Enfrentémonos al carnet de conducir

Bienvenidos, exploradores y trepidantes aventureros. Hoy, mientras escaláis esa montaña tan alta, os sumís en las profundidades de esa otra inhóspita cueva, o descifráis el mensaje que reza oculto en un antiguo papiro que habéis encontrado en un rincón del cuartito donde se guarda el árbol de Navidad el resto del tiempo que no es Navidad, quisiera —si me lo permitís, claro— irrumpir en vuestro vertiginoso ritmo de actividades para hablaros de otro deporte de riesgo, un reto solamente digno de los más atrevidos; el carnet de conducir. El carnet de conducir en general y, más concretamente, la odisea que supone sacárselo. ¿Te sientes perdido en este camino cargado de incertidumbre y búsquedas en foros de internet? Tranquilo. Siéntate, siéntate aquí. Coge aire y ve a matricularte a tu autoescuela más cercana. Ahora que has dado el primer paso —y que no hay vuelta atrás—, te dejamos un momento para que reflexiones.

Antes de meternos en el ajo, vamos a ponernos en contexto. Es verano y, con eso de que tienes tiempo libre, te has decidido a sacarte de una vez por todas el permiso de conducir. Porque sí. Porque sueñas con sentir el roce de la brisa en tu rostro mientras te diriges a algún destino paradisíaco aún por determinar siguiendo tu condición de alma libre y desprendida de cualquier atadura —aunque, como mi propia y santa hermana podría confirmaros, probablemente acabes yendo a buscar al peque de la casa a las 4 de la madrugada a ese bar porque “¿Cómo va a venir el niño a estas horas solo en el autobús? Ve a buscarlo que para algo te pagué el carnet”—. También puede que hayas cumplido una edad en la que es ya algo rutinario para ti escuchar unas setecientas millones de veces por semana —y de distintas bocas— la siguiente frase: “a ver si te sacas ya el carnet”. Éste es mi caso, y no veáis las risas.

Si finalmente te decides o si ya lo has hecho, debo adelantarte que durante todas las fases del proceso escucharás mil cosas. Es lo que tiene haber dejado pasar el frenesí de la mayoría de edad recién cumplida, que todos a tu alrededor ya lo tienen y, por tanto, tienen algo que decir al respecto. Hablo de un buen consejo. Una experiencia alentadora, tal vez. Un “¡UF! Ése examinador fue quien me suspendió a mi. Y a mi madre. Y a mi padre. Y a mi tío. Incluso a la iguana que una ex-compañera de piso tenía por mascota. Lo vas a tener complicado si te toca con él”. Como ves, impera la diversidad. Sea como fuere, debes escuchar atentamente, pero a la vez hacer caso a tu corazón. O seguir el camino de la fuerza, en caso de que seas un Jedi.

La cuestión es que, teniéndolo fresquito y habiendo observado el gran número de inescrutables caminos que se nos plantean para llegar a nuestro codiciado objetivo, he pensado que sería divertido aglutinar mi propia experiencia y la de los que me rodean para que, más o menos, os hagáis una idea de lo que os vais a encontrar. Espero poder explicarme con la nula capacidad de síntesis y de hacerme entender que me caracteriza.

Resumiendo, que no os quiero hacer el lío. Si eres de los que el miedo no te paraliza, de los que buscan emociones fuertes, incluso de los que sería capaz de comerse un yogur uno o dos días después de su fecha de caducidad, éste es tu reto. Vamos allá:

En teoría

Empecemos por la prueba teórica, coloquialmente conocida como “el teórico”. Consiste en 30 preguntas tipo test sobre todas las cosas que ponen en el libro que te proporcionan el día que te matriculas. Aquí comienza la bifurcación. Tendrás que escoger entre las que para mí son las dos corrientes didácticas —muy bien diferenciadas, además— que existen para superarla con éxito; por un lado, la de “haz test hasta que tu cerebro no tenga más remedio que retener el conocimiento” o, la menos popular pero que no por ello deberíamos tener en menos estima, “léete el libro y haz test por temas”, pudiendo ambas ser complementadas con la asistencia a las clases que imparten en la autoescuela.

Ambas tienen sus ventajas e inconvenientes, pero el objetivo es claro. Lo que sí es muy probable es que, tanto en un caso como en el otro, te pases el día haciendo test de las maneras más extrañas y en los contextos más marcianos, y preguntando dudas a los conductores que te rodean y a su vez preguntándote por qué no saben respondértelas. “Mamá, ¿cuánto puede sobresalir una carga por la parte posterior de una motocicleta sin sidecar en vías interurbanas entre la puesta y la salida del sol?”. Pues mira, ahora mismo no sabría decirte. Sé que esto puede generarte cierto desconcierto, pero así es.

Ahora supongamos que de cualquier modo ya tienes todo más bien claro en tu cabeza, lo que suele traducirse en “ya sólo estoy teniendo 1 o 2 fallos”. Ha llegado el momento de presentarte a examen. Decide qué amuleto llevarás contigo a Tráfico, coge aire de nuevo, y demuéstrales que el código de circulación podría ser tu libro de cabecera. Si todo va bien y dependiendo de cuándo te hayas examinado, pronto tendrás los resultados. Cuando veas el APTO resplandeciente junto a tu DNI, comienza la segunda parte de esta inquietante aventura; la práctica.

Dar cera, pulir cera. Pisar embrague, meter primera

Hola de nuevo, cómo estáis. Aquí comienza lo divertido, la sabrosura. Ha llegado el momento de subirse al coche por la parte del conductor, en contra de la resistencia que vuestra capacidad de coordinación pueda parecer ejercer. Lo primero que uno suele preguntarse es “¿cuántas prácticas se debe hacer?”. Pues verás, es cuestión de ir viendo. Los hay que con 25 o menos ya van a sus anchas, los que lo consiguen con 50, y los que llegan a más de 200. Empezad con unas cuentas y ya, pues lo que os vaya pidiendo el cuerpo. La cuestión es ir seguro a E X A M E N (amen, amen, amen…) <- Esto es el eco del EXAMEN.

Durante las prácticas os puede pasar de todo. Primero, observaréis como otros muchos conductores os adelantan poniendo más o menos esta cara:

No os preocupéis, vosotros a lo vuestro.

Al principio empezaréis seguramente con el volante, y en función de cómo te vea el profesor te irá dando más y más responsabilidades. Que si pon el intermitente. Que si pon las manos en el volante. Que si vigila lo que tienes detrás. Que si la próxima vez intenta no dejar el retrovisor en ese contenedor. Para mí, que agradezco al Señor diariamente el poder teclear en el móvil y respirar al mismo tiempo, supuso todo un reto. Luego acelerador, freno, caja de cambios, las luces. Y ya luego el embrague llega a tu vida, que es el despendole más absoluto.

Al principio se te calará. Se te calará un montón. Sí, amigos, el hombre ya va a la luna y sin embargo los coches aún se calan. Y los camiones de basura hacen ruido. Y hay un botón de “eject” en el mando a distancia del DVD aunque luego tengas que ir hasta él para sacar o meter un disco. El caso es que cada vez se te irá dando mejor y aprenderás a manejar el coche como es debido. Y será entonces cuando te des cuenta de que no estás solo en la carretera, y que tienes que coexistir con un montón de gente que no cruza por el paso de peatones y que se para en doble fila justo después de una curva.

También, durante vuestro periodo de prácticas, viviréis una etapa en la que os convertiréis en un copiloto insoportable. Insufrible. Extremadamente cargante. Te pasarás el día esputando todo tipo de comentarios como si acabaras de descubrir la pólvora del tipo: “¿Y el intermitente?”, “¿Por qué te comes esa continua?”, a los que seguramente os contestarán “ya cuando te saques el carnet hablaremos”. Seguido a veces de una agresión física, en función de cuánto hayas estirado la paciencia del sujeto en cuestión.

En fin, que una vez más, cuando os lo pida el cuerpo (los cuerpos piden un montón de cosas) y tu profesor esté de acuerdo (hazle caso, que él o ella sabe de estas cosas), debes presentarte. Hemos llegado a…

El EXAMEN

Chan chan CHAN. Ajay, el práctico. Si con el teórico os pusisteis de los nervios con éste vais a flipar. Respecto al EXAMEN (el de “amen, amen, amen”), para empezar, tendréis que lidiar con las leyendas urbanas alrededor de los EXAMINADORES de tu zona. Todos tus allegados te meterán el miedo el cuerpo contándote terroríficas historias de suspensos en los que un malvado examinador se cebaba con ellos sin motivo, así como te animarán relatándote el radiante día de su aprobado. No desesperéis, vosotros haréis lo mismo. Si no, al tiempo.

Una vez pagas las tasas ya sólo te queda que te convoquen e ir para allá. Para el punto de examen, que seguramente hayas recorrido unas quinientas veces en las últimas semanas. No te preocupes, puedes hacerlo. En cualquier caso, no te quepa duda de que, si tu suerte se parece en lo más mínimo a la mía, durante el examen te ocurrirá de todo, como que llueva, que te encuentres un contenedor en mitad de la carretera, o que se te aparezca la chica de la curva. Pero tú podrás superar todos esos obstáculos PORQUE ERES UN CRACK Y NADA PUEDE HACERTE DUDAR excepto un giro a la izquierda. Los giros a la izquierda te harán dudar siempre.

Cuando hayas terminado el recorrido, tu profesor o profesora deliberará unos instantes con tu examinador o examinadora para luego anunciarte el veredicto final. Si has suspendido no te preocupes, no pasa ná’. Fíjate bien en los fallos que has cometido y vuelve a intentarlo cuantas veces sea necesario —y te apetezca, claro—. Los hay que aprueban a la primera. Otros, a la segunda, como fue mi caso. A la tercera, a la cuarta, a la quinta… infinitas veces. Que no decaiga el ánimo porque cualquier día de esos escucharás entre trompetas y arpas angelicales ese “estás APROBADO”. Y cuando eso ocurra…

El aprobado

Como decía, una vez has escuchado las dulces palabras de tu profesor/examinador, tan sólo te queda llamar a tus padres mientras se lo cuentas entre sollozos, sacarte la foto pertinente con la “L” para tus distintas redes sociales, desear que cualquier persona —incluyendo desconocidos— tenga que ir a hacer cualquier cosa a cualquier sitio para ofreceros a llevarla, y bailar así:

¡Felisidade!

Y esto ha sido todo. Nada menos y nada más, sin otro misterio. Sobre todo tened muuucha paciencia, perseverancia, y cualquier otro valor que pueda seros útiles en estos casos. Ah, ah, ah, ah, ah y, se me olvidaba. A la pregunta “¿Cuándo sé que debo cambiar de marcha?” ya sé que no nos vale la etérea respuesta “cuando te lo pida el coche”. Los coches no piden cosas, no tienen boca, no son tamagochis. Pero sí, es exactamente así. Lo sé, yo me sentí tan decepcionado como vosotros. Y ahora sí, me despido al más puro estilo de mi santa madre: “¡TENED CUIDADITO!”

Carlos Dí­az

Redactor

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