TEST | ¿Qué papel tendrías en una comedia de instituto protagonizada por Noah Centineo?

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Netflix nos acerca las mejores novedades en películas y series. Y muchas veces, no solo eso. También nuevos talentos. ¿Todavía no conocéis a Noah Centineo? Sin duda, ha sido la estrella de este verano. Y a muchos de nosotros nos ha conquistado el corazón.

El actor de To All The Boys I’ve Loved Before y Sierra Burgess Is a Loser ha conseguido llamar la atención del público juvenil gracias a su papel y presencia en estas cintas. En redes sociales está partiendo el bacalao’ (todos sabemos las razones) y es considerado “el novio de Internet”.

Todavía no sabemos sus futuros proyectos, pero ¿imagináis compartir pantalla con él en una película de instituto? ¿Cuál sería vuestro rol en ella? ¿Acabaréis bajo los encantos de la nueva sensación de Hollywood? ¿O bien todo lo contrario? Sea lo que sea, en este test os ofrecemos unos papeles que no rechazaríais bajo ningún concepto. ¡No te pierdas este quiz!

TEST | Descubre qué chica del cable eres

La tercera temporada de Las Chicas del Cable ya ha salido. Y, aunque son varias las voces que defienden un desmejora de la serie, lo cierto es que la primera producción española de Netflix sigue convenciendo a la mayor parte de los espectadores.

Por eso, desde BFace, deseamos complaceros con este test para que podáis descubrir con cuál de las protagonistas de la ficción televisiva os identificáis más. ¡Viajad a los años 20 con nosotros y compartid el resultado con vuestros amigos!

TEST | ¿Eres una persona digna de que Aramis Fuster te enseñe el toto?

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¡GH VIP ha aterrizado a la parrilla televisiva! ¡Por fin! Y viene pisando muy fuerte con unos invitados de lujo. Pero ¿qué hacen Oriana y Tony juntos? ¿Nos cantará El Koala el “opá”? ¿Conseguirá seducir a la mayor eminencia mundial en ocultismo? Hasta que el chiringuito no esté montado, no sabremos nada.

Hablando de eminencias… Aramis promete regalarnos grandes momentos. ¡Nada más empezar nos ha mostrado su toto en prime time! Pero… ¡qué hallazgo! Las redes sociales han enloquecido, y muchos han coronado este momento como “Historia de España”. Normal, Aramis, normal.

Sin embargo, la pantalla dista mucho de la realidad y no siempre es tan bonita como nos lo pintan. Y, desde BFace Magazine, os preguntamos algo muy surrealista, pero, quizás, muy probable: si asistís a una sesión de ocultismo de la mismísima Fuster, ¿seríais dignos para que os enseñe el chichi en persona? En este test, tenéis la respuesta.

TEST | ¿Qué frase de Paulina de la Mora eres?

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Si hay una serie que lo ha petado este verano, más todavía que las de la tarde de TVE, esa ha sido La Casa de las Flores. ¿Todavía no la has visto? ¿Con lo genial que es? Vamos, no seas ri-dí-cu-la.

Todos sentimos predilección por esta telenovela llena de drama, plot twists, cliffhangers y otras técnicas de nombre raro con los que hemos enloquecido. Pero ¿y los personajes? ¡Ellos son la guinda del pastel de esta sensación de Netflix!

Y nosotros, desde BFace Magazine, sentimos total amor por Paulina, quien nos ha regalado momentos de lo más delirantes y con la que hemos aprendido numerosas lecciones de vida. ¡Y frases! ¡Muchísimas frases! ¿Quién de nosotros no habla separando las sílabas como ella? ¡Menudo pop icon hemos conseguido!

¿Quieres saber qué frase de Paulina te representa más? No te pierdas este test y, con suerte, el espíritu de Roberta no te perseguirá jamás.

‘Isla de Perros’: Un brillante espejismo en slow-motion

El cine de Wes Anderson es uno de los más carismáticos y fácilmente reconocibles de la cultura pop internacional. ¿Quién no se ha percatado de los tonos pastel de su cinematografía? ¿Y de sus planos centrales estudiados al milímetro? Pero sin duda, lo que verdaderamente define su estilo es la facilidad de envolver la miseria en un bonito bombón: fácil de digerir, pero puede que te resulte algo amargo.

Así ha ocurrido con cintas como ‘Moonrise Kingdom’ (que habla de la emancipación prohibida), ‘El Gran Hotel Budapest’ (una clara denuncia racial) o ‘Life Aquatic’ (o mejor dicho: cómo trasladar a la pantalla una sentencia de venganza). Encantadoras en su superficie y amargas en su concepto. No obstante, Anderson rompe con la regla y pone fin a una era de estéticas icónicas. Vuelve al stop-motion tras su primer largometraje de animación, ‘El Fantástico Mr. Fox’, para describir la lacra de una política corrupta. Así es ‘Isla de Perros’.

La premisa del filme lo deja todo bien claro: En Megasaki deportan a un millar de canes a una isla vertedero debido a la superpoblación canina. Un canto a la situación actual de los refugiados que, al igual que en la película, no les permite dar vuelta atrás. Sin embargo, Anderson recupera un alma llena de inocencia y humanidad que pretende viajar de forma autónoma a buscar a su perro: un niño de 12 años que, además, es discípulo del alcalde de la ciudad. Todo un canto a la rebeldía que enriquece el concepto del filme.

Aunque sea una idea muy general y difícil de ejecutar, existen grandes trabajos de cámara al trasladar los dilemas sociales en la actualidad. Películas como Persépolis o La Tumba de las luciérnagas salen de la formulaica historia estructurada en tres partes con un final feliz, y se atreven a viajar en flashbacks, o simplemente, añaden más capítulos a un conflicto moral. Y en ‘Isla de Perros’, Anderson cuenta en cuatro partes (mas un prólogo) esta historia de discriminación canina y racial, esta última traducida al entorno humano. Escenas de la película como el lavado de Chief, uno de los perros protagonistas, y sus enumerases conversaciones sobre lo difícil de ser un perro callejero, hablan por sí solas.

Son varios factores, pues, los que hacen de ‘Isla de Perros’ una cinta especial en la filmografía de Anderson: primero, vuelve al stop-motion, perfeccionando la técnica de Fantástico Mr. Fox en tanto a sus personajes como en la historia de estos; segundo, al ser una critica social, abandona los cánones de la comedia en el cine de animación y centra el discurso en una batalla entre humanos y animales. Tercero, gracias a su imaginario oriental, amplía su espectro de referencias y la llena de matices que regalan frescura y nostalgia al resultado final (el haiku y el uso de la música del cine de Kurosawa se hacen notar). Y finalmente, por realzar la presencia infantil en la película, tal y como Anderson hizo anteriormente con ‘Moonrise Kingdom’: solo ellos pueden otorgar, en un mundo de crueldad e indiferencia, la humanidad para saber perdonar, valorar y dar nuevas oportunidades.

‘Nola Darling’: Nuevo arte, nuevas voces

Si algo he aprendido viendo Nola Darling es que necesito más y más títulos protagonizados por mujeres. Capítulos en los que hablen de la vida, la critiquen, la machaquen y la trituren. Y la desechen. Muchas de las nuevas voces de la ficción americana, como Abbi y Ylana (‘Broad City’), Hannah y Jessa (‘Girls’) o Samantha (‘Queridos Blancos’) han pegado un grito contra la ya arcaica forma de vida de las mujeres. Disfrutan de su libertad, tienen su momento de reflexionar con voz propia y sin ser manejadas por un títere varón y, por supuesto, dichos hombres se convierten en suplementos en su vida. Nola es el nuevo personaje que surge como respuesta del auge de este necesario movimiento de masas, como crítica a la violencia y al acoso sexual; y por supuesto, como reivindicación.

Spike Lee resucita a este personaje después de crearla en su debut en el cine. Más de treinta años han pasado desde entonces, y en su última y ambiciosa producción (de la mano de Netflix, el actual Rey Midas de las series), el director sitúa a Nola en el contexto actual, pleno siglo XXI con el auge de las redes sociales y las tecnologías, no obstante, bajo una tónica nostálgica y anclada en los años 80 gracias a su funcional transición musical (con carátulas incluidas de los temas que suenan en pantalla). Como en la historia original, cuenta con una vida sin compromisos con nadie. Tres sujetos varones son los objetivos sexuales (y de alguna manera, sentimentales) de la protagonista, y a raíz de ellos, estudia la conducta drogodependiente de estos personajes. Resulta impactante cómo el tono cálido y desenfadado de la serie se torna fría y violenta con la aparición de un acosador que perturbará su vida para siempre.

Este nuevo retrato de Nueva York rechaza la languidez emocional y cromática de Woody Allen o Noah Baumbach y apuesta por el color, el foco de luz enfocando en todo momento a una nueva musa feminista, que con el tiempo inspira a la gente que cruza las calles del Bronx y observa los carteles del “no es no”. Sus monólogos regalan los momentos de mayor reflexión y optimismo ante una lucha difícil de tratar, y más importante, mata a sus víctimas con el sentido de autonomía. Pasan los capítulos y no vemos ni rastro de involución ni represión: Nola es libre. Y aun poniéndose un vestido elegante pero provocador para los hombres, no se le caen los anillos.

Por otro lado, Spike Lee debate el poder de la mujer en el mundo laboral. Nola es una artista urbana que se gana el sueldo observando su entorno e inspirándose por la belleza de las cosas, que justo se contrapone con las labores de su círculo cercano. Para explicarnos mejor, sus amantes. Tenemos a un fotógrafo que capta falsas ideas e hipocresía en sus sesiones; a un empresario tenaz e insensible que utiliza su falta de tiempo libre como excusa y a un fanático de los Knicks que no da un palo al agua y subsiste con negocios externos. Todo queda dicho. Nola inspira pasión y esfuerzo y no gana mucho por su trabajo. De hecho, recibe más rechazo que aceptación. A diferencia de sus amantes. Solo que un buen sueldo no siempre conlleva a la felicidad.

Nola Darling es un canto a la libre sexualidad. No importan las etiquetas; de hecho, se huye de ellas. Su norma moral de ‘vive y deja vivir’ se manifiesta en cada capítulo de la serie. Es pureza emocional en los barrios multiculturales de Nueva York, donde los cambios afloran y la revolución se asoma cada vez más por conseguir el cambio. Es amor por el cine y la música, hobbies que pueden unir a personas más allá del mero contacto sexual. Y sobre todo, Nola Darling es el mensaje body-positive que todo el mundo necesitamos para olvidar los estigmas sociales. Spike Lee, en definitiva, ha conseguido adaptar muy acertadamente la historia de una mujer de barrio a un contexto proclive para revolucionar las masas. Y es la mejor idea que se le ha ocurrido hasta la fecha desde Malcolm X.

‘Aniquilación’: Una constante alienígena

‘Aniquilación’ marca la vuelta de Alex Garland a la escena cinematográfica, y no es precisamente una noticia que debiese pasar desapercibida. Quien dirigiese su obra prima, ‘Ex-Machina’, levantó tanto a la crítica como al público en 2015 con su ópera prima y consiguió un sorprendente Oscar en la categoría de efectos especiales –quedando por encima de contendientes como ‘Mad Max: furia en la carretera’ o ‘Star Wars: El despertar de la fuerza’–. Esta vez, tras una fuerte lucha con las distribuidoras, debido al riesgo intelectual que podía suponer su nuevo filme, ha encontrado un soporte en streaming para su visionado.

Netflix estrenó recientemente esta nueva cinta de ciencia ficción que supone un punto de inflexión frente a todas las que han pasado con anterioridad. La premisa augura un nuevo escenario paranormal conocido como ‘The Shimmer’, una atmósfera que un grupo de exploradoras –encabezado por Natalie Portman y Jennifer Jason Leigh– visitarán para estudiar su fenomenología. Sin embargo, no será una expedición cualquiera: la mutación genética abunda por doquier dentro de dicho submundo y lucharán por conseguir pruebas y sobrevivir.

Si por algo rechazaron esta película fue por su trasfondo, difícil de atender para el espectador medio. No obstante, los elementos y subtramas que guarda ‘Aniquilación’ son bien claras. En primer lugar, Garland muestra a un grupo de mujeres con un pasado lleno de traumas y penurias. Entre ellas, una alcohólica, una madre que perdió a su hijo, una joven con tendencias suicidas y una esposa abandonada que espera la vuelta de su marido. Esta última, trama que protagonizan Portman junto a Oscar Isaac, marcan un turbio comienzo del filme y la razón por la que ella se marcha a la aventura de explorar un nuevo mundo. Y en segundo lugar, por una trama que se ha tratado en la historia del cine infinidad de veces –unas veces mejor y otras peor–: el asentamiento de la raza alienígena en el planeta Tierra.

Esta última funciona por el guion de Garland, solvente, naturista e inmediato, sin dejar lugar a dudas salvo un rastro de niebla en la noche. No pierde el tiempo siguiendo una linealidad temporal, y numerosas veces vuelve al pasado para recrear la degeneración de la relación entre estos dos personajes. Más notable es la introducción de los obstáculos en su desarrollo. No son precisamente pequeñas piedras en su camino, sino caballos de un tablero de ajedrez que les queda muy grande a las exploradoras. Juega con su destino sin sentir ni padecer, todo mediante una mecánica natural, inteligente. Ellas saben lo que hacer ante las circunstancias de peligro, y es de agradecer que en una película de ciencia ficción, en el que el papel de la mujer marcó momentos de verdadera reivindicación –solo hay que recordar a Sigourney Weaver en las cintas de ‘Alien’ de Ridley Scott– les permita el lujo de ser personas autosuficientes y resolutivas. Como la vida misma, vamos. A Garland no se le caen los anillos relegando la figura masculina en un segundo plano.

‘Aniquilación’ es una prometedora continuación a ‘Ex-Machina’. Ambas hablan sobre el destino de una sociedad que pronto se convertirá en esclava ciega de las amenazas externas: la robótica y los misterios del universo al acecho. Dos motivos que el cine ha filmado hasta convertirlo en un cliché, una realidad improbable. Solo que, al menos en este caso, los efectos visuales le otorga más credibilidad al proceso de mutación de los elementos. Y con ello, Garland construye con su segunda película como director un camino sinuoso de aguas profundas, con claros matices de tragedia y crispación, poniendo en peligro el origen de la naturaleza hasta mutarlo. Hasta convertirlo en un clon irreal en el que viviremos, sin acordarnos siquiera de nuestra naturaleza humana. Pues para entonces, formaremos parte de una constante alienígena.

 

 

‘El asesinato de Gianni Versace’, homofobia latente

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Si bien Ryan Murphy es considerado internacionalmente como uno de los creadores de series más rentables de la actualidad, también se le conoce por hablar sobre la causa gay en sus producciones. Siempre ha habido hueco para la inclusión de la comunidad (‘The Normal Heart’, ‘Glee’) y en la nueva temporada de ‘American Crime Story’ se centra ni más ni menos que en el asesinato del famoso diseñador de moda Gianni Versace. Anoche se estreno en la televisión pública española y logró un considerable porcentaje de espectadores, igualando algunos reality shows de la parrilla televisiva como Supervivientes.

El icono de esta historia sigue siendo a día de hoy, y junto con su familia, objeto de polémica. En plena década de los 90, cuando la cultura gay despegó y San Francisco era la cuna de su evolución, la comunidad tuvo que lidiar con el rechazo y la ignorancia de la opinión pública. Aún así, Versace mantuvo una vida social muy activa y en su rostro se percibe la confianza para combatir cualquier crítica, siendo la figura que era en su momento. Desgraciadamente, algunas leyendas se ven desplomadas por obra y gracia del destino. Él se desplomó en la puerta de su casa tras recibir dos disparos por el asesino en serie Andrew Cunanan. Esta serie se centra en este último personaje, observando su manera de actuar tan premeditada y misteriosa.

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‘El asesinato de Gianni Versace’ está planteada a lo grande, con una puesta en escena inicial confeccionada a imagen y semejanza del diseñador, relatando un asesinato con la misma soberbia que la ópera Capriccio. Planos cenitales majestuosos del palacete donde vivía, de paredes doradas e impenetrables; cámara lenta para ganar majestuosidad en el caminar de Versace. Hasta que llega el momento del disparo. Entonces, de repente, la situación cambia, acercándose al universo de Cunanan, una fachada de apariencias pretenciosas con un fondo apestoso y underground. Nos movemos del cielo al purgatorio, el escenario de una sociedad que combate contra el VIH, una enfermedad que a día de hoy sigue causando rechazo y estigma.

El enfoque de Murphy en esta temporada de ‘American Crime Story’ es muy diferente al de la anterior, que hablaba sobre O. J. Simpson y el asesinato a su mujer. Mientras esta última se desarrolla en los tribunales, escenario donde se narra paso a paso la evolución de la presunción de culpa del deportista, la historia dedicada a Gianni Versace parece una road-movie. Cada capítulo narra cómo escapa el asesino de determinadas escenas del crimen. Cunanan lo interpreta Darren Criss de manera sorprendente (Criss ya colaboró con Murphy en ‘Glee’ o ‘American Horror Story’, el conoce mejor que nadie la metodología del director), mientras se va perfilando la psicología de este personaje y su manera de actuar de cara al público. Sorprende cómo este personaje se va degradando hasta adquirir una mirada terrorífica que recuerda a Christian Bale en ‘American Psycho’. Un hombre que, sin sentir ni padecer, mata a gente inocente por donde encuentra.

Esta nueva temporada se acerca más al formato gore de misterio de ‘American Horror Story’ y menos en las acciones judiciales. Todavía más importante, si bien consigue estos objetivos, hay que darse cuenta de la lectura que realiza Murphy sobre la homofobia de aquella década. Cunanan, también gay, explotó su faceta angelical hasta conseguir uno de los mejores perfiles de ‘scort’ habidos y por haber, con la suerte de rodearse de figuras de la clase alta norteamericana reprimidas por su condición sexual. ¿Pero acaso nos podíamos imaginar la aversión entre personas de la misma condición? En la actualidad, se puede hasta masticar esta realidad. El director es completamente consciente de esta idea y la lleva al extremo más sádico posible. Por esto destaca ‘El asesinato de Gianni Versace’, por su crudeza, por el estudio sobre el odio que evoluciona en la filmografía de Murphy y cobra forma en una manera de buscar justicia por aquellos que perdieron la batalla de vivir siendo ellos mismos.

‘Muchos hijos, un mono y un castillo’: retazos de Julita

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Decía Julita Salmerón al final de este documental que quería divertirse. Después de recibir el Goya a Mejor Documental, su figura se ha popularizado hasta tal nivel que la gente va al cine a ver esta muestra de su vida para verla a ella en persona. Sí, en efecto. Todas las tardes se pasa a dar un coloquio con varios de los miembros de su familia tan numerosa, loca de contenta por recibir tanto calor y apoyo por parte del público.

Y no es para menos. Julita es una mujer desnuda, expuesta y querida después de mostrarnos su forma tan jocosa de hablar de su propia vida. ‘Muchos hijos, un mono y un castillo’ representa el núcleo de una familia tradicional, numerosa y unida, que se reúnen a modo de fotografías para recordarnos la ternura de la infancia. Y también en la cinta, pero manchados por el devenir gris de la edad adulta. Cosas de mayores. Deudas, desahucios, mudanzas. Y Gustavo Salmerón, hijo y director de este documental, lo graba todo tiñendo la tristeza de momentos tan duros como estos con una capa colorida de diversión. Una muestra fehaciente de que la familia unida jamás será vencida. O al menos, nadie podrá arrebatarles la posibilidad de estar juntos.

Al principio de la cinta, Julita cuenta que tuvo hijos, un mono bastante malasombra llamado Óscar y un castillo ‘muy italiano’ –según ella– situado la provincia de Barcelona. Elementos pasajeros en su vida que causaron conmoción en la familia y, que en ella, no tanto. Siempre deseó ser más cariñosa y más allegada al resto de la gente y del entorno, pero a una edad es difícil. Y para ella, el paso del tiempo y la muerte es un ronroneo constante en sus pensamientos. Pero lo toma con humor. Hasta simulando su propia muerte, ataviada con un traje de monja y un crucifijo del tamaño de su esternón. ¿Qué familia se atreve a tomarse tan a broma algo tan natural como la muerte? Al fin y al cabo, habremos sido nosotros los que le hemos otorgado tanto miedo y preocupación sin razón alguna.

 

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Gustavo Salmerón filma pequeños momentos de la vida de su madre y los convierte en golpes profundos de risa. Los desayunos, las comidas, las cenas. Y una vez más, las comidas. Su manera tan curiosa de dormir cuando no encuentra las pastillas o los recuerdos que ella misma guarda de sus abuelos. El director aprovecha, por supuesto, el actual rifirrafe político para levantar ampollas y frivolizar sobre ello a partir de momentos fundamentales de la historia de nuestro país como la abdicación al trono de Juan Carlos I. Su marido, harto de sus ‘disparates’, nos enseña la cara más arquetípica del hombre trabajador que ha caracterizado la historia de España y del mundo, mientras que Julita, atrevida y afilada, se atreve a cuestionar el devenir de los sucesos.

Digamos que ella es la contraposición a una Carmina Barrios que Paco León filma con la intención de enseñarnos la cara oculta y barriobajera de Sevilla. Esta historia, mucho más conservadora, muestra los llamados ‘problemas de primer mundo’ de la clase alta, que tras los estragos de la crisis económica se limitan a recordar lo bueno y a ignorar lo malo. Una forma de vida criticada por muchos y deseada por otros tantos si ahondamos en los anhelos más profundos. Pero nunca ahondando en ello, sino en las palabras de un nuevo icono femenino maternal y peleón. Julita no quiere parar. Quiere divertirse. Y tras ver ‘Muchos hijos, un mono y un castillo’ nos contagia su deseo de disfrutar de los ‘pocos años de vida’ que le quedan –como ella insiste una y otra vez– y echar la vista atrás. Sentirnos orgullosos y valorar lo que tenemos. Porque un día lo perderemos.

‘Yo, Tonya’: patinazo hacia el fracaso

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En la cinta de Craig Gillespie, la obra y logros de la patinadora de hielo Tonya Harding se ven tambaleados por una intensa e inmerecida violencia hacia su persona. Desde el principio de la cinta, a la hora de relatar su infancia a presión, se puede ver cómo es forzada a practicar un deporte que, a sabiendas de ser su pasión, no termina disfrutándolo. Aunque si por algo se le conoce a la patinadora es por haber sido acusada de golpear a su compañera de oficio Nancy Kerrigan. Un hito en la historia de la televisión americana que repudió a Harding hasta convertirla en polvo en el viento.

Gillespie pretende hacer justicia su historia con esta película dinámica y feroz, en la que critica tanto a su propia familia como a los medios de comunicación estadounidenses, quienes entre todos derribaron a un mito de la historia del deporte. Todo ello en una mezcla entre comedia negra y documental con la simulación de la entrevista llevada a cabo quince años después de la inhabilitación de Harding. Un encuentro en el que la disparidad de opiniones entre los personajes genera una situación de lo más absurda y sustancial para imaginar las escenas que el público ni el mismo director han visto jamás, como la de Harding golpeando a su contrincante.

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El resultado final es dinámico y todo elaborado bajo una confección técnica impecable, gracias al montaje de la cinta llevado a cabo por Tatiana S. Riegel. Las escenas en la pista de hielo son de lo más creíbles gracias al aglomerado de planos de Margot Robbie (quien aprendió a patinar para el rodaje de la película) y su doble, quien se encargó de las virguerías más sorprendentes de Harding. Triunfa a la hora de montar su infancia en secuencias que suceden con una banda sonora de lo más ochentera y una estética glam que mucha gente añora. Hortera, pero eficaz. Como Tonya, que interpretada magistralmente por Robbie, muestra la antítesis de lo que América buscaba reflejar en el resto del mundo: una joven rebelde y maleducada, fruto de un matrimonio acabado y el influjo de violencia engendrada por su madre, LaVona. Personaje soberbio y petulante encarnado por Allison Janney que, junto con Robbie, regalan los mejores momentos de la película.

Pero si hay un tema que está presente además de la manipulación de los medios de masas y la desestructuración familiar, es la violencia doméstica. Tonya Harding, bajo el punto de vista de las entrevistas que su guionista, Steven Rogers, llevó a cabo antes de elaborar el script, fue una persona vapuleada. Tanto por su madre como por su marido, Jeff Gillooly (interpretado por un irreconocible Sebastian Stan) aliaron fuerzas, cada uno por su lado, para consumar las energías de Harding, y que por poco le cuesta su propia vida. Y es que la intención es recalcar, una y otra vez, el sufrimiento que la va superando en el tiempo, desde la tierna edad de cuatro años hasta los veintitrés, cuando va a competir en los Juegos Olímpicos.

Nadie tiene en cuenta sus logros, ella misma lo dice en las escenas de la entrevista. Harding fue la primera mujer en hacer un triple axel, el salto más difícil hasta la fecha, y en cambio, será recordada a día de hoy como aquella tipeja que trató de deshacerse de la competencia, como lo era Kerrigan. Gillespie consigue que, más allá de parecer una película nigérrima, de humor estridente e hiriente sarcasmo, sea en términos generales cruel y despiadada. Una película que, tras la resaca de los Oscars, sería fácil decir que difícilmente pudiese haber optado a la nominación en Mejor Película. Porque, como la vida de Harding, esta cinta no puede, ni podrá, representar nunca el orgullo americano.

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