Vuelve a casa por vacaciones

Ahora que estás en plena recta final de exámenes –si no los has terminado ya– o has cuadrado tus días de vacaciones, que tus compañeros y tú ya habéis decidido qué vais a hacer el curso que viene con el piso, que ya has estado mirando pasajes de tren/avión/autobús/barco (con su consiguiente sobresalto y posible pérdida del conocimiento momentánea), que has decidido qué te vas a llevar y qué no te vas a llevar, podríamos dar por comenzado el fenómeno que durante tanto tiempo ansía el ser humano semi o totalmente independizado que vive lejos de su localidad de origen entre que “aquí no hay playa” o el “qué ganicas de comer algo que no salga de una bandeja de plástico que a su vez salga del frigorífico”. Hablamos, cómo no, de la vuelta al hogar

Volver a casa es un proceso raro, curioso, bonito. Aunque sea por estancias cortas. Vuelves a un lugar donde puede que todo siga igual, o tal vez todo sea diferente, y donde sabes también que hay cosas que, afortunadamente, nunca van a cambiar. Esperad, que me seco una lagrimilla que se me ha salido :_ ) Ejjjm, por dónde iba. Ah sí, pues eso, que no sabes cómo te vas a encontrar el percal, pero que eso no te asuste.

Personalmente, el principal valor añadido de volver a casa es pasar tiempo con familiares, amigos, allegados, mascotas, conocidos, e incluso desconocidos, todos ellos envueltos en un contexto particular, que es el de siempre. Vivir en una ciudad distinta a la tuya te da muchas cosas, innumerables, un montonaco, la mayoría de ellas buenas. Aunque en ocasiones pueda hacerse duro. Irte de casa es distanciarte de todo lo que conoces y exponerte a todo lo que no conoces en absoluto. Sin duda, un acto de valentía digno de alguien como… qué sé yo, Spiderman, por ejemplo. Con el tiempo vas perfeccionando la técnica, y vas construyendo tu propio hogar allá donde estés (con todo lo que implica), peeero indiscutiblemente se trata de un aprendizaje constante del que de vez en cuando necesitamos descansar. ¿Y dónde mejor? Pues en casica hombre, con los tuyos. Sea de la forma que sea. 

¿Cosas curiosas que pueden ocurrirte en tu vuelta a casa? Que tu habitación tenga ahora otro fin distinto a que tú la habites (como haberse convertido en “el cuarto de la tele” o “el cuarto del ordenador” y sucedáneos), o que descubras que tu madre ha estado todos estos meses hablando contigo por teléfono fingiendo que tu pez Eusebio no había fallecido “para no preocuparte”, como ella mismo afirma. También es muy probable que todo el mundo empiece a decirte cosas como “Tío, se te ha ido el acento” (sea cual sea ese acento), lo cual provoca que en tu fuero interno te lo tomes como un desafío y que, desde entonces e inconscientemente, cada frase que enuncies lleve consigo una ración extra de acento forzado. Suena raro pero es gracioso. Tranquilo, al par de días la situación se normalizará. Se convierten en un clásico las primeras veces que vuelves a pasear por donde has paseado años y años y ves cosas que nunca antes habías visto, tal vez porque no te habías fijado, o también quizás porque no estuvieran allí antes, un hecho que sin duda puede resultar determinante a la hora de advertir la presencia de cosas que, bueno, eso, no estaban allí antes. “¡Anda! ¿Esto antes no era una farmacia?”, y así todo el rato. Normalmente con un amigo al lado que con cada paseo contigo se garantiza la beatificación soportándolo y viéndose obligado a ser condescendiente.

De eso último quería yo hablaros también. Estar en casa, insisto, es jugar en casa. Y conocer las normas del juego, claro, fruto de todo el tiempo que has pasado allí. Sabes qué hace cabrear a quién, y cómo alegrarle el día a otro. Sabes qué cosa es un planazo, qué cosa no lo es tanto pero está bien, y qué otras son un “no” rotundo. También, conoces bien las calles, los puntos de encuentro, los bares donde todos se reúnen… O eso es lo que tú te crees, porque de repente te das cuenta de que todo eso ha cambiado y que las galletas no están donde solían estar y, lo mejor,  que no está mal. Ése es el auténtico milagro, que ni volviendo al lugar donde más años has pasado hay lugar para lo absolutamente predecible.

Hablemos de ti ahora. Hola, qué tal. Toma asiento 🙂 Tú también has cambiado, evidentemente. Y eso también está bien (¡Todo está bien! ¡ALEGRÍAR!). El hecho de que seas parcialmente distinto te hará interactuar en mayor o menor medida de forma distinta (y no progresivamente, sino ahí, ea, a ver qué pasa) con todo lo que llevas tanto tiempo interactuando de una manera determinada, a su vez con cosas que como comentábamos antes también han cambiado… total, un pifostio. Y de esas nuevas combinaciones salen cosas muy chulas, y otras, pues… graciosas. Hablo, por ejemplo, de esa etapa que transcurre entre que tus amigos hablan y se ríen de cosas que desconoces por completo hasta que vas cogiendo el ritmo (o bien finges que te estás enterando de algo mostrando tu mejor sonrisa, contestando a todo con “sí” o “es verdad, ¡jajaja!” y esperando que nunca nadie jamás te pida que justifiques tu respuesta). Valora, entonces, los esfuerzos que hacen por volver atrás en el tiempo y explicártelo todo con detalle.

Otro hecho reseñable es que, tras vivir unos años por tu cuenta, volver a tu vivienda familiar donde se come a una hora, se apagan las luces a otra o, Dios sabe qué, no está bien visto guardar los calcetines en los cajones de la cocina –algo muy común, a la orden del día–, puede dar lugar a una serie de conflictos de fácil resolución pero que, oye, ahí están. Pero no pasa nada, todo es cuestión de aclimatarse. Nada gana, en mi caso, a poder estar en casa, ver cualquier cosa en la televisión con mi familia, ir a tomarnos “un algo” a la avenida, o ir a comprarme camisetas “porque mira cómo las tienes, a ver si aprendes a poner lavadoras que ya no eres un niño”.

La conclusión es que pese a todo, y como se suele decir en el lugar de donde yo soy, la cabra tira pal’ monte. No sé si me expreso con claridad. Volvemos a casa no se sabe exactamente buscando qué. ¿Aprecio? ¿Familiaridad? ¿Cariño? ¿Playuqui? También, también. La cuestión es que volvemos a un lugar donde lo encontramos. Y, mientras nos siga haciendo sentir en casa, seguiremos volviendo para encontrarnos con todo lo que se queda esperándonos desde el preciso instante en que nos vamos.

Madre mía, la alergia, cómo me tiene :_ )

Carlos Dí­az

Redactor

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