X-Men. Dí­as del futuro pasado: The light knight

Tras varias  semanas  leyendo sobre lo magní­fica que es la nueva secuela de los superhéroes mutantes, por fin, llega a nuestras pantallas ante una expectación más que evidente. Dí­as del futuro pasado‘ es la continuación de ‘Primera generación‘ y el primer problema que encontramos desde el comienzo es una laguna demasiado amplia entre ambas que, podrí­a haberse salvado si la trama con saltos temporales no resultara tan confusa. Porque, no nos olvidemos, en esta nueva entrega, la aniquilación de los mutantes en el futuro tiene a la raza en jaque y, por ello, Magneto y Xavier deciden enviar al pasado -1973- a Lobezno para que pueda convencer a sus versiones pasadas de que trabajando juntos podrí­an salvar a la especie. Y podrí­a parecer que, ante este premisa, lo que nos vamos a encontrar es algo novedoso, que nunca hemos visto en el género y que promete algo sin igual. Pero no.

‘Dí­as del futuro pasado’ tiene un arranque muy potente, quizás demasiado explicativo para las veces que repetirán lo sucedido a lo largo de la pelí­cula, pero que dice al espectador ‘ojo, aquí­ va a haber tomate’. Y, sin embargo, tras esas primeras secuencias, la trama coge el camino más tradicional y más visto en esta saga: la de la búsqueda de mutantes para unirse a la lucha; que, además, no deja de ser predecible porque ya hemos visto demasiadas pelí­culas del género. Entramos así­ en un segundo acto que cuenta con un par de secuencias realmente buenas -MUY buenas- pero en el que la trama sigue siendo un déjí  vu de todo lo que hemos visto en X-men hasta la fecha; y, por lo tanto, sus giros tampoco nos sorprenden. Tras esta tí­pica cadena de acontecimientos que no aportan nada nuevo, llegamos a un tramo final brutal en el que se nos da el caramelo que todos querí­amos -por efectos especiales, que no por trama- con un epí­logo muy emocionante que hará las delicias de los fans.

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Aunque el desarrollo sea tan tradicional, tan poco original -con escena de ‘no puedo, no puedo’ por parte de Xavier en Cerebro, incluida-, la secuencia clí­max con Magneto, el campo de fútbol, los centinelas y demás es de campanillas, de boca abierta y aplausos. Una de las mejores de la saga sin lugar a dudas.

En todo este mecanismo desigual, encontramos una de las mejores escenas -si no la mejor- de la saga y quizás del cine del género: la protagonizada por Mercurio. Con el humor socarrón del nuevo Spider-man, este superhéroe se gana al público con sus tres contadas escenas -por qué tres, POR QUí‰-, robando todo el protagonismo a los ya conocidos y dejando al espectador con muchí­simas ganas de más. Pero, aunque él sea lo mejor de la pelí­cula, habrí­a que destacar un elenco muy uniforme a nivel interpretativo pero en el que sobresale Hugh Jackman que nunca estuvo mejor como Lobezno.

Con un arranque portentoso, un desarrollo que peca de poco original y un cierre de escándalo, ‘Dí­as del futuro pasado’ se queda por detrás de su predecesora que sí­ ofrecí­a un juego temporal/histórico magní­fico. Y es que, hay algo que rechina y mucho en esta secuela: ¿por qué dejar en la laguna que separa a ambas pelí­culas algo tan brutal como lo relacionado con JFK y que dio pie a los teasers virales que la promocionaban? Todo parece mucho más pequeño cuando se compara con lo que podrí­a haber sido ver eso. En cualquier caso, gustará a los amantes de los superhéroes pero, que no os engañen: ni es mejor que ‘El caballero oscuro‘ ni es la pelí­cula de superhéroes definitiva.

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Hermosa juventud perdida

Cuando sea rico–

Hermosa juventud perdida, única representación española en el último Festival de Cannes y… ¿la pelí­cula más necesaria del cine español actual? ¿Estamos hablando de pelí­culas necesarias? Si la cuota de nuestro cine queda cubierta en términos económicos con Ocho apellidos vascos y Carmina y Amén, que sea Hermosa Juventud la encargada de remover conciencias y pedir auxilio a una sociedad ciega ante una realidad ahogada.

Jaime Rosales firma aquí­ un retrato fiel y desesperanzador de la juventud actual de barrio que ve el término de «clase media» ya muy lejano y sobrevive con lo mí­nimo de un sueldo o pensión por familia. Un submundo sin estudios, al borde de la exclusión social, y desinteresado por la vida en general. Una juventud ví­ctima de la sociedad, ví­ctima del entorno que les rodea. Una juventud que ya no cree en el futuro porque el presente es tan negro que ni se levanta para desayunar, ni vota para siquiera ver luz en el horizonte. Nada, esta hermosa juventud no ve nada, sólo vací­o a lo lejos.

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El planteamiento de Hermosa Juventud es una realidad que ha dejado de ser un caso aislado de un programa televisivo de Callejeros para convertirse en una norma general. Una norma que asusta. Generaciones enteras de jóvenes perdidas en el vací­o de la indiferencia y desinterés por la vida. Un desinterés desencadenante y contagioso como la mayor de las pestes. El desinterés y la desgana social como la enfermedad de principios del siglo XXI. Una desgana transmitida a través de mensajes de Whatsapp. Porque la narrativa visual de Jaime Rosales mezcla el casi-documental con el historial del smartphone para representar el paso del tiempo de una manera tan real que cuando llega el momento de cortar la pelí­cula el estado de shock confunde la primera persona con la tercera del singular.

Dice Jaime Rosales que la principal intención del casting era la búsqueda de jóvenes atractivos para representar esa hermosa juventud. Jóvenes que aparentemente lo tendrí­an todo para mirar la vida desde el prisma del optimismo, pero con una realidad bastante alejada. Consiguiendo así­ el contraste que golpea como un bate en la cabeza. Nadie quiere ir al cine a que le den una lección, en Hermosa Juventud nadie es más culpable que uno mismo. Natalia consigue el valor para escapar de su agujero, pero desde luego, el que se va a ir de España seré yo como Ingrid Garcí­a-Jonsson no tenga su Premio Revelación en los próximos Goya. Es lo mí­nimo que pido por esta Hermosa Juventud.

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‘A 20 pasos de la fama’: estrellas de cara b

«Si lo único que esperas en la vida es el grito del público te estrellarás.»

Algunas coristas lo tienen claro, otras no tanto. Así­ baila el último ganador del Oscar a Mejor Documental. Un recorrido en forma de homenaje edulcorado por la vida de un grupo de artistas sobrenaturales, con éxitos, intentos de éxitos, fracasos, y… ¿mala suerte?

La cara b de las estrellas de multinacional, el eco de las voces de primer plano, las que escondidas en la sombra –a veces– brillan mucho más que dónde apunta la luz del foco.

–»¿Eres tú? ¿Por qué estás detrás de ella?»– Judith Hill dio la vuelta al mundo como la voz del mediático funeral televisado de Michael Jackson en 2009. A su mejor corista, según sus propias palabras, le llegaba la oportunidad de oro de brillar en solitario. Pero su propio yo traicionaba al talento. Judith Hill, al igual que el 80% de coristas, acostumbradas a vivir siempre detrás de alguien con la fuerza para vender 1.000.000 de discos, conectar con el público y estar dispuesta a jugar al juego del negocio, no se sentí­a preparada. Paradoja que tres años después la misma Judith Hill apareciese en las auditions de The Voice USA. Claro, obviamente eso no se cuenta en el documental. Quizás sonase un poco surrealista con el tono buscado. ¿Acaso es que las coristas no son humanas? El ser humano por naturaleza tiende al deseo de destacar en algo. Algunos por simple negación del talento no les queda otra que acomodarse a lo que toca y los que tienen la suerte del talento en muchas ocasiones terminan por malgastarlo. El estrellato, por suerte o no, es una ciencia inexacta a la que no todos saben adaptarse. A veces, merece mucho más la pena vivir con tu talento intacto que malgastado o explotado. Y eso es por lo que la historia de estas coristas en forma de documental deberí­a ser ejemplo para cualquiera que alguna vez soñó.

«Creo que si hubiera triunfado mundialmente con millones de dólares y todo eso probablemente no estarí­a aquí­ ahora hablando contigo. Estarí­a en alguna parte con una sobredosis.»

Pero no creo que la mejor manera de contar un drama tan duro como el de la resignación del talento en la sombra sea a través del método de una pelí­cula Disney. Eso sí­, con moraleja. Siempre con moraleja.

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TOP5 SPOILER:

1. Pelí­culas/documentales que debes ver antes y/o después:

2. Paris is Burning (1990)

3. Phil Spector (2013)

4. Behind the Candelabra (2013)

5. Searching for Sugar Man (2012)

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Godzilla: Tres monstruos y un desastre

Hagamos un flashback. ‘¿Otra pelí­cula más de monstruos?’, me pregunté viendo los impresionantes tráilers que nos llegaban. ‘No, no puede ser, Godzilla ha de ser algo más’, me autoconvencí­ viendo el reparto con el que contaba y las entusiastas crí­ticas del otro lado del océano. ¿Quién iba a pensar que no podí­a estar más confundido? La nueva ‘Godzilla’ es un ‘Pacific Rim‘ sin robots ni alma, un ‘vamos a meter aquí­ otros dos monstruos porque se nos queda esto muy vací­o’ en la que, por desaprovechar, se desaprovecha hasta el reparto de campanillas con el que cuenta. Pero vayamos por partes.

‘Godzilla’ arranca explicándonos desde los tí­tulos de crédito cuál es el nuevo punto de partida: la bomba de Hiroshima fue para matar al monstruo (cosa que nos sobreexplicarán más adelante otro par de veces). Los siguientes cuarenta minutos vivimos una especie de drama familiar vací­o, ya que no hemos tenido tiempo de simpatizar con ninguno de los cónyuges, por mucho que estos sean Cranston y Binoche. Tras una catástrofe que no desvelaré, la pelí­cula hace un salto de 15 años pero el drama aún sigue vigente. Ahora el protagonista es el hijo de Cranston, Taylor-Johnson, militar de carisma cero que, en la hora y media restante de pelí­cula, recorrerá el mundo cual Willy Fogg porque él quiere regresar con su familia (Olsen pasaba por allí­ y dijeron ‘oye, qué tal si pones un par de caras de susto y te ponemos en los créditos’) pero habiendo un monstruo (perdón, tres) destrozando el mundo, ahí­ se busque mi mujer las habichuelas para salvar a mi hijo, que yo soy militar y América me necesita. De vez en cuando aparecen unos cientí­ficos (que también se teletransportan de allá para acá con una facilidad pasmosa) para dar un cierto empaque cientí­fico a la historia. Y, en sí­, en esto consiste ‘Godzilla’.

¿Alguien ve posible que el personaje de Cranston pudiera escapar de la hecatombe nuclear del prólogo? ¿Para qué mantener la espora con la criatura latente? ¿Es que no ven que va a nacer y va a cargarse a media humanidad? ‘Es que querí­amos estudiarla’. POR FAVOR.

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Pelí­cula cayendo en 3…2…1…

Hay muchas cosas que me dan pena de esta pelí­cula pero, quizás, la que más sea ver a un reparto como este no poder hacer nada con una pelí­cula tan poco agradecida para con sus personajes, desde Taylor-Johnson  a Watanabe, al que llamaron porque siempre tiene que haber un cientí­fico japonés que diga eso de ‘GOCHILA’. Porque sí­, eso también, aquí­ hay clichés para aburrir y muchas ganas de hondear la bandera americana. Muchas. Por eso, lo que comienza como un drama familiar se transforma en un Super Mario Bros en el que los militares van saltando de plataforma en plataforma, de paí­s en paí­s, sin poder hacer nada y con el mero hecho de justificar la aparición de los monstruos y las escenas de ¿acción? Porque esa es otra, mucho ejército pero no hacen una a derechas y eso nos lleva a un bluff final de esos que tanto les gusta a los americanos pero que, a nosotros (o al menos a mi) nos saca los colores de pura vergí¼enza ajena.

Nos tratan de vender toda la pelí­cula que el ejército va a acabar con los monstruos con la bomba para que termine siendo Godzilla quien aniquile a los MUTOS con su llamarada azul (¿?) y todos miren con lágrimas en los ojos como un monstruo ha salvado a la humanidad (titular de telediario incluí­do). POR FAVOR.

Entonces, ¿para qué hacer un remake? Viendo la multitud de revisiones de clásicos que se nos avecina, la primera respuesta a esta pregunta serí­a ‘porque a los americanos les gusta gastarse el dinero a lo tonto’ y la segunda ‘porque la creatividad ha llegado (casi) a su fin’. Y el más claro ejemplo es la pelí­cula que hoy nos atañe que quizás cuente con el guión más vací­o con el que nos hemos encontrado recientemente. Una verdadera decepción.

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10.000 KM: Las cosas de la vida, las cosas del querer

No pasa con frecuencia, o al menos no a mí­, que una pelí­cula me deje con la boca abierta, sobrecogido, con su presencia en mi mente durante dí­as e incluso semanas, con la necesidad de recomendarla hasta la saciedad para que los demás vivan una experiencia similar. El año pasado, sólo lo consiguieron dos: ‘Prisioneros’ y ‘Stockholm’, un relato sobrecogedor sobre las relaciones de una noche; sin embargo, la pelí­cula que hoy nos atañe, recoge el testigo minimalista de ésta y lo magnifica, en sensaciones que no en envoltorio. ‘10.000 km’ no necesita de nada más que de dos actores sobresalientes y un guión más que notable para convertirse, desde ya, en una de las joyas de este año y en una de las mejores pelí­culas que nos ha brindado el cine español reciente.

La pelí­cula arranca con sus personajes desnudos (en cuerpo), leitmotiv de la pelí­cula (en alma), y con un plano secuencia de más de veinte minutos de quitarse el sombrero. En esta primera casi media hora, se expone el conflicto de la manera más sencilla posible: una pareja que espera quedarse embarazada pronto se ve obligada a distanciarse por el trabajo de ella. A partir de esta aceptación, de esta resignación por parte de ambos, el relato se fragmenta en llamadas de Skype, separadas por 10.000 km, en las que podemos ver la evolución de la pareja de una forma totalmente descarnada y que realmente transmite al espectador esa sensación de soledad, de esperanza y desesperanza, de pasión perdida.

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Dos escenas: en la que Sergi destroza la casa mientras ílex llora al otro lado, y la de la masturbación mutua con ese final descorazonador para ella.

Pese a ser, en ocasiones, algo reiterativa, ‘10.000 KM’ avanza constante con un objetivo claro: el de seguir a sus personajes, no abandonarles y acoger sus actitudes hasta el final, hasta las últimas consecuencias; ellos son como son y, como protagonistas, son ellos los que llevan la historia y no ésta la que los lleva a ellos, quizás el gran acierto de la cinta. í‰ste y un director y dos actores que ya deberí­an encabezar todas las quinielas para los próximos Goya: David Verdaguer y Natalia Tena, ambos entregados en cuerpo y alma, construyen dos personajes inolvidables de los que te enamoras irremediablemente desde el desayuno en la primera escena; y Carlos Marqués-Marcet, nombre a tener en cuenta porque, si en su ópera prima realiza esto, ojo a lo que está por venir.

Aunque para mi gusto brille más Verdaguer que Tena, las escenas que realizan juntos son auténtico oro puro: la escena del comienzo y la del final son para enmarcar y es gracias a ellos, a sus miradas. El último encuentro sexual, prácticamente al borde de la lágrima, deberí­a ser de autoGoya.

Creo que no puedo añadir nada más sobre la pelí­cula, salvo que todo premio recibido en el pasado festival de Málaga y todos los que seguro están por venir son más que merecidos. No os perdáis ‘10.000 KM’, no os dejará indiferente. 

Estreno el próximo 16 de mayo.

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Carminazo y Amén

–Yo no miento. Yo cuando digo algo se convierte en verdad. Y amén–

Que Paco León es un revolucionario es algo evidente. Con Carmina o Revienta la primera pelí­cula del clan León, con escaso presupuesto y estilo amateur, ya jugaba con un concepto de distribución multipantalla poco conocido en nuestras fronteras. Lo que se traduce para mal de muchos en algo poco fiable. Pero todo salió bien, la revolución encontró el efecto buscado, y muchos bajaron las manos que se habí­an echado primero a la cabeza sin pensarlo. Así­ es como se cambian las reglas, innovando en una industria de cine español prácticamente estática y con miedo a salirse de la norma establecida. Entonces, ¿Carmina underground o Carmina comercial? ¿Por qué no las dos?

Si en la primera Carmina el modus operandi a partir de 80 patas de jamón robadas aparecí­a en forma de documental experimental en familia, en Carmina y Amén el punto de partida es una tragedia familiar en forma de tragicomedia muy negra que se desarrolla con un caché mucho más elevado y un cine de calidad que no disminuye la sobredosis de carcajadas ahogadas, más bien todo lo contrario. El espí­ritu de Paco León es tan reconocible y único que, por momentos, recuerda a las pelí­culas en las que un mismo actor interpreta varios personajes, como si el Paco León de Homo Zapping cobrase vida.

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Para eso, se vuelve a recrear en sus influencias cinéfilas, en sus deseos y obsesiones: de la Divine de John Waters quien niegue que Carmina es una Divine española miente a Lola Flores pasando por la Diane Ladd de Corazón Salvaje de David Lynch, de los ataques berlanguianos al costumbrismo español –la España negra de los velatorios con hombres por un lado y mujeres por otro contra la España moderna de los centros de estética, que no peluquerí­a– a las reuniones de chicas Almodóvar y concejalas antropófagas con humor tan natural como salvaje, soltando frases que serán repetidas hasta la saciedad. Y poniendo punto final en la austriaca Paraí­so: Amor. Si Carmina Barrios es Divine meets Lola Flores, Marí­a León se encumbra como la nueva Suprema de los León. Que nadie acabe con este aquelarre.

–Carmina, yo he comido coño–

Y es una de las escenas cumbre la que regala una Yolanda Ramos hipnotizadora –¿cuándo no lo está?– que ya ganó como Actriz de Reparto en el Festival de Málaga y pide a gritos repetir en los próximos Goya, si las reglas sospechosas lo permiten y no termina en Revelación. Me da igual. Lo necesito.

Como también necesito que los León no se queden aquí­ y sigan revolucionando eso que algunos conocen como el gran cine español.

Si Berlanga levantara la cabeza estarí­a muy orgulloso. Lo sé.

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carlosbaila.tumblr.com

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TOP6 SPOILER:

TOP5 PELíCULAS QUE DEBES VER DESPUí‰S DE CARMINA Y AMí‰N:

1. ¡Vivan los novios!

2. Volver

3. Corazón Salvaje

4. La Concejala antropófaga (corto)

5. Paraí­so: Amor

 

La vida inesperada: Soñadores por el mundo

«One day I’ll fly away, leave all this to yesterday», cantaba Satine desde su habitación en el Moulin Rouge soñando con escapar algún dí­a de su vida miserable. Jorge no canta pero también escapa de España a Nueva York para visitar a su primo, Juanito Juan, un supuesto triunfador que se gana la vida con la interpretación (entre otros trabajos). Este es el arranque de ‘La vida inesperada‘, la nueva pelí­cula de Jorge Torregrossa, en la que, con la ciudad de los sueños de fondo, se han reencontrado Javier Cámara y Raúl Arévalo.

En tono de comedia ligera, la pelí­cula construye a unos personajes ricos en matices, reales y fácilmente reconocibles para el espectador, quien no encuentra dificultad en sentirse identificado con cualquiera de los dos protagonistas. Sin embargo, aunque hay lugar para pequeños gags (las intervenciones de Gloria Muñoz ví­a Skype son su gran baza cómica), no nos confundamos: esto no es ‘Ocho apellidos vascos‘, ni falta que hace. ‘La vida inesperada’ es de esas pelí­culas que son agradables de ver, que te hacen reí­r pero que también te deja un poso una vez ha acabado, cuando te das cuenta de que las decisiones que toman los personajes, aún tratadas con cierto humor, son las que tomamos todos en el dí­a a dí­a, ya sea en la Gran Manzana o en un pueblo de Extremadura, y eso es lo que la hace grande. Quizás lo mejor que se pueda decir de ‘La vida inesperada’ es que es original. La trama avanza, esquiva la mayorí­a de los clichés en los que podrí­a haber caí­do y se acerca a su desenlace por un camino totalmente distinto al que esperamos, un camino algo más doloroso pero que nos resulta del todo creí­ble.

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Resulta un gran acierto el estallido de la burbuja final, esa desvirtuación de Nueva York como ciudad donde los sueños se cumplen. No hubiera resultado creí­ble que Jorge abandonara todo por quedarse con la muchacha americana. Más que no resultar creí­ble hubiera sido predecible y no inesperado como todo en la vida. Igual pasa con Juan, aunque quizás sea él quien se lleve la parte más dura.

En su segunda pelí­cula como director, notamos a un Torregrossa mucho más cómodo llevando a la pantalla un guión de Elvira Lindo que, quizás peque de ser demasiado educado, casi dulzón en algunos momentos, pero que levanta (y mucho) el vuelo en su último tramo, cuando desnuda a sus personajes y nos acercamos de verdad a lo que ‘La vida inesperada’ esconde. Y esto es posible, claro, gracias a dos actores que raro es que estén mal en alguna pelí­cula: Raúl Arévalo y Javier Cámara. Ambos tienen un gran quí­mica (demostrada en ‘Los amantes pasajeros‘) y eso se nota en cada una de las secuencias, además de una más que evidente comodidad en sus respectivos papeles. A ellos se suma una Carmen Ruiz que pide a voces alguna secuencia más y dos objetos de deseo para nuestros protagonistas españoles en estado de gracia: Tammy Blanchard y Sarah Sokolovic.

‘La vida inesperada’ es una comedia de personajes, sin grandes giros ni carcajadas, que se traduce en un agradable visionado para el espectador, quien acoge con simpatí­a las vivencias de estos dos primos que buscan sus sueños en la Gran Manzana.

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The amazing Spider-man 2: La vida secreta de Peter Parker

Vivimos tiempos difí­ciles para los superhéroes. La competencia generada entre unos y otros ha provocado un afán desmesurado por ser distinto, dando lugar a cambios tan radicales como el del Batman de Nolan: más oscuro, alejado del universo iniciado por Burton, y buscando ser algo más que una pelí­cula de superhéroes. Tras el bombazo que El caballero oscuro supuso, todas las pelí­culas del género ahora buscan ser transcendentes y The amazing Spider-man 2 no iba a ser menos. Ya no nos sirve el modelo de Sam Raimi: ahora necesitamos de un background dramático, casi polí­tico (aunque no tanto como el de Capitán América 2) y, por ello, el protagonista de esta pelí­cula no es Spider-man, sino Peter Parker.

The amazing Spider-man 2 no arranca con el superhéroe sino con sus padres, dejando claro que en esta secuela se van a poner algo más serios y anunciando algo que no percibimos hasta bien entrada la pelí­cula: Spider-man va a pasar a segundo plano para dar todo el protagonismo a Peter. Que nadie espere mucha acción, mucha lucha, porque va a acabar decepcionado. Marc Webb ha estructurado esta secuela de tal manera que no disfrutamos plenamente del hombre araña hasta los últimos cuarenta minutos, donde todo explota en un clí­max tras otro, provocando cierto desconcierto en el espectador: ¿en cuarenta minutos vas a resolver todo lo que nos has planteado? Pues sí­, se resuelve. Muy rápido para mi gusto (la aparición de El duende verde y Rhino es mí­nima), pero se resuelve.

Sabemos que la secuela se llama ‘El poder de Electro’ pero, ¿era necesario tanto metraje para este villano y tan poco para El duende verde? Esa lucha final resuelta en una secuencia de diez minutos pedí­a mucho más, quizás incluso algo más de presencia antes de ésta; lo que no quita que la secuencia no esté magní­ficamente resuelta: la lucha, la tensión, la muerte de Stacy… Todo esta rodado para quitar la respiración durante unos segundos pero no quita que nos quedemos con un cierto mal sabor de boca, una necesidad de más acción.

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¡A ver esos corazones, chicos!

¿Y qué pasa el resto de la pelí­cula, os preguntaréis? Quitando un par de secuencias de acción (no es un decir, son dos), la pelí­cula se centra en dos relaciones entre personajes: por un lado, Parker y Stacy; y por otro, Parker y Harry Osborn. En el caso de la primera, la quí­mica entre los protagonistas dota cada diálogo, cada mirada, cada sonrisa de una realidad maravillosa. Quedamos prendados tanto de uno como de otro desde el primer momento. En el caso de la segunda, un soberbio Dane DeHaan hace gala de un magnetismo que pide a voces más secuencias, ya sea como Harry o como Duende (sobre todo como éste), llegando a superar con creces al personaje que creara James Franco en la anterior saga.

Quizás sea intencionado el hecho de que DeHaan aparezca mí­nimamente como Duende Verde teniendo en cuenta su supervivencia tras la lucha final, abriendo la puerta a Los Seis Siniestros.

En cualquier caso, y sin olvidar la necesidad de un villano protagonista mejor (quizás mi incipiente odio hacia Jamie Foxx no me haga ser objetivo), el gran acierto de esta secuela, y lo que hace completamente necesario este reboot, es la elección de Andrew Garfield como Peter Parker. Tiene tal carisma que es imposible no adorar al personaje desde la primera secuencia en la que aparece, corriendo por el estrado, besando a Stone y chocando los cinco al recoger el diploma de graduación. Cualquier otro provocarí­a hastí­o, Garfield provoca simpatí­a y es todo un mérito.

Con todo esto en cuenta, The amazing Spider-man 2 es una pelí­cula notable pero que no deja de producir cierta nostalgia por aquellas pelí­culas en las que los superhéroes eran los protagonistas y no era necesaria tanta plática conspiracional, polí­tica o sentimentaloide.  

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Noé: este arca hace aguas

¿Qué se puede esperar de una pelí­cula sobre Noé? Yendo a lo sencillo, un arca llena de animales flotando en el mar. Sin embargo, Aronofsky no podí­a hacer un blockbuster al uso con mucho agua y mucha guerra: él tení­a que darle a todo ello una carga psicológica que, por un lado, podrí­a haberle salido bien porque la historia lo pide; pero que, por otro, termina aburriendo a un espectador desinteresado por este background moral, que habí­a llegado al cine atraí­do por un tráiler que no vende lo que posteriormente ofrece. Y ese quizás sea el mayor problema de Noé: lo que vemos en el tráiler sucede en prácticamente veinte minutos de pelí­cula. Y diréis, entonces, ¿el resto?

La pelí­cula arranca explicándonos que quedan muy pocos hombres buenos, los descendientes de Set, hijo de Adán, que, además, tienen algo de mágicos (cuando se tocan se les iluminan los dedos como a E.T.). Noé es uno de ellos y, junto a su familia, viven huyendo constantemente del acecho del resto de la humanidad salvaje. Una noche, tiene una visión (algo así­ como ‘El árbol de la vida‘ en versión redux: imágenes muy bonitas pero sin sentido) que, tras ser drogado por su abuelo Matusalén, decide que es un mensaje de Dios para que construya un arca. En estos primeros cuarenta minutos, lo más fácil es que el espectador piense que se ha confundido de pelí­cula. Asistimos a un discurso pausado sobre la fe en Dios y en los hombres que dista (y mucho) del apocalipsis católico destructivo esperado, salvo por una suerte de ‘Transformers‘ (v. Edad de Piedra) llamados Los Vigilantes, que sorprenden con su aparición y que descolocan por completo, aunque su explicación de cómo llegaron a la Tierra y cambiaron de forma sea uno de los fragmentos más atractivos de todo el metraje.

¿Era necesaria la inclusión de estos ángeles caí­dos convertidos en piedra más allá de su ayuda final en la lucha contra los salvajes? ¿Tienen realmente algún sentido dentro de la historia o son del todo prescindibles?

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Después de este excesivo primer acto, nos saltamos prácticamente la construcción del arca y llegamos cuando sólo quedan los últimos remaches. Es entonces cuando aparece el villano, un Ray Winstone excelente, y la pelí­cula se pone algo más interesante, ofreciendo de nuevo un debate moral sobre lo que Dios dice y Noé interpreta, y dotando de mayor protagonismo a Logan Lerman, el hijo mediano, que no ve claro eso de morir sin haber catado mujer.

¿Era tan evidente que Emma Watson se iba a quedar embarazada de dos niñas o sólo me lo pareció a mi?

¿Y el diluvio? El diluvio llega… y se va en una secuencia, dejando el resto de metraje para la lucha interna de los personajes (hay un giro que la causa) en una oscura arca donde todos los animales duermen menos los humanos. Sin embargo, ante la masiva carga dramática, el espectador no siente otra cosa salvo indiferencia: los personajes no interesan, no nos llegan. Nos quedamos fuera de la pelí­cula, observando a todos ellos sufrir, mientras pedimos constantemente la hora.

Quizás Noé no funcione porque ofrece algo que no esperamos, que nos deja fuera, algo confusos, esperando una acción que tarda mucho en llegar pero poco en marcharse. Grandes interpretaciones, efectos digitales no tan conseguidos como cabrí­a esperar y una dirección de Aronofsky tan pasiva que no hay lugar prácticamente para su fantástico estilo. Decepción.

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El mundo Vs. Frances Ha

–»¡Qué vergí¼enza, no soy una persona real todaví­a!»–

Frances Ha (Greta Gerwig) vive una adolescencia alargada en un mundo en blanco y negro incapaz de entender el por qué. No encuentra su sitio. Le gusta bailar, pero no es la mejor. Perdida entre semáforos en rojo que no la dejan avanzar.

¿Y si no es Frances Ha la que está en contra del mundo y es el mundo el que está en contra de Frances Ha?

Si ya Bret Easton Ellis en «˜Less Than Zero’ (Menos que Cero, 1985) retrataba una generación X de universitarios que lo tení­an todo y no sentí­an nada –solo apatí­a–,  la generación de Winona –la generación perdida, la generación MTV de «˜Reality Bites’ (1994)– se sentí­a manipulada y engañada por la mayor enfermedad social contagiosa de la segunda mitad del siglo XX: el consumismo. Los hermanos de la generación X: la generación Y, la generación del yo, la generación blogger, la generación iPhone, viven en un mundo que cada vez exige más, pero no da resultados. Un mundo en evolución continua en el que no todos consiguen entrar a formar parte. Algunos, como Frances, se quedan atrás.

Greta Gerwig, que junto a Zooey Deschanel o Lena Dunham podrí­an formar una trilogí­a del inconformismo en el siglo XXI, junto a Noah Baumbach que sale del universo de color Wesandersiano para construir el espejo de una realidad actual con el alma de una Nouvelle Vague rejuvenecida. La realidad de aquellos marginados que viven la vida como en un melodrama sin color del que lo ve desde el lado contrario. Porque Frances es feliz en su mundo diario de ilusión, aunque éste sea el mundo inestable de aquellos –no pocos– perdidos en una sociedad que obliga a vivir la vida bajo el canon de un único patrón aceptado de manera general. Frances Ha no es culpable, se siente perdida entre la sociedad de una gran ciudad en la que todos parecen hipnotizados por un ritual zombie. Nadie la comprende, ni ella misma.

Sin embargo, la adolescencia alargada, la despreocupación por la responsabilidad, el rechazo a los problemas, la alegrí­a y optimismo que parecen haber desaparecido en los que ya afrontan la «vida adulta», hacen de Frances Ha el bicho raro que no sigue la norma.

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–»¿A qué te dedicas?

–Es un poco difí­cil de explicar.

–¿Porque lo que haces es complicado?

–Porque realmente no lo hago»

Porque Frances Ha es Manhattan, pero podrí­a ser el centro de cualquier otra ciudad, un iPhone, auriculares y Modern Love de Bowie sonando en un Spotify sin la cuenta Premium que no puedes pagar. Un punto pequeño, insatisfecho e incomprendido rodeado de una multitud –aparentemente– acomodada. Frances Ha eres tú.

«–Estoy cansada… siempre estoy cansada»

[youtube]https://www.youtube.com/watch?v=zCxJQQPx4rs[/youtube]

TOP6 SPOILER:

5 Paralelismos entre Frances Ha y Hannah Horvath:

1. Michael Zegen es el Benji de Frances y el Joe de Hannah. Amigos de transición.

2. Adam Driver las aguanta a las dos.

3. Hannah es insoportable arrogante que se cree superior. Frances se cree inferior, y aunque siempre «aparenta» ser feliz, es muy pesada.

4. Las dos bailan peor que mal. Es un problema si Frances quiere ser bailarina con Grace Gummer.

5. No tienen amigas de verdad porque a la larga nadie las aguanta.

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