Las desventajas de llevar gafas

Bienvenidos amigos de la miopía, hipermetropía, astigmatismo, y demases pías e ismos que nos hacen ver regular. Hoy vamos a hablar de esos pequeños seres llenos de bondad que son las gafas de vista; un pequeño montículo de montura y cristal del que, en algunos casos, es casi imposible separarse. Al menos casi imposible sin que al cabo de un rato paseando aparezcas en una ciudad distinta, o des algunos abrazos a desconocidos que jamás te lo pidieron. Así es como se cambia el transcurso de una vida, saliendo a la calle sin llevar encima nada más que tus sueños y un montón de dioptrías.

Las gafas pueden ser de pasta, de hierro, redondas, rectangulares, montura al aire, modelo clásico, o de diseño más imaginativo. Una para cada rostro, ahí están, esperándonos en nuestra óptica más cercana. Evidentemente, a día de hoy llevar gafas no supone el martirio que era hace algunas décadas. Antes sí era más complicadete, cuando no eran especialmente cómodas. Ni especialmente bonitas, tampoco. Actualmente podríamos decir incluso que portarlas te da cierto toque de elegancia y distinción. No obstante, llevar gafas no mola tanto como puede parecer, y os vamos a contar por qué. Esperad, que nos aclaramos la garganta. Jm, jjjm. Vamos allá:


— Saludar a un semejante –

Hablamos del momento exacto en que tú (que llevas gafas de vista), saludas con dos besos a otra persona (que también las lleva). En entonces cuando se produce un leve e incómodo choque aparatoso entre ambos artefactos que, bueno, resta cierta naturalidad al saludo. También, derivado del choque entre ambas gafas, se producen efectos sonoros que pueden hacer pensar a los saludadores y a los que le rodean que en algún lugar cercano se está librando un combate de esgrima.


— No recuerdo haberme mudado a Silent Hill —

Ocurre que a veces (por ejemplo, cuando hace frío y entras de pronto en un lugar con calefacción, o te llevas a la cara una taza de café humeante) se te queda la vista como si estuvieras viendo a través de la mampara de la ducha. No te preocupes si eres nuevo, es lo habitual. Puede ser que la persona con la que establezcas contacto visual inmediatamente después no te tome demasiado en serio, pero se pasa en seguida.


— Cuando te quitas las gafas —

Suele darse cuando alguien te dice que te quites la gafas, o cuando tú te las quitas por tu propio pie con la intención de limpiarlas o, quién sabe, tal vez darle un poco de emoción a la jornada. Normalmente a la otra persona se le cambia un poco la cara, adoptando una expresión un tanto extraña que oscila entre el desconcierto y… el desconcierto. Luego se suceden las frases como “pero qué raro estás”, “parece que tienes los ojos más pequeños”, o la clásica, punzante, directa y cargada de sinceridad: “NO TE LAS VUELVAS A QUITAR JAMÁS”. Bueno, aunque también puede pasar que alguien sugiera que estás mejor sin ellas. Pueser.


— Cuando te quitas las gafas Y SE LAS PONE OTRO —

“¡Tío! ¡No ves nada!” Bueno, ése es uno de los principales motivos por los que el oftalmólogo decidió que las llevara, pero es un apunte que nunca está de más recordar.


— Tumbarte de lado en el sofá —

Sí, sé lo frustrante que es. Tras años y años de severos intentos, nunca he sido capaz de tumbarme a ver la tele llevando las gafas y conservar la integridad. Se te mueven, se te aplastan, se te clavan, o directamente se te rompen… :_ )


— Ir a ver una peli en 3D —

Si tienes falta de vista y quieres ir a ver una película en 3D al cine no te queda más remedio que armar tu propio Transformer intentando combinar ambas gafas para conseguir una estructura más o menos resulta.


— El camino que recorres desde la cama hasta otros lugares —

Es muy probable que si te levantas de madrugada para ir al baño no te lleves las gafas contigo. Por qué, si no ves ná, te preguntarás. Pues porque mira, no hace falta, si va a ser un momento. Lo que pasa es que comúnmente estando medio dormidos nos envalentonamos, nos venimos arriba y pensamos que claro que sí, que qué va a pasar. Luego vienen los ayayayeises cuando nos damos contra la pata de la cama, nos chocamos contra la mesita de café, u orinamos en una maceta.


— El dedazo —

Ésta es, sin duda alguna, una de las que más nos saca de quicio a los que las llevamos. Vas a colocarte las gafas, que por esto del calor están escurridizas, y sin quererlo lo has hecho. Te has plantado todo el DEDAZO en el cristal. Normalmente ocurre cuando acabas de limpiarlas, como cuando lavas el coche y llueve tierra. Aunque también puede ser que te hayas marcado ya tantos dedazos que todo te dé igual y optes por sacrificar ver las cosas a color.


Éstas son, amigos, algunas de las pequeñas desventajas que supone llevar gafas, sin olvidar todas las cosas buenas que reportan, que son un montón. Muchas más. De hecho creo, y estaréis de acuerdo conmigo, que sólo por poder hacer este gesto ante un giro inesperado de los acontecimientos, llevar gafas ya compensa:

¡Hasta pronto!

Carlos Dí­az

Redactor

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