Darí­o Adanti: “Hay que seguir haciendo proyectos propios sin esperar que te llamen”

Darí­o Adanti es una pluma, un papel, un bigote y una mente loca que le lleva a hacer musicales sin canciones. Miembro de la Alta Conducción de Revista Mongolia, de momento aprovecha su tiempo para hacer millones de cosas hasta que alguna de las portadas de Mongolia lo lleve, junto con sus compañeros, a una celda. Este dibujante, editor, cómico, argentino y muchas cosas más se paró a hablar con nosotros en noviembre, pero somos las tí­picas personas a las que no se les puede poner cerveza de por medio porque se pierden. Y como más vale tarde que nunca, os dejamos un esbozo de lo que es este ‘hacedor de cosas’.

Antes de empezar, os cuento lo que pasó en noviembre cuando hicimos la entrevista. Estábamos en una terraza de Malasaña dispuestos a empezar la entrevista, pero apareció Raúl Cimas con su 1,80 de estatura y su fiel Stewart. Pasaban por allí­ porque estaban grabando su programa y se unieron a la fiesta. Unas cervezas después, Darí­o argumentó: “ya sabéis, a los argentinos nos encanta contar historias”, a lo que Cimas añadió: “un poco largas, eso también”. No se me ocurre mejor frase para explicar las parrafadas de Darí­o, pero os prometo que vais a disfrutar más de lo que vais a leer, que ya es.

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¿Cuándo surge la vocación de dibujante?

La vocación, en mi caso, surge cuando iba al parbulario que en Argentina se llama Jardí­n de Infantes. Y surge por obligación. Resulta que me negaba a dibujar y cuando nos hací­an dibujar letras como paso previo a la lectoescritura, las dibujaba invertidas. Me mandan a la logopeda y me diagnostican como disgráfico, que es dislexia escrita: inviertes letras, escribes al revés, y eres incapaz de aplicar las reglas ortográficas.

Por darte un ejemplo: confundo visualmente las palabras haber y abrir, calavera y carabela, valla y vaya. No importa que sepa perfectamente que abrir va sin H, cuando la escribo escribo “habrir”. Si me preguntas cómo se escribe te diré que sin H, pero visualmente la veo como “haber” que va con H… Y escribo de derecha a izquierda, con lo que el número 3 y la letra E son todo un lí­o para mí­. Soy incapaz de recordar el orden de una cifra que tenga más de 3 números, y un largo etcétera.

La logopeda me hací­a copiar historietas con papel de calcar, para que fijara el orden de la imagen real y el movimiento de la mano, para poder pasar a la primaria y poder iniciar la educación en la lectoescritura.

Fui toda mi primaria a la logopeda y de calcar los cómics pasé a dibujar los propios, pero a mí­ me cuesta muchí­simo dibujar y escribir a mano, para que lo entiendan, es como nacer diestro pero con dos manos izquierdas o a la inversa. Sólo que los que somos fans de los cómics no podemos hacer otra cosa que dibujar cómics.

¿Qué te inspira más de lo que ves y lo que experimentas a la hora de dibujar?

Me inspira cierto tipo de inadaptados involuntarios. Yo siempre fui muy social y no tuve problemas sociales en toda mi vida, pero tengo una gran empatí­a con aquellos que tienen algo que los hace inadaptados socialmente, cuando, en realidad, pretenden todo lo contrario. Por eso mis personajes suelen ser personas bastante solitarias, que intentan quedar bien o ser queridos y consiguen todo lo contrario. En el fondo es un prototipo clásico, Buster Keaton, Krazy Kat, Laurel y Hardy.

Me gustan también el pí­caro, el que transgrede con pequeñas maldades en el sentido más Tom Sayer y Huckelberry Finn, que, en el plano de la contracultura podrí­a ser perfectamente Hunter Thompson y su abogado…

Hay algo en esos dos prototipos: el ingenuo inadaptado involuntario, y el pí­caro inadaptado por vitalidad de vida, que encajan algo mí­o y me producen gran simpatí­a.

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¿Cuál es la base de tu estilo y qué es lo que ha ido cambiando en tu forma de expresar gráficamente lo que piensas?

Creo que mi estilo es lo que queda sin que ni siquiera me de cuenta yo, tras probar un sinfí­n de caminos en los que me meto continuamente. Hay autores que tienen un estilo marcadí­simo desde el comienzo y eso les permite contar todo lo que quieren contar, lo que me produce mucha envidia, porque yo cada vez que arranco un dibujo, lo que quiero contar me pide que cambie porque lo que tengo, como estilo, me limita lo que quiero contar. Por eso he transitado y transito un montón de variaciones de estilo, muchas fallidas, otras no, pero que algo queda en todas que se reconoce como estilo.

Supongo que el estilo es más deudor de mis limitaciones que de mis capacidades, así­ que le estoy muy agradecido a mis deficiencias.

¿Cuáles han sido y cuáles son tus principales influencias?

Tengo varias y muy variadas, yo no dibujo por una fascinación con el dibujo per se, yo dibujo porque primero se me ocurre algo que contar. En Argentina tenemos el término Historietista, que ya incluye el hecho de que cuentas y escribes una historia para luego dibujarla. En España no hay una palabra similar. Me rebela cuando me dicen “Dibujante de cómics o dibujante de tebeos”, no porque yo no sea dibujante, que lo soy, si no porque se anula en el término lo que para mí­, en el cómic, es mucho más importante que la capacidad de dibujar, y es la capacidad de contar algo.

Así­ que mis influencias son de autores que son importante por lo que cuentan y cómo lo cuentan, más que porque sean grandes dibujantes, que muchos, además, lo son.

Puedo decirte: Krazy Kat de Herryman, el Popeye de Segar, Polly and Her Pals de Sterret, Pelopincho y Cachirula del Uruguayo Fola, otro uruguayo, Kalondi, Vazquez, Vazquez de Sola, Gallardo, Max, Langer, Crumb, Spiegelman, Clowes y mis compañeros de la vieja revista Suélteme de Argentina. Y mucha literatura: Macedonio Fernández, Gomes de la Serna, Twain, Ambroce Bierce, Vonnegut, Calvino, el cine de Wilder, los Cohen, Argento, Fellini, Leone, el stand up americano, Larry David, y un largo largo etcétera

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Foto: El crí­tico de la tele

 

¿Te resultó complicado hacerte un hueco en el mundo de la ilustración?

La verdad es que no. Me fue muy natural. Tení­a 19 años, empecé a llamar y a enviar chistes y dibujos a prensa y me empezaron a llamar. Lo difí­cil es mantenerse y llegar a vivir de hacer tebeos, humor o ilustración. Parte importante del trabajo es no quedarte quieto, seguir mandando, seguir haciendo entrevistas y, sobre todo, seguir haciendo proyectos propios sin esperar a que te llame nadie.

En el año 1994/95 hubo una crisis en el sector en Argentina, cerraron medios de comunicación, se redujeron gastos… No fue la primera ni la última, pero esa me pilló de lleno porque ya viví­a sólo de la prensa. Varios de los mejores historietistas argentinos y de los que yo más admiraba. Fayó, Podetti, Sapia, Parés, Dani The O y Migliardo se habí­an quedado también sin lugar en los medios para publicar sus historietas, nos juntamos y sacamos nuestra propia revista de cómics de humor en quioscos, la Revista Suélteme. Y ahora, ya en España y 20 años después, en una situación similar, sacamos Mongolia…

De hecho Rapa Carballo, mi amigo y socio Mongol, en aquellas épocas, en Argentina, se juntó con Langer, Bianchi, Elenio Pico y Sergio Kern, he hicieron también una gran revista independiente de Cómics, Diseño y Arte que se llamó El Lapiz Japonés y que también es un referente. Nos publicábamos mutuamente entre El Lápiz Japonés y la Suélteme, y ahora hacemos algo similar en España con los demás medios independientes a los que consideramos de nuestra familia.

Creo que la situación en la que vivimos hoy, hay que tener muy presente que los proyectos propios son mucho más viables que la posibilidad de que te publiquen otros.

¿Qué es lo más enriquecedor de tu trabajo?

El tiempo de soledad que conlleva el hacer historietas: estás sólo primero con tu idea, luego estás solo con el boceto de cómo contarla, luego estás sólo cuando la dibujas, y por último estás sólo cuando pasas a tinta y cuando le das color… Es un artefacto narrativo tan artesanal y arduo, por lo menos para mí­, que te permite reflexionar sobre lo que estás haciendo mientras lo estás haciendo. Esa soledad y ese pensar y repensar y reflexionar me parece lo más enriquecedor de mi oficio. Con la velocidad de la vida moderna, la gente ya no tiene tiempo para estar callados consigo mismo pensando en cosas que no son sus problemas inmediatos y la desesperación de su dí­a a dí­a. Los que tenemos este oficio tenemos este privilegio.

¿En tu biografí­a de Twitter aparece un sinfí­n de trabajos, a veces muy diferentes entre sí­, que has realizado. En cambio, tú únicamente dices que “haces cosas”. Esto nos lleva a pensar que eres bastante inquieto ¿Cómo es hacer (tantas) cosas?

Los historietistas somos inquietos por defunción. Si ves a otros grandes a los que admiro, que son Entrialgo, Nuñez, Alcázar, Kubala o Brieva, son también culos inquietos. Esto tiene una explicación, a los historietistas nadie nos encarga: “hazme un tebeo”, nosotros lo hacemos y luego lo colocamos. Es rara la vez que te piden un tebeo… Solemos buscar un espacio donde publicar los tebeos que hacemos, que es algo bien diferente. Los ilustradores, en cambio, a nivel profesional, funcionan de otra forma, a ellos les piden: ilustra tal o cuál texto, o artí­culo, dibuja tal o cuál libro. Nosotros hacemos el libro, y luego intentamos venderlo a alguna editorial.

No es una cosa mejor que la otra, son dos dinámicas diferentes de los respectivos oficios. Y esto hace que luego digamos: ¿y si hago cine?, como en el caso en su momento de Alex de la Iglesia, que vení­a del cómic, o ahora de Carlos Vermut o Manuel Bartual. Somos freaks, nos gusta los tebeos igual que el cine, la literatura o la música… Y de ahí­ que si generamos nosotros nuestros propios tebeos viniendo, en realidad, de ser lectores de tebeos, ¿por qué no hacer lo mismo con las demás cosas que nos gustan? Después de todo son otras formas de narrar estéticamente una idea.

Sólo hago lo que me permite vivir monetariamente hablando, que con lo mal que está el mercado esto sólo ya implica trabajar mucho, y, por otro lado, todo lo que me haga vivir en el sentido entusiasmo y placer, y que si no lo hago me amargo. Hoy por hoy he logrado combinar ambas cosas con Mongolia: un proyecto que me permite escribir, dibujar, hacer collage y todo lo que se me ocurra y que me permite vivir modestamente pero realizando todo lo que quiero a nivel placer y entusiasmo y, como si fuera poco, con amigos.

De hecho, con Mongolia, de pronto se nos ocurre un show de comedia como es El Musical, y salimos a hacerlo por teatros cuando nunca lo habí­amos hecho. Y tengo 43 años y un oficio reconocido. Hay noches que me digo: ¿Qué hacés haciendo el ridí­culo cuando vos ya tenés los tebeos? Pero luego llega la mañana y me digo: ¿Por qué no?

Con Mongolia nos planteamos algo muy concreto: contar con las dos herramientas más potentes de nuestro oficio, aquello que nos han dicho que no se puede contar. Esas dos herramientas son el humor y el periodismo.

En El Musical, hacemos lo mismo: hacemos humor bestia sobre la actualidad, hacemos ese tipo de humor que siempre nos dicen que no deberí­amos hacer. Pero la realidad que nos toca vivir no da lugar ni a la sutileza ni a la metáfora. Nos subimos a un escenario para hacer aquello que nos planteamos en Mongolia: un humor salvaje y agresivo contra todos los farsantes que nos están jodiendo vivos. Estamos más hermanados con el Punk que con la música progresiva…

Sólo hace falta no tener miedo, querer aprender, respetar el oficio y a los maestros y ser honesto con lo que se cuenta y haces.

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Mongolia es una publicación que levanta muchas ampollas ¿Crees que la situación actual hará que el lector aprenda a deglutir vuestro tipo de humor?

No lo sé, te soy sincero. Yo hago humor porque el ser humano me horroriza porque todo lo que tiene de bueno, que es maravilloso, no llega ni a los talones a lo perverso y enfermizo que es. Como decí­a Mark Twain: “No se puede decir de alguien nada peor que el decir que es un ser humano”.

Lo que sé es que es mi obligación como narrador el ser libre más allá de las opiniones, pero también el ser consciente y el ser ético en lo que hago. Y esto lo tenemos claro con los demás miembros de la Alta Conducción Mongola. Y claro que nos equivocamos, pero intentamos reflexionar y no repetir errores, pero lo que no vamos a aceptar jamás es la moralina, o la tonterí­a del “buen gusto”.

Hasta el más realista de nuestros chistes o guiones no deja de ser una ficción, y, como tal, es una creación de la mente. Si no ya entramos en el mundo, muy Phillp K. Dick, de que eres culpable de un delito antes de haberlo cometido.

A veces se confunde, por educación moral, el acto con la ficción del acto. Por eso los faccismos prohiben tanto las expresiones culturales y cualquier humor que no sea blanco. Matar a otro ser humano es delito, escribir un cuento, una novela, o un tebeo sobre un asesino o un asesinato, no convierte al autor en asesino ni en instigador del crimen.

Cuando un criminal de la SS o un neonazi cuenta un chiste sobre las ví­ctimas del campo de concentración, no está contando un chiste, lo que está es acrecentando el sadismo del acto asesino que él mismo perpetra o considera que hay que perpetrar. No es el hecho de hacer un chiste sobre un drama lo que lo convierte en un cabrón asqueroso, es su ideologí­a y la ideologí­a que demuestra el chiste.

Mientras se siga con la mojigaterí­a de que hay temas que no se tocan, la auto censura seguirá llevándonos al pasado, que es lo mismo que están haciendo desde el gobierno con nuestros derechos como trabajadores, con el aborto, el matrimonio gay, y tantos otros temas.

¿Cómo crees que contribuye la ilustración a cambiar las cosas?

No sé, no tengo ni idea… Creo más que tanto los narradores, sean escritores, historietistas o humoristas gráficos, como los ilustradores, los artistas o los fotógrafos, no generamos el cambio social, y si lo generamos lo hacemos en cuanto a individuos, como el resto de ciudadanos y vecinos. Nosotros lo que hacemos desde nuestro oficio es, en todo caso, dar testimonio desde la realidad misma, como hace Enrique Flores, o desde la imaginación como podemos hacer otros. Pero no creo que seamos nosotros ni responsables ni importantes a la hora de generar un cambio social.

En ese sentido la labor de los periodistas puede tener más relevancia, pero tampoco les meterí­a yo en semejante responsabilidad. Los cambios sociales se dan o bien por el buen hacer de polí­ticos honestos que cumplen lo que su electorado quiere, o bien por los ciudadanos y su acción. Los que trabajamos en los medios podemos participar de esto como individuos, pero nuestro trabajo en los medios es, en todo caso, y creo que no obligatoriamente, testimonial.

¿Y tu estilo en particular?

El mí­o ninguno. De verdad, el mundo puede seguir girando sin mí­, sin mis cómics, sin mis chistes. Al único que le conviene que yo siga haciendo lo que hago es a mí­ mismo, porque es un auténtico privilegio. Macedonio Fernández decí­a que sin el YO no existe un haber mundo. El mundo tal cual yo lo conozco, me necesita para existir. Si yo no estoy, el mundo para mí­, no es. Ya con eso tengo la responsabilidad de ser el protagonista de mi propia historia, porque serí­a muy frustrante llegar al lecho de muerte y que la pelí­cula de mi vida que proyecte mi mente, la protagonice otro tipo que no soy yo. Y sobre todo porque después de muerto nadie te devuelve la entrada de la pelí­cula. Pero, la realidad es que el mundo sigue girando sin nosotros. Como el tí­tulo de esa maravillosa novela de George W. Stewart : “Los hombres pasan pero la Tierra permanece”.

Es muy liberador saberlo, aunque tenemos un compromiso ético con lo que nos rodea por el sólo hecho de habernos tocado compartir espacio y tiempo, no hay que tomarse a uno mismo muy en serio ni creerse nunca fundamental para el devenir de las cosas.

 

Y esto fue lo que nos contó Adanti. Si quieres verlo, tienes la oportunidad de hacerlo mientras haces la compra en el Carrefour de Quevedo o, si lo prefieres, en Mongolia, el Musical. Este fin de semana, si estás por Barcelona, tienes una oportunidad fantástica.

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Estefaní­a Ramos
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