Crí­tica | El Gran Hotel Budapest

–Oh, my God! I wrote a hit play!–

Así­ gritaba Max Fisher en «˜Rushmore’ (1998), el camino natural que su director, Wes Anderson, seguirí­a en su IMDb. Ese adolescente perdedor, sabelotodo, ambicioso, obsesionado con el triunfo, presidente de todos los clubs existentes y no-existentes en el high school americano. Un fracasado habitual acostumbrado a perder frente al adversario, dentro de una realidad paralela inventada llena de éxito. Imaginación, mucha imaginación. ¿Pero qué pasa si esa realidad inventada se convierte en la realidad auténtica? Ya no es Max Fisher. Por eso, Max Fisher es Wes Anderson. Y esa realidad inventada ya es un hecho.

En la Europa de entreguerras de mediados del siglo XX, se encuentra «˜El Gran Hotel Budapest’, dentro de una república inventada en la que la obsesión por los hoteles caros, la rebeldí­a de la clase rica incomprendida y aburrida, las familias desestructuradas, los amores complicados y las persecuciones con la velocidad del stop-motion siguen siendo el principal atractivo de un cine que habla en el idioma del cine mudo, un cine exagerado en toda su forma, obsesionado por la parodia de la parodia. «˜El Gran Hotel Budapest’ de Wes Anderson es una matrioska de Wes Anderson. Una muñeca rusa repetitiva, cansada de sí­ misma y de todo su repertorio de gags. En este nuevo universo atemporal existen orgasmos en forma de anacronismos visuales –y conceptuales– como los de la «˜Marí­a Antonieta’ (2006) de Sofia Coppola o los de «˜El Gran Gatsby’ (2013) de Luhrmann. Pelí­culas que pecan de ser productos supuestamente innovadores cayendo, tristemente, en el lado contrario.

Nada se presenta como nuevo en una fuga paródica de una cárcel, como si la muñeca rusa de «˜El Gran Hotel Budapest’ fuese un remake de «˜Chicken Run’ (2000), que ya fue un remake encubierto de «˜La Gran Evasión’ (1963), que Wes Anderson ya homenajeó con la maravillosa «˜Fantástico Mr. Fox’ (2006). Su última pelí­cula resulta una muñeca rusa atractiva, pero defectuosa.

Tilda Swinton Wes Anderson

La paradoja del asunto es que el público general no caí­a en las redes de esas primeras pelí­culas totalmente innovadoras y cargadas de originalidad de Wes Anderson. En cambio, con un reciclaje más que evidente de aquellas, el bueno de Wes ha pasado de ser un punto negro de crí­tica a llenar salas de cine de todo el mundo. Con «˜El Gran Hotel Budapest’ se ha superado el récord de mejor estreno con menos copias –solo 4 pantallas– en todo los USA. ¿Pero cuándo se pasó Wes Anderson al mainstream? Con «˜Fantástico Mr. Fox’ ya se dejaba entrever el camino a seguir con sus diseños de juguetes para el Happy Meal de McDonald’s. Pero cuidado, esto no es sinónimo de algo terrible. Hacer negocio de tu excesiva creatividad no es malo si consigues no traspasar la barrera del abismo. Pero pasar de contentar a cuatro gatos indies a un público globalizado siempre resultará bastante más goloso. Sí­, «˜El Gran Hotel Budapest’ es el mismo cine exagerado de siempre, al cual recurren los más devotos del director texano, pero ahí­ el problema. Lo mismo de siempre. Con su última pelí­cula, Wes Anderson pinta una caricatura de sí­ mismo, una caricatura de su yo menos conocido y, por supuesto, menos alabado. Salvemos a Wes cuanto antes de las garras del mainstream, por favor.

Crí­tica | Perdida

No soy un gran fan de David Fincher. Quiero decir, me gusta pero no me volvió loco ‘Seven’, no me enamoró ‘El curioso caso de Benjamin Button’ y ‘La red social’ no me parece una obra maestra (‘El club de la lucha’ sí­ que lo es). Dicho lo cual, tení­a mis dudas ante esta nueva pelí­cula: Ben Affleck, demasiado hype,… Así­ que, me acerqué a ella con reticencias, no muy seguro de que fuera la maravilla de la que tanto se hablaba (últimamente, se ensalzan a determinadas pelí­culas por demás); sin embargo, señor Fincher, menuda obra de arte la que ha realizado. Puedes haber visto el tráiler mil veces, haber leí­do el argumento otras cien que, no te preocupes, no tienes ni idea de lo que te vas a encontrar.

La premisa es la siguiente: una mañana, Nick se despierta, sale de su casa y, al volver, descubre que su mujer ha desaparecido. En la casa hay indicios de forcejeo, algo de sangre y la policí­a comienza a investigar. A partir de este momento, Nick, sin quererlo ni beberlo, se ve inmerso en una lucha por asegurar su inocencia con respecto al posible asesinato de su mujer. Y hasta aquí­ se puede leer. ¿Qué se puede decir entonces de ‘Perdida’ sin estropear su visionado? Más bien poco. El uso de la narración que emplea Fincher construye un relato que te atrapa sin que prácticamente te des cuenta, un relato que fluctúa entre el drama, el thriller y la comedia con una facilidad pasmosa.

El interrogatorio a Amy en el hospital tras su regreso es una de las escenas cómicas más brillantes de los últimos años. Y qué decir del clí­max, ese momento en que llega a la casa y Nick sale a recibirla con un desde ya mí­tico ‘¡qué hija de puta!’ (o algo así­).

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Ben Affleck está más que correcto, Carrie Coon (vista recientemente en ‘The leftovers’), fantástica pero Rosamund Pike… Por favor, qué maravilla. La construcción que hace de Amy, la esposa desaparecida, es uno de los mayores atractivos de la pelí­cula. Desde ya, digní­sima favorita a alzarse con la estatuilla en los próximos premios Oscar. Va a ser muy difí­cil superarla.

En pocas palabras, ‘Perdida’ es una locura genial, una vuelta de tuerca continua que esconde muy bien sus cartas y sabe cuando sorprender, cuando lanzar sus golpes bajos para desconcertar (y mucho) al espectador. Su duración (casi dos horas y media) puede echar para atrás a los más reticentes pero, aunque sí­ es cierto que su desenlace está algo estirado, la pelí­cula en su totalidad no decae en ningún momento, constituyendo un entretenimiento muy sólido, sin fisuras argumentales.

No te puedes creer todo lo que puede llegar a ocurrir entre el punto A en que arranca la pelí­cula y el punto B en que termina. Nadie puede imaginar el asalto el motel de poca monta, el ¿secuestro? a manos de Patrick Harris o ese escalofriante desenlace con la entrevista y el embarazo. ‘Perdida’ es la sorpresa continua.

No lo dudéis ni un instante, ‘Perdida’ es la pelí­cula del año (de momento) y nadie puede perdérsela.

Torrente 5: una visión de futuro

Año 2018. Han echado a España de la Unión Europea, Cataluña se ha independizado y hemos vuelto a la peseta. Vamos, una visión de futuro es lo que presenta Santiago Segura en la quinta entrega de Torrente. Porque, sí­, el actor/director/guionista lleva 16 años torturándonos deleitándonos con sus pelí­culas y todo apunta a que va a seguir haciéndolo.

Torrente está decepcionado con España por cómo le ha pagado su gran servicio como policí­a y, tras su estancia en la cárcel y localizar a John Marshall (Alec Baldwin), decide dar el golpe del siglo: atracar el casino-hotel de Eurovegas (todos sabemos que en 2018 estará construido).

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Como era de esperar, el protagonista recluta a un gran equipo para que lo ayude a que todo salga al revés. Desde el conocido actor estadounidense Alec Baldwin, ese pobre al que hacen hablar en un español un tanto complicado y un inglés con unos subtí­tulos un tanto inventados; pasando por Florentino Fernández en el clásico papel de tonto muy tonto (algo demasiado fácil para él); hasta Fernando Esteso (sí­, el que chupó un pezón a Estela Reynolds), Anna Simón en el predecible papel de tí­a buena o la inexpresiva Angy haciendo de yonkie.

Tranquilos, todos nos preguntamos cómo Santiago Segura (o, más bien, Alec Baldwin) ha podido trabajar con «actores» tan ambiciosos como Jesulí­n de Ubrique y su pronunciación. Aunque, bueno, para hacer de paleto le ha ido como anillo al dedo.

Después de esto, tengo que decir algo que, sinceramente, nunca pensé que dirí­a: me ha gustado «Torrente 5: Operación Eurovegas». Sí­, me ha gustado.

Aunque sorprenda, no es la tí­pica pelí­cula en la que el protagonista más corrupto del cine español solo se basa en sus pajillas, las putas y el Atleti. No, ¡ésta tiene una trama! Es más, te intriga saber cómo acabará -aunque sepas que no va a ser bien-, te mantiene atento y, también, te hace reí­r utilizando el humor para burlarse de la situación en la que se encuentra España en ese momento. La misma que ahora, vamos.

Es una pelí­cula que no da asco de ver; y destacado este hecho porque, probablemente, con las anteriores cualquier mujer habrí­a salido corriendo del cine.

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Está claro que tampoco podí­amos pedirle a Santiago Segura que cambiase radicalmente su personaje, ya que sus fans (porque los tiene, y no son pocos precisamente), probablemente, lo matarí­an. Pero, al menos, es una pelí­cula que no da asco ver.

Incluso tiene una escena de acción en la que Torrente es perseguido por la policí­a y por Marshall cuando está a punto de huir en avión. Y está lograda, bastante lograda. Para mear y no echar gota.

A todos nos intriga saber cómo volverá para la sexta entrega Torrente y su pandilla de Sudamérica, lugar en el que aterriza su avión tras su exitosa huida.

Finalmente, destacamos la canción Eurovegas interpretada por la cantante Mónica Naranjo. Según ella, es la única cosa seria que tiene la pelí­cula. Mejor dejarlo en el aire.

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El corredor del laberinto: ¡No mires atrás!

¿Y si un dí­a despertaras encerrado en una caja que te propulsa hacia la superficie, donde no conoces a nadie, donde tu vida cambiará para siempre? ¿Y si, en esa superficie, estuvieras rodeado de un laberinto gigante que te impide salir al exterior? Eso es lo que le pasa a Thomas, el personaje interpretado por un fantástico Dylan O’Brien, que de la noche a la mañana, y sin razón aparente alguna, aparece en El Claro, el centro de un laberinto de dimensiones gigantescas, en el que habitan muchachos embrutecidos y bestias ¿mutantes? salvajes.

Hay que tener en cuenta que ‘El corredor del laberinto’ es un caso atí­pico de adaptación: normalmente, tenemos una buena novela que acaba siendo una pelí­cula inferior; pero, en este caso, tenemos una novela mediocre que, por muy mal que lo hicieran, darí­a lugar a una pelí­cula superior. Y así­ ha sido. Al contrario que en el libro, la historia arranca con fuerza, condensando las primeras páginas de desorientación y entrando rápidamente a la acción del laberinto, dando lugar a cerca de dos horas de adrenalina y tensión, con una factura técnica impecable y un actor protagonista que, para ser su primera vez, sostiene todo el peso de la pelí­cula de manera fantástica.

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La pelí­cula combina una suerte de ‘El señor de las moscas’ con pinceladas de ‘Los juegos del hambre’ en un universo propio que, de tener éxito esta primera pelí­cula, darí­a lugar a uno de los más interesantes en cuanto a sagas adolescentes respecta. En esta primera entrega, no sabemos prácticamente nada de por qué los chavales están en el lugar. Hay flashbacks, hay respuestas desconcertantes y un final del todo sorprendente pero, ¿las respuestas? Las respuestas se harán esperar porque ‘El corredor del laberinto’ prefiere que empaticemos con sus personajes, que sintamos su dolor, sus desesperación y sus ganas de salir de ese infierno de hormigón.

Esa desesperación nos lleva a un sangriento final quizás innecesario. Ni Chuck necesitaba morir ni Gally hubiera podido llegar hasta la salida del laberinto a solas. Puede que la muerte del primero dé lugar a un sentimiento de venganza por parte de Thomas en las próximas entregas y, entonces, tendrí­a sentido; si no, bueno, podrí­an habérselo ahorrado.

Para aquellos que busquen sólo la acción, apuntar que el mejor piropo que se le puede echar a la pelí­cula es la credibilidad que desprende en todas las secuencias en el interior del laberinto. Tanto la impresionante estructura como los temibles laceradores (las criaturas que la habitan), están muy trabajados para dotar de realidad cada secuencia, sin pecar en un exceso de CGI, es decir, huye de esa sensación de videojuego que parece haberse apoderado del cine en los últimos años, lo que es de agradecer.

Si se hubiera estrenado un par de meses antes, ‘El corredor del laberinto’ serí­a sin lugar a dudas la pelí­cula del verano. Lo tiene todo para triunfar y para enamorar al colectivo adolescente, siendo un blockbuster perfectamente disfrutable también por el público adulto.

Begin again: Tócala otra vez, John

¿Puede una canción salvarte la vida? Esta es la premisa de la nueva pelí­cula de John Carney, director de la alabada ‘Once’, que regresa ahora con esta comedia romántica buenrollera sobre una muchacha que es abandonada por su novio cantante y que, una noche, mientras canta en un café, es descubierta por un productor musical que le da la oportunidad de cambiarle la vida. Ella es Keira Knightley, él es Mark Ruffalo y el tercero en discordia, Adam Levine. Con todos estos ingredientes, ¿merece la pena acercarse a ella?

A ‘Begin again’ le pasa lo contrario de lo que le suele ocurrir a otras: cuenta con un tráiler que no le hace justicia. La pelí­cula, mediante un montaje ingenioso en su primer tramo, nos coloca en las vidas de estos dos personajes por separado para llegar hasta ese punto de colisión en el que ambos comienzan a trabajar juntos. Aunque algo repetitivo por el uso de la misma escena en varias ocasiones, la presentación de los personajes está tan bien pensada que difí­cilmente nos llega a molestar. El uso de las canciones es el complemento perfecto para sazonar una comedia que intenta esquivar los clichés lo mejor que puede (algunas veces sin éxito) gracias a unos números musicales que, como ya pasara en ‘Once’, apuestan por el minimalismo, por la desnudez de una banda y un micrófono. Además, Carney ha sabido introducir dos pequeñas escenas musicales para el recuerdo, de esas que te hacen sonreí­r durante largo rato, no por sus maravillosas coreografí­as ni mucho menos, sino por el carisma de dos actores que se dejan llevar y, con ellos, también nosotros.

La secuencia de Ruffalo y Knightley por las calles de New York, con los cascos, bailando, tiene muchí­sima magia sin contar prácticamente con nada (si tener New York como escenario puede considerarse como nada).

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Adivina quién sorprende con su actuación…

Aunque no carente de carisma, Knightley no termina de convencer con su exceso de muecas, medias sonrisas, lloro pero rí­o y es que parece que la actriz pierde gran parte de su talento cuando sale de las pelí­culas de época. Quizás esto no se notarí­a tanto, si no tuviera delante a un Ruffalo que, como siempre, realiza una interpretación más que notable y a dos secundarios muy correctos: Catherine Keener y Adam Levine, quien verdaderamente sorprende con una actuación muy sólida para ser su primer papel de peso.

La actuación final con Levine cantando y mirando de soslayo a Knightley llega realmente a emocionar y es todo gracias a él que sabe representar todo lo emotivo del momento.

‘Begin again’ es más divertida que ‘Once’, más optimista, más agradable. Los crí­ticos preferirán la segunda pero este nuevo musical, sin pasar a la historia ni cosechar ningún premio, te hará disfrutar y reí­r, aún con sus fallos, más que las últimas comedias románticas de los últimos años, y eso ya es un logro.

Aquí­ podéis disfrutar de la banda sonora de la pelí­cula. Muy recomendable el ‘Lost stars’ cantado por Levine:

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El amanecer del planeta de los simios: Monkey business

Bienvenidos al noble arte de vender humo. Hace tres años, cuando se estrenó su predecesora, ‘El origen del planeta de los simios’, todos apostamos por una saga que diera un nuevo valor a la idea que ya todos conocí­amos y que partí­a de una pelí­cula de los sesenta mil veces referenciada y con múltiples secuelas. Y es que, en la pelí­cula de 2011 protagonizada por James Franco, todo cobraba un nuevo sentido: ‘El origen…’ dio lugar a un blockbuster atí­pico que contaba con una tecnologí­a perfeccionista al servicio de un guión novedoso. ¿Quién iba a pensar que tirarí­an todo por la borda en la secuela?

‘El amanecer del planeta de los simios’ es una cinta artificial de esas que llegan a la taquilla para hacer dinero sin necesidad de una historia a su espalda. Con un salto temporal de diez años, la pelí­cula arranca con una secuencia espectacular en la que nos dejan claro que la tecnologí­a ha avanzado mucho y que los monos no son de plastiquete, los monos son de verdad. A continuación, y tras un breve enfrentamiento humano-simio, se empieza a generar una sensación de guerra latente: que viene, que no, que te disparo, que tu me disparas a mi… pero que no termina de arrancar. Así­, durante prácticamente una hora, la pelí­cula se estanca en un tira y afloja estirado que bien se podrí­a haber solucionado en el primer cuarto de hora; y aquí­ está el gran fallo de esta secuela: todo lo que pasa es un mero trámite para el cierre de la trilogí­a. Sólo una gran secuencia de lucha (eso sí­, aunque breve, espectacular) en dos horas en las que creí­amos que llegarí­amos a un punto final que, para nuestra sorpresa, no es otro que el inicial.

Dos horas de pelí­cula para que César pase de lí­der de la paz a lí­der de la guerra, una guerra que no vemos y por la que pretenden que paguemos en una más que probable tercera parte.

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Como ya ocurriera en su predecesora, en ‘El amanecer…’ lo que más nos llama la atención son las relaciones entre humanos y simios pero, si esto ya lo vimos en ‘El origen…’, ¿qué hay de nuevo? Poco. Podrí­amos esperar por su tráiler (ay, los tráilers) una lucha encarnizada por el poder de la Tierra pero no: lo que verdaderamente importa en esta pelí­cula es César, el único personaje de la pelí­cula que sufre una (ligera) transformación, y que, nuevamente, está interpretado de forma brillante por Andy Serkis. Ni Gary Oldman es un loquí­simo lí­der de la resistencia humana, ni esto es ‘Salvar al Soldado Ryan’.

El ataque al fuerte humano por parte de los simios es quizás una de las mejores secuencias de acción de los últimos años pero, ¿sólo una secuencia? ¿Era necesaria toda esa disputa entre César y Koba cuando, lo que verdaderamente nos importa es la guerra por un planeta? Una vez más, la forma de vender la pelí­cula nos lleva a equí­voco y a decepción.

‘El amanecer del planeta de los simios’ es el tí­pico capí­tulo de relleno de las series que nos preparan para un gran final. Nada más. Prescindible y fácilmente olvidable. Y diréis «todo el mundo esta loco con la pelí­cula: los crí­ticos la alaban y el público la aplaude»… Mi única explicación es que todos hayan caí­do rendidos ante su magní­fica técnica digital y hayan olvidado que no es sino un envoltorio vací­o. Nos la vendí­an como el gran blockbuster del verano y se ha quedado en un decepcionante bluff palomitero.

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Under the Skin: Scarlett Johansson, en ti creemos

–Do you think I’m pretty? What do you think of me?–

Uno empieza y termina de ver Under the Skin con la misma cara de hipnotismo y asombro, con el cuerpo sentado y la mente volando. Pocas veces pasa, pero es real. No es un viaje de alucinógenos, es cine potente. Otro cine. Otro cine que no va dirigido a las masas, pero que absorbe a todo el que entra. Impactando para bien o para mal. Pero impactando. Cine del siglo XXI que antes de ser cine ya llega al mundo entero en forma de uno de los mejores memes –la pólvora en términos de internet– que existen con el Scarlett Johansson Falling Down.

La corta filmografí­a de Jonathan Glazer es un curso online de antropologí­a del comportamiento entre humanos como sociedad. En Sexy Beast (2000), Ben Kingsley es un mafioso sin piedad, en Birth (2004) –obra maestra absoluta–, Nicole Kidman cree en la reencarnación de su marido muerto en un niño de diez años frente a la incredulidad de su familia. Y en Under the Skin, Scarlett Johansson no es de este planeta y viene con la única misión de seducir hombres desde su furgoneta blanca para acabar con ellos y consigue desde su ignorancia del comportamiento humano hacer una crí­tica atroz sobre las necesidades primarias de la sociedad. No está sola, sus vigilantes motorizados controlan cada movimiento y procuran que haga su trabajo. Porque el resultado de comportarse como una persona humana y relacionarse con otros aparentemente como tú se define de manera literal como sociedad. Y aprender a vivir en sociedad puede acabar radicalmente con tu plan de destrucción masiva. ScarJo se quedó fuera del remake de Los hombres que no amaban a las mujeres por demasiado atractiva, y aunque consiga pasar camuflada de choni poligonera con acento británico, convierte esa atracción en su arma letal.

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Si Under the Skin viene a representar lo que deberí­a ser el nuevo cine posmoderno reciclando géneros ya existentes en producto de calidad que me den los papeles para firmar el nuevo futuro del cine del siglo XXI. Stanley Kubrick y David Lynch unidos para dar su propia versión de E.T. con Scarlett Johansson siguiendo algunas normas del Dogma danés entre paisajes naturales y figurantes completamente anónimos. Tanto que ni sabí­an que estaban siendo grabados. Y siguiendo la corriente de la nueva oleada de directores curtidos en el videoclip como Nicolas Winding-Refn o Gaspar Noé que hacen de cada plano una experiencia de museo de arte moderno. Si hubiera que clasificar Under the Skin en un género serí­a el de terror experimental, porque no hay más terror que el que se experimenta en el miedo a lo desconocido. Pero, ¿existe el terror en la belleza? ¿Existe el terror en una música perfecta? ¿Tendrás pesadillas con Scarlett? Sí­.

Además, podrí­a soltar diez teorí­as diferentes y completamente opuestas, como que Scarlett Johansson es una desaparecida de The Leftovers que vuelve a la Tierra con ganas de venganza o un transexual que acude al cirujano con una foto de la actriz y se termina arrepintiendo del cuerpo deseado. De hecho, espero que este análisis superficial se convierta en los próximos meses en costumbre de reuniones –botellones– hipsters. Pero la única teorí­a válida, de verdad, es que Under the Skin es una obra maestra de culto instantáneo. Sin reproches.

Editada ya en Blu-ray en UK y confirmada para el Festival de Sitges, Under the Skin aún no tiene distribución conocida en España, ni falta que hace. No es una pelí­cula para las masas como tampoco lo es el arte. Tampoco lo pide.

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Open windows: Y todos me miran, me miran, me miran…

¿Quién no ha estado alguna vez escribiendo ante su portátil, ha mirado a la cam y ha pensado: ‘¿Y si hay alguien mirándome desde el otro lado?’? Nacho Vigalondo ha llevado esto a su máxima exponencia, al ‘más de mil cámaras velan por tu inseguridad’, en un ejercicio de estilo neohitchcockiano de gran pulso y tremenda puesta en escena. ‘Open windows’ gira en torno a Nick, un muchacho que ha resultado ganador de una cena con su actriz preferida; sin embargo, minutos antes de que el acto se realice, recibe una llamada que lo cancela. Todo podí­a quedar ahí­… pero no. El interlocutor interviene las cámaras que rodean a la actriz sumergiendo tanto a ésta como a Nick en una auténtica locura que combina el escenario real con la red.

En ‘Open windows’ no hay lugar para el descanso. Tras un prólogo con cameos chanantes, la trama arranca rápida y no para de sorprender con sus quiebros, algunos un tanto forzados, pero que mantienen al espectador con la intriga de saber qué va a ocurrir, qué esta ocurriendo y por qué, y aquí­, en este último, es donde, tras una hora y cuarto soberbia, todo cae como un castillo de naipes. Toda credibilidad otorgada a la pelí­cula en su descerebrada trama se desvanece de un plumazo cuando trata de dar una explicación que no sostiene todo lo ocurrido.

Tras la colisión de Nick con el coche, todo parece forzado y extendido, e incluso, innecesario. La máscara a lo ‘Misión imposible’, el epí­logo de ambos encerrados,… Un broche para nada a la altura de todo lo que le precede.

Durante la maravillosa primera hora y cuarto, Vigalondo presenta un virtuoso ejercicio de estilo, nada fácil de sostener, en el que la crí­tica social y tecnológica es continua como si estuviéramos asistiendo a un alocado capí­tulo de ‘Black Mirror’ protagonizado por un notable Elijah Wood, gran baza de la pelí­cula, quien aguanta prácticamente toda la pelí­cula en un primerí­simo primer plano, saliendo muy airoso. No tanto su compañera de reparto, Sasha Grey, limitada en sus dotes interpretativas pero que aún sigue en forma en sus exhibiciones fí­sicas (totalmente justificadas, como a ella le gusta decir, claro que sí­).

‘Open windows’ sabe mantener la tensión y te mantiene durante la mayor parte de la pelí­cula pegado a la butaca. Su mayor baza es un entregadí­simo Wood y una dirección de Vigalondo más que plausible. Su peor, un espectador que espere un giro final potente que de todas las respuestas. Si estás dispuesto a hacer esta concesión, ya tienes pelí­cula para el fin de semana.

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El sueño de Ellis: Marion Cotillard sólo quiere ser feliz

–I want to be happy–

Que a James Gray le gusta ser el rebelde de su generación ya no es algo nuevo. Como los inmigrantes que le gusta retratar en sus pelí­culas, la diferencia hace el sello. La vida de un inmigrante cuando llega a otro paí­s es gris, gris como el cine de un James Gray de familia judí­o rusa que como Marion Cotillard en El sueño de Ellis (The Immigrant), emigraron al paí­s de la libertad a principios del siglo XX. Una caracterí­stica clave de un cine con mayúsculas bien grandes de los que dejan la huella del impacto contra la realidad. Un cine que escarba en las miserias de la familia y las bolsas de basura polí­ticas y morales que conforman la sociedad. Un cine alejado del mainstream imperante que basa su lí­nea en las pelí­culas rebeldes de los 70′, cuando la pandilla de Scorsese, Coppola o Hopper cambiaron la historia para siempre. Si acaso, la cara más visible de los sucesores sea la del Ben Affleck director, que fuera prejuicios absurdos, bien lo vale.

No parece tan loco entonces que Joaquin Phoenix se haya convertido en el eslogan representante de su cine –protagonista de toda su filmografí­a menos de su ópera prima, Little Odessa (1994)–. Los Phoenix (ay, River), emigrantes puertorriqueños. Si ya en la tremenda The Yards (2000) y La noche es nuestra (2007), Phoenix lidiaba con el mal de la corrupción desde dos puntos de vista opuestos, en la notable Two Lovers (2008), Gray rompe las reglas del drama romántico y convierte a un Phoenix acostumbrado a ser el verdugo en la ví­ctima de aquello que llaman amor. Por eso, el cine de Gray es un cine sin normas previas establecidas y del que sin esperarlo consigue que abras la boca del impacto o que aplaudas en silencio de lo grande que es el cine bien hecho.

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En El sueño de Ellis, Marion Cotillard, como inmigrante polaca, tan sólo busca la felicidad –que recuerda mirando a cámara en una de las escenas y planos más perfectos vistos últimamente– en el paí­s que vende como principal pancarta el ya casi caducado «sueño americano». Un sueño americano que cuesta dinero y sacrificio, pero que probablemente te robe la moral en el intento. Aquí­, el habitual «nacida para sufrir» de Cotillard toma un nuevo rumbo y le ofrece la que en un mundo paralelo de justicia serí­a su tercera nominación al Oscar, después de obviamente, Rust and Bone. La inmigrante no hace covers de Katy Perry, pero cumple la letra de Firework como modo de vida. Gracias.

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Perdona si te llamo amor: No habrá paz para los enamorados

Antes de sacar el cuchillo y las antorchas, deberí­a de dejar claro que no soy un detractor de Moccia, ni mucho menos. De hecho, me encanta el dí­ptico de ‘3MSC’-‘Tengo ganas de ti’; por lo tanto, lo que vais a leer a continuación, no procede de un odio guardado durante años hacia este tipo de pelí­culas. Ahora bien, podemos comenzar. ‘Perdona si te llamo amor’ adapta una novela italiana, éxito en ventas, que ya se convirtió en una decente pelí­cula hace seis años. Para los que vengan de primeras, la historia es sencilla: una chica de diecisiete años y un hombre de treinta y siete se enamoran e intentan sacar adelante un amor que no está bien visto por los que lees rodean. Y aquí­ llega el primer fallo : todos los problemas que surgen a la pareja proceden de las paranoias del protagonista masculino, el resto de secundarios, aunque sorprendidos la primera vez que oyen la edad de ella, lo aceptan rápidamente; incluso, los padres de la muchacha, con papel decisivo al final, parecen hasta contentos con la elección de su hija.

¿Qué padres entregan a su hija una carta de un hombre de treinta y siete años que acude de repente a tu casa, sin apenas conocerle?

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Y es que, en ‘Perdona si te llamo amor’, todo es de una facilidad pasmosa. No hay complicaciones, todo esta diseñado para rezumar azúcar en cada escena. Y, sin embargo, la sensación es más bien agria. Desde el minuto uno, con esa horrible voz en off que nos va guiando entre los personajes y que no nos abandona hasta el final, tenemos la sensación de estar ante un producto de industria, sin alma, más bien un videoclip largo con dos protagonistas que no convencen y en el que no puedes dejar de preguntarte por qué: ¿por qué un remake de una pelí­cula de hace seis años? ¿Por qué, si es un remake a la española, elegir a un protagonista italiano? ¿Por qué Andrea Duro sigue siendo ‘la Yoli’ en todas sus pelí­culas? ¿Por qué tantas intervenciones del locutor de Los 40 Principales? Desde el momento en que se nos presenta a las protagonistas cantando ‘Cero’ de Dani Martí­n entre la gente de una fiesta, sabemos que algo no va bien… Lo que no esperábamos es que esa canción tendrí­a luego un momento tan vergonzoso como el que protagoniza. En serio, las risas nerviosas en el cine (¡en un instante dramático!) lo decí­an todo. Es como si el baile de ‘3MSC’, se hubiera hecho con ‘Se fue’ de Laura Pausini en lugar de con ‘Forever young’. No es lo mismo.

Atropellan a una de tus mejores amigas, está en coma en el hospital y, por qué no, pongámonos todos a cantar a cappella ‘Cero’. Surrealismo.

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¿Dónde están los momentos para el recuerdo?

¿Hay algo bueno en la pelí­cula? Ante la insalvable protagonista femenina (puede que sea su almibarado personaje, puede que sea el afán por recordarnos a Marí­a Valverde), está un Daniele Liotti que hace lo que puede, una Andrea Duro que repite personaje por quincuagésima y ya serí­a grave que no lo hiciera bien, un Joel Busqued que necesita de más papeles en el cine porque ya ha demostrado su talento en televisión y dos actores que brillan en sus mí­nimas escenas: Pablo Chiapella, que no deja de hacer su personaje de ‘La que se avecina’ pero, oye, no deja de hacernos gracia; y Patricia Vico, correcta como la madre de la protagonista.

‘Perdona si te llamo amor’ ha perdido todo su interés en su remake español. No hay magia, no hay quí­mica, sólo hay un romance precipitado, un flechazo surrealista que el espectador es imposible de creer y con el que, mucho menos, es capaz de empatizar. Querí­an un nuevo rompetaquillas y han juntado todos los ingredientes para ello; sin embargo, el resultado dista mucho del plato perfecto.

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