Cómo hacer llorar a alguien en verano

¿Te molesta ese jolgorio que la gente se trae en verano? Pues mira, es para preocuparse. Pero no pasa nada, porque en este mundo hay cabida para todos y, si eres de esos, acabas de encontrar la tuya. Y si no, pues también.

Si aún todo lo bueno que tiene el verano no ha logrado convencerte, pocas otras cosas lo harán. Aquí te queremos tal y como eres, así que si crees que ya está bien de tanta alegría, estás harto de tu sudor y del resto y, en definitiva, eres un hater acérrimo de todo lo que ocurre entre finales de junio y primeros de septiembre, tenemos para ti una guía nada práctica para que ganes aliados y no te sientas solo en tu lucha en contra del disfrute estival. Entonces, para que «esa persona» cambie de idea con respecto al verano:

1. Abrázale. Sé sutil, esto sólo es el comienzo. Empieza disfrazando tu acto de maldad con un caluroso gesto.

2. Asegúrate de que duerme la siesta en un sofá de escai, escay, eskay, eskai, sky, skai, sky, o como se diga. De estos a los que te quedas pegado, vamos.

3. Deshazte de todos sus calcetines excepto los que van casi hasta la rodilla. Las mismas costuras con formita de hamburguesa que en invierno parecían una fantástica idea de repente ya no lo son tanto, ¿eh? ¿EH?.

4. Cuéntale que has visto en la tele que viene una ola de calor. Lágrimas de incertidumbre a borbotones.

5. Tápale con una manta. De las nórdicas éstas, rellenas de no sé qué cosas que dan un montón de calor. Llorará desconsolado mientras te implora clemencia.

6. Llévatelo a buscar una terraza con mesa libre. O un Mewtwo, que va a ser más fácil.

7. Genera una tormenta justo el día que esa persona iba a ir la playa tras pasar semanas organizándose con sus colegas por un grupo de whatsapp llamado algo así como «Aquí no hay playa (emoji de la manita diciendo adiós)». Si esto ocurre tan a menudo es porque alguien hará que así sea. Vamos, digo yo.

8. Recuérdale cuantos días le quedan de vacaciones. Siempre hay alguien que dice lo de “¡Tío! ¡Sólo quedan 23 días para que empiece la uni otra vez!”. Alguien que pertenece al comando de la anti-felicidad, claramente.

9. Regálale un aparato de aire acondicionado. Esta vez llorará de emoción, que también está muy bien. Tampoco es cuestión de pasarnos de bordes, ¿eh?.


Y eso es todo por hoy. Seguro que se os ocurren cien maneras más de complicarle a alguien el verano, pero tampoco es cuestión, hombre. Disfruten de las vacaciones y sáquenle partido al buen tiempo, que es lo que hay que hacer. Bueno, eso y capturar Pokémons, claro está.

¡Hasta pronto! 🙂

Viaje a la despensa de cualquier estudiante emancipado

La hora de comer para un estudiante es, en su mayor parte, cuestión de echarle imaginación. Ojo, no hablo de cualquier estudiante. Los hay cuya pericia y saber hacer en la cocina resulta asombroso, o al menos bastante más elevados que mis capacidades, que aún sigo considerando el hacer unas palomitas de microondas con al menos un 50% de ellas comestibles un éxito gastronómico inconmensurable. 

En este caso me refiero al veinteañero o veinteañera estándar que cada día a la vuelta de la universidad se enfrenta a la a menudo incontestable pregunta: “¿Qué me hago de comer hoy?”. Y hace retumbar un eco que pone los pelos de punta hasta a los vecinos. Es entonces cuando se desencadenan en su mente una torpe secuencia de toma de decisiones que acaba en ideas que… bueno, suenan mejor de lo que saben.

Aquí el resultado de una de mis tardes más creativas #yummy

En cualquier caso, estaréis de acuerdo conmigo en que para crear una obra de arte tal se necesitan herramientas y materiales. ¿Las herramientas? Ya os lo digo yo; ollas, calderos y sartenes cedidos amablemente por el casero y que han pasado de generación en generación de inquilinos que, quienes más quienes menos, han dejado su huella. Carbonizada. En el fondo. Y tú raspas, pero no sale. Ni va a salir. ¡Ah! Bueno, y algún que otro utensilio adquirido por ti mismo en tiendas de decoración, pero nada mucho más relevante. Ahora, ¿y qué hay de los materiales? Pues bueno, de eso vamos a hablar hoy.

Aquí reside realmente la clave del éxito. ¿Cuáles son los ingredientes mágicos para crear una atrocidad culinaria como es debido? Pues tampoco os creáis que son tantos, ¿eh? Consisten en una serie de básicos que se combinan infinitas veces entre sí dando lugar a distintos tipos de alimentos situados a distintos niveles de lo que está bien y lo que está mal a nivel nutricional. Vamos a ver, pues, qué es lo que nunca puede faltar en los compartimentos y armaritos de nuestras cocinas más cercanas:

1.- Tomate frito. Dulce elixir capaz de acompañar a casi cualquier cosa. Es el complemento ideal para darle una pizca de gracia a cualquier plato insípido en su base. No siempre se pueden esperar grandes resultados pero, ¡EH! Ahora sabe a tomate. Es de agradecer.

2.- Pasta. Macarrones, espagueti, espirales, coditos, o como tantas haya. En cantidades industriales, además. Paquetes de kilo. Ocurre algo curioso con la pasta, y es que es de los platos que más suscitan que nos vengamos arriba y nos creamos concursantes de Master Chef. Que si una carbonara casera, un sofritito con gambas… Sea como fuere, es muy probable que lamentablemente el plato tenga un final parecido a esto: te pasas con la cantidad –los gajes de cocinar para uno solo, que crees que tienes más hambre de la que en realidad tienes, los fideos parecen muy finicos, te lías a echar y venga a echar y venga a echar, y terminas armando una inmensa–, te sobra, la guardas con la esperanza de que te la comerás al día siguiente, pero luego al día siguiente se te alarga un trabajo y comes en la universidad, y así van pasando los días, hasta que a los fideos se les pone textura de kiwi.

3.- Tuppers con un tono… rojizo. ¿Os acordáis de los espagueti que guardábamos ayer? Pues tenían además TOMATE FRITO –hilando fino, como advertía en la introducción–. Si soléis almacenar cosas que llevan tomate frito sabréis que, a la hora de lavar el recipiente, éste es bastante desagradecido de fregar. Lo malo es que el nuestro tupper jamás volverá a ser el mismo. Lo bueno es que en términos de Do It Yourself nos ha quedado un recipiente bicolor que, aún lejos de ser bonito, puede resultar original. En alguna dimensión paralela a la nuestra, me refiero.

4.- Latas de atún. ¡Hombre! Qué sería de nosotros sin las latas de atún. Fieles compañeras de viaje y de platos cogiditos con pinzas. Al hablar de atún podríamos decir que casi todo vale, pero sin perder de vista el casi –por nuestro propio bien–.

5.- Arroz. Leer la descripción de los espagueti cambiando «macarrones, espirales…» por basmati, grano largo y demás variedades de arroces, y «carbonara casera» por revuelto de setas y verduras. De resto, lo mismico. Podemos continuar.

6.- Pan de molde. Entre dos rebanadas de pan puedes meter lo que gustes, porque el pan normalmente tiende a mejorar las cosas. Tampoco me gustaría animaros a que os hagáis un sandwich de lasaña, pero sí es cierto que acompañado de algo de embutido puede salvarnos un desayuno, un tentempié de media mañana, una merienda, e incluso una cena. No lo perdáis de vista.

7.- Cosas que un día abriste y luego olvidaste. Empezamos abriendo cosas que luego quedan relegadas al fondo de la despensa donde la vista no llega y terminamos generando un ecosistema. Y así es como, al menos a mi modo de entender la biología, nacen las nuevas especies.

8.- Sopas de sobre y otras muchas cosas que vienen en sobre. Cualquier día acabaremos metiendo en agua hirviendo el recibo de la luz. Si no, al tiempo.

9.- Café. Dedicatoria especial al instantáneo/soluble, que es quien menos exige de mí cada mañana cuando acabo de despertarme.

10.- Sobrecitos de salsas de restaurantes de comida rápida. Porque una vez pediste para llevar y, mira, no lo ibas a tirar. Quién sabe qué despropósito de los nuestros podría acabar aderezando.

11.- Productos autóctonos de la tierra de la que uno provenga. Si resides en una ciudad distinta a la tuya de origen, es probable que hayas reservado un hueco para productos típicos. En el caso de los canarios, por poner un ejemplo, no puede faltar el paquetito de gofio, la botellita de vino, y un montón de cosas más acabadas en -ito e -ita.

12.- Medio limón. Quisiera terminar con un clásico, en este caso de toda nevera que se precie. Los más pretenciosos incluso lo envolvemos en papel film, como fingiendo que lo volveremos a usar en algún momento. Dice la leyenda que una vez un joven cortó un limón para añadir una rodaja a su gin tonic, guardó lo que le sobró en la nevera envuelto con un plástico, y en el transcurso de tan sólo unos días volvió a por él para hacerse… yo qué sé, una limonada. ¿A que no suena convincente? Claro, pues porque jamás ha ocurrido tal cosa. Como mucho, puede quedar ahí cumpliendo la función de un ambientador. Eso SÍ que es alucinante.


Y ya estaría. Seguramente me habré dejado cientos de miles de millones de clásicos de la despensa estudiantil por el camino. Bueno, quizá no tantos. En cualquier caso, me gustaría saber qué hay de ti. ¿Qué se esconde tras las puertecicas de tu despensa? Decidme, decidme.

Algunas cosas graciosas de viajar en avión

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¿Hueles eso? Sí, son las vacaciones de Semana Santa aproximándose entre las cientos de entregas, trabajos, parciales y otras muchas obligaciones varias que taladran tu subconsciente de manera incansable. Viene a rescatarte. Y da gustico sólo de pensarlo.

Puede que para celebrar este fugaz a la vez que agradecido despojo de tus responsabilidades más primarias hayas decidido hacerte un viajito. ¿A dónde? A donde tú más quieras. Ahora bien, la historia que hoy voy a contarles tiene lugar sólo en aquellas expediciones que se realizan en avión. ¿Por qué? Pues porque nunca he viajado en globo o en zepelín. Si fuera así, definitivamente, este artículo iría de otra cosa. Como, qué sé yo, de viajar en globo o en zepelín. Por ejemplo.

Todas aquellas personas que de un modo u otro participaron en la invención del artefacto que a día de hoy nos permite volar de un lado a otro –algo fantástico, todo hay que decirlo–, en realidad estaban fabricando una máquina de hacer anécdotas. No es casualidad que, siempre, lo primero que te pregunte la persona que está esperando para recibirte en el aeropuerto de destino, sea: “¿Qué tal el vuelo?”. Lo preguntan porque están sedientos de una batallita propia del transporte aéreo. ¿A que cuando te bajas del bus la persona con la que has quedado no te pregunta que qué tal hoy la trepidante ruta de la línea nosécuál? Pues no, pero debería. La épica de los viajes en autobús puede alcanzar límites insospechados. Pero eso lo dejamos para otro día.

Así pues, como no podía ser de otra forma, hoy vamos a hacer un repaso por esas cosicas que hacen tan particulares los viajes en avión. Algunas más graciosas que otras, pero todas ellas con su no sé qué. Empezamos:

La reserva/compra del billete

Esto siempre es gracioso. Es gracioso porque, pese a haber atendido con fascinación a los cientos de miles de historias en las que conocidos o gente de mi entorno encontraban billetes con destino a un lugar muy lejano, extremadamente paradisíaco, o indudablemente susceptible de ser instagrameado, todo ello por el módico precio de aproximadamente 3,50 € –ida y vuelta–… se conoce que la suerte aeronáutica no tiene los mismos planes para mí. Nunca, además. 

El camino al aeropuerto

Los aeropuertos están lejos. Siempre. Incluso si vives al lado del aeropuerto, te pillará lejos. De hecho, si se diera el caso de que el aeropuerto de tu ciudad alquilara habitaciones que se encontraran dentro del propio recinto, también te quedaría fatal para llegar. Parte con premura y lleva un abrigo por si refresca. 

 La kilométrica cola de la puerta de embarque

Es el ansia que nos devora, amigos. No importa la antelación con la que decidas ir a la puerta de embarque, ya estarán allí. Cientos de miles de personas –calculo así, a ojo– congregados en fila india esperando a que les dejen pasar. ¿Por qué? Es un misterio irresoluble. Algunos están allí para asegurarse de que haya hueco para su equipaje de mano. Otros… pues no lo sé. Creo que nadie lo sable. Ni si quiera ellos mismos :_ )

Los vuelos con retraso

Desternillantes.

Tu compañero de avión

Esto es toda una lotería que abarca desde la persona más cordial del planeta hasta la persona que, estando sentado en ventana, se levanta unas trece veces para ir al baño en un trayecto de 2 horas y media. En este caso, el azar escogerá por ti.

Nuestras amigas las turbulencias

Dicen que son muy normales y que no pasa nada. Pero tú eres una persona con un mundo interior demasiado amplio como para conformarte con frases tranquilizantes que apelen al sentido común. ¡No te preocupes, muchacho o muchacha, que en un momentico de ná’ se habrán pasado! [introducir aquí risa nerviosa]

Recoger las maletas

Llegamos al final de nuestro viaje, y el ansia vuelve a poseernos. Si acudís a por la maleta que habréis facturado previamente, podréis observar a un mar de personas esperando impaciente por la suya. Cerca de la cinta. MUY cerca de la cinta. Incluso cuando no está en marcha aún. Mientras tanto tú, haciendo alarde de la parsimonia que te caracteriza, te acercas lentamente e intentas ver entre toda esa gente tu maleta con motivos de fantasía. Y cuando la identificas, tratas de aproximarte hacia ella –sin demasiado éxito– repitiendo sin cesar «perdón», «perdón», «perdón», «perdón», hasta que un alma caritativa decide dejarte paso.


Y así empiezan tus vacaciones. Y, oye, ni tan bien. Que sarna con gusto no pica, ¿sabe usted? Esperamos que tengáis unas vacaciones estupendas, sean en el medio de transporte que sean. ¡Hasta pronto! 😀

¡Adiós a los silencios incómodos en el ascensor!

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«Artefactos de origen divino diseñados con mimo por ingenieros que saben un montón de facilitarle la vida al resto de seres humano». Éstas serían las bases de la definición de “ascensor” si yo tuviera una silla en la RAE. Por fortuna para todos, no la tengo. Ni si quiera una de ésas plegables de mobiliario de jardín.

Los ascensores son un prodigio producto de la capacidad resolutiva del ser humano. Si al hombre le da pereza subir las bolsas del Mercadona –o como fuera que se llamara el supermercado más concurrido entre los años 287 a.C. — ca. 212 a.C., fecha de la que data la primera referencia a algo parecido a un ascensor según nuestra preciada Wikipedia–, el hombre crea un algo que lo suba por él. Ciencia infusa. MAGIA.

No obstante, estos elevadores, que como invento en sí están muy bien, tienen un cabo sin atar: la conversación durante el trayecto. ¿Por qué? Pues porque normalmente compartes el habitáculo con un desconocido arbitrario. Y es bien sabido que, en los tiempos que corren, hablar con desconocidos no es algo que se nos dé especialmente bien –a menos que haya alguna app de por medio–.

¿De qué hablaremos hoy, entonces? ¡Pues de hablar! Pero en un ascensor, donde este rutinario acto comunicativo toma una dimensión mucho más interesante. A continuación, algunas propuestas de conversación que garantizan el win-win en lo que subes o bajas:

“Pues se ha quedado buena la tarde”

No podemos dar la espalda al tiempo, aunque sea a modo de homenaje a un clásico que nos ha salvados de innumerables silencios incómodos. Si el día está bueno, pues se dice. Y si ha llovido o hay indicios de que esto podría ocurrir, vamos, tienes incluso para un café.


Sacar a relucir conflictos vecinales

El trayecto en el ascensor del edificio donde vives puede convertirse en un campo de batalla sin que a penas te des cuenta. Algo como «Oye, tú eres el del 3ºB, ¿verdad? El que pone la música alta todo el rato. Sí, sí, sé quién eres. Estaría bien que te compraras unos auriculares, ¿no? Vamos, digo yo. Ahora los hay muy baratos. Más baratos que el Sign Star con el que me taladras el cerebro cada sábado, al menos. ¡Anda! Me bajo aquí. Un beso».


«¿Tus padres bien?»

Muy bien. ¿Saludos? De tu parte.


«¡Oh! ¡Parece que se me ha caído mi caja llena de abejas!»

Parece poco probable, pero ocurre. Si habéis visto este vídeo sabréis de lo que estoy hablando.


“Pfff… Menudo madrugón, ¿eh?”

Este recurso sólo es válido si es muy temprano. Por la mañana, quicir. Sugerir que las 5 de la tarde es una hora propia de alguien madrugador no es la mejor idea para salvar una conversación con alguien a quien no conoces. También, en función de la impresión que quieras causar, puedes repetir tantas veces como deseas el «¿eh?» del final. Cada cual a más volumen que el anterior. 


«¿Eres nuevo/a en el edificio?«

Es una bella forma de conocer a tus vecinos. Quizá un poco arriesgada, por aquello de que puede que la persona a quien lances la pregunta lleve viviendo en el edificio 12 años pero no le hayas visto jamás. Pero por intentarlo que no quede.


Hacer referencia al hilo musical

En concreto, para decir que es un temazo. Quién sabe, quizá te arranques a cantarlo y la otra persona te siga, formando una bella coral del todo inesperada que alegraría el día a cualquier fan de flashmobs/pedidas de mano que se precie. Sobre todo si coincides con el del Sing Star, ya sabes.

10 cosas que hacer cuando llegas perjudicado a casa

Hay un ratito, entre que llegas a casa después de una noche de copas y entre que te acuestas, en el que todo puede pasar. La magia sencillamente sucede. Tus capacidades se quintuplican –en negativo– y dan lugar a situaciones tan fascinantes como perturbadoras. No nos sentimos orgullosos de todas, claramente, pero alguna son dignas de recordar. Aunque sólo sea por echarnos unas risas.

Si crees que este artículo va de cómo mantener la decencia en esos momentos –duros en su mayoría–, lamento decepcionarte. Es prácticamente imposible. Lo más cercano a la elegancia que experimentarás entrando por la puerta de casa en mitad de la madrugada y habiendo rebasado cómodamente el consumo recomendado de bebidas espirituosas puede ser… no sé, que alguien haya olvidado unos zapatos muy caros en el recibidor. Con los que, por cierto, tropezarás inmediatamente. Pero eso es algo de lo que hablaremos más tarde.

Aunque probablemente ya no sorprenda a nadie; sí, hoy vamos a hacer una to do list para asegurarnos de que esa recta final hacia la cama, protagonizada entre otras cosas por la embriaguez o el cansancio extremo, se nos haga entretenida. Y dice así:

1.- Tardar en torno a una década en atinar con la llave en la cerradura. Deja que el ruido del acero arañando sutilmente la madera sea como el coro de trompetas que anuncian tu llegada.

2.- Golpearte con absolutamente todo. Hay una parte involuntaria del proceso durante la cual tu subconsciente se fija en todo aquello que resuena más alto para luego embestirlo con fuerza. Ahora, si al intentar dejar las llaves en el mueble del recibidor éstas se caen al suelo, y al intentar agacharte golpeas un perchero que cae también, no sin antes golpear a esa otra lámpara que irá a parar a un paragüero de aluminio que jurarías no haber visto nunca antes, ya sabes a qué se debe.

3.- Hacer muchísimo ruido. Ya me entendéis. Una cosa lleva a la otra.

4.- Responder a preguntas de aquellos que están despiertos. Tradicionalmente, si cuando llegas a casa muy tarde hay alguien despierto, esta persona te somete a un interrogatorio que se extenderá ampliamente en el tiempo. Más o menos tanto como hayas tardado tú en abrir la puerta. “¿Dónde has estado? ¿Con quién? ¿Y qué tal estuvo? ¿Y salió Fulanito? ¿Y se vio a Meganito? ¿Y entonces? ¿Y tuvisteis que pagar entrada? ¿Y cuánto os salió? ¿Mañana no tenías que estudiar?”. Y un largo, larguísimo etcétera.

5.- Comer. Como un sabañón. Como si acabaras de llegar de una expedición por el desierto. Nunca es suficiente. La coherencia no es un requisito indispensable. Dedícate a ingerir y a rezar porque tu estómago esté de acuerdo con tus decisiones. El resto déjalo a tu imaginación.

6.- Poner la tele y dejarte llevar. ¿Quién no se ha visto alguna vez a las 6 de la mañana fijando toda su atención en las numerosas virtudes técnicas que brinda ese prodigio de la tecnología también denominado cortador de verduras con palanquita de la teletienda?… ¿No? ¿Nadie?.

7.- Mirarte durante un rato al espejo y hacerte preguntas que ahora mismo no puedes responder. Sobre tu futuro, sobre tu presente, sobre qué pensaría de ti el adolescente que un día fuiste si te viera en esa situación –un tanto lamentable, todo hay que decirlo–. Ese tipo de cosas. Lectura ligera para antes de dormir.

8.- Escoger el atuendo con el que vas a dormir. Existen dos opciones entre las cuales se elige dependiendo del grado de perjuicio del sujeto en cuestión: la ropa con la que viene de la calle, y el pijama. De franela, seguramente. Desde aquí recomendamos encarecidamente dedicar unos instantes al cambio de ropa.

9.- Volverte imparable con tu smartphone. Es muy probable que revises todas tus redes, las aplicaciones de ligar, la evolución de los mercados financieros, o el tiempo que hace tal día como ese en Birmania. También, es de espera que de repente te conviertas en el ser más sociable del universo observable y le envíes un mensaje a toda tu lista de contactos. Excepto a tu amigo el que te dijo «envíame un mensaje cuando estés en casa para saber que has llegado bien». A ese ni caso. 

10.- Ponerte una alarma muy poco realista para el día siguiente. Tal como [introduzca aquí el nombre de la persona que le esperaba despierto] te recordaba hace un momento, mañana tienes que estudiar. Por tanto, justo antes de irte a dormir, debes ponerte un despertador del todo inverosímil. Por ejemplo, si son las 9… a las 10. Es importante que la programes con una expresión muy seria en el rostro, como de persona plenamente convencida de lo que hace. En cualquier caso, mucha suerte. La vas a necesitar.

10 consejos para un buen Carnaval

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El Carnaval is coming. Como que está aquí ya, vamos. Aunque, atendiendo a la archiconocida canción de la grandérrima Celia Cruz, la vida en sí es un Carnaval. Y no, no hay que llorar. Porque, pues eso, la vida es un Carnaval. Y es más bello vivir cantando.

En efecto, es Carnaval. Y en Carnaval la gente se disfraza, porque precisamente de eso va. En consecuencia, se celebran fiestas de disfraces. Y éstas, amigos, contienen más intríngulis de las que podríamos imaginar así, de primeras.

Puede que en cada país –e incluso en cada región, como en el nuestro– se celebre de manera distinta. Pero hay una característica común a todas y cada una de las celebraciones; que es muy loco. Para aquellos que no estéis muy puestos en el tema del Carnaval, podríamos decir que es como Halloween, pero sin necesidad de que tu personaje haya muerto. Ah, y que las cosas no dan miedo. No todas, al menos. Luego ya, según de qué lugar estemos hablando, hay murgas, chirigotas, comparsas, cabalgatas… Pero bueno, lo que quiero decir es que consiste, básicamente, en disfrazarse y salir a pasarlo bien. Esto de pasarlo bien es un punto importante, probablemente el más importante de todos. Es por eso que este artículo sale en defensa de la diversión carnavalera, ¿y cómo? Pues adelantándoos los peligros que os pueden asaltar así, in the night. Así vais protegidicos de casa, con vuestras armaduras medievales, estacas de plata, ristras de ajo, y vuestras cosas.

Así pues, sin más dilación, vamos con las indicaciones a seguir para no liarla en exceso:

1. Asegúrate de que, sea a la que fiesta que sea, estás asistiendo a una fiesta de disfraces. Principio fundamental para evitar hacer uno de los ridículos más memorables de tu vida. Acabáramos.

2. No intentes adivinar el disfraz de la gente. De verdad, es mejor no jugársela. Los disfraces excesivamente conceptuales también tienen sentimientos y pueden ser heridos.

3. Cúrrate un poco el disfraz, hombre. Tiene que ver con la anterior. De hecho, es el primer paso para que la confusión disfracil no tenga lugar. A ver, entendámonos; no tiene nada de malo que la estructura troncal de tu disfraz sea una bolsa de basura. Ése es el grupo al que yo pertenezco. Pero si podemos ser mínimamente original, seámoslo, hermanos.

4. Por tu bien, procura ir lo menos posible al baño. Por ahorrarte el disgusto, más que nada. ¿Sabes lo que supone ir al baño con un disfraz puesto? ¿Puedes tan siquiera imaginarlo? NO MERECE LA PENA. Otra cosa es que recordemos nuestra condición de mortales y eso nos haga darnos cuenta de que tenemos necesidades. Pero bueno, nada que no pueda solucionarse con una vía de escape incorporada al propio disfraz. O unos pañales muy grandes.

5. No te fíes de nada ni de nadie. Recuerda, nada es lo que parece. 

6. Haz todo lo posible por evitar el despiece. El despiece se da cuando, un disfraz que lleva varios complementos, empieza a perderlos. Si por ejemplo vas de, qué sé yo, ¿Mosquetero? Debes concentrarte todo lo posible en no perder el sombrero, la espada… y demás enseres de mosquetero. En ocasiones resulta inevitable, pero es de agradecer. 

7. Lleva contigo sólo lo imprescindible. Como habíamos acordado al principio del artículo, los carnavales son muy locos. Y como en todo acontecimiento muy loco, hay que llevar lo justico. Como anexo a este punto, se recomienda recurrir a la clásica táctica de llevarte tu móvil antiguo, más que nada para evitar dolorosas pérdidas (que los Reyes fuero hacen ná’).

8. Ojo con los disfraces grupales. Si tienen sentido por separado, mejor. De lo contrario, estarás confinado a permanecer junto a la manada toda la noche para mantener la cohesión. Lo cual es la más absoluta de las prioridades, claramente.

9. No recicles disfraces, que es un canteo. ¿Un cavernícola con el pelo rosa y un tridente? Hm. Bueno, sí. Por qué no. Recíclalos. 

10. No te vayas a la cama sin desmaquillarte. Créeme, te arrepentirás al día siguiente, enrollado en las sábanas que antes eran blancas y que ahora parecen cualquier página de uno de esos libros de «El Ojo Mágico».


Y eso es todo. ¿Veis lo que os decía? Parecía fácil, pero no. Nah, en realidad sí que es fácil. Todo es cuestión de actitud.

Así pues, ahora sí que sí, pasadlo muy bien, disfrutad como niños, celebradlo de la manera que más os guste y, sobre todo, escoged bien el disfraz, que es la clave del éxito. ¡Hasta prontorl! 🙂

Cuando el grajo vuela bajo, todo da más pereza

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Dicen que cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo. Pues bien, no sé vosotros, pero a mí me da la impresión de que ese grajo del que siempre se ha hablado ha comenzado a vivir entre nosotros. Porque así son los grajos. Que por cierto, un grajo es esto.

Aquí un Corvus Frugilegus retozando alegremente en la nieve

Quizá penséis que se me ha terminado de ir la pinza, pero, ¡eh! Al menos yo intento buscarle explicación a este frío proveniente del lugar más frío del gélido lugar de dondequiera que provenga, pues eso, el frío. Espero haberme explicado con claridad. Seguimos.

Pensábamos que esa cálida brisa que hacía nuestra existencia aún más agradable ya a mediados de diciembre –sospechoso, cuanto menos– iba a durar para siempre. Craso error. Ya han empezado a instalarse en nuestros termómetros las temperaturas bajo cero, y consigo han traído una desidia de dimensiones estratosféricas que, lejos de desanimarnos, compiten con nuestras ganas de hacer un montón de cosas para hacer el día a día un poco más interesante. Hablamos de relatos de la vida cotidiana que se convierten en auténticas proezas cuando en lugar de un solecito bueno y bucólico, te encuentras con las ventanas del salón empañadas del pelete que hace. Creo que ya sabéis por donde van los tiros.

Hoy vamos a enumerar todas esas cosas que a priori parecen fáciles pero que luego, en cuanto es necesario echarse la mantita por encima, se hacen un mundo. Un mundo frío, concretamente. Como el de Frozen

1. Salir de la cama. Es ya casi tradición empezar con un clásico. Si ya algunas veces salir de la cama supone toda una hazaña en sí misma, cuando es necesario quitarse de encima el edredón que nos salvaba de caer en el abismo de la hipotermia hasta ese momento y entrar en contacto con un suelo aparentemente forjado en hielo, vamos, ni os cuento. Así, presenciamos a diario numerosas situaciones verdaderamente dramáticas como la de ver por ejemplo a un veinteañero estándar tomándose 30 minutos extra –en el mejor de los casos– para salir de la cama cuando se había prometido a sí mismo madrugar para estudiar porque durante todo el día de ayer, no sé, no surgió.

2. Salir de lugares, en general. ¿Que te llaman y no hay cobertura? No pasa nada. ¿Que ya estás llegando a tu parada de destino en el metro pero estás calentito? ¡Quién dice que no a dar una vueltecita por los intrigantes paisajes subterráneos! Y así, sucesivamente. Sólo debemos entrar en contacto con el exterior en situaciones de extrema necesidad. Como ir a comprar galletas de madrugada, por ejemplo.

3. Ir al baño. Estoy convencido de que los debates internos más duros se han producido frente a un inodoro frío como un témpano de hielo. Porque claro, ir al baño con frecuencia es una necesidad vital. De ahí que a eso se le llame usualmente «hacer las necesidades»No obstante, en tiempos de frío, no hay nada que no nos veamos obligados a cuestionarnos. Incluso en materia de funcionamiento básico de nuestro organismo.

Descripción gráfica de un debate interno endurecido por condiciones meteorológicas adversas

4. Y ya que hablamos de bañosla ducha.  Todos estaremos de acuerdo en que la ducha es un bien preciado, y que la higiene es fundamental para nuestro bienestar así como para el de quienes nos rodean. Sobre todo para el de quienes nos rodean. Sabemos sobradamente que es duro enfrentarse al cambio de temperatura entre el agua hirviendo con la que nos duchamos en esta época del año, y la realidad climatológica que nos espera agazapada al otro lado de la mampara. Es así como, una vez más, de la cotidianidad obtenemos una historia que contar mientras nos regocijamos en nuestro propio orgullo. Resulta incluso poético. «Por ti me ducharía hasta en invierno».

5. Dar un paseo. Cómo que un paseo, alma de cántaro. Podemos dar un paseo hasta una cafetería con calefacción, por ejemplo. O un paseo un poco más largo hasta alguna cálida ciudad del hemisferio sur. El mundo exterior, cuando hace frío, es un lugar hostil plagado de imprevisibles peligros como el de… contraer resfriados, yo qué sé.


Y hasta aquí podemos leer. No os desaniméis. Y si lo hacéis, pensad en todos esos países y ciudades donde los grajos SÍ que vuelan bajo. Pero bajo, bajo. Bajísimo. Casi reptan, de hecho. Al final somos unos privilegiados, así que esperamos que aprovechéis el tiempo invernal que nos queda –que parece que aún da para rato–, que luego llega el calor infernal y serán otras muchas cosas las que nos den pereza. Mientras, siempre nos quedará hacer la bromita de que fumamos cuando nos sale vaho por la boca. Y eso que nos llevamos. ¡Hasta otra! 😀

Los Reyes Magos: cuando eres niño vs. en la actualidad

Los Reyes Magos de Oriente ya han terminado de aproximarse por el árido desierto siguiendo las indicaciones de cierta estrella, y han dejado en vuestras casas algo que probablemente no se parezca ni al incienso, ni al oro, ni a la mirra. Bueno, quizá a la mirra sí. Fundamentalmente porque no sé exactamente lo que es.

El caso es que la tradición es la que es. Los principios básicos nos quedan a todos mínimamente claros. No obstante, la cosa ha ido cambiando. Un poco, solamente. Pasados 2016 años –que por cierto, desde aquí aprovecho para desearos el feliz año nuevo– la noche de Reyes Magos tal y como la conocemos hoy no tiene nada que ver con la de entonces, ni si quiera con la de hace 10 años. Hace unas décadas apareció Papá Noel por ahí haciendo la competencia, los regalos estrella han pasado de ser las muñecas, los muñecos, o las peonzas (¿las peonzas?) a pues, qué sé yo, un smartphone, una tablet, un monopatín de éstos que van hacia delante o hacia detrás según hacia donde te inclines, o sabe Dios.

Podríamos decir, entonces, que hemos ido modificando lo que es la Epifanía en sí para adaptarla a nuestros tiempos, y esta afirmación también nos incluye a nosotros. Y de esto, amigos, va este artículo.

¿Recuerdas el pre-Reyes, Reyes y el post-Reyes de cuando eras pequeño? Mágico, ¿verdad? Y distinto, muy distinto. Ahora tienes 20 y tantos, quizá 30 y algo, y la película ya no es la misma. Ni tan si quiera parecida. ¿Cuál es la diferencia entre el colofón final de la Navidad que vivimos ahora, y el que vivíamos cuando hace 10, 15 o 20 años? Pues miren ustedes, les cuento:

–5 de Enero–

ANTES: Ojo, ojo, ojo, que ya vienen los Reyes. La espera ha sido larga, pero por fin están aquí. Nervios, ilusión, emoción a raudales. Además, a tus padres por fin se les ha agotado el arma de tiranía resumida en la omnipotente frase: “pórtate bien, que si no los Reyes te traerán CARBÓN”. Así ha crecido nuestra generación, amedrentada por la posibilidad de que unos señores magos nos regalen un saco de roca sedimentaria. Qué le vamos a hacer ya, a estas alturas. El caso es que TODO vale.

Estás que no cabes en ti de gozo. Entonces, tratas de matar el tiempo intentando evadirte liberando un poco de energía pues, de cualquier forma, como por ejemplo dando brincos por la casa, que es una opción que siempre está ahí. Más tarde, vas a la cabalgata a ver a sus majestades, recoges todos los caramelos que un niño pueda recoger, y te marchas a casa. Y a dormir porque, como es bien sabido por todos, si los Reyes Magos te pillan despierto no entran a dejar los regalos. El júbilo empieza a aproximarse a su punto álgido.

A los Reyes Magos se les deja una ofrenda gastronómica que bien pueden ser unas galletas con su vaso de leche o, como es tradición en mi hogar, una tarta de limón. O unas pastas. O una paella. Tus padres pueden permitirse un despreocupado freestyle para la ocasión. Y ojo, que la cosa no queda ahí; para los camellos TAMBIÉN hay degustación. Normalmente, o al menos en mi casa, un cuenco con agua y un manojo de perejil. Porque la base alimenticia de cualquier camello es el perejil, claramente. Ahora sí que sí; a la cama, QUE MAÑANA VIENEN LOS REYES.

HOY: El 5 de enero SE SALE. ¿Se sale? SE SALE. Porque cualquier festividad debe tratarse como lo que es, una festividad. Ni tú ni tus amigos tienen claro qué va a hacerse exactamente, sin embargo, algo habrá que hacer. Algunos, a los que podríamos denominar “clásicos”, deciden acudir a la reverberante llamada del eco de su infancia asistiendo a la cabalgata, pero en otro plan. Coger caramelos es una opción que está ahí, pero no es prioridad. Después, la fiesta puede continuar en la dirección que el grupo decida.

En teoría recogerse pronto es una obligación implícita a esta noche tan especial, aunque que cada año es más y más laxa. Tu madre ya te ha advertido que no te hagas excesivas ilusiones, que este año los Reyes traerán “un DETALLITO”, porque ya eres mayor. Sin embargo, en tu fuero interno de niño grande, aún resuena un ápice de ilusión por lo que pueda pasar y te da la sonrisilla del “¿Y SI ES UN JET PRIVADO?”. Cosas más alucinantes se han visto. El objetivo, en cualquier caso, es no abrir los más o menos regalos sin resaca, porque hasta feo estaría. Al llegar, intentas no hacer mucho ruido y prepararte para levantarte habiendo dormido, con suerte, un par de horas. 

Continuamos.

–La mañana del 6 de Enero–

ANTES: Seis y media de la mañana. 6 de enero. Ya te has despertado unas trescientas veintidós veces a lo largo de la noche, pero esta vez ya asoman por la ventana los primeros rayos de luz. Es hora de levantarse de la cama y despertar a tu unidad familiar al completo (si tienes un hermano, éste puede colaborar en la labor).

Los regalos, normalmente, te esperan colocaditos en el sillón. Cuando entras en contacto visual con ellos, ya no hay vuelta atrás. Alegría, correteos, incluso grititos de ansiedad juvenil. Vas corriendo hacia ellos y, una vez allí, se dice el orden de apertura. Primero tu madre y tu padre, o los últimos, o qué sé yo, todo depende. Quizá después tu hermano o hermana, quizá decidáis que lo más justo es que os vayáis turnando. Son muchos los factores que entran en juego a la hora de tomar este tipo de decisiones.

Cuando eres un niño y te dispones a abrir los regalos, lo primero que vas a hacer es apartar con desprecio todo aquel paquete que sugiera contener ropa. Los blandengues, los que no tienen consistencia. Esos, como si no fueran contigo. Los dejaremos para el final para que, además, tu madre te obligue a probarte una por una cada una de las prendas mientras tú miras de reojo todos los juguetes/artefactos que ardes en deseos de ir a explorar.

HOY: Según el nivel de expectativa, la historia cambia desde bien temprano. Puede que esta vez sean tus padres los que te despierten a ti, que acudirás a su reclamo entre legañas y con el hilillo de baba aún colgandero. En mi casa, en concreto mi hermana y yo, dos veinteañeros de a pie, seguimos siendo quienes arman la bulla. Porque las cosas hay que vivirlas con intensidad. Una vez llegas al salón –o dondequiera que estén ubicados los regalos–, un simple vistazo basta para notar que la forma de los paquetes poco se parece a la de los de entonces. Hay muchos más blandengues y, oye, incluso te hace ilusión. Sin lugar a dudas, abrir con emoción extrema un paquete que contiene ropa es un claro síntoma de que igual nos hemos hecho un poco mayores (y eso es bonito). 

De este punto, el desafío más crucial que nos encontramos en las mañanas de 6 de enero actuales es que, conforme vas cumpliendo años, vas tomando conciencia de que los individuos de tu entorno tienen sentimientos, y que no está bien herirlos. Es decir, debes hacer lo posible por no marcarte un Chloe en «we are going to Disneyland!«, por evitar romper el corazón del regalador en cuestión, fundamentalmente. El mostrar agradecimiento es lo más importante de este día. Abrazos y palabras bonitas para todo el mundo, que es lo mínimo, oigar.

Por último, más breve pero no por ello menos emblemático, podríamos hablar del post-reyes, también conocido como la ruta del regalo. Consiste muy básicamente en visitar las casas de los diferentes familiares (donde además te reunías con muchos otros al coincidir en algún punto del camino) recolectando regalos. Cuando eras pequeño, no dejabas a nadie a salvo. Aunque fuera lo más pequeño del mundo, ahí debías estar tú para recogerlo. Actualmente, si vas a casa de tus abuelos y algún que otro tío, lo estarás petando. Además, tus familiares más cercanos, resignados a tus excéntricos gustos y a tu cambio de parecer constante, optarán probablemente por el clásico y siempre efectivo «dinero para las rebajas». Bendito sea.


Y estas serían, amigos, las abismales diferencias y estragos que causan unos años más en este mundo para con la noche y día de Reyes. Desde aquí os deseamos que os hayan traído muchas cosas, muy bonitas, y que la ilusión os siga removiendo por dentro éste y otros muchos años más, que al final es lo importante. ¡Hasta la próxima! 😀

10 deportes que practicas sin darte cuenta

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Son buenos tiempos para el deporte. Y eso está muy bien. A día de hoy, cualquiera que se lo proponga –y su salud se lo permita, claramente– puede seguir una rutina de ejercicios, y es que cada vez son menos los medios necesarios para llevar una vida sana, y también menos las excusas que se nos pueden ocurrir para no hacerlo. Tablas de ejercicios, gimnasios low-cost, parques con explanadas por las que echar una carrerita… En definitiva, un sinfín de alternativas. No obstante, hoy no estamos aquí para hablar de eso. Y ahora viene la parte en la que os explico por qué. Tomad asiento.

¿Qué significa «hacer ejercicio»? Pues, mire usted, esa es una cuestión un poco abstracta. Un poco el todo y la nada a la vez. Unos lo entienden como la realización de una actividad física perpetuada en el tiempo. Otros, en cambio, como el acto de participar en una competición regida por ciertas normas. Y luego estamos nosotros, que creemos que la línea que separa lo que es «ejercicio» de lo que no lo es, está cada vez más difusa. Porque, por ejemplo… ¿cuántas calorías quemo pasando la escoba?, ¿es cierto que andar es el ejercicio más completo? ¿cómo de «sport» consideraríamos que es el «Wii Sports»?.

Como vemos, son muchas las preguntas e inquietudes que envuelven a la práctica de ejercicio en nuestros días, pero sin duda la mayor, la que quita el sueño diariamente a cientos de miles de ciudadanos, plantea la siguiente cuestión: ¿es posible que nos hayamos convertido en deportistas de élite sin ni si quiera haber reparado en ello? Pues, a ver, permitidme que lo dude. Pero bueno, en forma de aclaración, a continuación procederemos a nombraros algunas de formas de quema de calorías que podemos encontrar en el día a día. Así, como quien no quiere la cosa. Y dice así:

1. Cien metros lisos (quizá algunos más, quizá algo rugosos) por ahorro del abono mensual. Sano y económico. Esta práctica nace como respuesta a la pregunta; ¿cojo tanto el metro como para comprarme el abono mensual? Pues, depende, ahí ya cada uno. Si ves que te compensa la opción de usar tu propio cuerpo como principal medio de transporte, pues oiga, eso que te llevas.

2. Cierre de vaquero de alta resistencia. ¿Que no cierra? Vamos que si cierra. No seré yo quien se rinda ante este estúpido pantalón, porque si me lo regalaron por mi primera comunión, será para que le dé uso. Vamos, digo yo.

3. Subida de escaleras del metro por avería de las que suben solas. Inesperado, salvaje y, por qué no decirlo, incluso molesto. Esosí, buenísimo para todo lo demás.

4. Devolución de prenda en periodo de rebajas. Así como a la gente le gusta hacer compras navideñas, también le gusta hacer devoluciones post-navideñas. Es algo que nos pirra, nos vuelve locos. Y tendrás que hacer distintos usos de tu forma física para lidiar con ello. 

5. Levantamiento de ropa mojada haciendo la colada. Ojo, que pesa un quintal. 

6. Natación desincronizada. Bueno, en realidad este punto va más de desicronización que de natación. Hablamos del intento de baile acompasado que creemos lograr en discotecas y que resulta bastante… mejorable. Dejémoslo en mejorable. Aún así, tu esfuerzo te cuesta, así que lo tenemos en cuenta.

7. Limpieza de piso a contrarreloj. ¿Vienen tus padres de visita? ¿Has ido posponiendo el momento de limpiar a cuando te llegue el whatsapp de «¡ya estamos en la estación de tren!»? ¡Felicidades! Has ganado una intensa sesión de friego anaeróbico y barrido express.

8. Tiro con desechos. Consiste en marcarte metas poco realistas en cuanto a lo que tirar cosas a la basura a distancia se refiere. Este ejercicio tiene dos partes; cuando alzas el brazo para lanzar el objeto arrojadizo en cuestión, y cuando te levantas para recogerlo del suelo y meterlo de verdad en la papelera. 

9. Vela con paraguas y viento. ¿Alguna vez has intentado mantener la compostura sosteniendo un paraguas en mitad de un temporalazo? Entonces sabrás de lo que hablo.

10. Paseo de matriculación al gimnasio. Sin duda el más completo de todos. Ojalá algún día me aplique el cuento :_ )

15 superpoderes para la vida cotidiana

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Tener superpoderes es algo con lo que el ser humano siempre ha fantaseado. Yo mismo, sin ir más lejos, al salir del cine tras ver Spiderman a mis 8 años (la dirigida por Sam Raimi, en 2002) llegué a casa y me puse a diseñar mi propio traje de superhéroe, como Peter Parker en la película. También, según afirman fuentes fidedignas, pasé todo el año que vino después de que viera Batman de Tim Burton sin despegarme de un disfraz de dicho personaje, hasta el punto en que mi madre tenía que aprovechar mis ratos en el colegio o durmiendo para… qué sé yo, desparasitarlo. Adjuntaría pruebas gráficas, pero creo que mi progenitora -en su infinita sabiduría- no consideró que ésa fuera una etapa que de mayor me fuera a llenar de orgullo recordar. Bendita seas, madre.

El caso es que; volar, ser invisible, alcanzar la velocidad de la luz, ser súper fuerte… Todo eso está muy bien si pretendes utilizar tus habilidades para salvar al mundo de la tiranía de un poderoso villano. Pero, ahora, pensad en vuestras vidas. ¿Volar? ¿Para qué? ¿Pa’ hacerte el chulo? Las primeras veces resultará toda una proeza a los ojos de los demás, pero con el tiempo te acabarías convirtiendo en el cansino de la invisibilidad, el gañán de la súper fuerza, o el insufrible de los viajecitos en el tiempo. O peor, acabarías siendo secuestrado por el servicio de inteligencia para ser investigado, como le ocurrió al pobre E.T. 

En su lugar, he pensado una cosa; ¿por qué no nos inspiramos en nuestras mundanas vidas y diseñamos otros superpoderes que nos hagan mejor servicio? Una o varias habilidades que realmente hicieran nuestra vida más fácil, como los robots de cocina, o el artefacto en el que metes el tubo de pasta de dientes para aprovecharlo al máximo. Va, procedo a romper el hielo con algunas de las propuestas que se me han ocurrido:

1. El superpoder de hacer un arroz blanco decente. Que parece fácil, pero aún a día de hoy es un enigma que intriga a decenas de millones de estudiantes semi-emancipados.

2. El superpoder de poner la alarma a una hora y levantarte a esa hora. Y si encima es para ir al gimnasio, Y SI ENCIMA VAS, te darán la llave la ciudad.

3. El superpoder de asistir a clase justo (y únicamente) el día que pasan lista

4. El superpoder de que se te quede el pelo guay el día que vas a salir y no el domingo que te quedas en la batcueva de resaca.

5. El superpoder de entretenerte en las salas de espera. Sin móvil ni nada. Sirviéndote únicamente de tu gracia natural.

6. El superpoder de diferenciar si ese [«hola!» + emoji] es simple cordialidad en lugar de una propuesta de matrimonio (tal y como tú sospechas)

7. El superpoder de que jugando al trivial te toquen las fáciles cuando sea «quesito». Este incluso puede complementarse con el de que en ese momentos todos tus amigos mantengan la compostura en lugar de gritar un «¿EN SERIO? ¿A MÍ EL APELLIDO DE LA SUEGRA DE LA GANADORA DEL ORO EN LOS 100 METROS LISOS EN LAS OLIMPIADAS DE 1992, Y A TI CÓMO SE LLAMA LA NOVIA DE MICKEY MOUSE?»

8. El superpoder de que te cierre ese pantalón de hace un año. Relacionado con el superpoder de lograr seguir una superdieta.

9. El superpoder de tender la colada y que ese día no llueva. Vamos, no te lo crees ni tú.

10. El superpoder de ponerte en la cola que más rápido avanza. Así, sin pararte mucho a pensar. Guiado por tu sentido arácnido.

11. El superpoder de saber si esa palabra que estás a punto de escribir en un examen va con B o con V. O con G o con J. O con H o sin H. 

12. El superpoder de encontrar una frase adecuada para acompañar una selfie. Este es un problema con el que lidiamos a diario y del que no se habla, quedando confinados a poner una frase de una canción o a usar el comodín del emoji. 

13. El superpoder de retener todos los nombres y datos de ese documental que has visto accidentalmente para luego poder presumir de tus amplios conocimientos en astrofísica

14. El superpoder de actuar con normalidad al quedarte solo en un ascensor con espejo.

15. El superpoder de recordar el nombre de esa persona con la que acabas de encontrarte y que hace eones que no ves. Compatible con el de fingir creíblemente que sabes quien es, con el de sonreír con autenticidad, y con dispositivos Android.


Y ya está, y ya no hay más. No hombre, no, haber habrá más. Me he dejado alguno importante fijo. Cuéntame, ¿qué superpoder te gustaría tener a ti?

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