Lo que aprendí en una tarde en un sex shop

El mundo del sexo es un constante descubrimiento. Cuando crees que lo sabes todo, hace chas y aparece a tu lado una nueva experiencia que marca un punto de inflexión en tu vida. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué te gusta ponerle piña a la pizza?

Esta semana se me ha encomendado la tarea de preparar un botiquín de primeros auxilios sexuales para una amiga. A mí. Porque es sabido por todos que un hombre gay sin experiencia alguna en satisfacer a una mujer es la mejor persona para prepararlo. Se sabe aquí y en Cuenca.

Y, así, yo, con mi espíritu aventurero, con la curiosidad de quien nunca ha tenido una relación con los juguetes sexuales, me he ido a capturar todos los posibles. Me he ido a un sex shop.


Fase 1: la vergüenza

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18:30. Montera. Quedas con tu mejor amigo. A él, más inocente que tú, lo has engañado y ha terminado acompañándote en esta maravillosa experiencia. Se muere de vergüenza, pero no quiere dejarte solo.

Tras buscar cuidadosamente por toda la calle, encuentras el sex shop. Con carteles de neón, rojo pasión, discretos. Por si cabía alguna duda de que era un sex shop. Ya no la hay.

Miras hacia todos lados para asegurarte de que no hay nadie conocido alrededor. Dices siempre que el sexo no es tabú para ti, pero por si acaso. Ves a dos chicas que se dirigen hacia el mismo sitio que tú, te acercas bien a ellas y entras disimuladamente, como si no fuese contigo.

—Buenas tardes. 

—Hola, ¿qué tal? ¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí, verá… Yo venía a comprar cosas para un botiquín sexual para el cumpleaños de una amiga. 

—Para una amiga… Entiendo. Sígueme. 

Sabes que no se lo ha creído. Piensa que te da vergüenza admitir que quieres comprar cosas para ti y tu novio -tu mejor amigo está al lado-. Sonríes amablemente.


Fase II: el descubrimiento

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Caminas asombrado por la tienda. Ves cosas que no sabías ni que existían. Hay una vitrina entera llena de consoladores con forma de pene de tamaños descomunales. Eso no es humano.

Hablas con tu mejor amigo mientras le cuentas que tus amigas te han enviado a comprar los regalos porque ellas no pueden. Lo repites varias veces en voz alta para que a la dependienta le quede bien claro que todo lo que piensas comprar no es para ti. Consigues el efecto contrario. Sonríe. Sonríes.


Fase III: la incertidumbre

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Hay tantas cosas en tantas vitrinas que no sabes a dónde mirar. Dos plantas llenas de juguetes sexuales. Te acuerdas de Toy Story sin saber por qué. Te sientes culpable por mancillar tu infancia. Te ríes por lo bajito. Que alguien hable o haga algo.

—A ver, aquí tenemos botiquines preparados.

—Sí, ya veo…

—Tenemos éste, con un consolador, unas esposas, un lubricante y un dado para que juegues. Son 25 euros.

Vuelves a insistir, porque ves que no le ha quedado claro.

—Sí, a mi amiga seguro que le gusta eso.

Sonríe. Sonríes. Ves muchas… cosas… sueltas en una vitrina.

—¿Cuánto vale ese consolador?

—Viene todo en un pack de 39 euros. Trae dos consoladores, un antifaz, un plumero, un lubricante, una crema para masajes, un anillo, unas esposas y una película con historias para ir a la cama.

—Uy, pues está muy bien. ¿Le importa si le pregunto a mis amigas?

—Sí, puedes preguntarle a tus amigas. Pero no saques fotos.


Fase IV: la decisión

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Tus amigas no contestan a tus mensajes por WhatsApp. La dependienta te mira fijamente. Sonríes. Sonríe. Te entra un calor repentino. Tu mejor amigo te mira fijamente. No tienes ni idea.

—Creo que nos llevamos el de 39 euros, que mis amigas no contestan.

—¡Buena elección! Espero en caja, por si queréis seguir mirando cosas.

La sigues. Vuelves a pasar al lado de la vitrina llena de consoladores descomunales. Le comentas a tu mejor amigo que eso no puede ser sano. La dependienta sonríe.


Fase V: la prueba final

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La dependienta coloca todo en caja. Añade pétalos de rosa. Son muy feos, pero no le vas a decir nada.

—Bueno, vamos a probar todo.

—¿Perdón?

—Lee estas instrucciones para que sepas bien que no puedes devolver nada una vez que lo uses.

—Se lo diré a mi amiga, para que lo sepa.

Das por hecho que no te creerá. Te rindes en el intento e intentas llevarlo lo mejor posible. Otra vez será. Detrás de ti, una pareja habla con otro dependiente sobre condones efecto retardante. Pones cara de acelga. No sabes nada de la vida.

—A ver, coge estos guantes, por favor.

Te los pones, temiéndote lo peor.

—Voy sacando las cosas y las vas cogiendo y tocando para que veas que funcionan bien.

—Vale…

—Toma, el consolador.

Empieza a vibrar en tus manos. No sabes qué hacer.

—Como ves, es muy potente. Toca, toca, que tiene más potencia. Mira, le das a este botón y va con más intensidad.

—Sí, ya veo…

—Y este otro igual. Le das a esta rueda y gira muy rápido y con mucha potencia. Cógelo.

Un ¿consolador? en forma de ¿huevo? ¿piedra? empieza a vibrar como si no hubiera mañana. Asientes.

—Sí que va rápido, sí.

—Y este anillo igual, mira.

La cola crece detrás de ti mientras la dependienta muestra entusiasmo en que toques cada juguete de la caja.

—A mi amiga seguro que le encanta.

Un dependiente le pregunta a un chino cómo le gustan. Se ríe y le contesta que pequeñas. Se te quita la vergüenza.

Coges la caja, metida en una bolsa muy elegante, como el sitio, lleno de vitrinas con consoladores y carteles de neón. Pagas. La dependienta te cuenta que en las facturas y en los movimientos del banco no aparece que has comprado en un sex shop. Le das las gracias. Sales de la tienda y te vas al McDonald’s. Nunca más.

Gabriel Garcher
Gabriel Garcher

musica@bfacemag.es

Redactor de Lifestyle y coordinador de Música. Un canario, que no africano, que abandona su isla y se marcha a la capital del reino para estudiar Periodismo y CAV.

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