se pasa media hora “Escribiendo…” para luego mandarte un simple “Hola”, ni rastro de las fotos posturetis dándote envidia (corazón que no ve, corazón que no siente) ni de la tensión constante por quedarte sin batería.

¡Ah! Y caminar con la cabeza bien alta, no por estar orgulloso de haber sobrevivido sin móvil, sino porque ya no andas cual zombie mientras actualizas tu estado por la calle.

Pues va a ser que lo llevo bastante bien, ¿no le parece, Doctor? Creo que estoy curada. Le mandaré una paloma mensajera si necesito otra sesión.

¿Dónde está mi telenovela de verano?

Las telenovelas se echan en la primera, el gazpacho sí lleva pepino, la crema solar factor 6 es más engaño que las galletas Digestive y si te mojas la nuca para entrar al agua no vas evitar un corte de digestión pero vas a tener la nuca fresquita.

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Desmontados estos mitos, desgranemos el segundo más importante (el primero es el de las Digestive 😔).

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Había veranos en lo que existía algo más placentero que tener un amigo con piscina: ver la novela después de comer. Duraba hora y media y daba igual que te sudaran los muslos, que tu madre se pasara con el fli-fli antimoscas o que llamaran los de Jazztel, tú te entregabas a Carlos Alfredo sin ni quiera haber hecho match.

Pero ya no está y mi tía Trini está triste y mi padre también aunque diga que no las veía, porque no es lo mismo una telenovela en La Primera que una en Nova, como no es lo mismo una foto echada desde abajo.

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La historia pierde glamour barriero; mudarla a Nova es como ponerla en la segunda página de resultados de Google: yo hasta ahí no voy. O dicho de otra forma para que lo entiendan los que ven Hombres, Mujeres y Viceversa: con Nova te duele el corazón, con TVE te duelen los pies.

Y no vengáis a ofenderme diciéndome que las vea online porque no es lo mismo, hombre ya; aunque si me la graban en VHS me lo pienso. Necesito revivir esa sensación de vacío de los sábados cuando recordaba que no había telenovela hasta el lunes. Lana del Rey, qué sabrás tú de Summertime Sadness.

Ya no se hacen telenovelas como las de antes es una frase que dicen las personas con más de 50 años. Pero es que yo también lo digo, así que voy a desvelar los ingredientes obvios y no secretos de un culebrón Tasty.

Receta para crear una telenovela perfecta

1. Nombre de película de sábado por la tarde de Antena 3

Coexisten tres corrientes de títulos de telenovela:

  • Nombre de la protagonista. Ej.: Luz María, María del Barrio.
  • Amor/corazón/pasión + whatever: Corazón Salvaje, Pasión de Gavilanes, Destilando Amor
  • Cosas que brillan: Cristal, Rubí, Esmeralda.
  • Poesía: Agujetas de color de rosa, El Zorro La Espada y la Rosa.

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2. Banda sonora con letra

A los fans hay que ganárselos con un temón de introducción y si luego puede existir una versión lenta mejor. Se aconseja que alguno de los personajes sea cantante para facilitarlo todo.

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Tengo este CD pirata y eso me hace siete veces más fuerte que tú.

3. Una protagonista buenorra sufridora

Todo le pasa a ella. Si tú estás mal, ella está peor; si a ti te ha dejado el novio a ella le ha dejado y le han pegado un tiro al padre y encima la tía no dice ni una palabrota.

Es demasiado buena persona, tanto que a me daban ganas de ir a Caracas a zarandearla.


4. Un protagonista varonil

Antiguamente los hombres protagonistas eran feos, pero tenían algo que enamoraba a todas. Luego se dieron cuenta de que los músculos y una cara guapa vendía más posters.

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5. Una hasienda

Una mansión gigante tiene que haber para que haya más contraste con la casa de los pobres.


6. Un minusválido/enfermo

La ceguera, la silla de ruedas y la amnesia son las más cotizadas. En ocasiones, la protagonista puede traer premio para hacerla más mártir.

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Ella es maldita lisiada.

7. Un caballo

Montado por uno de los protas mientras suena el segundo single del CD de la banda sonora.

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8. Maquillaje y escotes

Se despiertan con el countouring hecho, vamos no me jodas. Y los camisas van con escote hasta los 55 años.

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9. Pobreza VS. riqueza

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10. Silencios y miradas

Un juego de miradas es capaz de rellenar un capítulo completo. Diría que es comparable a los chutes de Óliver y Benji o a una batalla de Goku.


11. Un niño hostiable

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Frijolito entregándose a Dios

12. Triángulo amoroso

El corazón de la trama, por supuesto.


13. Una malvada

Mala hasta decir basta. Es la única con licencias en la telenovela para decir insultos encubiertos.

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14. Alguien ya fallecido

Y una herencia de por medio.


15. Un secreto

Y no se puede descubrir hasta el último capítulo, por supuesto.


16. Acento latino

Muchas series españoles lo han intentado, pero no es lo mismo.

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En fin, yo creo que no es tan difícil.

Yo he sobrevivido al voto por correo

Todo ha acabado. Adiós, elecciones. Ya se han terminado las campañas electorales, los himnos versionados y las largas colas para tramitar el voto por correo. Que vaya colas. En algunos momentos llegué a pensar que cuando sonaba tu número en la maquinita de Correos no llegaba tu turno, sino que te daban un premio. O así lo he vivido yo al menos.

Como ya se lo he contado a todo mi vecindario, pero todavía no me he quedado tranquila: aquí va mi proceso de voto con algunos de los momentos críticos vividos. Una odisea. (Spoiler: al final he votado. No han dicho “Ana Picado, vota”, que me habría hecho una ilusión tremenda porque me encantan ese tipo de detalles; pero bueno, el hombre de Correos me regaló un “todo listo, toma el recibo”. Y me fui a mi casa cansada, confundida y sin sentir que estuviese votando de forma decisiva. Pero con un tiquet de Correos para sentirme una ciudadana de bien.)

El antes (así en puntitos para que quede mejor explicado):
  • Resulta que primero tienes que pedir unos papeles para enviar tu solicitud. Esta es la cola número 1 y una vez que los tienes huyes para no hacer más colas.
  • Cubro estos papeles (no sin dudar hasta de cómo me llamo) y vuelvo a la oficina a hacer la cola número 2 para entregarlos. Enhorabuena, he solicitado que un cartero venga a traerme la papeleta para hacer la cola número 3.
  • Me llegó la papeleta a la oficina (porque yo no engaño a Correos y cuando me preguntan que dónde vivo, pues digo que en la oficina).
  • Aquí las dudas llegaron a abrumarme. “¿Qué es el Senado?” Me recuerdo a mí misma en cada domingo de elecciones preguntándole a mi padre que cuál es exactamente la función del Senado. Lo que no recuerdo nunca es su respuesta. Vaya por dios.

  • Se terminan los días para votar por correo y yo sin entregar mi voto. Y claro, me va el riesgo y me voy a un Correos de Diagonal con Balmes (llenito de oficinas, vamos) y parece que habíamos quedado todos allí al salir de trabajar para votar juntos. Qué ejercicio de asimilación-paciencia-frustración-lloro-risa nerviosa al ver que quedan 60 números por delante de mi.
El durante
  • Estoy en Correos. Todo preparado. Llevo más de una hora de cola. Ya no hay vuelta atrás. Sólo quedan 30 números. El DNI lo tengo listo para lanzárselo al funcionario en cuanto me toque. Quedan 5 números. Significa que quedan unos 6-7 minutos (con mucha suerte) pero escucho el tictac del reloj como si fuese en mi corazón. “Ve calentando, Ana, que sales al ruedo. Y deja de hiperventilar, coño.”

  • Ya dudo mientras hago la cola. Me replanteo mi existencia por completo. “¿Soy falangista? ¿Qué papeleta he metido? Dios mío, ¿he votado bien para el Senado?” Me doy una bofetada imaginaria para espabilarme, porque en la pantalla pone mi número. A un lado, mundo, que es mi momento.
  • Vale. Alto. ¿Por qué están pesando mi sobre? Yo ya sé que mi criterio pesa mucho más que el de muchos. No hay más que ver que no protagonizo ningún reality, no he lanzado ninguna «canción» del verano, ni me he comprado la cazadora amarilla de Zara. “Súmele ahí un par de gramos, señor de Correos, que mi voto tiene que valer más.”
  • Papelitos por aquí, papelitos por allá, y he votado. Hasta sé cuánto pesa mi papeleta. Llevo tanto tiempo dentro de Correos haciendo cola que me siento emocionada y el cuerpo me pide dar un discurso de agradecimiento. Pero miro para atrás y veo como las venas de la gente están a punto de explotar porque sí, ellos obviamente también llevan más de una hora esperando.
El después

Desde que me he desprendido de ese voto a manos de un hombre que me dice “musha grasiah, ale, que ya ehtá”, siento una extraña duda. Es falta de confianza, creo. Nadie me podía asegurar que no fuesen a aparecer unos bandidos a mitad de camino a saquear el camión que lleva mi voto. O que el voto por correo sea tanta jauja como dicen que es y el mío lo usen para calzar la mesa. Y me puse a pensar que qué disgusto como la diferencia hubiese sido de 1 voto, ¿eh? ACTUALIZACIÓN (27/06): ahora viendo el resultado… me da que mi voto, con su peso en gramos y su sobre perfectamente cerrado, no debe haber llegado. Igual se les ha colado por alguna rendija.

Yo solo digo que seguro que más de uno se ha replanteado en el último momento su voto. En el último, en el primero y en cualquier momento, que fue un rato largo de espera. ¿Deberíamos repetir las elecciones? Avisadme con tiempo, que me cojo un avión y voy a Galicia. Que el suelo de la oficina de Correos está frío, la alfombra pica en las piernas, y me fío menos de la eficiencia/eficacia de este proceso que de que el Senado realmente exista.

Conclusiones

Varias horas de vida perdidas, un nuevo tic en el ojo, y un triunfo personal por no haberme puesto a coordinar la oficina de Correos como si fuese un guardia de tráfico. Por momentos llegué a pensar que no iba a poder. Casi saco el silbato y todo.

¿Mandar un papelito no es fácil? Creo que toda la gente que se va a las sedes cuando salen los resultados de las elecciones a gritar «sí se puede» se refiere a votar por correo.

Pero, como dijo un tal Rajoy y que describe a la perfección mi experiencia de voto por correo:

No ha sido esta, como sabéis, una etapa fácil, dicho de otra forma, ha sido una etapa muy difícil.

Crónica de un Room Escape anunciado

“Bienvenidas. Tenéis una hora para salir de esta habitación. Cada pista os llevará hasta la siguiente, y recordad que algo que puede no servir para nada, es posible que tenga sentido después. Suerte”. Y se cierra la puerta detrás de nosotras, metidas en una habitación de 4 x 4. En ese momento las seis empezamos a separarnos y a buscar por la habitación cualquier cosa que pueda encajar con la historia que nos han contado. No voy a hacer spoiler, cada uno que haga su Room Escape; pero sólo os diré que la temática de este Room Escape era un 30% creepy. Lo que significa que para mí, que si alguien estornuda cuando estoy muy concentrada me da un microinfarto, era un 70% de miedo.

Ahora es cuando hago un inciso para dar contexto: en la oficina queríamos hacer un Room Escape. La idea inicial era ir a uno tipo Saw que al parecer está muy bien hecho, allí a temer por nuestras vidas “y pasárnoslo bien” intentando no morir (ni de miedo ni de verdad). Y yo era pensarlo y notar cómo me daba el tick del ojo. Menos mal que al final nos dividimos en dos grupos: los valientes/masoquistas, y las que van a hacer un Room Escape “así más de ingenio” al lado de la oficina.

Y allí estamos. Seis chicas pensando en alto, diciendo “esto tiene que servir para algo”, y haciendo cálculos. Cinco chicas buscando de forma productiva, y yo disimulando mis sustos cada vez que se apagaba la luz. Y ahí es cuando el instinto despierta y nos metemos cada vez más en el juego. Primera pista superada y satisfacción colectiva. Nos venimos arriba y sale el Sherlock Holmes que tenemos dentro. Ahí, en esos momentos tensos, es donde se ve cómo es realmente cada una: la que analiza todo, todo y todo buscando coherencia en la historia; la que se aferra a que una pieza en concreto tiene que ser la clave de todo y no la suelta ni p’atrás, que casi se la lleva a casa y todo; la que cree que todo es el Código Da Vinci y se monta una película tremenda; o la que sigue cagada cada vez que se apagan las luces y piensa “es sólo parte de la ambientación, en realidad hay una persona controlando todo y viéndote por esa cámara. Hola señora”.

Primera media hora superada, primeras pistas descifradas, y primer ataque de risa nerviosa en un momento de susto (me cago en el payaso). Qué tensión. “Ya te suelto el brazo, sí”. Vamos siguiendo las pistas y buscando por la segunda habitación. Es como estar en Gran Hermano y ser ladrón a la vez: sé que me están observando por una cámara, y estoy revolviendo toda la habitación en busca de algo que no sé qué es. Y mientras tanto mis compañeras se ponen en las posturas más insospechadas para ver si una nueva perspectiva les da pistas. Eso sí que es dedicación, oiga.

Cuenta atrás. Estamos a punto de descifrar el último código para abrir la puerta y salir. Quedan 3 minutos y estamos muy onfire probando combinaciones. 6 mentes en paralelo, corazones a tope, productividad al 200%. Momento Squirtle de “vamos a calmarno” para frenar pulsaciones y abrir la maldita puerta, por dios.

Y ahí vamos, y ahí salimos. Eh, pero íbamos sobradas. Aquí ya ni miedo ni nada, de la adrenalina que llevaba encima. En cuanto se abrió la puerta lo celebramos como si hubiésemos representado a España en Eurovisión y hubiésemos quedado entre los 10 primeros. Un éxito, vaya. ¿He dicho que íbamos sobradas? Sobradas por 18 segundos que quedaban hasta que se cumpliese la hora. ¿Y qué fue lo primero que preguntamos? Que si había mucha gente que no lo conseguía. Y sí, que más o menos la mitad de la gente no abría la puerta a tiempo. Y entonces fue cuando sentimos un orgullo como el de, directamente, haber ganado Eurovisión.

¿Qué he aprendido de esta experiencia? Que me hago adulta como para hablar de declaración de la renta, irpf y el sistema electoral, pero es aparecer un payaso maligno y me agarro al primer brazo que encuentre. Que los de Gran Hermano tienen que flipar, porque yo después de una hora ahí metida ya no sabía ni qué día era en el mundo exterior. Que o tienes mucha suerte con tu compañía (como tuve yo) o cualquier momento sacas al primitivo que llevas dentro y puedes acabar agrediendo a un mal compañero de Room Escape. Y que en ese día, todo te parecerán pistas y códigos ocultos para salir del taxi, o para llegar a casa. Que empiece el juego.

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