Alerta: el petardeo va a acabar con la música

“¿Pero te gusta el reggaeton?”, “Gente como Ylenia son lo que va mal en este país”, “La gente hoy en día sólo escucha mierda”, y similares. Son frases que todos hemos escuchado, o incluso dicho alguna vez en nuestras vidas.

Seguramente todos hayáis oído hablar de nuestro ya infame e icónico post sobre el supuesto “BFace Festival: el primer festival de petardeo del país“, un festival de música imaginado (por favor, releamos esta palabra una y otra vez, que luego se nos va todo de las manos), con un plantel que incluiría a Aless Gibaja, Leticia Sabater o a los Putilatex. Y uno de los comentarios que empezó a surgir tras el post fue el “qué vergüenza”, “lo que faltaba en este país” o “estamos matando la cultura”. Y, claro, uno, que está tranquilito en su casa haciéndose un bocadillo de tortilla, pues de repente se inquietó. Se atormentó. Me perturbé toda, vaya.


Yo, sorprendida

Y vayamos por partes, que no queremos más malentendidos en esta web, al menos hasta la semana que viene. Todos, en plena disposición de todas nuestras facultades y con cierta capacidad de juicio, sabemos que La Pelopony no es en absoluto la mejor artista del país. Todos somos capaces de discernir el tipo de producto que ofrece de otros, y es ahí donde creo que muchos metemos la gamba.


Yo informándome para escribiros el mejor artículo posible

No es en absoluto nada nuevo, es un debate que empezó a sonar por allá el primer pelillo sobaquil de Carlitos Alcántara, pero es uno que estando casi a 2016, empieza a chirriar; rompemos una flecha a favor del petardeo.

Es curioso el ser humano, la necesidad innata que tiene de “formar parte de” (un grupo de gente, una sociedad, una cultura) y, a su vez, distinguirse, sentirse especial y único. Porque los seres humanos somos así de contradictorios, hasta Beyoncé come hamburguesas después de anunciar al mundo que se hacía vegetariana.

Aquí el que suscribe no se libra en absoluto, recuerdo en mi adolescencia renegar completamente del resto de mis compañeros de clase por su fanatismo borreguil de El Canto del Loco y El Sueño de Morfeo. Que normal que renegara, vaya. Yo llegaba a mi casa, y me ponía a escuchar intensamente a The Smiths o a Radiohead y no cabía en mi cabeza cómo “la gente” podía escuchar otra cosa. Y aquí es donde encontramos varios puntos clave; uno, por la mera razón de querer sentirse especialito en la pubertad, parecía querer apartarme de “la gente”, dos, qué me hace a mí mesías y señor que distingue lo que hay que escuchar de lo que no y, tres, qué es exactamente “lo que hay que escuchar”.

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Vuelvo a reiterar, porque considero que es un punto clave, que es obvio que no podemos comparar el proceso creativo, musical, conceptual, espiritual, ancestral que hay detrás de la música hecha por músicos, la que consideramos “buena”. Pero la cosa es que somos conscientes de ello. Pero el mundo es demasiado amplio para quererlo ceñir todo a cajas de “lo bueno” y “lo malo”, lo que “deberías de hacer” y de lo que deberías de avergonzarte. Aún es peor cuando en tu eterna grandilocuencia decides que eres mejor ¿persona? ¿concursante? ¿Embrujada? que tu prójimo, sólo porque a él le flipa el electrolatino.

Que sí, que cantar sobre anacondas, taxis o arroces con habichuelas (el arroz con habichuelas está convirtiéndose en un must en mis artículos, y me da igual) y que sean canciones-producto de usar y tirar no es algo cultural ni que te llene creativamente, pero el folklore y la levedad siempre han existido, y también han ido de la mano de la evolución del ser humano, o eso creo yo. ¿Hasta qué punto es necesario el elitismo en las artes y cuánta parte de ello existe para satisfacer el propio ego? ¿Qué son si no las cancioncillas tradicionales de toda la vida? ¿Se ha hundido España por existir Paquito el Chocolatero o La Ramona Pechugona a la vez que cantautores serios? Juraría que no, porque de nuevo, somos conscientes de ello, somos conscientes de que son un Whopper y no un entrecot.

Y quizás el truco está simplemente en comer variado, en tener curiosidad, en probar a ver si te gusta el wasabi mientras disfrutas de jamón de toda la vida, y si este viernes te viene de gusto, comerte unos nuggets. Y, sobre todo, no tirarle Sugus a tu vecino si resulta que a él le gusta alimentarse de pizza margarita.

¿Qué más da?

Quizás está en centrarnos en cultivarnos a nosotros mismos según nuestros intereses, en intentar empaparnos de la muchísima cultura que nos rodea y no gastar tantas energías en fruncir el sueño.


Yo reivindicativo

O quizás en reclamar que se nos ofrezcan alternativas, a las radios, a la tele, a los medios. Pedirle a la cantera de artistas top de este país que sean innovadores y con personalidad y que no justifiquen su falta de creatividad e identidad con que Ylenia haya sacado un single que lo haya petado y les haya quitado éxitos. Que sean mejores. Que conviva la existencia de “buena música” junto a una canción del verano con la que disfrutar sin más pretensiones que la de evadirse. Que haya más variedad en tu sintonía favorita. Que se le haga la promoción que se merece a artistas anónimos que se lo curran y de verdad se apueste por ellos.

Se podría rebatir que “promoviendo” esta música mamarracha estamos haciendo justo lo contrario, y que me contradigo en mis argumentos, pero luego ves los números que hacen en España artistas como, por ejemplo, Adele, y queda más que claro que lo mismo sí somos capaces de premiar la calidad.

O quizás soy algo hipócrita y lo que escribo no tiene ni pies de cabeza

Lo que podemos hacer mientras debatimos, pensamos o nos tomamos un cafesito por la tarde, es, por ejemplo, disfrutar del pepino con el que ha vuelto María Isabel, la del Chanel núm 4 (¿es María Isabel Chanel #4 de Scream Queens, la que murió de meningitis?), y si no te gusta pues a otra cosa. Que estamos todos muy viejos para renegar y juzgarnos, anda.

https://www.youtube.com/watch?v=
Cesar Ramos
Cesar Ramos

Redactor

Hijo de los 90 y defensor de la cultura pop como salvadora de almas. Tengo talento y cultura, manos bonitas y el francés lo dejé en la ESO. Diseñador gráfico en mis ratos libros, entrañable y pizpireto pesado de profesión.

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