Viaje a la despensa de cualquier estudiante emancipado

La hora de comer para un estudiante es, en su mayor parte, cuestión de echarle imaginación. Ojo, no hablo de cualquier estudiante. Los hay cuya pericia y saber hacer en la cocina resulta asombroso, o al menos bastante más elevados que mis capacidades, que aún sigo considerando el hacer unas palomitas de microondas con al menos un 50% de ellas comestibles un éxito gastronómico inconmensurable. 

En este caso me refiero al veinteañero o veinteañera estándar que cada día a la vuelta de la universidad se enfrenta a la a menudo incontestable pregunta: “¿Qué me hago de comer hoy?”. Y hace retumbar un eco que pone los pelos de punta hasta a los vecinos. Es entonces cuando se desencadenan en su mente una torpe secuencia de toma de decisiones que acaba en ideas que… bueno, suenan mejor de lo que saben.

Aquí el resultado de una de mis tardes más creativas #yummy

En cualquier caso, estaréis de acuerdo conmigo en que para crear una obra de arte tal se necesitan herramientas y materiales. ¿Las herramientas? Ya os lo digo yo; ollas, calderos y sartenes cedidos amablemente por el casero y que han pasado de generación en generación de inquilinos que, quienes más quienes menos, han dejado su huella. Carbonizada. En el fondo. Y tú raspas, pero no sale. Ni va a salir. ¡Ah! Bueno, y algún que otro utensilio adquirido por ti mismo en tiendas de decoración, pero nada mucho más relevante. Ahora, ¿y qué hay de los materiales? Pues bueno, de eso vamos a hablar hoy.

Aquí reside realmente la clave del éxito. ¿Cuáles son los ingredientes mágicos para crear una atrocidad culinaria como es debido? Pues tampoco os creáis que son tantos, ¿eh? Consisten en una serie de básicos que se combinan infinitas veces entre sí dando lugar a distintos tipos de alimentos situados a distintos niveles de lo que está bien y lo que está mal a nivel nutricional. Vamos a ver, pues, qué es lo que nunca puede faltar en los compartimentos y armaritos de nuestras cocinas más cercanas:

1.- Tomate frito. Dulce elixir capaz de acompañar a casi cualquier cosa. Es el complemento ideal para darle una pizca de gracia a cualquier plato insípido en su base. No siempre se pueden esperar grandes resultados pero, ¡EH! Ahora sabe a tomate. Es de agradecer.

2.- Pasta. Macarrones, espagueti, espirales, coditos, o como tantas haya. En cantidades industriales, además. Paquetes de kilo. Ocurre algo curioso con la pasta, y es que es de los platos que más suscitan que nos vengamos arriba y nos creamos concursantes de Master Chef. Que si una carbonara casera, un sofritito con gambas… Sea como fuere, es muy probable que lamentablemente el plato tenga un final parecido a esto: te pasas con la cantidad –los gajes de cocinar para uno solo, que crees que tienes más hambre de la que en realidad tienes, los fideos parecen muy finicos, te lías a echar y venga a echar y venga a echar, y terminas armando una inmensa–, te sobra, la guardas con la esperanza de que te la comerás al día siguiente, pero luego al día siguiente se te alarga un trabajo y comes en la universidad, y así van pasando los días, hasta que a los fideos se les pone textura de kiwi.

3.- Tuppers con un tono… rojizo. ¿Os acordáis de los espagueti que guardábamos ayer? Pues tenían además TOMATE FRITO –hilando fino, como advertía en la introducción–. Si soléis almacenar cosas que llevan tomate frito sabréis que, a la hora de lavar el recipiente, éste es bastante desagradecido de fregar. Lo malo es que el nuestro tupper jamás volverá a ser el mismo. Lo bueno es que en términos de Do It Yourself nos ha quedado un recipiente bicolor que, aún lejos de ser bonito, puede resultar original. En alguna dimensión paralela a la nuestra, me refiero.

4.- Latas de atún. ¡Hombre! Qué sería de nosotros sin las latas de atún. Fieles compañeras de viaje y de platos cogiditos con pinzas. Al hablar de atún podríamos decir que casi todo vale, pero sin perder de vista el casi –por nuestro propio bien–.

5.- Arroz. Leer la descripción de los espagueti cambiando “macarrones, espirales…” por basmati, grano largo y demás variedades de arroces, y “carbonara casera” por revuelto de setas y verduras. De resto, lo mismico. Podemos continuar.

6.- Pan de molde. Entre dos rebanadas de pan puedes meter lo que gustes, porque el pan normalmente tiende a mejorar las cosas. Tampoco me gustaría animaros a que os hagáis un sandwich de lasaña, pero sí es cierto que acompañado de algo de embutido puede salvarnos un desayuno, un tentempié de media mañana, una merienda, e incluso una cena. No lo perdáis de vista.

7.- Cosas que un día abriste y luego olvidaste. Empezamos abriendo cosas que luego quedan relegadas al fondo de la despensa donde la vista no llega y terminamos generando un ecosistema. Y así es como, al menos a mi modo de entender la biología, nacen las nuevas especies.

8.- Sopas de sobre y otras muchas cosas que vienen en sobre. Cualquier día acabaremos metiendo en agua hirviendo el recibo de la luz. Si no, al tiempo.

9.- Café. Dedicatoria especial al instantáneo/soluble, que es quien menos exige de mí cada mañana cuando acabo de despertarme.

10.- Sobrecitos de salsas de restaurantes de comida rápida. Porque una vez pediste para llevar y, mira, no lo ibas a tirar. Quién sabe qué despropósito de los nuestros podría acabar aderezando.

11.- Productos autóctonos de la tierra de la que uno provenga. Si resides en una ciudad distinta a la tuya de origen, es probable que hayas reservado un hueco para productos típicos. En el caso de los canarios, por poner un ejemplo, no puede faltar el paquetito de gofio, la botellita de vino, y un montón de cosas más acabadas en -ito e -ita.

12.- Medio limón. Quisiera terminar con un clásico, en este caso de toda nevera que se precie. Los más pretenciosos incluso lo envolvemos en papel film, como fingiendo que lo volveremos a usar en algún momento. Dice la leyenda que una vez un joven cortó un limón para añadir una rodaja a su gin tonic, guardó lo que le sobró en la nevera envuelto con un plástico, y en el transcurso de tan sólo unos días volvió a por él para hacerse… yo qué sé, una limonada. ¿A que no suena convincente? Claro, pues porque jamás ha ocurrido tal cosa. Como mucho, puede quedar ahí cumpliendo la función de un ambientador. Eso SÍ que es alucinante.


Y ya estaría. Seguramente me habré dejado cientos de miles de millones de clásicos de la despensa estudiantil por el camino. Bueno, quizá no tantos. En cualquier caso, me gustaría saber qué hay de ti. ¿Qué se esconde tras las puertecicas de tu despensa? Decidme, decidme.

Carlos Dí­az

Redactor

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