Cómo NO poner una lavadora

Hoy os va a explicar a poner una lavadora una persona que no tiene muy claro cómo se pone una lavadora. Y ése soy yo.

Podría decir que las mayores desventuras a las que me he enfrentado han tenido que ver con uno de estos artefactos que expulsan jabón mientras centrifugan a toda velocidad. Las lavadoras, vamos. Su funcionamiento es tan absurdamente simple que utilizarlo puede acabar suponiendo un reto intelectual incluso a las personas más inteligentes. Y a mí, también.

La cosa va así: todo comienza con ropa sucia. Te la has puesto, has impregnado en ella tus olores y tus cosas de humano y, oye, llega un punto en que conviene dejarla en manos de la tecnología para que, como se suele decir, no eche a andar sola. Luego, la metes en lo que se denomina el “tambor” —que no hace ni música ni nada, no te vayas tú a pensar—, añades jabón, suavizante, eliges el programa, le das a inicio y… ¡voilà! Ropa limpia. Bueno, voilà, voilà, lo que se dice vualá, pues tampoco. En medio pasan cosas –un montón de cosas–, pero como las desconozco prefiero dejarlas a la imaginación de cada uno.

Parece súper fácil, parece que la más avanzada tecnología ha acudido de nuevo al rescate del ser humano que no sabe hacer nada por sí mismo, ¿verdad? ¿VERDAD? Pues mira, sí. Pero también es presuntamente fácil coger bien una rotonda y míranos a todos. Por eso, asumiendo mi condición de eterno aprendiz, he pensado que lo único valioso que podría aportar en este arte que es lavar la ropa no es cómo poner una lavadora, sino cómo NO ponerla. Vamos allá.

1. No vuelvas sobre tus pasos cuando lleves el montón de ropa sucia desde su lugar de origen hasta la lavadora. Los 37,4 calcetines que se te hayan caído por el camino, ¡no pasa nada! Ya volverás a ponerlos en la cesta para lavarlos dentro de una semana y no volver a emparejarlo jamás con el otro calcetín que sí que lavaste ese día. ¡O ya se lo llevará el gato para su colección de debajo del sofá!

2. Nunca repases si se te ha olvidado meter algo antes de darle a “start”. Jamás, bajo ningún concepto. Mejor espérate a que la lavadora empiece a funcionar, cuando ya no puedas abrirla. Sólo entonces acuérdate del pantalón que tenías en el perchero detrás de la puerta, o del pijama que llevas puesto justo en ese momento y que lleva contigo toda esta semana y la anterior. Total, ¡no hay vida en Marte, se va a crear ahora en tu ropa de dormir!

Me intriga poderosamente la existencia de este GIF

3. No eches suavizante. Si total, con lo que huele el jabón a limpio. Además, las cosas no hay que suavizarlas, que luego de tanto vivir entre algodones cuando salgas a la vida real te encontrarás con una realidad muy distinta de camisetas que raspan y rebecas que hacen pelotilla.

4. Jamás separes la ropa blanca de la de color. El desteñido es tendencia en ningún lugar nunca.

5. Elige el programa al tuntún. Si eres de los que «tejidos delicados» o «lana» no te dice nada, pon ahí lo primero que gustes. Lo importante es que dé vueltas. Luego ya que la ropa salga entera es otro cantar.

Y la de este, también

6. Deja la ropa dentro de la lavadora muchas horas después de que termine. Pero MUCHAS. Si pueden ser días, mejor. Puede que tengas incluso la suerte de que el musgo empiece a recubrir tus prendas, de modo que tu ropa se convierta en una opción perfecta para esos días en los que te apetece camuflarte entre matorrales y setos.

7. Pétala hasta límites insospechados. No hay dolor. Ni límites en el peso, tampoco. Pueden pasar dos cosas; que te la cargues, o que la ropa no se lave en absoluto. Vamos, lo que en los países anglosajones se conoce como un win-win.

8. No tengas en cuenta la temperatura de lavado. ¿Qué es lo peor que te puede pasar? ¿Que tu ropa acabe sirviéndole al hamster? ¡Pues eso que se lleva el animalillo!

9. Y, para terminar, ¿qué hay de los tiempos, Mike?. ¡Me alegra que me hagas esa pregunta! Pues mira, lo que vaya surgiendo. Ponerle 15 minutos a todas tus camisetas en pleno verano… ¿error o acierto? Para contestar a esta pregunta contaremos con un invitado especial: ¡la insalubridad!


Bien. Finiquitao’. Espero que estos consejos que nunca debéis seguir bajo ningún concepto os hayan servido para lo que sirven, es decir, absolutamente nada. El entretenimiento, como la naturaleza, se abre camino en los lugares más insospechados, de modo que esta vez, al igual que el musgo, lo ha hecho con una lavadora de por medio. ¡Hasta pronto! 🙂

Cómo hacer llorar a alguien en verano

¿Te molesta ese jolgorio que la gente se trae en verano? Pues mira, es para preocuparse. Pero no pasa nada, porque en este mundo hay cabida para todos y, si eres de esos, acabas de encontrar la tuya. Y si no, pues también.

Si aún todo lo bueno que tiene el verano no ha logrado convencerte, pocas otras cosas lo harán. Aquí te queremos tal y como eres, así que si crees que ya está bien de tanta alegría, estás harto de tu sudor y del resto y, en definitiva, eres un hater acérrimo de todo lo que ocurre entre finales de junio y primeros de septiembre, tenemos para ti una guía nada práctica para que ganes aliados y no te sientas solo en tu lucha en contra del disfrute estival. Entonces, para que «esa persona» cambie de idea con respecto al verano:

1. Abrázale. Sé sutil, esto sólo es el comienzo. Empieza disfrazando tu acto de maldad con un caluroso gesto.

2. Asegúrate de que duerme la siesta en un sofá de escai, escay, eskay, eskai, sky, skai, sky, o como se diga. De estos a los que te quedas pegado, vamos.

3. Deshazte de todos sus calcetines excepto los que van casi hasta la rodilla. Las mismas costuras con formita de hamburguesa que en invierno parecían una fantástica idea de repente ya no lo son tanto, ¿eh? ¿EH?.

4. Cuéntale que has visto en la tele que viene una ola de calor. Lágrimas de incertidumbre a borbotones.

5. Tápale con una manta. De las nórdicas éstas, rellenas de no sé qué cosas que dan un montón de calor. Llorará desconsolado mientras te implora clemencia.

6. Llévatelo a buscar una terraza con mesa libre. O un Mewtwo, que va a ser más fácil.

7. Genera una tormenta justo el día que esa persona iba a ir la playa tras pasar semanas organizándose con sus colegas por un grupo de whatsapp llamado algo así como «Aquí no hay playa (emoji de la manita diciendo adiós)». Si esto ocurre tan a menudo es porque alguien hará que así sea. Vamos, digo yo.

8. Recuérdale cuantos días le quedan de vacaciones. Siempre hay alguien que dice lo de “¡Tío! ¡Sólo quedan 23 días para que empiece la uni otra vez!”. Alguien que pertenece al comando de la anti-felicidad, claramente.

9. Regálale un aparato de aire acondicionado. Esta vez llorará de emoción, que también está muy bien. Tampoco es cuestión de pasarnos de bordes, ¿eh?.


Y eso es todo por hoy. Seguro que se os ocurren cien maneras más de complicarle a alguien el verano, pero tampoco es cuestión, hombre. Disfruten de las vacaciones y sáquenle partido al buen tiempo, que es lo que hay que hacer. Bueno, eso y capturar Pokémons, claro está.

¡Hasta pronto! 🙂

10 frases que NO quieres escuchar estando de exámenes

Cuando los exámenes entran en tu vida –dos o tres veces al año, más o menos– lo descuajaringan todo hasta rozar los límites del absurdo. Lo que antes hacías de día ahora lo haces de noche, la comida que normalmente venía de una olla pasa a salir de un envoltorio de plástico, e incluso en la ducha dejas tus angelicales cantos a un lado para repasar mentalmente enumeraciones que seguro que lo pregunta porque tiene una pinta de que lo va a preguntar que vamos, vamos si lo va a preguntar.

Tenemos la cabeza toda loca. Pasar del reposo/stand by que tu agradable vida universitaria ha podido proporcionarte el resto del cuatrimestre a una ingesta repentina de temario en tiempo récord puede provocar algo similar a un corte de digestión, pero sin tener nada que ver con eso. Y ése es el motivo por el que estamos especialmente susceptibles. Como que todo nos reconforta y molesta a partes iguales. Cualquier “al final dijo que el 3.1 no entra” puede convertirse en la mayor de tus esperanzas, así como cualquier otra cosa puede hacerte entrar en pánico. Hoy vamos a hablar de lo segundo.

Estaréis de acuerdo conmigo en que, durante el periodo de exámenes, incluso el gesto más inocente puede desencadenar una crisis. Hoy vamos a hacer un repaso, pues, por todo aquello que no hace mucha ilusión escuchar teniendo los apuntes en frente. Empecemos:

1.-“Pfff, el tema 6 es insufrible. Lo voy a dejar por hoy porque estoy saturado”. A los grupos de whatsapp en época de exámenes los carga el diablo. Puedes estar haciendo el holgazán tan tranquilamente, ajeno a todo lo que se te viene encima, cuando de repente te llega un mensaje de ese tipo. Claro, tú, que estabas ahí, tumbaete, más a gusto que todas las cosas, se te corta un poco el rollo. Se te corta el rollo porque sabes que de aquí a que alcances a ese compañero pueden pasar cientos de años, teniendo en cuenta que tú aún ni te has impreso los apuntes. Pero no pasa nada. Bueno, sí que pasa, pero tú haces como que no. No has empezado a estudiar así que aún te muestras impasible ante la adversidad. Aunque esto durará muy poco.

2.- “¿El examen era tipo test o desarrollo?”. Empiezas a tantear el terreno. Ya sabes lo que dicen. El tipo test parece más fácil pero es traicionero. El desarrollo te sirve más para lucirte. Ahora bien, pero es preguntas cortas o en plan desarrollo DESAROLLO. O ese tipo test, ¿resta? ¿como cuánto resta? Son las fantásticas elucubraciones pre-examen. Todo puede pasar y quieres estar preparado para todo. ¿Cómo? ¿Estudiando? ¡En absoluto!

3.- “Las diapositivas son una guía, luego vosotros tenéis que ampliarlas con lo que se explica en clase y las lecturas complementarias”. Sin duda, una de las afirmaciones más duras a las que un estudiante puede hacer frente. A ti ya te parecía raro que tus apuntes impresos en Arial 12 interlineado 1,5 ocuparan tan sólo 12 páginas, pero no sé, a veces la capacidad de síntesis del ser humano resulta extraordinaria. Ahora sabes que no es así. Y que con esas 12 páginas no vas a ninguna parte. Al menos no hacia ninguna que conduzca al aprobado.

4.- «Aquí, estudiando». Hablamos en este caso de las fotos de sus apuntes que tus compañeros suben a las redes sociales. Éstas cumplen una doble función: agobiar y desconcertar. Agobian, porque ves que el resto estudiando cuando tú… pues eso, tú no. Ahora, lo que es aún más curioso, es que desconciertan. De repente estás revisando Snapchat –porque así se optimiza el tiempo– cuando de pronto te encuentras con un compañero o compañera que ha subido una foto de sus apuntes. Y te das cuenta de que, como era de esperar, tiene cosas que TÚ no tienes. ¿De dónde lo ha sacado?, te preguntas. Pues de ir a clase, seguramente. Sí, va a ser eso.

5.- “¿Te has leído los textos que subió el profesor? Dijo que entraban”. Cuando crees que ya no se puede añadir nada más al temario, justo en ese momento, suele aparecer alguien hablándote de no sé qué textos/seminarios de los que no tenías constancia alguna. Y tú, pues qué vas a hacer ya. Tragas saliva. Te limpias el sudor de la frente. Te secas las lágrimas. Entras al aula virtual. Abres los textos. Cuentas las páginas que son en total. Te las divides en los días que te quedan de estudio (si es que te queda alguno, claro). Vuelves a secarte las lágrimas. Y terminas buscando la fecha de la recuperación.  Algo así, sí. 

6.- «Entran ejemplos que ha puesto en clase». ¿Clases? Jeje… ¿Qué clases?

7.- «Me lo sé bastante bien, la verdad». Dijo alguien alguna vez que en ningún caso eras tú. A veces y sólo a veces tenemos la feliz idea de repasar con nuestros amigos. Aquí sólo pueden pasar dos cosas: que tus amigos sean igual de desastres que tú y os riáis y lloréis mientras os abrazáis y todo esto, o que tus amigos se lo sepan realmente bien y terminen de hundirte porque las comparaciones son odiosas y tú tenías que haber dejado las series para cuando terminaras.

8.- «Acordaos de que tenéis que llevarme el trabajo impreso al examen». Ah, sí, el trabajo…

9.- La cara de tu compañero cuando le reparten el examen antes que a ti. Lo sé, esto no es una frase, pero es que hay caras que hablan por sí mismas.

10.- «¿Te lo sabes?». Hasta luego.

Para que ninguna de estas frases nos chirríen lo único que se me ocurre es que estaría bien, no sé, por ejemplo, ser previsor y estudiar con tiempo. Pero entonces se perdería toda la emoción, y es una pena. Por mi parte, sólo me queda desearos suerte y mucho ánimo, así que deseados quedan. ¡Hasta pronto! 🙂

Mudanza de fin de curso: paso a paso

Lo mejor de las mudanzas es, sin duda, absolutamente nada. Tal cual. Lo único que podría darme más pereza que mudarme, sería mudarme dos veces. Y no saco este tema tan desagradable sin venir a cuento. Todo tiene una explicación. Todo menos la gente que madruga los domingos, claro. Esos son superhéroes. O quizá simplemente gente que está de mudanza. Ya veis por donde van los tiros.

Se acerca el final del curso y muchos de los estudiantes que viven fuera de casa abandonarán pronto sus pisos de alquiler. Puede que a alguien le pueda parecer divertido, porque hay gente para todo, pero nada más lejos de la realidad. Cualquiera que se encuentre en esta situación debe saber que una mudanza es un percal curioso. Un proceso largo que pasa por distintas fases, a cada cual más difícil y tortuosa. Como en el Crash Bandicoot.

Todo comienza el día en que tomas conciencia de que tienes que mudarte. Echas un vistazo a tu alrededor, suspiras, te limpias las lágrimas que podría haberte ocasionado el mero hecho de imaginarte cargando con tu equipo de música en brazos, y decides trazar un plan maestro: «Vale, de acuerdo. Tengo que sacar mis bártulos de aquí».

Lo primero es hacer limpieza. LIMPIEZA. Sacar el género a relucir, hacer un inventario de todo lo que has acumulado en tu madriguera con el paso del tiempo. Existe una norma universal, conocida como la Ley Fundamental de la Mudanza, que determina lo siguiente: “el número de años vividos en una casa es directamente proporcional a la cantidad de objetos de dudosa relevancia acumulados (y con los que, por tanto, tendrás que cargar)”. Tiene sentido: más tiempo pasa, más Happy Meals me compro, más gafas de Hello Kitty acumulo en mi estantería. 

El siguiente paso es decidir a dónde va cada cosa. Antes de seguir me gustaría diferenciar diferentes niveles de mudanza, para que nos podamos hacer una idea: mudanza en la misma ciudad, mudanza a otra ciudad y mudanza a otro lugar al que sólo se puede llegar en avión. En función de cual sea tu caso, tus pertenencias tendrán un valor u otro. ¿Merece la pena enviar una caja a miles de kilómetros de aquí que contenga mi colección de alfombras de ducha? Pues, mire usted, igual no. Pero eso ya es una cuestión de las prioridades de cada uno. La cuestión es organizar bien el tinglao’ y decidir con celeridad qué vas a hacer con esa gran pila de cosas que son tus posesiones.

Una vez completado este paso, vamos directamente con el embalaje. El packaging, que lo llaman ahora. Para que tus cosas sean transportadas tienen que ir en un algo que las contenga. Normalmente son cajas, y pasa algo curioso con las cajas, que es que vemos una y nos lanzamos a llenarla hasta los topes y sin piedad. Además, de cosas pesadas. Si tuviéramos en casa una colección de yunques, probablemente los guardaríamos en cajas de cartón. Y eso es un error. Hay un truco para la correcta gestión del espacio en contenedores y es que, cada vez que rellenes una caja, te imagines a ti mismo cargando con esa caja hasta su destino. Entonces, por ejemplo, ¿una caja con 30 libros, o dos cajas con 15 libros cada una? ¡LO QUE MÁS PESE, CLARAMENTE! Pues no, contra todo pronóstico, todo lo contrario.

Y bien, llegados a este punto sólo nos quedaría envolverlo todo en mucho plástico de burbujas, sellar bien las cajas con metros y metros de cinta aislante, y pasar a la última de las fases; la fase del TRANSPORTE (-orte, -orte, -orte…).

Nos adentramos así en la última etapa, que consiste en llevar las cosas de aquí para allá y que es, sin lugar a duda, la más apasionante de todas. El time of your life. Para explicarla, vamos de nuevo a distinguir los distintos tipos de mudanza pero, esta vez, en función del medio de transporte que utilicemos:

• Mudanza Premium. Es aquella en la que nuestras pertenencias son transportadas en un vehículo motorizado (camión, furgoneta, coche…)

• Mudanza en taxi. Sé que entraría en la categoría anterior, pero me parece lo suficientemente característica como para convertirla en una categoría en sí misma.

• Mudanza en transporte público. Ésta es un clásico. De hecho, la Odisea en realidad narraba las trepidantes aventuras de un universitario llamado Ulises durante su  mudanza en metro. Probablemente la más dura, pero también de la que más se aprende.

• Mudanza a distancia. Es aquella en la que necesitaremos contar con los servicios de una empresa de paquetería o Correos. Épica y gestión del tiempo a partes iguales  y en estado puro.

Así, una vez habiendo identificado qué nos vamos a llevar, cómo lo vamos a organizar y cómo nos lo vamos a llevar, sólo quedaría llevarlo todo a cabo hasta llegar al proceso de desembalaje en la casa de destino. Pero ése es otro tema. Otro tema que también se las trae, para qué nos vamos a engañar. Y a estas alturas, el único consejo que podemos daros en caso de que perdáis los nervios es… que os desprendáis de todo lo material y huyáis despavoridos.

O bueno, claro, otra opción es que os lo toméis con calma, que como opción siempre está siempre está ahí. Ya sabéis lo que dicen: «la mudanza no se hizo en un día». Bueno, o algo así.

Viaje a la despensa de cualquier estudiante emancipado

La hora de comer para un estudiante es, en su mayor parte, cuestión de echarle imaginación. Ojo, no hablo de cualquier estudiante. Los hay cuya pericia y saber hacer en la cocina resulta asombroso, o al menos bastante más elevados que mis capacidades, que aún sigo considerando el hacer unas palomitas de microondas con al menos un 50% de ellas comestibles un éxito gastronómico inconmensurable. 

En este caso me refiero al veinteañero o veinteañera estándar que cada día a la vuelta de la universidad se enfrenta a la a menudo incontestable pregunta: “¿Qué me hago de comer hoy?”. Y hace retumbar un eco que pone los pelos de punta hasta a los vecinos. Es entonces cuando se desencadenan en su mente una torpe secuencia de toma de decisiones que acaba en ideas que… bueno, suenan mejor de lo que saben.

Aquí el resultado de una de mis tardes más creativas #yummy

En cualquier caso, estaréis de acuerdo conmigo en que para crear una obra de arte tal se necesitan herramientas y materiales. ¿Las herramientas? Ya os lo digo yo; ollas, calderos y sartenes cedidos amablemente por el casero y que han pasado de generación en generación de inquilinos que, quienes más quienes menos, han dejado su huella. Carbonizada. En el fondo. Y tú raspas, pero no sale. Ni va a salir. ¡Ah! Bueno, y algún que otro utensilio adquirido por ti mismo en tiendas de decoración, pero nada mucho más relevante. Ahora, ¿y qué hay de los materiales? Pues bueno, de eso vamos a hablar hoy.

Aquí reside realmente la clave del éxito. ¿Cuáles son los ingredientes mágicos para crear una atrocidad culinaria como es debido? Pues tampoco os creáis que son tantos, ¿eh? Consisten en una serie de básicos que se combinan infinitas veces entre sí dando lugar a distintos tipos de alimentos situados a distintos niveles de lo que está bien y lo que está mal a nivel nutricional. Vamos a ver, pues, qué es lo que nunca puede faltar en los compartimentos y armaritos de nuestras cocinas más cercanas:

1.- Tomate frito. Dulce elixir capaz de acompañar a casi cualquier cosa. Es el complemento ideal para darle una pizca de gracia a cualquier plato insípido en su base. No siempre se pueden esperar grandes resultados pero, ¡EH! Ahora sabe a tomate. Es de agradecer.

2.- Pasta. Macarrones, espagueti, espirales, coditos, o como tantas haya. En cantidades industriales, además. Paquetes de kilo. Ocurre algo curioso con la pasta, y es que es de los platos que más suscitan que nos vengamos arriba y nos creamos concursantes de Master Chef. Que si una carbonara casera, un sofritito con gambas… Sea como fuere, es muy probable que lamentablemente el plato tenga un final parecido a esto: te pasas con la cantidad –los gajes de cocinar para uno solo, que crees que tienes más hambre de la que en realidad tienes, los fideos parecen muy finicos, te lías a echar y venga a echar y venga a echar, y terminas armando una inmensa–, te sobra, la guardas con la esperanza de que te la comerás al día siguiente, pero luego al día siguiente se te alarga un trabajo y comes en la universidad, y así van pasando los días, hasta que a los fideos se les pone textura de kiwi.

3.- Tuppers con un tono… rojizo. ¿Os acordáis de los espagueti que guardábamos ayer? Pues tenían además TOMATE FRITO –hilando fino, como advertía en la introducción–. Si soléis almacenar cosas que llevan tomate frito sabréis que, a la hora de lavar el recipiente, éste es bastante desagradecido de fregar. Lo malo es que el nuestro tupper jamás volverá a ser el mismo. Lo bueno es que en términos de Do It Yourself nos ha quedado un recipiente bicolor que, aún lejos de ser bonito, puede resultar original. En alguna dimensión paralela a la nuestra, me refiero.

4.- Latas de atún. ¡Hombre! Qué sería de nosotros sin las latas de atún. Fieles compañeras de viaje y de platos cogiditos con pinzas. Al hablar de atún podríamos decir que casi todo vale, pero sin perder de vista el casi –por nuestro propio bien–.

5.- Arroz. Leer la descripción de los espagueti cambiando «macarrones, espirales…» por basmati, grano largo y demás variedades de arroces, y «carbonara casera» por revuelto de setas y verduras. De resto, lo mismico. Podemos continuar.

6.- Pan de molde. Entre dos rebanadas de pan puedes meter lo que gustes, porque el pan normalmente tiende a mejorar las cosas. Tampoco me gustaría animaros a que os hagáis un sandwich de lasaña, pero sí es cierto que acompañado de algo de embutido puede salvarnos un desayuno, un tentempié de media mañana, una merienda, e incluso una cena. No lo perdáis de vista.

7.- Cosas que un día abriste y luego olvidaste. Empezamos abriendo cosas que luego quedan relegadas al fondo de la despensa donde la vista no llega y terminamos generando un ecosistema. Y así es como, al menos a mi modo de entender la biología, nacen las nuevas especies.

8.- Sopas de sobre y otras muchas cosas que vienen en sobre. Cualquier día acabaremos metiendo en agua hirviendo el recibo de la luz. Si no, al tiempo.

9.- Café. Dedicatoria especial al instantáneo/soluble, que es quien menos exige de mí cada mañana cuando acabo de despertarme.

10.- Sobrecitos de salsas de restaurantes de comida rápida. Porque una vez pediste para llevar y, mira, no lo ibas a tirar. Quién sabe qué despropósito de los nuestros podría acabar aderezando.

11.- Productos autóctonos de la tierra de la que uno provenga. Si resides en una ciudad distinta a la tuya de origen, es probable que hayas reservado un hueco para productos típicos. En el caso de los canarios, por poner un ejemplo, no puede faltar el paquetito de gofio, la botellita de vino, y un montón de cosas más acabadas en -ito e -ita.

12.- Medio limón. Quisiera terminar con un clásico, en este caso de toda nevera que se precie. Los más pretenciosos incluso lo envolvemos en papel film, como fingiendo que lo volveremos a usar en algún momento. Dice la leyenda que una vez un joven cortó un limón para añadir una rodaja a su gin tonic, guardó lo que le sobró en la nevera envuelto con un plástico, y en el transcurso de tan sólo unos días volvió a por él para hacerse… yo qué sé, una limonada. ¿A que no suena convincente? Claro, pues porque jamás ha ocurrido tal cosa. Como mucho, puede quedar ahí cumpliendo la función de un ambientador. Eso SÍ que es alucinante.


Y ya estaría. Seguramente me habré dejado cientos de miles de millones de clásicos de la despensa estudiantil por el camino. Bueno, quizá no tantos. En cualquier caso, me gustaría saber qué hay de ti. ¿Qué se esconde tras las puertecicas de tu despensa? Decidme, decidme.

7 formas de (des)aprovechar la hora extra de sol

Debemos reconocer que esto del cambio de hora nos ha pillado un poco desprevenidos. En ropa interior. Ojeando las instrucciones de nuestro nuevo horno microondas, tal vez. Pensábamos que estábamos preparados, pero resulta que al final no. A unos seres tan reticentes al cambio como a veces somos los seres humanos no puedes cambiarles de estación y de horario dándoles tan sólo una semana como tiempo de asimilación. Son un porrón de emociones juntas. Se nos desequilibra, qué sé yo, el pH.

Reconstruyamos los hechos. El sábado pasado, mientras hacíamos lo que fuera que cada uno estaba haciendo –estudiando, poniendo una lavadora, ya sabéis–, de repente, cuando el reloj estaba a punto de marcar las dos… ¡PUM! Las 3. El despertador suena una hora antes de lo previsto. Por las mañanas es más de noche y por las noches es más de día. Así de caprichoso es este mundo nuestro, amigos.

Aún con todo, tratamos de volver a la normalidad cuanto antes, no sin antes llegar tarde a un par de citas con la excusa de que el horno-microondas del que hablábamos antes tenía mal la hora. Porque así somos, unos cachondos. Y porque muchas veces no leemos con suficiente atención los manuales de instrucciones de nuestros electrodomésticos. Y de esto precisamente venía yo a hablaros. Quiero decir, del cambio de hora, no de manuales de instrucciones. Bueno, ya me entendéis.

Admitámoslo; nos ha venido bien el cambio de hora. El de verano, que es el bueno, el que vale. Porque ahora tenemos una hora más de sol. Y todo el mundo sabe que contar con una hora más de sol es la solución a la mayor parte de nuestros problemas más relevantes. ¿No te lo crees? Te invito a que eches un vistazo a este sinfín –bueno, denominar “sinfín” a una lista con 7 ítems quizá sea excesivamente pretencioso– de formas de sacarle pseudopartido a esta hora extra que la primavera nos trae de regalo junto con las alergias, las lluvias, las tardes de “no me llevo chaquetilla porque hace bueno y luego la voy cargando pero más tarde se hace de noche y me planteo si de verdad me iba a pesar tanto en los brazos una rebequita”, y demás clásicos de la época pre-estival. ¿Cómo desaprovechar nuestra hora extra de sol? Vamos a darle.

1.- Paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, y paseando sin parar. Luego, claro, pasa que te das cuenta de que, pese a que el radiante sol que luce en mitad del cielo azul puede haberte hecho pensar lo contrario, es algo así como medianoche. Y entonces recuerdas que tenías que hacerte la comida para llevártela mañana en un tupper. Y que tenías que pasear al perro. Y que tenías que hacer no sé qué parte de no sé qué trabajo. Y que tenías que pasarle la fregona a la cocina. Y que querías ver Gran Hermano, también. Pero ahora está bien entrada la madrugada y no podrás a hacer nada de eso. Por eso te recomendamos llevar un reloj. Solar, preferentemente. 

2.- Evitando tropezar con cosas que por la noche no se ven bien y que cuando era de día no recordabas haber visto ahí. Piénsalo fríamente; de no ser por el cambio de hora jamás habrías reparado en esa mesita del café que ocupa un tercio de tu sala de estar. 

3.- Disfrutando del reflejo del sol en tu televisor u ordenador una hora más. Siempre se agradece. 

4.- Buscando cosas muy pequeñas que previamente se nos hayan caído al suelo. A todos aquellos que perdemos constantemente cosas como, pues qué sé yo, el tornillo de la patilla de las gafas justo cuando está adentrada la tarde-noche nos alegrará escuchar que, en adelante, no hará falta que malgastemos batería con nuestra linterna del móvil porque, para bendición de todos, aún será de día y podremos servirnos de la luz natural para explorar el ecosistema de debajo de nuestra cama.

5.- Mirando por la ventana a un punto indeterminado mientras que los últimos rayos de sol que el crepúsculo deja entrever se reflejan sutilmente en tu rostro, dándole un toque bohemio de tonos anaranjados a tu repaso de la lista de la compra. Y ya si encima logras que la suave y cálida brisa que emana del chisme del aire acondicionado de tu vecino meza tus cabellos al viento, espérate que todavía cae selfie.

6.- Poniendo a secar cosas que necesitas que se sequen con urgencia. Si eres de los que no sabe ya qué hacer con todas esas acuarelas, éste es, sin duda, tu momento.

7.- Usando las gafas de sol hasta horas intempestivas. Antes no era posible pero ahora, si tienes una cita a eso de las 8 de la tarde, aún puedes darte un aire así, como enigmático. Y también tropezar con todas esas cosas que no veas con total nitidez.


Lo cierto es que mentiría si dijera que ha sido sencillo recopilar siete formas absurdas alternativas de dar uso a esta hora extra de sol que la primavera nos ha brindado como lleva haciendo cada año desde… no sé, supongo que un montón de tiempo. En cualquier caso, desde aquí os recomendamos y deseamos que disfrutéis de las tardes más largas y que sentéis con ellas el precedente a un verano aún más luminoso, que ya casi está aquí. ¡Id por la sombrita! 😀

Algunas cosas graciosas de viajar en avión

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¿Hueles eso? Sí, son las vacaciones de Semana Santa aproximándose entre las cientos de entregas, trabajos, parciales y otras muchas obligaciones varias que taladran tu subconsciente de manera incansable. Viene a rescatarte. Y da gustico sólo de pensarlo.

Puede que para celebrar este fugaz a la vez que agradecido despojo de tus responsabilidades más primarias hayas decidido hacerte un viajito. ¿A dónde? A donde tú más quieras. Ahora bien, la historia que hoy voy a contarles tiene lugar sólo en aquellas expediciones que se realizan en avión. ¿Por qué? Pues porque nunca he viajado en globo o en zepelín. Si fuera así, definitivamente, este artículo iría de otra cosa. Como, qué sé yo, de viajar en globo o en zepelín. Por ejemplo.

Todas aquellas personas que de un modo u otro participaron en la invención del artefacto que a día de hoy nos permite volar de un lado a otro –algo fantástico, todo hay que decirlo–, en realidad estaban fabricando una máquina de hacer anécdotas. No es casualidad que, siempre, lo primero que te pregunte la persona que está esperando para recibirte en el aeropuerto de destino, sea: “¿Qué tal el vuelo?”. Lo preguntan porque están sedientos de una batallita propia del transporte aéreo. ¿A que cuando te bajas del bus la persona con la que has quedado no te pregunta que qué tal hoy la trepidante ruta de la línea nosécuál? Pues no, pero debería. La épica de los viajes en autobús puede alcanzar límites insospechados. Pero eso lo dejamos para otro día.

Así pues, como no podía ser de otra forma, hoy vamos a hacer un repaso por esas cosicas que hacen tan particulares los viajes en avión. Algunas más graciosas que otras, pero todas ellas con su no sé qué. Empezamos:

La reserva/compra del billete

Esto siempre es gracioso. Es gracioso porque, pese a haber atendido con fascinación a los cientos de miles de historias en las que conocidos o gente de mi entorno encontraban billetes con destino a un lugar muy lejano, extremadamente paradisíaco, o indudablemente susceptible de ser instagrameado, todo ello por el módico precio de aproximadamente 3,50 € –ida y vuelta–… se conoce que la suerte aeronáutica no tiene los mismos planes para mí. Nunca, además. 

El camino al aeropuerto

Los aeropuertos están lejos. Siempre. Incluso si vives al lado del aeropuerto, te pillará lejos. De hecho, si se diera el caso de que el aeropuerto de tu ciudad alquilara habitaciones que se encontraran dentro del propio recinto, también te quedaría fatal para llegar. Parte con premura y lleva un abrigo por si refresca. 

 La kilométrica cola de la puerta de embarque

Es el ansia que nos devora, amigos. No importa la antelación con la que decidas ir a la puerta de embarque, ya estarán allí. Cientos de miles de personas –calculo así, a ojo– congregados en fila india esperando a que les dejen pasar. ¿Por qué? Es un misterio irresoluble. Algunos están allí para asegurarse de que haya hueco para su equipaje de mano. Otros… pues no lo sé. Creo que nadie lo sable. Ni si quiera ellos mismos :_ )

Los vuelos con retraso

Desternillantes.

Tu compañero de avión

Esto es toda una lotería que abarca desde la persona más cordial del planeta hasta la persona que, estando sentado en ventana, se levanta unas trece veces para ir al baño en un trayecto de 2 horas y media. En este caso, el azar escogerá por ti.

Nuestras amigas las turbulencias

Dicen que son muy normales y que no pasa nada. Pero tú eres una persona con un mundo interior demasiado amplio como para conformarte con frases tranquilizantes que apelen al sentido común. ¡No te preocupes, muchacho o muchacha, que en un momentico de ná’ se habrán pasado! [introducir aquí risa nerviosa]

Recoger las maletas

Llegamos al final de nuestro viaje, y el ansia vuelve a poseernos. Si acudís a por la maleta que habréis facturado previamente, podréis observar a un mar de personas esperando impaciente por la suya. Cerca de la cinta. MUY cerca de la cinta. Incluso cuando no está en marcha aún. Mientras tanto tú, haciendo alarde de la parsimonia que te caracteriza, te acercas lentamente e intentas ver entre toda esa gente tu maleta con motivos de fantasía. Y cuando la identificas, tratas de aproximarte hacia ella –sin demasiado éxito– repitiendo sin cesar «perdón», «perdón», «perdón», «perdón», hasta que un alma caritativa decide dejarte paso.


Y así empiezan tus vacaciones. Y, oye, ni tan bien. Que sarna con gusto no pica, ¿sabe usted? Esperamos que tengáis unas vacaciones estupendas, sean en el medio de transporte que sean. ¡Hasta pronto! 😀

¡Adiós a los silencios incómodos en el ascensor!

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«Artefactos de origen divino diseñados con mimo por ingenieros que saben un montón de facilitarle la vida al resto de seres humano». Éstas serían las bases de la definición de “ascensor” si yo tuviera una silla en la RAE. Por fortuna para todos, no la tengo. Ni si quiera una de ésas plegables de mobiliario de jardín.

Los ascensores son un prodigio producto de la capacidad resolutiva del ser humano. Si al hombre le da pereza subir las bolsas del Mercadona –o como fuera que se llamara el supermercado más concurrido entre los años 287 a.C. — ca. 212 a.C., fecha de la que data la primera referencia a algo parecido a un ascensor según nuestra preciada Wikipedia–, el hombre crea un algo que lo suba por él. Ciencia infusa. MAGIA.

No obstante, estos elevadores, que como invento en sí están muy bien, tienen un cabo sin atar: la conversación durante el trayecto. ¿Por qué? Pues porque normalmente compartes el habitáculo con un desconocido arbitrario. Y es bien sabido que, en los tiempos que corren, hablar con desconocidos no es algo que se nos dé especialmente bien –a menos que haya alguna app de por medio–.

¿De qué hablaremos hoy, entonces? ¡Pues de hablar! Pero en un ascensor, donde este rutinario acto comunicativo toma una dimensión mucho más interesante. A continuación, algunas propuestas de conversación que garantizan el win-win en lo que subes o bajas:

“Pues se ha quedado buena la tarde”

No podemos dar la espalda al tiempo, aunque sea a modo de homenaje a un clásico que nos ha salvados de innumerables silencios incómodos. Si el día está bueno, pues se dice. Y si ha llovido o hay indicios de que esto podría ocurrir, vamos, tienes incluso para un café.


Sacar a relucir conflictos vecinales

El trayecto en el ascensor del edificio donde vives puede convertirse en un campo de batalla sin que a penas te des cuenta. Algo como «Oye, tú eres el del 3ºB, ¿verdad? El que pone la música alta todo el rato. Sí, sí, sé quién eres. Estaría bien que te compraras unos auriculares, ¿no? Vamos, digo yo. Ahora los hay muy baratos. Más baratos que el Sign Star con el que me taladras el cerebro cada sábado, al menos. ¡Anda! Me bajo aquí. Un beso».


«¿Tus padres bien?»

Muy bien. ¿Saludos? De tu parte.


«¡Oh! ¡Parece que se me ha caído mi caja llena de abejas!»

Parece poco probable, pero ocurre. Si habéis visto este vídeo sabréis de lo que estoy hablando.


“Pfff… Menudo madrugón, ¿eh?”

Este recurso sólo es válido si es muy temprano. Por la mañana, quicir. Sugerir que las 5 de la tarde es una hora propia de alguien madrugador no es la mejor idea para salvar una conversación con alguien a quien no conoces. También, en función de la impresión que quieras causar, puedes repetir tantas veces como deseas el «¿eh?» del final. Cada cual a más volumen que el anterior. 


«¿Eres nuevo/a en el edificio?«

Es una bella forma de conocer a tus vecinos. Quizá un poco arriesgada, por aquello de que puede que la persona a quien lances la pregunta lleve viviendo en el edificio 12 años pero no le hayas visto jamás. Pero por intentarlo que no quede.


Hacer referencia al hilo musical

En concreto, para decir que es un temazo. Quién sabe, quizá te arranques a cantarlo y la otra persona te siga, formando una bella coral del todo inesperada que alegraría el día a cualquier fan de flashmobs/pedidas de mano que se precie. Sobre todo si coincides con el del Sing Star, ya sabes.

10 cosas que hacer cuando llegas perjudicado a casa

Hay un ratito, entre que llegas a casa después de una noche de copas y entre que te acuestas, en el que todo puede pasar. La magia sencillamente sucede. Tus capacidades se quintuplican –en negativo– y dan lugar a situaciones tan fascinantes como perturbadoras. No nos sentimos orgullosos de todas, claramente, pero alguna son dignas de recordar. Aunque sólo sea por echarnos unas risas.

Si crees que este artículo va de cómo mantener la decencia en esos momentos –duros en su mayoría–, lamento decepcionarte. Es prácticamente imposible. Lo más cercano a la elegancia que experimentarás entrando por la puerta de casa en mitad de la madrugada y habiendo rebasado cómodamente el consumo recomendado de bebidas espirituosas puede ser… no sé, que alguien haya olvidado unos zapatos muy caros en el recibidor. Con los que, por cierto, tropezarás inmediatamente. Pero eso es algo de lo que hablaremos más tarde.

Aunque probablemente ya no sorprenda a nadie; sí, hoy vamos a hacer una to do list para asegurarnos de que esa recta final hacia la cama, protagonizada entre otras cosas por la embriaguez o el cansancio extremo, se nos haga entretenida. Y dice así:

1.- Tardar en torno a una década en atinar con la llave en la cerradura. Deja que el ruido del acero arañando sutilmente la madera sea como el coro de trompetas que anuncian tu llegada.

2.- Golpearte con absolutamente todo. Hay una parte involuntaria del proceso durante la cual tu subconsciente se fija en todo aquello que resuena más alto para luego embestirlo con fuerza. Ahora, si al intentar dejar las llaves en el mueble del recibidor éstas se caen al suelo, y al intentar agacharte golpeas un perchero que cae también, no sin antes golpear a esa otra lámpara que irá a parar a un paragüero de aluminio que jurarías no haber visto nunca antes, ya sabes a qué se debe.

3.- Hacer muchísimo ruido. Ya me entendéis. Una cosa lleva a la otra.

4.- Responder a preguntas de aquellos que están despiertos. Tradicionalmente, si cuando llegas a casa muy tarde hay alguien despierto, esta persona te somete a un interrogatorio que se extenderá ampliamente en el tiempo. Más o menos tanto como hayas tardado tú en abrir la puerta. “¿Dónde has estado? ¿Con quién? ¿Y qué tal estuvo? ¿Y salió Fulanito? ¿Y se vio a Meganito? ¿Y entonces? ¿Y tuvisteis que pagar entrada? ¿Y cuánto os salió? ¿Mañana no tenías que estudiar?”. Y un largo, larguísimo etcétera.

5.- Comer. Como un sabañón. Como si acabaras de llegar de una expedición por el desierto. Nunca es suficiente. La coherencia no es un requisito indispensable. Dedícate a ingerir y a rezar porque tu estómago esté de acuerdo con tus decisiones. El resto déjalo a tu imaginación.

6.- Poner la tele y dejarte llevar. ¿Quién no se ha visto alguna vez a las 6 de la mañana fijando toda su atención en las numerosas virtudes técnicas que brinda ese prodigio de la tecnología también denominado cortador de verduras con palanquita de la teletienda?… ¿No? ¿Nadie?.

7.- Mirarte durante un rato al espejo y hacerte preguntas que ahora mismo no puedes responder. Sobre tu futuro, sobre tu presente, sobre qué pensaría de ti el adolescente que un día fuiste si te viera en esa situación –un tanto lamentable, todo hay que decirlo–. Ese tipo de cosas. Lectura ligera para antes de dormir.

8.- Escoger el atuendo con el que vas a dormir. Existen dos opciones entre las cuales se elige dependiendo del grado de perjuicio del sujeto en cuestión: la ropa con la que viene de la calle, y el pijama. De franela, seguramente. Desde aquí recomendamos encarecidamente dedicar unos instantes al cambio de ropa.

9.- Volverte imparable con tu smartphone. Es muy probable que revises todas tus redes, las aplicaciones de ligar, la evolución de los mercados financieros, o el tiempo que hace tal día como ese en Birmania. También, es de espera que de repente te conviertas en el ser más sociable del universo observable y le envíes un mensaje a toda tu lista de contactos. Excepto a tu amigo el que te dijo «envíame un mensaje cuando estés en casa para saber que has llegado bien». A ese ni caso. 

10.- Ponerte una alarma muy poco realista para el día siguiente. Tal como [introduzca aquí el nombre de la persona que le esperaba despierto] te recordaba hace un momento, mañana tienes que estudiar. Por tanto, justo antes de irte a dormir, debes ponerte un despertador del todo inverosímil. Por ejemplo, si son las 9… a las 10. Es importante que la programes con una expresión muy seria en el rostro, como de persona plenamente convencida de lo que hace. En cualquier caso, mucha suerte. La vas a necesitar.

10 consejos para un buen Carnaval

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El Carnaval is coming. Como que está aquí ya, vamos. Aunque, atendiendo a la archiconocida canción de la grandérrima Celia Cruz, la vida en sí es un Carnaval. Y no, no hay que llorar. Porque, pues eso, la vida es un Carnaval. Y es más bello vivir cantando.

En efecto, es Carnaval. Y en Carnaval la gente se disfraza, porque precisamente de eso va. En consecuencia, se celebran fiestas de disfraces. Y éstas, amigos, contienen más intríngulis de las que podríamos imaginar así, de primeras.

Puede que en cada país –e incluso en cada región, como en el nuestro– se celebre de manera distinta. Pero hay una característica común a todas y cada una de las celebraciones; que es muy loco. Para aquellos que no estéis muy puestos en el tema del Carnaval, podríamos decir que es como Halloween, pero sin necesidad de que tu personaje haya muerto. Ah, y que las cosas no dan miedo. No todas, al menos. Luego ya, según de qué lugar estemos hablando, hay murgas, chirigotas, comparsas, cabalgatas… Pero bueno, lo que quiero decir es que consiste, básicamente, en disfrazarse y salir a pasarlo bien. Esto de pasarlo bien es un punto importante, probablemente el más importante de todos. Es por eso que este artículo sale en defensa de la diversión carnavalera, ¿y cómo? Pues adelantándoos los peligros que os pueden asaltar así, in the night. Así vais protegidicos de casa, con vuestras armaduras medievales, estacas de plata, ristras de ajo, y vuestras cosas.

Así pues, sin más dilación, vamos con las indicaciones a seguir para no liarla en exceso:

1. Asegúrate de que, sea a la que fiesta que sea, estás asistiendo a una fiesta de disfraces. Principio fundamental para evitar hacer uno de los ridículos más memorables de tu vida. Acabáramos.

2. No intentes adivinar el disfraz de la gente. De verdad, es mejor no jugársela. Los disfraces excesivamente conceptuales también tienen sentimientos y pueden ser heridos.

3. Cúrrate un poco el disfraz, hombre. Tiene que ver con la anterior. De hecho, es el primer paso para que la confusión disfracil no tenga lugar. A ver, entendámonos; no tiene nada de malo que la estructura troncal de tu disfraz sea una bolsa de basura. Ése es el grupo al que yo pertenezco. Pero si podemos ser mínimamente original, seámoslo, hermanos.

4. Por tu bien, procura ir lo menos posible al baño. Por ahorrarte el disgusto, más que nada. ¿Sabes lo que supone ir al baño con un disfraz puesto? ¿Puedes tan siquiera imaginarlo? NO MERECE LA PENA. Otra cosa es que recordemos nuestra condición de mortales y eso nos haga darnos cuenta de que tenemos necesidades. Pero bueno, nada que no pueda solucionarse con una vía de escape incorporada al propio disfraz. O unos pañales muy grandes.

5. No te fíes de nada ni de nadie. Recuerda, nada es lo que parece. 

6. Haz todo lo posible por evitar el despiece. El despiece se da cuando, un disfraz que lleva varios complementos, empieza a perderlos. Si por ejemplo vas de, qué sé yo, ¿Mosquetero? Debes concentrarte todo lo posible en no perder el sombrero, la espada… y demás enseres de mosquetero. En ocasiones resulta inevitable, pero es de agradecer. 

7. Lleva contigo sólo lo imprescindible. Como habíamos acordado al principio del artículo, los carnavales son muy locos. Y como en todo acontecimiento muy loco, hay que llevar lo justico. Como anexo a este punto, se recomienda recurrir a la clásica táctica de llevarte tu móvil antiguo, más que nada para evitar dolorosas pérdidas (que los Reyes fuero hacen ná’).

8. Ojo con los disfraces grupales. Si tienen sentido por separado, mejor. De lo contrario, estarás confinado a permanecer junto a la manada toda la noche para mantener la cohesión. Lo cual es la más absoluta de las prioridades, claramente.

9. No recicles disfraces, que es un canteo. ¿Un cavernícola con el pelo rosa y un tridente? Hm. Bueno, sí. Por qué no. Recíclalos. 

10. No te vayas a la cama sin desmaquillarte. Créeme, te arrepentirás al día siguiente, enrollado en las sábanas que antes eran blancas y que ahora parecen cualquier página de uno de esos libros de «El Ojo Mágico».


Y eso es todo. ¿Veis lo que os decía? Parecía fácil, pero no. Nah, en realidad sí que es fácil. Todo es cuestión de actitud.

Así pues, ahora sí que sí, pasadlo muy bien, disfrutad como niños, celebradlo de la manera que más os guste y, sobre todo, escoged bien el disfraz, que es la clave del éxito. ¡Hasta prontorl! 🙂

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