Guí­a visual para unas navidades ‘Solo en casa’

Sabemos que las navidades son, por definición, una época de reunión familiar. Y sabemos también que, en algunos momentos de estas fechas señaladas, más de uno desearí­a con todas sus fuerzas vivir las fiestas «solo en casa».

Y es que hoy, en el primer especial navideño de El Celuloide, hablamos de una de las pelí­culas imprescindibles para ver durante esta época: Solo en casa, la comedia familiar de Chris Columbus que dio a conocer al icono (y no solo para mí­, sino también para el mismí­simo Ryan GoslingMacaulay Culkin y cristalizó en pantalla todas las fantasí­as de los jóvenes, y no tan jóvenes, de ayer y hoy.

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Poco hay que decir de uno de los filmes más efectivos en sus propósitos de la historia del cine, una comedia familiar tontorrona pero divertida y, en su justa medida, enternecedora. Una especie de sueño universal hecho realidad protagonizado por el pequeño Kevin, un niño que es olvidado por accidente en casa cuando el resto de su abultada familia viaja a Parí­s a pasar las vacaciones de Navidad. A partir de ahí­, y con la excelente y nominada al Oscar banda sonora de John Williams, el filme alimenta los anhelos más traviesos de la infancia con una serie de originales y sólidos gags donde abunda la comida basura, el desorden, las pelí­culas «de mayores» y algún que otro terror o inseguridad… Porque, al final, por muy lejos que a veces queramos tenerla, familia solo hay una.

Con profundo espí­ritu nostálgico-generacional, Solo en casa se erige como una gominola agradable de degustar, siempre entretenido, y – como los ositos Haribo – naturaleza de imperdurable y recurrente clásico, incluso, electrizante.

Y ahora, en forma de particular regalo para mitómanos y solitarios de un servidor, os dejo la guí­a definitiva de cosas que hacer si pasas unas Navidades solo en casa. Por cortesí­a de nuestro pequeño Kevin McCallister:

1. Gritar como loco. Y correr por toda la casa.

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2. Tirarse en trineo por las escaleras.

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3. Comer helado como si no hubiese mañana.

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4. Ver pelí­culas violentas «de mayores»…

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5. … y repetir sin cesar algunas de sus frases.

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6. Sacar a paseo la tarántula de tu hermano.

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7. Cotillear en los cajones privados de tus familiares.

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8. Utilizar todos los «potingues» de tus padres.

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9. Vengarse de los vecinos.

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10. Livin’ la vida loca… like a Sir

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El paso del tiempo | ‘El curioso caso de Benjamin Button’

Este viernes, precedida de uno de los mayores «hype» de la temporada, llega a las pantallas de los cines españoles Perdida, adaptación de la hiper-exitosa novela de intriga escrita por Gillian Flynn dirigida por uno de los realizadores de mayor renombre en el panorama internacional actual: el estadounidense David Fincher.

Fincher cuenta con una filmografí­a prácticamente impoluta, con nueve obras anteriores a esta, su último y esperado estreno, más o menos estimadas por crí­tica y público: Zodiac, El club de la lucha, Seven, La habitación del pánico o las más recientes y también plausibles La red social y The girl with the dragon tatoo. También es conocido su trabajo detrás de las cámaras de algunos populares videoclips y como creador de la reciente serie House of cards, también aclamada por la mayor parte de los seriéfilos. En El Celuloide también morimos de ganas de ver Perdida y, para amenizar la espera, rendimos homenaje al director analizando una de sus obras más complejas, densas e – quizás y pese a su abultada presencia en los Oscars – infravaloradas en el tiempo: El curioso caso de Benjamin Button.

Precisamente el tiempo es la piedra angular de esta adaptación del relato de F. Scott Fitzgerald. Y lo es, además, tanto en fondo como en forma. Por un lado, es inevitable que la narración (breve en su material literario original) quede ciertamente supeditada a la extensa duración que impone Fincher a su versión cinematográfica: 167 minutos pueden parecer muchos para una pelí­cula que avanza con sobrada calma y que abandona – hasta su último tercio – una narrativa lineal o convencional (constituyente esta de parte de la esencia que hace único al filme) en favor de la creación de una atmosférica, envolvente, «pelí­cula-rí­o». Sin embargo, para un servidor, todo fluye en El curioso caso de Benjamin Button, una pelí­cula densa por naturaleza y exigente en según qué tramos que, del mismo modo, recompensa al espectador con la sobrada demostración (otra vez) de inteligencia y destreza visual del director que consigue trascender más allá de las imperfecciones, irregularidades rí­tmicas, del relato para construir un largometraje siempre sugerente y estimulante, con delicioso potencial visual que desencadena la composición de algunos planos inolvidables.

Por otro lado, el tiempo es también – sin duda – el eje narrativo de la cinta: la premisa que narra la extraordinaria historia de un hombre igualmente extraordinario (nace anciano y va rejuveneciendo a medida que el tiempo transcurre, en vez de seguir el ciclo natural de la vida) es una excusa para reflexionar sobre el valor del tiempo, de lo que hacemos durante el que nos corresponde, de lo que no y también de las casualidades que intervienen cual inercia en cada uno de los momentos de nuestra vida. ¿Existe el destino? El curioso caso de Benjamin Button no responde con firmeza a esa pregunta, si no que la plantea alejándose por completo de pensamientos ideológico-religiosos, dejando que las reflexiones existencialistas broten en la mente del espectador de forma natural a lo largo del desarrollo. No hay respuesta para esa pregunta, tampoco explicación para el misterio del personaje de Benjamin Button. Fincher deja a la lí­rica más pura y bella del séptimo arte apoderarse de cada atisbo, cada poro, cada minuto de su obra que transcurre con altibajos pero sin trompicones gracias a un excepcional montaje. Como ya he dejado caer, estamos hablando de una pelí­cula impecable en lo técnico: la maestra dirección de Fincher es acompañada por la a veces lúgubre y otras maravillosamente luminosa, fotografí­a de Claudio Miranda y los esfuerzos artí­sticos de sus departamentos de maquillaje, vestuario y diseño de producción. Por supuesto, mención aparte merece la composición musical de un Alexandre Desplat, por entonces, en plena efervescencia de reconocimiento que empasta perfectamente con el tono del filme, gracias a tonos delicados y a reminiscencias clásicas.

El curioso caso de Benjamin Button es también un milagro en lo que a su guión se refiere. El relato es un material prácticamente inadaptable, de magna envergadura dramática en la que multitud de personajes e historias se cruzan alrededor de una preciosa historia de amor central y… atemporal. Pero Fincher (con el guión de Eric Roth, imperfecto pero igualmente asombroso) consigue lo imposible al trasladar la obra literaria al medio cinematográfico con aparente facilidad, manteniendo la fuerza original y la sensación de haber creado una obra «enorme». Por último es inevitable mencionar el trabajo de Cate Blanchett, como una bohemia bailarina que derrocha elegancia, sensualidad y sentimientos, y el de Brad Pitt, en el que sin duda es uno de los mejores papeles (e interpretaciones, por consiguiente) de su carrera. También apreciables las actuaciones de Taraji P.Henson, Tilda Swinton Julia Ormond y, por supuesto, el agradecido descubrimiento de una debilidad personal: Elle Fanning.

Quizá la obra más clásica de Fincher sea también la más poética y bella. Un relato arrebatador que, junto a la también indispensable El árbol de la vida (de Terrence Malick), constituye una de las mejores, mayores y más complejas reflexiones sobre la vida y la muerte, el sentido de las mismas, el tiempo y el destino provenientes del cine americano contemporáneo. Sin duda, excelente, prodigiosa, única.

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