Cuando el grajo vuela bajo, todo da más pereza

Dicen que cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo. Pues bien, no sé vosotros, pero a mí me da la impresión de que ese grajo del que siempre se ha hablado ha comenzado a vivir entre nosotros. Porque así son los grajos. Que por cierto, un grajo es esto.

Aquí un Corvus Frugilegus retozando alegremente en la nieve

Quizá penséis que se me ha terminado de ir la pinza, pero, ¡eh! Al menos yo intento buscarle explicación a este frío proveniente del lugar más frío del gélido lugar de dondequiera que provenga, pues eso, el frío. Espero haberme explicado con claridad. Seguimos.

Pensábamos que esa cálida brisa que hacía nuestra existencia aún más agradable ya a mediados de diciembre –sospechoso, cuanto menos– iba a durar para siempre. Craso error. Ya han empezado a instalarse en nuestros termómetros las temperaturas bajo cero, y consigo han traído una desidia de dimensiones estratosféricas que, lejos de desanimarnos, compiten con nuestras ganas de hacer un montón de cosas para hacer el día a día un poco más interesante. Hablamos de relatos de la vida cotidiana que se convierten en auténticas proezas cuando en lugar de un solecito bueno y bucólico, te encuentras con las ventanas del salón empañadas del pelete que hace. Creo que ya sabéis por donde van los tiros.

Hoy vamos a enumerar todas esas cosas que a priori parecen fáciles pero que luego, en cuanto es necesario echarse la mantita por encima, se hacen un mundo. Un mundo frío, concretamente. Como el de Frozen

1. Salir de la cama. Es ya casi tradición empezar con un clásico. Si ya algunas veces salir de la cama supone toda una hazaña en sí misma, cuando es necesario quitarse de encima el edredón que nos salvaba de caer en el abismo de la hipotermia hasta ese momento y entrar en contacto con un suelo aparentemente forjado en hielo, vamos, ni os cuento. Así, presenciamos a diario numerosas situaciones verdaderamente dramáticas como la de ver por ejemplo a un veinteañero estándar tomándose 30 minutos extra –en el mejor de los casos– para salir de la cama cuando se había prometido a sí mismo madrugar para estudiar porque durante todo el día de ayer, no sé, no surgió.

2. Salir de lugares, en general. ¿Que te llaman y no hay cobertura? No pasa nada. ¿Que ya estás llegando a tu parada de destino en el metro pero estás calentito? ¡Quién dice que no a dar una vueltecita por los intrigantes paisajes subterráneos! Y así, sucesivamente. Sólo debemos entrar en contacto con el exterior en situaciones de extrema necesidad. Como ir a comprar galletas de madrugada, por ejemplo.

3. Ir al baño. Estoy convencido de que los debates internos más duros se han producido frente a un inodoro frío como un témpano de hielo. Porque claro, ir al baño con frecuencia es una necesidad vital. De ahí que a eso se le llame usualmente “hacer las necesidades”No obstante, en tiempos de frío, no hay nada que no nos veamos obligados a cuestionarnos. Incluso en materia de funcionamiento básico de nuestro organismo.

Descripción gráfica de un debate interno endurecido por condiciones meteorológicas adversas

4. Y ya que hablamos de bañosla ducha.  Todos estaremos de acuerdo en que la ducha es un bien preciado, y que la higiene es fundamental para nuestro bienestar así como para el de quienes nos rodean. Sobre todo para el de quienes nos rodean. Sabemos sobradamente que es duro enfrentarse al cambio de temperatura entre el agua hirviendo con la que nos duchamos en esta época del año, y la realidad climatológica que nos espera agazapada al otro lado de la mampara. Es así como, una vez más, de la cotidianidad obtenemos una historia que contar mientras nos regocijamos en nuestro propio orgullo. Resulta incluso poético. “Por ti me ducharía hasta en invierno”.

5. Dar un paseo. Cómo que un paseo, alma de cántaro. Podemos dar un paseo hasta una cafetería con calefacción, por ejemplo. O un paseo un poco más largo hasta alguna cálida ciudad del hemisferio sur. El mundo exterior, cuando hace frío, es un lugar hostil plagado de imprevisibles peligros como el de… contraer resfriados, yo qué sé.


Y hasta aquí podemos leer. No os desaniméis. Y si lo hacéis, pensad en todos esos países y ciudades donde los grajos SÍ que vuelan bajo. Pero bajo, bajo. Bajísimo. Casi reptan, de hecho. Al final somos unos privilegiados, así que esperamos que aprovechéis el tiempo invernal que nos queda –que parece que aún da para rato–, que luego llega el calor infernal y serán otras muchas cosas las que nos den pereza. Mientras, siempre nos quedará hacer la bromita de que fumamos cuando nos sale vaho por la boca. Y eso que nos llevamos. ¡Hasta otra! 😀

Carlos Dí­az

Redactor

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