Los placeres del madrugar

Parece que no, pero los hay. Madrugar está bien visto pese a los hercúleos esfuerzos que supone. Alguien que madruga es alguien que aprovecha el día, que está listo ante lo que pueda venir, preparado para la jornada, que carpe diem, y un montón de cosas más. Una maravilla, un primor. Luego, en el otro extremo, están las personas como yo. Los que ante el sonido de la alarma pulsan una y otra vez el “posponer” y cuando no pueden estirar más su estancia en la cama proceden a levantarse entre resoplos y recorren largas distancias con los ojos cerrados evitando a toda costa el contacto con otros seres humanos. Porque así somos, y así es. 

Antes, pues, de meternos de lleno en el lado más hedonista de levantarse temprano, habría que delimitar qué es un madrugón y cuántos tipos podemos encontrar en la naturaleza. Como todo en esta vida, el madrugar es un concepto relativo. Relativo a lo que cada uno considere que es salir de la cama con premura, fundamentalmente. Por ejemplo, ¿es madrugar todo aquel despertar que se produce antes de la hora de comer? Pues podría serlo, pero teniendo en cuenta distintos grados. Podríamos dividirlo en dos grandes grupos; por un lado, el “madrugón apacible”, más común en edades tempranas y universitarios de turno de tarde, que consiste en levantarse a las 9-10 de la mañana, y luego, para el deleite del ser humano, está el “madrugón terrible”, que se produce cuando te levantas de la cama, miras por la ventana, y es de noche.

Entre ambos grados hay otros muchos, tantos como alarmas se programan a diario en los distintos smartphones del mundo, unos más tirando a lo apacible y otros más a lo terrible. En cualquier caso, acabamos de volver al ritmo y puede que madrugar fuera algo que ya se nos había quedado lejano, pero siempre vuelve. Siempre. Es por ello que debemos acostumbrarnos, dejar de verlo como al enemigo, levantarnos de la cama de un salto, gritar un “¡Buenos días, mundo!”, y luego recuperarnos del mareo que nos ha dado por levantarnos tan deprisa.

Lo que está claro es que para madrugar conservando la decencia es necesario al menos haber dormido lo suficiente y de la manera correcta, y sé que éste no es el caso de muchos de los que estáis leyendo esto. Ya bien sea porque han vuelto las series y los realities, porque esa conversación de whatsapp se puso especialmente interesante, o porque estabas teniendo una charla súper trascendental con tu compañero/a de piso. El caso es que has dormido más bien poco, y es aquí cuando el tomarnos con humor el madrugón requiere de nuestras aptitudes más valiosas, así que me dispongo a enumerar lo bueno –o lo no tan malo– de madrugar para echaros un cable. Vamos allá:

1. Desayunar a gustico. O desayunar, en general. En concreto mi compañera de piso asevera en unas declaraciones en exclusiva para BFace Magazine que para ella el mejor momento del día es cuando se toma el café junto a la ventana mientras mira absorta al infinito y no interactúa con nada perteneciente al mundo que le rodea excepto el Candy Crush. 


2. Decirle a todo el mundo que has madrugado un montón. “¡Qué sueño! Claro, es que hoy me levanté a las 6:35h”. Siéntete como un héroe por un día, date ese placer. Una vez dormí 40 minutos antes de ir a un examen y no paré de repetirlo en todo el día. De hecho, este artículo no es más que un pretexto para contároslo.


3. Ver amanecer. Hombre, no podía faltar. Si te pegas un ya mencionado madrugón terrible podrás ver el amanecer siempre y cuando las edificaciones colindantes te lo permitan. 


4. Coger un buen sitio para hacer una barbacoa. Los mejores sitios para las chuletadas, asaderos, barbacoas –o como queráis denominarlo– siempre se encuentran muy disputados y el único modo de tener una buena oportunidad es levantarse a horas intempestivas. Si ya teníais que madrugar de todas formas pues oye, eso que os lleváis.


5. Ir al gimnasio, echarte una carrerita. Sé lo que estáis pensando. Como si no tuviera suficiente con madrugar, espera que encima tendré que hacer deporte.


6. Echar un vistazo a la prensa. Recopilarás temas de conversación para el resto del día, que en ocasiones nunca sobran. Te librarán de encuentros llenos de vacío y silencios incómodos. Tan incómodos como cuando te despides de alguien y empezáis a andar en la misma dirección.


7. Tener la casa para ti solo. Un placer incontestable. Levantarte y estar a solas con tus pensamientos es fantástico. Al menos un rato. Si finalmente te aburres siempre puedes llevar a cabo la socorrida táctica de despertar al resto fingiendo que la televisión se encendió “con mucho volumen puesto”. Un clásico entre clásicos.


8. La programación mañanera. Hablando de encender la televisión, lo que nunca falla es la programación de por la mañana, tanto en televisión como en la radio. Siempre encontrarás algo que te guste o te ayude a amenizar los duros primeros momentos del día :_ )


9. Sentir la infinidad del día por delante. Tanto que es probable que a las 12 del mediodía ya has terminado de hacer todo lo que tenías que hacer y tengas otras 12 horas para no hacer nada.


10. Ir con tiempo. Se agradece.


Y es aquí donde termina otro capítulo de la serie de listas imposibles. Lo bueno de madrugar sólo se experimenta madrugando, eso es así. Es una cuestión de determinación, voluntad y deber. Programad vuestras alarmas unos minutos antes y disfrutad de todo lo que os ofrece la temprana mañana, o bien seguid durmiendo si podéis y disfrutad de lo que os ofrece vuestro confortable juego de sábanas. ¡Hasta pronto! 😀

Carlos Dí­az

Redactor

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