Los Reyes Magos: cuando eres niño vs. en la actualidad

Los Reyes Magos de Oriente ya han terminado de aproximarse por el árido desierto siguiendo las indicaciones de cierta estrella, y han dejado en vuestras casas algo que probablemente no se parezca ni al incienso, ni al oro, ni a la mirra. Bueno, quizá a la mirra sí. Fundamentalmente porque no sé exactamente lo que es.

El caso es que la tradición es la que es. Los principios básicos nos quedan a todos mínimamente claros. No obstante, la cosa ha ido cambiando. Un poco, solamente. Pasados 2016 años –que por cierto, desde aquí aprovecho para desearos el feliz año nuevo– la noche de Reyes Magos tal y como la conocemos hoy no tiene nada que ver con la de entonces, ni si quiera con la de hace 10 años. Hace unas décadas apareció Papá Noel por ahí haciendo la competencia, los regalos estrella han pasado de ser las muñecas, los muñecos, o las peonzas (¿las peonzas?) a pues, qué sé yo, un smartphone, una tablet, un monopatín de éstos que van hacia delante o hacia detrás según hacia donde te inclines, o sabe Dios.

Podríamos decir, entonces, que hemos ido modificando lo que es la Epifanía en sí para adaptarla a nuestros tiempos, y esta afirmación también nos incluye a nosotros. Y de esto, amigos, va este artículo.

¿Recuerdas el pre-Reyes, Reyes y el post-Reyes de cuando eras pequeño? Mágico, ¿verdad? Y distinto, muy distinto. Ahora tienes 20 y tantos, quizá 30 y algo, y la película ya no es la misma. Ni tan si quiera parecida. ¿Cuál es la diferencia entre el colofón final de la Navidad que vivimos ahora, y el que vivíamos cuando hace 10, 15 o 20 años? Pues miren ustedes, les cuento:

–5 de Enero–

ANTES: Ojo, ojo, ojo, que ya vienen los Reyes. La espera ha sido larga, pero por fin están aquí. Nervios, ilusión, emoción a raudales. Además, a tus padres por fin se les ha agotado el arma de tiranía resumida en la omnipotente frase: “pórtate bien, que si no los Reyes te traerán CARBÓN”. Así ha crecido nuestra generación, amedrentada por la posibilidad de que unos señores magos nos regalen un saco de roca sedimentaria. Qué le vamos a hacer ya, a estas alturas. El caso es que TODO vale.

Estás que no cabes en ti de gozo. Entonces, tratas de matar el tiempo intentando evadirte liberando un poco de energía pues, de cualquier forma, como por ejemplo dando brincos por la casa, que es una opción que siempre está ahí. Más tarde, vas a la cabalgata a ver a sus majestades, recoges todos los caramelos que un niño pueda recoger, y te marchas a casa. Y a dormir porque, como es bien sabido por todos, si los Reyes Magos te pillan despierto no entran a dejar los regalos. El júbilo empieza a aproximarse a su punto álgido.

A los Reyes Magos se les deja una ofrenda gastronómica que bien pueden ser unas galletas con su vaso de leche o, como es tradición en mi hogar, una tarta de limón. O unas pastas. O una paella. Tus padres pueden permitirse un despreocupado freestyle para la ocasión. Y ojo, que la cosa no queda ahí; para los camellos TAMBIÉN hay degustación. Normalmente, o al menos en mi casa, un cuenco con agua y un manojo de perejil. Porque la base alimenticia de cualquier camello es el perejil, claramente. Ahora sí que sí; a la cama, QUE MAÑANA VIENEN LOS REYES.

HOY: El 5 de enero SE SALE. ¿Se sale? SE SALE. Porque cualquier festividad debe tratarse como lo que es, una festividad. Ni tú ni tus amigos tienen claro qué va a hacerse exactamente, sin embargo, algo habrá que hacer. Algunos, a los que podríamos denominar “clásicos”, deciden acudir a la reverberante llamada del eco de su infancia asistiendo a la cabalgata, pero en otro plan. Coger caramelos es una opción que está ahí, pero no es prioridad. Después, la fiesta puede continuar en la dirección que el grupo decida.

En teoría recogerse pronto es una obligación implícita a esta noche tan especial, aunque que cada año es más y más laxa. Tu madre ya te ha advertido que no te hagas excesivas ilusiones, que este año los Reyes traerán “un DETALLITO”, porque ya eres mayor. Sin embargo, en tu fuero interno de niño grande, aún resuena un ápice de ilusión por lo que pueda pasar y te da la sonrisilla del “¿Y SI ES UN JET PRIVADO?”. Cosas más alucinantes se han visto. El objetivo, en cualquier caso, es no abrir los más o menos regalos sin resaca, porque hasta feo estaría. Al llegar, intentas no hacer mucho ruido y prepararte para levantarte habiendo dormido, con suerte, un par de horas. 

Continuamos.

–La mañana del 6 de Enero–

ANTES: Seis y media de la mañana. 6 de enero. Ya te has despertado unas trescientas veintidós veces a lo largo de la noche, pero esta vez ya asoman por la ventana los primeros rayos de luz. Es hora de levantarse de la cama y despertar a tu unidad familiar al completo (si tienes un hermano, éste puede colaborar en la labor).

Los regalos, normalmente, te esperan colocaditos en el sillón. Cuando entras en contacto visual con ellos, ya no hay vuelta atrás. Alegría, correteos, incluso grititos de ansiedad juvenil. Vas corriendo hacia ellos y, una vez allí, se dice el orden de apertura. Primero tu madre y tu padre, o los últimos, o qué sé yo, todo depende. Quizá después tu hermano o hermana, quizá decidáis que lo más justo es que os vayáis turnando. Son muchos los factores que entran en juego a la hora de tomar este tipo de decisiones.

Cuando eres un niño y te dispones a abrir los regalos, lo primero que vas a hacer es apartar con desprecio todo aquel paquete que sugiera contener ropa. Los blandengues, los que no tienen consistencia. Esos, como si no fueran contigo. Los dejaremos para el final para que, además, tu madre te obligue a probarte una por una cada una de las prendas mientras tú miras de reojo todos los juguetes/artefactos que ardes en deseos de ir a explorar.

HOY: Según el nivel de expectativa, la historia cambia desde bien temprano. Puede que esta vez sean tus padres los que te despierten a ti, que acudirás a su reclamo entre legañas y con el hilillo de baba aún colgandero. En mi casa, en concreto mi hermana y yo, dos veinteañeros de a pie, seguimos siendo quienes arman la bulla. Porque las cosas hay que vivirlas con intensidad. Una vez llegas al salón –o dondequiera que estén ubicados los regalos–, un simple vistazo basta para notar que la forma de los paquetes poco se parece a la de los de entonces. Hay muchos más blandengues y, oye, incluso te hace ilusión. Sin lugar a dudas, abrir con emoción extrema un paquete que contiene ropa es un claro síntoma de que igual nos hemos hecho un poco mayores (y eso es bonito). 

De este punto, el desafío más crucial que nos encontramos en las mañanas de 6 de enero actuales es que, conforme vas cumpliendo años, vas tomando conciencia de que los individuos de tu entorno tienen sentimientos, y que no está bien herirlos. Es decir, debes hacer lo posible por no marcarte un Chloe en “we are going to Disneyland!“, por evitar romper el corazón del regalador en cuestión, fundamentalmente. El mostrar agradecimiento es lo más importante de este día. Abrazos y palabras bonitas para todo el mundo, que es lo mínimo, oigar.

Por último, más breve pero no por ello menos emblemático, podríamos hablar del post-reyes, también conocido como la ruta del regalo. Consiste muy básicamente en visitar las casas de los diferentes familiares (donde además te reunías con muchos otros al coincidir en algún punto del camino) recolectando regalos. Cuando eras pequeño, no dejabas a nadie a salvo. Aunque fuera lo más pequeño del mundo, ahí debías estar tú para recogerlo. Actualmente, si vas a casa de tus abuelos y algún que otro tío, lo estarás petando. Además, tus familiares más cercanos, resignados a tus excéntricos gustos y a tu cambio de parecer constante, optarán probablemente por el clásico y siempre efectivo “dinero para las rebajas”. Bendito sea.


Y estas serían, amigos, las abismales diferencias y estragos que causan unos años más en este mundo para con la noche y día de Reyes. Desde aquí os deseamos que os hayan traído muchas cosas, muy bonitas, y que la ilusión os siga removiendo por dentro éste y otros muchos años más, que al final es lo importante. ¡Hasta la próxima! 😀

Carlos Dí­az

Redactor

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