Diario sin censura de mi operación bikini

No eres consciente de que has empezado la operación bikini hasta que abres tu tupper y ves cosas sin mayonesa. ¿Y ahora a qué va a saber mi arroz caldoso? Es a partir de entonces cuando cualquier cosa te suena a tentempié. «Mmm, pues habrá que probar esa pared de la que me hablas».

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Decir «Me comía a un gitano cagando» no está bonito pero es la más sincera demostración de vacío en el estómago que existe en castellano. Y es que el hambre no mira caras, quiere hechos, hechos rellenos de carbonara con pepperoni encima, y luego un Almax.

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Y como no es lo mismo contarlo que vivirlo llevo 21 días sumida en una misión lorzas go home que pa’ mí se quedan.

Amigos del «esta noche no ceno», believers del «esto lo quemo limpiando» y forofos de «el lunes empiezo. Este no, el otro. Ay no, que es puente. Pues el siguiente», he desclasificado mi diario personal para vosotros.

21 días a dieta: la pasión de Cristo

Día 1: Naturhouse, esta vez no me engañas.

He podido caer una vez, quizá cuatro, pero no una quinta. Tantas pastillas me hacen sentir parte de Proyecto Hombre. Además me fío más de la nutricionista que me ha recomendado la amiga de la prima de mi vecina.

Día 1,5: ¿No me veis más delgada?

De repente el tiempo pasa muy lento y tu mente te regala ilusiones ópticas.

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Día 2: ¿Quién ha invitado a estas tías buenas a mi gimnasio?

Sus glúteos tonificados no me dejan concentrarme. Encima van pintadas, o lo que es peor, están guapas sin pintar. Este estupendismo generalizado potencia mi aspecto de refugiada y desluce mi camiseta XL de la Cooperativa de Aceite San Juan.

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Día 3: Por un trocillo de pan tampoco va a pasar nada.

Es una lástima desperdiciar esa salsa verde.

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Día 4: ¡…9 y… 10! Toma ya, he alcanzado las dos cifras en abdominales.

Confieso que hice un parón de cinco minutos en la número 6. No estaba cansada, es que me dio flato.

Día 5: No voy a hidratarme con algo que se llama cola de caballo

A mi entender, estamos hablando de pelo y yo a eso no juego.

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Día 6: Buenas tardes amable recepcionista, ¿me puede traducir las clases del gimnasio?

Aprendes inglés y te diviertes viendo cómo combinan palabras para formar deportes.

Día 7: Allá vamos aerobox pump power plus. Y después un poquito de TBD y ABS.

Lo pronuncio bien y además lo entiendo.

Día 8: Nunca te he pedido nada, Virgen de Fátima. Te necesito.

Ella es la de los milagros. Jesucristo no me servía.

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Día 9: Ahora mismo me comía a un gitano cagando. Voy a beberme otro litrito de agua.

Fantaseaba con platos combinados, me venían flashes de mi vaso de Colacao y soñaba con un buffet libre de potaje de judiones. Luego me bebí un poquito de agua y me eché unas gotas en la nuca para que se me pasara la tontería.

Día 10: ¿Te vas a terminar de comer ese zapato?

Inanición time. No distinguía lo comestible de lo otro.

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Día 11: No me lo quites por favor, el vinagre de Módena no

En serio, me estoy quedando sin ideas para que me haga ilusión comer ensalada.

Día 12: Y esta tableta de chocolate por lo bien que lo he hecho hoy

El desliz llegó y estaba riquísimo. Yo no me autoengaño, sé que lo que hice estuvo mal, pero luego hice dos series de sentadillas y lo quemé; me atrevería a decir que hasta me quedé más delgada. Yo no me autoengaño.

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Día 13: Benedicto, la Virgen de Fátima no me hace caso

Tuve que llamar a su enviado a la Tierra por hacer mi petición más realizable. Sólo pedía una gastroenteritis para perder peso en estado de inconsciencia.

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Día 14: Os estáis tomando vuestra dieta de Internet demasiado en serio

Durante la operación bikini me estoy cruzando con seres a los que con la dieta semanal le entregan un diploma de Licenciado en Cosas que Engordan. Miran tu tupper y ponen esa mirada de «puf, se creerá que va a adelgazar tomando lechuga para cenar con la de líquidos que retiene eso». Fui muy dura, pero les deseé un metabolismo lento.

Día 15: ¿¡QUE HAS COMIDO HIDRATOS Y PROTEÍNAS EN LA CENA SO GORDA?! 

Yo es que no me junto con losers. Sí, al final me convertí en uno de ellos.

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Día 16: Pero vamos a ver, ¿¡no ves que no llego a tocarme la punta de los pies?!

Mi monitor de gimnasio cree que estoy hecha de chicle y ni si quiera llego a blandiblú. Creo que en mi vida anterior maté a parte de su familia o algo; si no, no entiendo esa fijación por dejarme sin respirar.

Día 17: (lloros)

Aquí es donde Samanta Villar sacaría la camarita doméstica.

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Día 18: Mr. Wonderful, Benedicto no me hace caso

Al menos, dime tú que la belleza está en el interior.

Día 19: Me sorprende que no haya intentado matar a nadie del gimnasio

Aunque me sorprende más que no me haya comido a nadie en unos de mis ataques de gula.

Día 20: Estoy buena

And I know it. Sobre todo cuando me alejo de las estupendas de crossfit.

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Día 21: He perdido 2,246 kilos. ¡Gracias Virgen de Fátima!

Ya no me tengo que desabrochar el botón del pantalón para comer.


Mi reto continúa, hoy es el día 22. Me he venido en bici a la oficina, me he hecho una carrera en las medias porque me he enganchado con la cadena y ahora parezco una pilingui trasnochada.

Seguiremos informando.

P.D. Ahora mismo me comería un helado de brownie con chocolate fundido y una bola de helado de vainilla.

5 ideas malísimas que puedes tener en verano en Barcelona

Se acerca el verano. Se nota en que los pies se liberan con sandalias, hay batallas campales para encontrar sillas en las terrazas, y Barcelona se llena de gente rubia que se quema tras 30 minutos al sol. ¿Vienes de visita unos días? ¿Vives aquí? ¿Te acabas de mudar? Da igual cuál sea tu caso: estas son 5 ideas malísimas que puedes tener.

Por la tarde: “Voy a dar un paseo por Las Ramblas”

Vaya, parece que estos cientos de personas también han pensado lo mismo que tú. Y nunca he escuchado a nadie decir “Vamos a compartir el metro cuadrado y el oxígeno para batir Record Guinnes, que es agradable”. Pero lo que sí que escucharás en Las Ramblas es ese sonidito del artilugio que “venden” para tener voz de pito. Súper catalán y auténtico todo (no). Y tú mientras dudas de si estás en el centro de Barcelona, o en las rebajas en Estados Unidos. Error de guiri.

 

De noche: “Con este calor necesito una cerveza, y esa que me venden a grito de ‘ServesaBiir’ está fresquita”

Son las 2 am (por ejemplo). Sales del pub porque hace calor, y en la calle hace más calor. Dentro las copas valen oro y estás totalmente deshidratado por la humedad de la ciudad condal. Y entonces tu ángel de la guarda (normalmente de origen pakistaní) te saluda diciendo “servesa-biir” y te enseña una lata de Estrella Damm fresquita. “¿1 euro? ¡Dame dos, ángel de la guarda!”, dices. Y me parece muy bien, pero tienes que saber que están fresquitas porque las guardan en las alcantarillas. ¿Te siguen apeteciendo?

 

Para comer: «Por la zona de la Catedral hay sitios, algo encontraremos»

Y aquí es cuando te encuentras a toda la gente con la que “quedaste” el otro día para pasear por Las Ramblas. Ahora la plaza de la Catedral parece la ONU, y no hay ni un solo sitio con precio decente ni con mesas vacías. En ese momento es cuando dices “quiero algo catalán para comer”, y ves La Baguetina Catalana: pizzas y paninis. Lo menos catalán del mundo, a precio de oro y calidad dudosa. Qué majo el que le puso el nombre para despistar. (Error de guiri 2)

 

En la playa: “Mira, vamos a ponernos aquí, que está el chiringuito al lado”

Después de ir con la riada de gente que va hacia la Barceloneta, llegas a una parte de la playa que está a rebosar pero que tiene algún hueco. Hay chiringuitos y locales a pie de playa y piensas “qué animado con la música, y así luego puedo ir a pedir algo”. Error. La música va a ir subiendo hasta que no seas capaz de escuchar tus pensamientos, y a golpe de 5 de la tarde te van a taladrar con pachangueo electrónico. Por no decir de toda la venta ambulante de mojitos, tatuajes temporales, masajes y bollos de crema (¡¿a 30 grados?!)… suena poco zen para un día de playa. Aunque parece que el grupo de extranjeros guiris de al lado está pasándoselo bien de botellón al solete.

 

En general: “Voy en metro”

Y entras en el metro, muerto de calor. La humedad ha decidido convertirse en sudor en todo tu cuerpo. Te sudan hasta las pestañas. En el andén huele rarito. Entonces subes al metro y… SIBERIA. Le han dado bien al aire acondicionado, que ni ‘arrejuntándote’ al de al lado (porque no tenéis espacio vital) entras en calor. Tómate un actimel o te vas a pillar un catarro, hijo.

¿Que cuál es la mejor opción para moverse por la ciudad en verano? Pues a pie igual pierdes un pie en el asfalto ardiendo; en bici te puede dar un golpe de calor; en coche vas a vivir de atasco en atasco; y en transporte público descubrirás olores nuevos. Sólo tienes que decidir qué parte de ti mismo estás dispuesto a arriesgar.

Nada es perfecto, y Barcelona lleno de turistas de cruceros a 30º y con una humedad del 80%, menos. Juega bien tus cartas en la ciudad o te vas a querer marchar con ellos en el barco.

Que no todo sean críticas destructivas, que también hay buenas ideas: las playas que rodean la ciudad, los parques, Gràcia a la sombra, los atardeceres en los búnkers del Carmel, los festivales y mercadillos… Pero si quieres venir a visitar Barcelona ven el año que viene, te dejamos la reserva hecha. Que este año ya está lleno.

¿De verdad hemos dejado de creer en las relaciones?

Hace unos días se hizo viral un artículo que hablaba sobre que somos la generación que no quiere relaciones enumerando una y otra vez las cosas que hacemos, pero que luego no tienen nada que ver con el apostar por alguien. Hablaba sobre los amigos especiales y entre otras acababa diciendo que al final del día todos buscamos una relación. Quizás tenga razón, ¿pero acaso no estamos ante la generación independiente, trabajadora e inconformista que nos han educado a ser sin tener que estar reñido con nuestra percepción del amor?

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El amor, ese tema sobre el que escribo desde que el tiempo es tiempo, es mucho más que una relación y quizás mucho más de lo que nos intentamos creer en las películas. Hace unos días, una amiga me dijo una frase que creo resume la realidad. Al final, nos pasamos la vida buscando la media naranja, la parte que nos falta, el bonus track del álbum deluxe, el complemento del McMenú, el álbum sorpresa de Rihanna, que falta en nuestras vidas sin darnos cuenta de que en realidad somos personas completas, personas capaces, y si bien la sociedad nos ha enseñado que debemos tener a alguien en nuestras vidas para ser personas completas, quizás deberíamos empezar a entender que no es así, que somos personas completas, con necesidades, con carencias, pero completas. El amor no es un estamento social, ni mucho menos algo que podamos etiquetar, y mucho menos una cosa de la que debamos huir como cínicos empedernidos. Se basa más en compartir, en crear algo con alguien, en crear un proyecto común, donde apostar por algo.

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No, ni una cosa, ni la otra. Somos seres que merecemos vivir un poco más en la vida; no es que el amor sea algo a cumplir, pero sí algo que debamos vivir. Amor de todos los tipos: amor por los amigos, por la familia, amor por ese desconocido que te ha sacado la sonrisa en el metro, amor por esa relación que no puedes categorizar por miedo a asumir lo que ello conlleva. Quizás sea verdad, que tenemos miedo a las relaciones, pero no es a lo único que tenemos miedo. Tenemos miedo a perdernos cosas, pero ¿en el camino a querer tenerlo todo, no habremos perdido el norte y acabando teniendo nada?. Quizás deberíamos replantearnos las cosas, no pasa nada por ser ambiciosos, pero sí por ser egoístas, por cerrarnos, por tener miedo a disfrutar y por tener miedo a enamorarnos. Quizás sea que soy de esos pocos utópicos que no entiende el amor como atadura, sino como respeto, de esos que no tira todo por la borda cuando la marea se pone difícil, y quizás sea porque sigo pensando que somos personas que necesitamos que nos rompan en pedazos para entender que a esos pedazos muchas veces los hacen mucho mejores cuando se reconstruyen.

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Al final no es que no creamos en las relaciones, sini que tenemos miedo a creer en ellas, a vivirlas y a sentirlas, a sentir que vamos a dejar de ser nosotros mismos. Pero amigos, hay mucho más que vivir huyendo. Es hora de que creamos en las relaciones, de todos los tipos, y con todo lo que ello conlleva. Es hora de empezar a vivir y sobre todo recordar que no podemos vivir huyendo de nuestras emociones, que a veces hay que abrazarlas aunque nos asfixien, que a veces hay que compartir caminos, que el amor, las relaciones, o como queramos llamarlo, forma parte de nuestra historia. Y quizás puede que hayamos dejado de creer en las relaciones, pero por lo menos no hemos dejado de enamorarnos. 

¿Por qué los juegos de mesa nos hacen peores personas?

Todo el mundo es inocente hasta que faltan billetes de 50.000 pesetas en el Monopoly. Desde luego, si existe algo capaz de hacerme sacar lo peor de mi eso son los juegos de mesa. Bueno, en ese apartado de enaltecimiento de la mezquindad también estarían las personas que caminan lento y los que se meten con mis gatos, con alguno de los 7.

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Cuando no había Whatsapp ni Facebook algo había que hacer. Qué tiempos aquellos en los que nos mirábamos a la cara y compartíamos silencios con quien tuviéramos enfrente.

Ese tiempo de vida online lo invertíamos en actividades aparentemente inocuas como los juegos de mesa. Cualquier tiempo pasado será mejor, pero vaya, yo en esas largas sobremesas he llevado al muñeco Chucky dentro de mi ser.

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He recopilado los 4 juegos capaces de convertirme en un monstruo.

Monopoly

Las 19 horas de partida solo se soportaban si había corrupción. La diversión estaba ahí, en la delincuencia. Y si no tenías visión de negocios, siempre te quedaba la opción de ser la banca para directamente meter mano en la caja o rezar para que las cartas de Suerte o Caja le dieran su merecido a los forrados.

El frenesí del Monopoly no era ganar la partida, sino saborear el proceso de empobrecimiento de tus rivales: arrebatarles las calles que estaba coleccionando, poner hoteles sin piedad, regocijarte cuando iban a la cárcel o cuando les tocaba pagar la multa por embriaguez.

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Yo siempre era la plancha. Nunca entendí que me cobraran por ir bebida, ninguna objeción en cambio cuando ganaba el concurso de belleza. Plancha borracha y bonita.

El extra de malicia: no recordarle al que va perdiendo que no ha cobrado las 20.000 pesetas cuando pasaba por la casilla de salida.

Party

Las peleas comenzaban antes de la partida: detectaba a los jugadores más fuertes y me unía a su equipo. Nada de echarlo a suertes, los listos con los listos y los tontos que se apañen; selección natural lo llaman. Como mucho creaba amagos de grupos mixtos con un lerdo invitado para darle emoción al juego. Cruela de Vil era un cachorrito a mi lado.

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Las victorias se celebraban en equipo, primero con el tuyo (abrazos, palmas y gritos de hooligans) y luego con el rival (canciones con tonito, caricias perdonavidas o un simple «tooooma-corte de manga-lolololololo»).

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El extra de malicia: tocar el reloj de arena para que fuera más rápido

Parchís

En primer lugar, si no tenías todo el fin de semana por delante más te valía que aparcaras el parchís y te pusieras con una partida del Juego de la Oca porque la mayoría de las del parchís aportan cero alegría pa tu cuerpo, Macarena.

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En segundo, yo dejé de jugar al parchís en 1999 porque perdí parte de las fichas y acabé formando equipos de ficha roja, botón negro, habichuela y moneda de 1 duro. Una situación confusa que me canivalizaba y me hacía comerme a mi misma.

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La táctica hacia el éxito más generalizada consistía en contar las casillas que te quedaban hasta poder comerte a un contrincante, repetir tres veces en alto el número mientras agitabas los dados como invocando a la Virgen de Fátima y finalmente tirarlos.

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El extra de malicia:
hacer barrera con dos fichas y dejar que tus rivales se coman entre ellos

Scatergories

Todos los jugadores deben aceptar la regla no escrita de que si sale un letra poco friendly se vuelve a tirar el dado para no malgastar energías en encontrar deportes de invierno que empiezan por Q.

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Los lápices que te venían con el juego NO SE USABAN. Están ahí como ejemplo pero tienes que reservarlos como si fueran el Santo Rostro. Igual ocurre con las plantillas de respuestas, podías escribir sobre ellas si era a lápiz y reutilizándolas como si Greenpeace te estuviera vigilando.

En realidad este juego no me convertía en tan mala persona pero tenía que ponerlo para dejar claro el NO USO del material. Es un puto tesoro.

Lo que sí me ponía un poco nerviosa eran los debates de «esa no es una ciudad es un estado», «eso no es una verdura es una hortaliza», «eso no es español», etc.

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El extra de malicia: hacer como que estás escribiendo muchas para poner nervioso al resto de jugadores.


Voy a ir la infierno.

Como veis la ética no cabe en los juegos de mesa. Las malas praxis para derribar al rival están justificadas pero nunca hagáis fullería, que me da mucho coraje.

Todas las excusas que puedes poner para no quedar con alguien, de la A a la Z

El abecedario definitivo de las excusas para que vayas variando y dejes de usar el clásico de “me llama mi madre para que vaya a merendar, que me ha hecho el bocadillo”. Pero ten cuidado: si las usas sin precaución y sin protección, puede que te veas solo en la vida porque nadie quiera quedar contigo nunca más. Y en 2016 no se lleva lo de ser hermitaño.

Quien dice excusas dice “cómo ser un genio de la creatividad excusística”. Todo un arte. O… “cómo ser medio capullo, medio imbécil, por utilizar excusas cutres, pero que han tenido gracia”.

Amnesia. “Lo he olvidado todo. Mi memoria se ha borrado y claro, no tenía anotado en la agenda que hubiésemos quedado. Una pena.”

Bingo. Resulta que el otro día fuiste al bingo y te olvidaste la bufanda allá. (Bufanda es otra excusa con “b”, porque puedes decir que te la habías olvidado y has tenido que volver a casa).

Curling. “Hay un torneo de curling que NO ME PUEDO PERDER”. Entre que la otra persona busca qué es el curling (si no lo conoce), o decide si estás de broma o en serio, ya se habrá pasado tiempo suficiente para que ya no os dé tiempo a quedar.

Dermatólogo. Al momento en el que digas “tengo cita en el dermatólogo” la otra persona se imaginará un herpes o una erupción y las ganas de quedar se le irán rápidamente.

Examen sorpresa. Tienes la corazonada de que mañana toca examen sorpresa. ¿Que no estudias? Pues… te acabas de apuntar a clases de portugués, por ejemplo.

Fútbol. La excusa universal para todo. ¿Hay que estudiar? No si hay partido de fútbol. ¿Has quedado? No creo, había partido de fútbol así que seguro que tú no habías propuesto ese día y esa hora. Y si no te gusta el fútbol, disimula. Aquí tienes palabras que puedes soltar para que cuele: penalti, golazo, roja, partido de ida, fuera de juego. De nada.

Golf. ¿Qué es eso de que el fútbol es el único deporte válido para ser el máximo forofo? Di que es el British Open de Golf y tienes que verlo. Dudo que la otra persona sepa cuándo es. Y dudo que quiera ir a verlo contigo.

Hueso: te has roto un hueso. Aquí va una lista de nombres de huesos que puedes decir para que parezca que te lo ha dicho un médico: hueso pisiforme, tercer metacarpiano, vómer, y escápula. Pero acuérdate de mirar donde están y aunque sea hazte una foto con esa zona envuelta en papel higiénico y di que es la escayola pero tu móvil no hace buenas fotos.

Indefinición. Imprecisión. Im…presentable. Hazte el indeciso y márcate un momento de duda que le confunda más a la otra persona que a ti. No falla.

Joroba. Te ha salido una joroba rarísima. No sabes muy bien si es tipo camello o tipo dromedario. Y ya está, nunca más verás a esa persona.

Karate. Eres cinturón negro. Y tienes un mal día. Sayonara, baby.

Lunes. Es que los lunes… voy mal los lunes, y estoy agotada del fin de semana. Es un día horrible los lunes, ¿a que sí? Mejor nos vemos otro día.

Martes. Miércoles. Que no sólo los lunes son días jodidos, y tú puedes poner de excusa que los martes no te inspiran y prefieres hibernar. Malditos martes. Malditos miércoles.

No habíamos quedado. Aplica una negación así rotunda y juega al despiste. Que se te note seguro, y listo.

Ortodoncia. Acabas de ir al dentista y te han puesto ortodoncia al nivel de “Lisa necesita un aparato, seguro dental”. Poco glamouroso.

Pez. Tienes que bañar al pez, que le acabas de comprar un gel de algas y hay que probarlo. Ante esto… la persona que recibe plantón no te dirá nada. Pero igual no te dice nada nunca más.

Queso Roquefort. Di que te acabas de comprar una colonia que huele a queso roquefort así fuerte. Cero ganas de verte.

Restaurante. Siempre puedes hacer que te has confundido de restaurante y que llevas esperando un buen rato. Qué pena.

Setas. Vas mal de setas. Y con esto o quedas de drogodependiente, de descentrado o de experto en micología (que viene siendo el estudio de los hongos. Todo un hobby).

Tatuaje. Tienes que ir a retocarte el tatuaje de Pikachu que tienes en la nalga. Cosa menos sexy…difícil. Ya te has ‘librao’.

Uy. Ups. Uala. Y todas esas cosas que no dicen nada realmente, pero que quedan expresivas y que si las acompañas de emojis no quedas tan mal. “Bueno, ha dicho ‘ups’, no me puedo enfadar”. Ojalá.

Vieiras. Estabas haciendo una comida sencillita: vieiras rellenas. Le ibas a invitar, pero se te ha complicado la bechamel y te has liado en la cocina. Has quedado de masterchef, y de cutre por no invitar a vieiras.

Wingardium leviosa. Algo así como que es la convención de Harry Potter. Y si se te ocurre alguna excusa mejor que empiece por W, coméntame.

Xilófono. Tienes ensayo y es un arte que se está perdiendo. No podemos dejar que la música del xilófono se apague… luchemos por los xilófonos. Y si es por no quedar, aprendes a tocar una de Beethoven incluso.

Ya si eso… en otra vida. Ya si eso… te llamo. Ya si eso… puedes olvidarte de mi nombre, mi cara mi casa, y pegar la vuelta.

Zimbabue. Había ofertaza y te has ido de safari. Que al volver le avisas.

Esto va por ti, chino de abajo

En el pódium de mi lista de cosas que alargan mi esperanza de vida están el pan congelado, los 10€ que me encuentro por sorpresa en el bolsillo del pantalón y los chinos de abajo. I can’t liiive if living is without you. I can’t liiiiive… CANTA.

Volvamos.

Quién les iba a decir a las tiendas de 20 duros de los años 2000 que otros establecimientos mal ventilados, con iluminación de garaje y regentados por un tendero que apenas sabe español y que tiene Mr. Wonderfuck mood iban a echarles del mercado a golpe de ¡KIÁ!

Y sin MBA en International Sales Operations Fistro de la Pradera Manager ni nada. Los caminos del business son inescrutables.

 

El chino de barrio es mi pastor nada me falta

El amor por este pequeño comercio no nos impide ver sus defectos. Efectivamente los vemos, sí, pero nos dan igual; porque son nuestros chinos, nuestros mesías; y estos son sus mandamientos.

 

1. Amarás bajar al chino en pijama sobre todas las cosas.

¡Es que está justo abajo! Entre que buscas el chándal y las zapatillas ya se te han pasado las ganas de chocolate con almendras. Además a partir de las 22 horas no hay presión social, no hay tendencias ni sitio para el reproche, eres tú y tu pijama de búhos. 

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Eso sí, en los 50 metros que te separan de la tienda lo más seguro es que te encuentres por la calle a la última persona que quieras que te vea a lo gipsy king, porque la vida a veces está atenta para hacerte pequeños regalos.

 

2. No sabrás pronunciar el nombre del chino ni en vano ni queriendo.

Se juntan dos factores. Que ellos tienen un carácter un poco como el dragón de Mulán (y así es difícil que se salgan de la conversación tendero-cliente) y que a ti en chino todo te suena igual.

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A no ser que seas cliente premium veterano de barrio. Entonces es cuando coge confianza como para decirte que le puedes llamar Manolo.

3. Santificarás las fiestas porque, total, ellos no.

Cuando todos los comercios te den la espalda, cuando te quedes sin papel higiénico un Viernes Santo o cuando sea más de medianoche y te apetezca un Yakisoba con sabor a pollo ellos estarán allí.

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Quizás sepas que hay otra tienda con más garantías sanitarias, más productos y mejores precios que también esté abierta. Pero, ey, ahí trabaja gente que no te quiere ver en pijama. Y encima está más lejos. Ese euro y medio que pagas de más está más que amortizado.

4. Honrarás al hielo a 1 euro y la cerveza fría.

El nicho de mercado estaba en esos dos productos. El OpenCor y las gasolineras no cubrían tanta demanda porque no estaban «abajo». No tenemos tiempo como para esperar a que se enfríen las cosas ni como para ir a comprar las cosas con antelación. Sin mencionar las visitas inesperadas. Spanish way of no pasa nada, nos apañamos.

 

5. No preguntarás por cosas difíciles.

Hay dos tipos de chinos, los antipáticos que no se saben explicar y los simpáticos que no se saben explicar. Así es, la malafollá es una barrera más alta que la del idioma.

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(*situación real, cero dramatización ni exageración andaluza)

-Buenas tardes, ¿tiene fundas para tablets?

-Pasillo derecha abajo

Saludar pa’ qué. Voy al pasillo de una de las derechas de la tienda sin éxito y vuelvo. Ya no hay nadie en caja. Me dispongo a buscar chinos por los pasillos.

-Mira, que no encuentro la funda de tablets.

(Cara de china hastiada) Pasillo, derecha, abajo.

Es curioso porque estaba en otro lugar de la tienda pero la indicación no variaba.

-Es que ahí ya he mirado y no las veo.

Entonces es cuando la china se incorpora y le grita al patriarca en su idioma.

¿¿¿¿¿¡¡¡¡/chino/!!!!????? 

Se va sin decirme nada. Me quedé en pause esperando a que algo bueno ocurriera, hasta que la vi aparecer de nuevo.

-Toma funda.

-Es una funda de plancha.

-Pues no hay.

Claro que hay, pero la había colapsado y dos no se entienden si uno no quiere.

 

6. No cometerás actos impuros cuando te cobren 4€ por una pizza del Mercadona.

Cuando entras en un chino aceptas perder todos tus derechos como consumidor. No buscas la exquisitez, buscas el AQUÍ Y AHORA, el «se me ha antojao» o el «no quiero usar papel de cocina como si fuera de baño». Y pagamos con gusto porque satisfacen nuestros guilty pleasure y emergencias.

7. No robarás.

Tampoco podrías aunque te lo propusieras porque te persiguen con la mirada, o mandan o alguno de su prole a seguirte por los pasillos. No tardes demasiado en las profundidades de la tienda ni hagas movimientos extraños como buscar el móvil en tu mochila o quitarte el abrigo porque los sentirás respirar en tu nuca.

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8. No darás falsos testimonios sobre cuánto tiempo llevan esas chucherías en las cajitas.

Una vez que entras en la tienda aceptas las reglas del juego. Miras hacia otro lado cuando ves que va a coger la barra de pan con las manos con las que se estaba comiendo una delicia china, o cuando coge las duras gominolas que tú delicadamente has seleccionado con las pinzas.

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9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros cuando te ignoren porque les has pillado con su serie autóctona en la parte más interesante.

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Sí, quieres pagar pero, ey, respeta el storytelling.

 

10. No codiciarás su fertilidad

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Tienen hijos porque quieren y porque pueden, tanto como pasillos tengan la tienda para dejar el tacataca, el carrichoche o el patinete. Allí se crían y los ves crecer detrás del mostrador. Son muy ricos hasta que son ellos los que te persiguen para que no robes.


Esto va por ti, chino de abajo. Hágase en mí según tu palabra.

Bienvenidos al amor 3.0: ¿Son los amigos especiales las parejas del ahora?

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Amor, fácil, cuatro letras que componen una de las palabras que más presencia tiene en nuestra vida. Lo buscamos en la calle, en los realities, en las aplicaciones, en el trabajo, en todos lados, y una vez que lo encontramos nos esforzamos en convertirlo en algo perfecto. Y entonces, como todo, o casi todo, lo acabamos arruinando. Así logramos tener dramas dignos de una balada de Adele, pero ¿y si los dramas los dejásemos para las pelis y las canciones y disfrutáramos más de nosotros?

¿Son tan necesarias las etiquetas o al contrario, no son más que nuestros enemigos? Nos encanta decir novio, ponerle una etiqueta en Facebook, una Instagram, un “@” en Twitter, y que todo el mundo sepa que está con nosotros, y es genial. ¿Pero es eso realmente real? ¿Es menos real un sentimiento por alguien a quien no llamamos novio pero que nos encanta ver y con quien compartimos diferentes momentos en nuestra vida?.Siglos de evolución, un libro de Belén Esteban, otro de Dulceida, y otro de Pelayo Díaz (del de Marta Torné y su perro no pienso ni hablar) y aún no nos hemos dado cuenta de que estamos en la época del amor 3.0. Un amor más libre, quizás menos comprometido y donde la “fidelidad” propiamente definida ha pasado quizás a otros planos. Para nuestros padres estaba bien, pero ahora mismo, jóvenes entre 20 y 40 años independientes, trabajadores, con estudios y con una vida entera por vivir; ¿de verdad necesitamos ponernos anillos de compromiso digitales? Vamos dando tumbos y tumbos y cuando alguien aparece y pasan un par de meses siempre hacemos esa incómoda, difícil y tétrica pregunta “¿Qué somos?”. ¿Es necesario definir “¿Qué somos?” en nuestros tiempos modernos o es otro invento de Telecinco bien armado? Porque con el tiempo, nos acabamos dando cuenta que lo importante no es “¿Qué somos?” sino simplemente ser. Disfrutar, de esas amistades con tentativas de noches de sexo desenfrenado y pizza, o esas noches de sexo, en donde ni siquiera sabemos si tiene abuelos o de donde es su acento, pero tampoco es que nos preocupe, porque lo que es, está bien.

amor 3.0, relaciones, relaciones sin etiquetas

Obviamente como todo, no todos estamos preparados para aceptar que nuestro rollete tenga Tinder, Grindr, Guapo, Brenda, o la peor de todas las redes sociales de zorreo, Instagram. Pero si las reglas del juego están puestas. ¿no es eso más sano que ir de parejas fieles y luego llevarnos sorpresas? El amor y las relaciones son como los colores, las flores, o la comida, hay diferentes tipos y todos válidos como ellos solos, y no solo eso, sino que totalmente disfrutables y deliciosos. Y en mundo que nos invita a probar una cosa y otra parece una locura decir que no a algo como si la vida se nos fuese a libertinaje más extremo. Pero ¿podemos comparar un “polvo” esporádico con una “relación-no relación” de meses, que tiene muchas cosas más?

Así es el amor 3.0, tan diferente y necesario, tan volátil y a la vez tan estable. Y es que a lo mejor es hora de aceptar que el mundo ha evolucionado, que nosotros hemos cambiado, y que queremos y amamos, pero también nos amamos demasiado a nosotros mismos y al mundo que nos rodea; que quizás la felicidad no se base solamente en el compromiso sino en aprender no a conformarse, sino a disfrutar, y poder amar sin definiciones, a follar sin restricciones, y a dejarnos llevar, a tener relaciones sin sexo, y sexo sin relaciones, y a dejar de creer que todo lo que no podemos controlar está destinado al caos. Seamos “amigos”, “amigos especiales” que siempre ha sonado mejor. O por lo menos intentemos dejarnos caer un poco más en el caos y menos en el orden, por lo menos no en el amor.

Dejemos de preguntarle a nuestro amante «¿qué somos?» y seamos.

Viaje a la despensa de cualquier estudiante emancipado

La hora de comer para un estudiante es, en su mayor parte, cuestión de echarle imaginación. Ojo, no hablo de cualquier estudiante. Los hay cuya pericia y saber hacer en la cocina resulta asombroso, o al menos bastante más elevados que mis capacidades, que aún sigo considerando el hacer unas palomitas de microondas con al menos un 50% de ellas comestibles un éxito gastronómico inconmensurable. 

En este caso me refiero al veinteañero o veinteañera estándar que cada día a la vuelta de la universidad se enfrenta a la a menudo incontestable pregunta: “¿Qué me hago de comer hoy?”. Y hace retumbar un eco que pone los pelos de punta hasta a los vecinos. Es entonces cuando se desencadenan en su mente una torpe secuencia de toma de decisiones que acaba en ideas que… bueno, suenan mejor de lo que saben.

Aquí el resultado de una de mis tardes más creativas #yummy

En cualquier caso, estaréis de acuerdo conmigo en que para crear una obra de arte tal se necesitan herramientas y materiales. ¿Las herramientas? Ya os lo digo yo; ollas, calderos y sartenes cedidos amablemente por el casero y que han pasado de generación en generación de inquilinos que, quienes más quienes menos, han dejado su huella. Carbonizada. En el fondo. Y tú raspas, pero no sale. Ni va a salir. ¡Ah! Bueno, y algún que otro utensilio adquirido por ti mismo en tiendas de decoración, pero nada mucho más relevante. Ahora, ¿y qué hay de los materiales? Pues bueno, de eso vamos a hablar hoy.

Aquí reside realmente la clave del éxito. ¿Cuáles son los ingredientes mágicos para crear una atrocidad culinaria como es debido? Pues tampoco os creáis que son tantos, ¿eh? Consisten en una serie de básicos que se combinan infinitas veces entre sí dando lugar a distintos tipos de alimentos situados a distintos niveles de lo que está bien y lo que está mal a nivel nutricional. Vamos a ver, pues, qué es lo que nunca puede faltar en los compartimentos y armaritos de nuestras cocinas más cercanas:

1.- Tomate frito. Dulce elixir capaz de acompañar a casi cualquier cosa. Es el complemento ideal para darle una pizca de gracia a cualquier plato insípido en su base. No siempre se pueden esperar grandes resultados pero, ¡EH! Ahora sabe a tomate. Es de agradecer.

2.- Pasta. Macarrones, espagueti, espirales, coditos, o como tantas haya. En cantidades industriales, además. Paquetes de kilo. Ocurre algo curioso con la pasta, y es que es de los platos que más suscitan que nos vengamos arriba y nos creamos concursantes de Master Chef. Que si una carbonara casera, un sofritito con gambas… Sea como fuere, es muy probable que lamentablemente el plato tenga un final parecido a esto: te pasas con la cantidad –los gajes de cocinar para uno solo, que crees que tienes más hambre de la que en realidad tienes, los fideos parecen muy finicos, te lías a echar y venga a echar y venga a echar, y terminas armando una inmensa–, te sobra, la guardas con la esperanza de que te la comerás al día siguiente, pero luego al día siguiente se te alarga un trabajo y comes en la universidad, y así van pasando los días, hasta que a los fideos se les pone textura de kiwi.

3.- Tuppers con un tono… rojizo. ¿Os acordáis de los espagueti que guardábamos ayer? Pues tenían además TOMATE FRITO –hilando fino, como advertía en la introducción–. Si soléis almacenar cosas que llevan tomate frito sabréis que, a la hora de lavar el recipiente, éste es bastante desagradecido de fregar. Lo malo es que el nuestro tupper jamás volverá a ser el mismo. Lo bueno es que en términos de Do It Yourself nos ha quedado un recipiente bicolor que, aún lejos de ser bonito, puede resultar original. En alguna dimensión paralela a la nuestra, me refiero.

4.- Latas de atún. ¡Hombre! Qué sería de nosotros sin las latas de atún. Fieles compañeras de viaje y de platos cogiditos con pinzas. Al hablar de atún podríamos decir que casi todo vale, pero sin perder de vista el casi –por nuestro propio bien–.

5.- Arroz. Leer la descripción de los espagueti cambiando «macarrones, espirales…» por basmati, grano largo y demás variedades de arroces, y «carbonara casera» por revuelto de setas y verduras. De resto, lo mismico. Podemos continuar.

6.- Pan de molde. Entre dos rebanadas de pan puedes meter lo que gustes, porque el pan normalmente tiende a mejorar las cosas. Tampoco me gustaría animaros a que os hagáis un sandwich de lasaña, pero sí es cierto que acompañado de algo de embutido puede salvarnos un desayuno, un tentempié de media mañana, una merienda, e incluso una cena. No lo perdáis de vista.

7.- Cosas que un día abriste y luego olvidaste. Empezamos abriendo cosas que luego quedan relegadas al fondo de la despensa donde la vista no llega y terminamos generando un ecosistema. Y así es como, al menos a mi modo de entender la biología, nacen las nuevas especies.

8.- Sopas de sobre y otras muchas cosas que vienen en sobre. Cualquier día acabaremos metiendo en agua hirviendo el recibo de la luz. Si no, al tiempo.

9.- Café. Dedicatoria especial al instantáneo/soluble, que es quien menos exige de mí cada mañana cuando acabo de despertarme.

10.- Sobrecitos de salsas de restaurantes de comida rápida. Porque una vez pediste para llevar y, mira, no lo ibas a tirar. Quién sabe qué despropósito de los nuestros podría acabar aderezando.

11.- Productos autóctonos de la tierra de la que uno provenga. Si resides en una ciudad distinta a la tuya de origen, es probable que hayas reservado un hueco para productos típicos. En el caso de los canarios, por poner un ejemplo, no puede faltar el paquetito de gofio, la botellita de vino, y un montón de cosas más acabadas en -ito e -ita.

12.- Medio limón. Quisiera terminar con un clásico, en este caso de toda nevera que se precie. Los más pretenciosos incluso lo envolvemos en papel film, como fingiendo que lo volveremos a usar en algún momento. Dice la leyenda que una vez un joven cortó un limón para añadir una rodaja a su gin tonic, guardó lo que le sobró en la nevera envuelto con un plástico, y en el transcurso de tan sólo unos días volvió a por él para hacerse… yo qué sé, una limonada. ¿A que no suena convincente? Claro, pues porque jamás ha ocurrido tal cosa. Como mucho, puede quedar ahí cumpliendo la función de un ambientador. Eso SÍ que es alucinante.


Y ya estaría. Seguramente me habré dejado cientos de miles de millones de clásicos de la despensa estudiantil por el camino. Bueno, quizá no tantos. En cualquier caso, me gustaría saber qué hay de ti. ¿Qué se esconde tras las puertecicas de tu despensa? Decidme, decidme.

Caminante Adicto al móvil, no hay camino

Caminante no hay camino, porque te vas a chocar contra una farola si sigues mirando para el móvil. Que seguro que eres un temerario de esos que hasta cruza la calle respondiendo whatsapps. Y a este paso de los que mirarán a través de la cámara del móvil a ver si vienen coches.

A ver, zombiewalker… seguro que tu whatsapp no se descompondrá si esperas un ratito a contestar. O, por lo menos, intenta no comerte a todos los viandantes con los que te cruces. Por cierto… ¿te ha sorprendido alguna palabra de este último párrafo? (Si es ‘viandantes’, descárgate un diccionario ya) No me la he inventado. El “zombiewalking” ya se le ocurrió a otro, y viene siendo esa postura de brazos encogidos sosteniendo un móvil, ojos clavados en la pantalla y caminar firme, se choque contra quien se choque. Deambulando ajenos a la vida exterior a su móvil, con paso decidido y lento. Siendo un incordio como peatones, vamos.

La realidad ha muerto. Al menos toda la que no quepa en un móvil. Ya no se lleva eso de caminar viendo los edificios, cruzando miradas con la gente o intentando no colisionar contra todo ser o elemento que se cruce en el camino. Se lleva el retransmitir cada paso para tu comunidad de followers, ir haciendo un like en Instagram cada dos pasos, y gestionar conversaciones de whatsapp nivel experto. Que total, la calle va a estar ahí mañana igual que hoy, y es necesario comentar que ‘el capítulo de ayer fue bastante flojo, a ver qué tal la semana que viene’.

Se lleva el móvil en el gimnasio. Y por aquí no, señores. Por aquí no paso. No me vale la excusa de que tienes la tabla de ejercicio en el móvil, ni de que vas cambiando de canción en la lista “motivación en el gym”. Que los pulgares los mueves a velocidad de rayo, pero le puedes dar un poquito más de caña a la elíptica si tal. Hecho real: recientemente en una clase de spinning del gimnasio el profesor ha pedido que los asistentes estén menos pendientes del móvil. Y mientras tanto, 15 fotos de la bici desde arriba se subían a Instagram. Calorías quemadas < likes logrados.

Lo que tienes pegado a la mano es un teléfono móvil. Nació para comunicarse y va camino de fusionarse con tu ser. No vaya a ser que cuando vayas al baño encuentres una revista y te cortes con el papel. O que si no lo miras cada 100 metros, te pierdas un anuncio de vital importancia de un amigo. Como que se acaba de comprar una funda para su móvil por 4 euros. Qué se yo.

Estas chicas parecen felices y no tienen un smartphone

Hay algo que me divierte de todo esto. Allá donde haya un zombiewalker, estaré yo jugando a caminar en línea recta mirándolo fijamente.  No se enterará (a no ser que tenga una de estas apps -¿hacia dónde se dirige la humanidad?- que te permiten ver lo que hay detrás de tu móvil). Y ahí es donde actúo yo con mi superpoder: caminar a propósito hacia ese ser, sin apartarme hasta el momento final. A ver si reacciona y microinfarta. Y a ver quién se aparta primero. Que se atreva a mirarme mal, que descargaré toda mi ira en un post.

¿Sabéis cómo se le llama también a los zombiewalkers? Dumbwalkers. Que, dumb, para los que no seguíais Magic English, es ‘tonto’ en inglés.

Nota: es posible que la autora de este artículo haya sufrido en un mismo día dos choques inesperados contra estos seres. Ella no tenía la culpa. Ella sólo quería caminar por la calle, porque no le quedaba batería en el móvil. (Pero lo del gimnasio sí que no se justifica)

7 formas de (des)aprovechar la hora extra de sol

Debemos reconocer que esto del cambio de hora nos ha pillado un poco desprevenidos. En ropa interior. Ojeando las instrucciones de nuestro nuevo horno microondas, tal vez. Pensábamos que estábamos preparados, pero resulta que al final no. A unos seres tan reticentes al cambio como a veces somos los seres humanos no puedes cambiarles de estación y de horario dándoles tan sólo una semana como tiempo de asimilación. Son un porrón de emociones juntas. Se nos desequilibra, qué sé yo, el pH.

Reconstruyamos los hechos. El sábado pasado, mientras hacíamos lo que fuera que cada uno estaba haciendo –estudiando, poniendo una lavadora, ya sabéis–, de repente, cuando el reloj estaba a punto de marcar las dos… ¡PUM! Las 3. El despertador suena una hora antes de lo previsto. Por las mañanas es más de noche y por las noches es más de día. Así de caprichoso es este mundo nuestro, amigos.

Aún con todo, tratamos de volver a la normalidad cuanto antes, no sin antes llegar tarde a un par de citas con la excusa de que el horno-microondas del que hablábamos antes tenía mal la hora. Porque así somos, unos cachondos. Y porque muchas veces no leemos con suficiente atención los manuales de instrucciones de nuestros electrodomésticos. Y de esto precisamente venía yo a hablaros. Quiero decir, del cambio de hora, no de manuales de instrucciones. Bueno, ya me entendéis.

Admitámoslo; nos ha venido bien el cambio de hora. El de verano, que es el bueno, el que vale. Porque ahora tenemos una hora más de sol. Y todo el mundo sabe que contar con una hora más de sol es la solución a la mayor parte de nuestros problemas más relevantes. ¿No te lo crees? Te invito a que eches un vistazo a este sinfín –bueno, denominar “sinfín” a una lista con 7 ítems quizá sea excesivamente pretencioso– de formas de sacarle pseudopartido a esta hora extra que la primavera nos trae de regalo junto con las alergias, las lluvias, las tardes de “no me llevo chaquetilla porque hace bueno y luego la voy cargando pero más tarde se hace de noche y me planteo si de verdad me iba a pesar tanto en los brazos una rebequita”, y demás clásicos de la época pre-estival. ¿Cómo desaprovechar nuestra hora extra de sol? Vamos a darle.

1.- Paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, paseando, y paseando sin parar. Luego, claro, pasa que te das cuenta de que, pese a que el radiante sol que luce en mitad del cielo azul puede haberte hecho pensar lo contrario, es algo así como medianoche. Y entonces recuerdas que tenías que hacerte la comida para llevártela mañana en un tupper. Y que tenías que pasear al perro. Y que tenías que hacer no sé qué parte de no sé qué trabajo. Y que tenías que pasarle la fregona a la cocina. Y que querías ver Gran Hermano, también. Pero ahora está bien entrada la madrugada y no podrás a hacer nada de eso. Por eso te recomendamos llevar un reloj. Solar, preferentemente. 

2.- Evitando tropezar con cosas que por la noche no se ven bien y que cuando era de día no recordabas haber visto ahí. Piénsalo fríamente; de no ser por el cambio de hora jamás habrías reparado en esa mesita del café que ocupa un tercio de tu sala de estar. 

3.- Disfrutando del reflejo del sol en tu televisor u ordenador una hora más. Siempre se agradece. 

4.- Buscando cosas muy pequeñas que previamente se nos hayan caído al suelo. A todos aquellos que perdemos constantemente cosas como, pues qué sé yo, el tornillo de la patilla de las gafas justo cuando está adentrada la tarde-noche nos alegrará escuchar que, en adelante, no hará falta que malgastemos batería con nuestra linterna del móvil porque, para bendición de todos, aún será de día y podremos servirnos de la luz natural para explorar el ecosistema de debajo de nuestra cama.

5.- Mirando por la ventana a un punto indeterminado mientras que los últimos rayos de sol que el crepúsculo deja entrever se reflejan sutilmente en tu rostro, dándole un toque bohemio de tonos anaranjados a tu repaso de la lista de la compra. Y ya si encima logras que la suave y cálida brisa que emana del chisme del aire acondicionado de tu vecino meza tus cabellos al viento, espérate que todavía cae selfie.

6.- Poniendo a secar cosas que necesitas que se sequen con urgencia. Si eres de los que no sabe ya qué hacer con todas esas acuarelas, éste es, sin duda, tu momento.

7.- Usando las gafas de sol hasta horas intempestivas. Antes no era posible pero ahora, si tienes una cita a eso de las 8 de la tarde, aún puedes darte un aire así, como enigmático. Y también tropezar con todas esas cosas que no veas con total nitidez.


Lo cierto es que mentiría si dijera que ha sido sencillo recopilar siete formas absurdas alternativas de dar uso a esta hora extra de sol que la primavera nos ha brindado como lleva haciendo cada año desde… no sé, supongo que un montón de tiempo. En cualquier caso, desde aquí os recomendamos y deseamos que disfrutéis de las tardes más largas y que sentéis con ellas el precedente a un verano aún más luminoso, que ya casi está aquí. ¡Id por la sombrita! 😀

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